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Presentación
Quiero
advertir que los términos lucha y casa quieren significar
más de una cosa, y aunque empezaré señalando
una lucha entre niños y adultos, mi intención central
es poner en evidencia una lucha construida como metaliteratura.
Esta hipótesis no pretende ser una lectura caprichosa de
mi parte, sino una intención descubridora de una propiedad
que, en mi opinión, es intrínseca a los textos.
Además, adelanto que focalizaré sobre todo en los
cuentos que responden a la dicotomía inocencia-perversidad,
conjunto que alberga algunos relatos que, por carecer de elementos
sobrenaturales, han sido excluidos, en ciertas clasificaciones,
del género fantástico. Mi intención, entre
otras, es refutar esa clasificación y poner en evidencia
una modalidad que, aunque diferente a los procedimientos tradicionales
del género, funcionaría de la misma manera, creando
también en estos cuentos una atmósfera turbia, ambigua,
sospechosa, que los incluiría genéricamente.
***
EL
INTERIOR DE LA PROPIA CASA SE CONVIERTE, para los adultos, en el
interior de una casa ajena, que está sujeta a otro orden,
primero secreto, subyacente, luego explícito en su máxima
expresión. Este otro orden, antagónico al aparente
orden dominante de los adultos pequeño-burgueses que creen
controlar la casa, es el orden lúdico de los niños,
orden perverso, orden malvado. Aunque el mal sólo puede ser
considerado como tal en el orden de los mayores y su moral establecida,
y no, en cambio, en el orden infantil donde los límites se
han perdido o son difusos, o quizás, tercera posibilidad,
donde los límites jamás existieron. De esta forma,
me hago eco de las observaciones de Adriana Mancini en su trabajo
acerca de los límites en estos relatos o, para ser más
preciso, acerca de la ausencia de esos límites [1].
Mancini, literalmente, afirma:
"Un
universo donde los límites del cielo y el infierno se confunden".
Entonces, el orden infantil representado en esta serie de cuentos
no está configurado como moral sino como juego. El objetivo
de ese juego: Controlar la casa. Si esto no es posible, destruirla,
como también al orden adversario.
La acción que el orden infantil ejerce sobre el orden adulto
invierte, en estos textos, la experiencia real, donde los niños
muchas veces "hacen" de sus juguetes personas adultas.
Aquí, en cambio, los niños "hacen" de las
personas adultas sus juguetes.
"Compartíamos
nuestros juegos, nuestros padres, nuestras tías..."[2]
Al principio, el orden lúdico y perverso de los niños
se muestra oculto, luego se manifiesta mediante puntas de iceberg
hasta que finalmente sube a la superficie en todo su esplendor.
Los adultos entran en colisión con este orden más
poderoso y naufragan inevitablemente, y ahogándose en el
mar de su ingenuidad, sucumben, pierden la casa, que tendrá
nuevos dueños o no tendrá nada, pues también
ésta corre el riesgo de caer en la lucha, en este Apocalipsis
civil, llevado a cabo ya no por clases sociales diferentes sino
por edades humanas distintas e irreconciliables de una misma clase
social:
"Cacho
era muy sabio y dijo que sabía no sólo preparar, sino
encender una fogata. Él tuvo la idea de cercar la antecocina,
donde estaba su niñera, con fuego. Yo protesté.
No teníamos que desperdiciar fósforos en niñeras.
Esos fósforos lujosos estaban destinados para la salita íntima
donde los había encontrado. Eran los fósforos de nuestras
madres. En puntas de pie nos acercamos a la puerta del cuarto
donde se oían las voces y las risas. Yo fui el que cerré
la puerta con llave, yo fui el que saqué la llave y la guardé
en el bolsillo. Apilamos los papeles en que venían envueltos
los regalos, las cajas de cartón..."[3]
Mientras tanto, mientras los niños llevan a cabo el juego
destructor de realidad, donde la pura imaginación se impone
y hasta se materializa como "nueva realidad", los adultos,
ingenuos, psicóticos en tanto carecen de la facultad de la
interpretación, en tanto leen el mundo literalmente y nada
más, no pueden aún descubrir su próxima debacle,
no son capaces todavía de desentrañar a sus hijos
y, por lo tanto, de saber, de conocer el peligro que los acecha:
"Oímos
la voz de Margarita, su risa que no he olvidado, diciendo:
Nos encerraron con llave.
Y la respuesta de no sé quién:
Mejor, así nos dejan tranquilas."[4]
Entonces, el orden ingenuo de los adultos pequeño-burgueses
sucumbe en manos de sus enemigos sin darse cuenta, cae, por fin,
frente al accionar que en principio podríamos pensar como
revolución engendrada dentro de la propia clase, llevada
a cabo por sus hijos perversos, hijos interpretadores, imaginadores.
"Al principio el fuego chisporroteaba
apenas, luego estalló como un gigante, con lengua de gigante.(...)
Naturalmente las señoras se asomaron a la ventana, pero estábamos
tan interesados en el incendio que apenas las vimos. La última
versión que tengo de mi madre es de su cara inclinada hacia
abajo, apoyada sobre un balaustre del balcón."[5]
Sin embargo, en una segunda lectura, creo más pertinente
denominar este accionar de los niños como motín y
no como revolución. Los niños toman el barco para
jugar con él a su antojo, sin capitanes que interrumpan el
juego con normas. La intención no parece ser la destrucción
de la casa ni la de los objetos que alberga:
"Las
alfombras, las arañas y las vitrinas me gustaban más
que los juguetes"[6]
"¿Y
el mueble chino? El mueble chino se salvó del incendio, felizmente."[7]
Pero a veces el juego se les va de las manos, como si se imaginara
a sí mismo, y lo que en principio no parecía teñido
de una actitud arrasadora (identificada tal vez con el estereotipo
que representa al estallido revolucionario), pues, si volvemos atrás,
el niño-jugador no está desbordado, sino que, selecto
en su objetivo, demuestra su interés solamente por "la
salita íntima" y no por "la antecocina donde está
la niñera", ahora, en cambio, se convierte en destrucción
casi total, no sólo del orden adversario sino también
del propio soporte físico de la lucha.
La
existencia de dos órdenes antagónicos y la manera
en que éstos han sido montados sobre los textos incluye,
en mi opinión, a toda esta serie dentro del género
fantástico, tanto a los cuentos que incorporan elementos
sobrenaturales o ambientes maravillosos (La raza inextinguible,
El goce y la penitencia, Los amigos, etc.), como a los que carecen
de ellos (La oración, Voz en el teléfono, La boda,
etc.). Para explicar la inclusión de los últimos dentro
del fantástico necesito hacer la siguiente digresión:
Existe en la historia de este género un procedimiento tradicional
y hasta fundacional (léase en mis palabras Edgar Allan Poe)
que consiste en disponer un narrador exageradamente inductivo que,
mediante su observación, transforma la realidad que percibe
en un evento irracional. Hacia allí es arrastrado el lector
por su condición de perseguidor por antonomasia del narrador,
o, más precisamente, por su condición de espectador
de la focalización que ejerce ese narrador.[8]
Luego, otros autores han enriquecido este procedimiento y, en consecuencia,
estirado los límites del género, al convertir esos
narradores individuales en dispositivos colectivos de enunciación,
sugiriendo de esta forma nuevos sentidos que resultan de las posibles
relaciones entre lo literario y lo que está situado fuera
de la serie literaria. En otras palabras, provocando lecturas "sociales"
en narraciones fantásticas. Dos ejemplos de este recurso
son Josefina la cantora o el pueblo de los ratones de Franz
Kafka y Una rosa para Emily de William Faulkner.
Sin
embargo, existen otros caminos, modos o técnicas distintas
que también generan lo fantástico. En una de esas
posibilidades incluyo los cuentos de La Furia de Silvina
Ocampo, aunque algunos carezcan de elementos sobrenaturales, como
también varios relatos, pero con ciertas diferencias, de
Felisberto Hernández.
Esta modalidad consiste en implementar sobre el texto un dispositivo
de observaciones interactuadas e interactuantes en serie. Es decir,
una cadena de observadores entre sí, cuyos eslabones son
al mismo tiempo espectáculos y espectadores, observadores
y observados, sujetos y objetos simultáneamente, una suerte
de cadena del Ser de Shakespeare donde la condición de la
existencia es ser observado por el otro.[9],
[10]
De esta manera, la existencia del propio sujeto, del "uno mismo",
está conformada irracionalmente, se convierte en un evento[11]
a priori irreal, por ser producto de una observación de "otro"
construida de manera similar a lo explicado anteriormente en cuanto
a la inducción tradicional del fantástico. Esa observación,
sin embargo, no está configurada en estos cuentos como inducción
ni es ejercida por todos los eslabones de la cadena, pero, siendo
el orden infantil representado como pura imaginación,
es mi opinión que funciona del mismo modo, sirviendo como
reemplazo de la pura inducción del narrador adulto
en primera persona, ya sea singular, ya plural, que es clásico
dentro del género. En cuanto a que sólo el orden infantil
ejecuta esta peculiar observación y no el resto de los eslabones
de la serie (que en este caso es solamente uno más: el orden
adulto), opino que uno solo es suficiente, pues, y cito al ecuatoriano
Pablo Palacio, los textos así construidos parecieran denunciar:
"una de mis partes envenena al todo".[12]
En cuanto al lector, creo que no debe ser considerado como un tercer
elemento en esta cadena, puesto que la dualidad existente en los
textos está compuesta por dos órdenes que provocan,
cada uno en particular, una sensación de afinidad
(término utilizado por Daniel Balderston) inevitable en la
persona que los lee. Opino que, más que presentarse como
tercer elemento y, en consecuencia, como posible síntesis,
el lector experimenta cierta escisión que lo perturba, que
lo convierte en niño y adulto al mismo tiempo, en víctima
y victimario, en fin, que lo hace parte de la casa donde se libra
la pelea. Acerca de la "afinidad que el lector siente entre
el mundo creado y el mundo real de la experiencia", Balderston
explica que la causa es la introducción en estas obras narrativas
de "elementos de una crueldad sádica". Luego
afirma, y estoy de acuerdo, que "el lector siente el horror
de las situaciones inventadas como si se sufrieran en carne propia"[13].
Por mi parte agrego que esta afinidad es posible no sólo
porque el lector alguna vez ha sido (quizá lo es) un niño,
sino, sobre todo, por lo que Sigmund Freud en su conferencia 20,
titulada "La sexualidad de los seres humanos",
da a entender como "perversión polimorfa" al referirse
a una condición y no a una patología de la edad infantil.
Esta perversión es polimorfa porque se experimenta a través
de diferentes lugares del cuerpo y tiene que ver con el descubrimiento
del sexo como placer, como acto hedonista, y no como función
reproductiva. Por esta razón, el lector, que también
ha experimentado la susodicha perversión, sentiría
esa afinidad que señala Balderston con respecto a la crueldad
sádica que aparece en los textos, pues creo que esta crueldad
sádica infantil podría interpretarse, en estos términos,
como resultado de una exagerada sexualidad operando en la construcción
de estos personajes niños, es decir, como una exageración
de esa "perversión polimorfa" que es condición
de lo infantil, pero que ahora, efectivamente, se convierte en patología
y criminalidad:
"M´hijita,
cierra el botiquín con llave. La criminalidad infantil es
peligrosa. Los niños usan de cualquier medio para llegar
a sus fines. Estudian los diccionarios. Nada se les escapa. Saben
todo. Podría envenenar a tu marido, a quien, según
me dijiste, lo tiene entre ojos".[14]
Hasta
aquí he tratado de demostrar la inclusión de todos
los cuentos dentro del fantástico y he dado cuenta parcialmente
de la construcción y el funcionamiento de cada uno de los
órdenes, adulto e infantil, pero mi análisis todavía
se presenta incompleto, pues, como adelanté en la presentación
de este ensayo, mi intención central es leer toda esta lucha
en una nueva clave, que es diferente a las utilizadas por la mayoría
de la crítica, poniendo en evidencia una disputa construida
como metaliteratura.
Es mi opinión que la dicotomía orden adulto-orden
infantil, representada en principio como dicotomía inocencia-perversidad,
se manifiesta también, en una lectura más atenta,
descubridora, como lucha genérica entre dos bandos o tendencias
claramente diferenciadas:
Primero, leo en el orden adulto e inocente un realismo exagerado,
llevado hasta las últimas consecuencias, que, en su pretensión
mimética de cierta realidad, ha terminado por ser capturado
por ésta, estriado[15]
en cada recoveco, resultando de este modo un orden saturado de moral
e ideología. La lectura que hago del orden adulto en los
cuentos de La Furia de Silvina Ocampo propone una concepción
similar a la que parece sugerir el cuento Lo real de Henry James,
donde también es una pareja de adultos pequeño-burgueses
quienes son lo real, lo que está henchido de moral. Debido
a esto el arte ya no tiene lugar en ellos; no pueden ser representados
porque están apropiados por otra cosa.
Segundo y en oposición a lo anterior, el orden infantil y
perverso en los cuentos de La furia está configurado
como pura imaginación, que sirve de reemplazo a la pura inducción
del fantástico tradicional y que se construye como una exageración
de la perversión polimorfa que se transforma en violencia
y que por lo tanto materializa toda imaginación, transformando
la realidad en una "nueva realidad", que carece de objetividad
y se erige como absoluta subjetividad, inclinando de esta forma
los textos hacia lo fantástico.
Si
los adultos no pueden imaginar, si son literales, ingenuos, los
niños, en cambio, son pura interpretación, son ejecutores
de un puro arte. De esta manera, la lucha por la casa que titula
este ensayo es también una lucha por la misma página
blanca que los alberga, "casa de azúcar" que les
da existencia y que es disputada por estos órdenes que, en
definitiva, son combinaciones de palabras peleando por un lugar
en el papel.
En
otras palabras, rebautizo la dicotomía inocencia-perversidad
que definía estos cuentos y la denomino de la siguiente manera:
lo real-lo fantástico.
Y esta pelea que señalo, en tanto es irreconciliable, es
también desmedida, exagerada, y más aún cuando
se libra (se cuenta) en un ring tan pequeño como lo es el
papel, la finita página que debe someterse a la infinita
disputa.
Daniel
Balderston, refiriéndose a La fiesta de los enanos
de Wilcock, pero extendiendo estos conceptos sobre varios cuentos
de Silvina Ocampo, define esta literatura en oposición a
la llevada a cabo por Borges y Bioy Casares:
"La
irrealidad expresada en este cuento (La fiesta de los enanos)
dista mucho del cuidadoso mundo irreal de Borges y Bioy, ya que
se hace a base de exageración en vez de ironía, de
violaciones de la imaginación del lector más allá
que de esfuerzos de seducir su fantasía".[16]
Más adelante, Balderston señala:
"...ni
el hecho cruel de este cuento (La casa de los relojes), ni
los de La fiesta de los enanos de Wilcock, podrían
pasar de ninguna manera en el universo fantástico de Borges
y Bioy".
Por mi parte, reflexiono que si Borges ha buscado y en algún
punto ha logrado en su literatura el Aleph, Silvina Ocampo, en cambio,
ha llevado a cabo el Beth. En el caso de Borges, creo que la explicación
a los adjetivos "cuidadoso" y "decoroso" que
Balderston utiliza para referirse a sus cuentos es que este genial
autor ha debido resolver un problema: Dar unidad (Aleph) a una literatura
que se presenta como múltiple o, en otras palabras y para
usar un término contemporáneo, a una literatura organizada
en hipervínculos. Pues de eso trata la literatura universal
de Borges. En su obra, las incesantes intertextualidades y el despliegue
erudito no hacen otra cosa que instalar puertas, innumerables puertas
a innumerables pasillos que dan a otras innumerables salas, "otras
salas" repito, pero conectadas a ésta que se cuenta,
unidas inevitablemente a ésta que circunstancialmente nos
alberga. En esta literatura pretenciosa, que no es, por supuesto,
la criollista de sus primeras épocas, sino la que lleva a
la práctica aquello de que "nuestra tradición
es toda la tradición occidental"[17],
se corre el riesgo de perder la unidad anhelada y ver convertida
la obra en un rizoma incontrolable. Por lo tanto, Borges ha debido
podar ramas y asegurar la unidad en la propia literatura. Eduardo
Romano ha dicho en la Universidad de Buenos Aires que Borges caía
en la tentación de convertir la literatura en un puro juego.
Mi respuesta es que Borges, en apariencia "decoroso" o
"cuidadoso", como lo adjetiva Balderston, ha resuelto
en la misma literatura el problema de la unidad, limitando su obra
sólo a la serie literaria, pues allí, además
de un juego, encontró la posibilidad de ejercer lo múltiple
en lo único, lo infinito en la unidad. De eso se trata la
literatura para Borges. Y también para mí.
Silvina Ocampo, en cambio y como escribí unas líneas
atrás, ha plasmado en sus narraciones no el Aleph sino el
Beth, pues al Aleph, que es el uno, agrega el Beth, que es el dos,
que es la discordia, la lucha. Pero no sólo es la lucha:
En el alefato hebreo cabalístico el Beth significa La casa.
Yo he titulado este ensayo "La lucha por la casa"; lo
mismo hubiera sido que lo encabezara como "Beth", puesto
que por un lado es la lucha y por el otro es La casa. Es decir,
la casa donde se lucha, donde se libra esta disputa irreconciliable
entre los dos bandos anteriormente mencionados.
Además, quizá esto solamente sea una nota de color,
no lo sé, el Beth tiene su correspondencia zodiacal en el
signo Cáncer. Silvina Ocampo nació el 21 de julio
de 1903, es decir, su signo era Cáncer.
EN
CONCLUSIÓN, mi intención principal en este ensayo
ha sido interpretar no sólo los sentidos más evidentes
que parecen sugerir los cuentos de La furia, sino también
los otros, los subyacentes que en mi opinión son la base
en donde está construida toda esta lucha, "guerra"
irreconciliable que, en principio, se manifiesta como disputada
por órdenes antagónicos dentro de una misma clase
social (orden adulto, orden infantil) pero que también, por
otra parte, propongo ser leída como lucha metaliteraria por
el control de una casa que no es otra cosa que la misma página
que los alberga y les da existencia. Los bandos: el realismo en
su máxima expresión (representado como inocencia)
y el fantástico en su máxima exageración (representado
como perversidad).
Silvia
Molloy señala que ni lo fantástico, ni lo infantil,
ni la psicología exagerada dan cuenta cabal de la obra de
Silvina Ocampo.[18]
Aunque yo he incluido todos los cuentos de esta serie, tanto los
que cuentan con elementos sobrenaturales como los que carecen de
ellos, dentro del género fantástico, estoy de acuerdo,
en principio, con la afirmación de Molloy. Parece que falta
algo más para leer estos relatos. Molloy también explica
que la palabra que pretende nombrar la exageración corre
el riesgo de contagiarse y disolverse. Solamente la parodia,
afirma ella, puede dar cuenta de esta literatura, "ya que
devuelve la exageración al lenguaje, al origen y finalidad
de toda ficción". Por último, lúcidamente
observa:
"...la
parodia resulta en la obra de Silvina Ocampo una verdadera concepción
de la literatura: en lugar de ser superficie que sugiere contenidos,
la palabra agota esos contenidos reflejándolos, asumiéndolos,
reduciéndolos a un plano único, el que le dicta su
propia existencia".[19]
Por alguna razón, siempre regresamos a lo fantástico,
por lo que Tzvetan Todorov ha explicado: "Lo fantástico
nace del lenguaje; es a la vez su consecuencia y su prueba".[20]
Por mi parte, agrego que si lo fantástico nace del lenguaje,
lo real es absolutamente improbable.
Por lo tanto, no debe sorprender que en la lucha por la casa, librada
en los cuentos de La furia de Silvina Ocampo, sean los fantásticos
niños quienes hayan impuesto su desorden sobre el frágil
orden moralizado de los adultos y su imposible ambición de
realidad.
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NOTAS:
*.
Silvina Ocampo, La Furia y otros cuentos, Buenos
Aires, Editorial Alianza, 1982. Todas las citas corresponden
a esta edición. Los subrayados que aparezcan son míos.
1.
Mancini, Adriana, "Sobre los límites. Un análisis
de La Furia y otros relatos de Silvina Ocampo", en
América; Cahiers du Criccal, nº 17, 1996.
2.
Silvina Ocampo, "Los amigos", en Ob. Cit.
(Pág. 217).
3.
Silvina Ocampo, "Voz en el teléfono",
en Ob. Cit. (Pág. 183).
4.
Ibídem (Pág. 183).
5.
Ibídem (Pág. 184).
6.
Ibídem (Pág. 179).
7.
Ibídem (Pág. 184).
8.
Generalmente estos narradores son en primera persona, preferibles
para desempeñar la función de subjetividad extremada
que el autor, deliberadamente, les asigna para lograr el efecto
necesario que mantenga al cuento dentro del género.
La caída de la casa Usher de Poe es un buen
ejemplo de esta modalidad. En contraste, los narradores en
tercera persona pocas veces son utilizados para este fin,
pues, inevitablemente, suelen dar sensación de una
actitud más objetiva, producto de un punto de observación
situado a la distancia.
9.
Una de las diferencias entre Felisberto Hernández y
Silvina Ocampo es que en la obra del escritor uruguayo la
cadena generalmente está compuesta por múltiples
eslabones. En Silvina Ocampo, en cambio, la cadena siempre
es doble. Acerca de Felisberto Hernández y esta modalidad
sugiero descubrirla en los cuentos que componen la serie Nadie
encendía las lámparas (1947) o en Tierras
de la memoria (1965), entre otros.
10.
En los cuentos de La furia la forma de esa observación
es el voyeurismo o el espionaje. Es decir, los espectáculos
son vistos a través del ojo de una cerradura.
11.
La existencia aquí es un evento porque en gran medida
está configurada como espectáculo.
12.
Pablo Palacio, La doble y única mujer,
en Obras completas de Pablo Palacio, Quito,
Editorial de la casa de la cultura ecuatoriana, 1964.
13.
Daniel Balderston, "Los cuentos crueles de Silvina
Ocampo y Juan Rodolfo Wilcock", en Revista Hispanoamericana,
Número 125, octubre de 1983.
14.
Silvina Ocampo, "La oración", en Ob.
Cit. (Pág. 199).
15.
Uso los términos "capturado" y "estriado"
en el sentido que Gilles Deleuze y Félix Guattari les
otorgan en Mil mesetas. Véase "Aparato
de captura, y Lo liso y lo estriado", en Gilles Deleuze,
Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Valencia,
Pre-textos, 1980.
16.
Daniel Balderston, Ob. Cit.
17.
Jorge Luis Borges, El escritor argentino y la tradición,
1930.
18.
Silvia Molloy, "Silvina Ocampo, la exageración
como lenguaje", en Revista Sur, núm.
320, octubre de 1969.
19.
Silvia Molloy, en Ob. Cit.
20.
Tzvetan Todorov, Introduction à la littérature
fantastique, Paris, Editions du Seuil, 1970.
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©
Juan
Diego Incardona
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