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Lectores
de la tierra. Segunda
vivencia:
El
dios
ignorado
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La
primera vivencia de Lectores de
la tierra se encuentra en eom21
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¿Qué
hace?
Junto los guiones de diálogo.
Déjelos, pesan demasiado.
Es cierto, no pensé que estas rayitas pesaran tanto.
(Breve silencio)
Puedo hacerle una pregunta.
Adelante.
¿El
arte es solamente descubrimiento?
¿Por
qué lo dice?
Usted me ha explicado que nuestras vivencias consisten en cavar
pozos...
Es cierto.
...y en extraer objetos.
Sí.
Usted me ha dicho que esas vivencias son una lectura. Una lectura
de la página blanca, diría yo.
Perfecto.
Entonces, la conclusión que hago de sus enseñanzas
es que el arte es descubrimiento. Me pregunto si la creación
es posible.
La creación es el paso siguiente al descubrimiento.
¿Cómo?
La creación del artista consiste en la combinación
ingeniosa de esos objetos que ha extraído.
Claro...
No parece muy convencido. Se lo explicaré de otra forma:
Las palabras que el artista encuentra están todas vestidas,
y vestidas para invierno. Esto siempre es así. Luego, según
su ingenio y habilidad, sabrá montar con ellas un espectáculo
particular, al quitar de algunas palabras una, dos, tres prendas,
tal vez más, y agregarlas al ropaje de otras de la serie.
Un
desfile de modas.
Incardona, paradójicamente su sarcasmo se acerca a la verdad:
Sí, un desfile de modas, esa es la creación del artista.
Dar cuenta de su época y su cultura, dar tensión a
su época y su cultura, todo a partir de la combinación
de elementos preexistentes.
¿Cómo
debe ser esa combinación? ¿Debe estar regida por la
emoción o por la razón?
En primer lugar, si el artista tiende exageradamente a la razón,
puede lograr, en algunos casos, buenos resultados, aunque corre
el riesgo de que sus combinaciones pierdan gracia. En segundo lugar,
si el artista combina la razón y la emoción armoniosamente,
verá los mejores resultados. Por último, está
el artista que tiende a la pura emoción. Esto suele ser un
desastre.
¿Por
qué dice eso?
El artista capaz de gobernar los objetos extraídos del pozo
es capaz de construir con ellos verdaderas ciudades. Sólo
la razón permitirá al artista planificar y ejecutar
una cantidad suficiente de calles y avenidas, de parques, de puertas,
de monumentos, de museos, de jardines, de casas y edificios, etcétera,
que permitan al lector internarse y deambular dentro de la combinación.
Si además el artista combina emociones y sentimientos la
ciudad será aún más bella, repleta de detalles
en su arquitectura, de flores en sus jardines y parques, de adornos
en sus casas... Pero atención, si el artista es pura emoción,
sin razón que controlen sus actos, los sentimientos cobrarán
tanta fuerza que se convertirán en tempestad. Esta tormenta
arrasará con columnas y paredes, derribará edificios
y tapará todos los caminos. La ciudad se convertirá
en un montón de ruinas, en una anarquía inaccesible
para lectores que quieran hurgar en sus misterios. La única
salida en estos casos es volver a cavar, volver a limpiar los objetos
y volver a combinarlos de manera adecuada. En conclusión,
los sentimientos dan estética pero no dan forma, ésta
sólo es posible mediante la razón.
Creo que estoy de acuerdo, aunque tendré que pensarlo.
Está bien.
Dígame, ¿percibe algo?
Sí, mis manos están hallando fragmentos de oraciones.
Permítame ayudarlo.
Por supuesto.
De qué se trata.
Son las palabras sepultadas de un dios.
¿Un
dios?
Sí, un dios ignorado por su pueblo.
¿Qué
clase de pueblo es ése?
Es el pueblo escita.
¿En
Siberia?
Así es.
Parece que no quedan más palabras en este pozo.
Quizás
haya más, pero deben estar enterradas muy profundamente.
Incardona, vamos a limpiarlas. Traiga los pinceles.
Bueno, pero le propongo que después las combinemos juntos.
Combinación en colaboración. No hay problema.
Parece que otros arqueólogos han estado aquí antes
que nosotros.
Es cierto. Mire este nombre.
Seguei...
Seguei Rudenko.
¿Dónde
estamos?
En el emplazamiento de Pazyryk, en Altai. Es el año 1929
y Rudenko dirige la exploración de arqueólogos soviéticos.
Allí están, véalos, desentrañando kurganes
sobre las páginas blancas que cubren al pueblo escita y su
dios ignorado.
¿Por
qué lo ignoraban?
Porque los escitas rendían culto sólo a sus muertos.
Volvamos a la superficie, Incardona, vamos a combinar las oraciones
que encontramos.
Sí, señor.
De
esta forma, mi compañero y yo, lectores de la tierra, limpiamos
estas palabras y asignamos a nuestro antojo un orden sobre ellas;
descubrimos que nos estaban esperando.
Esta
es la carta del dios escita, descubierta y combinada:
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La
arqueología o la literatura
que libera a la brisa, aliento
de dioses invisibles
que
habitan en los pasillos tenebrosos del flautín,
que imagina cunas en tumbas,
que reza sentencias absurdas en un suelo pagano (suelo
blanco),
que define a las historias de mi oprobio,
me ha regalado una nueva paradoja:
Los escitas cabalgaron las estepas de hielo bajo una pira
de estrellas ardientes porque Yo he dormido aquella noche
(suelo blanco) y he soñado en mi rostro a Pedro el
Grande y he mandado traer el pasado imaginación
secuaz de mis entrañas
a la vigilia, al papel, al tiempo de los péndulos.
Pero Yo, paradójicamente, que también soy Pedro
el Grande, no soy Pedro el Grande. Tampoco ningún hombre
de mi pueblo, aunque sea todos ellos. No.
No
existen las palabras que expliquen ser y no ser. Miren:
no tengo cuerpo.
Soy un Dios, un Dios que sueña, en fin, he decidido
inventar un pueblo errante,
he ultimado detalles, he
dicho:
"Que
exista un pueblo que me ignore".
También los he soñado a ustedes, arqueólogos,
y he dibujado bajo mis párpados, al sur de la Siberia,
junto a Mongolia, a Seguei Rudenko develando un kurgán,
verosímil es cierto, con reyes muertos, verosímiles
es cierto, para poblar este universo ciertamente inverosímil
de sus lecturas.
También inventé, o escribí, a los zares
del futuro, antes, o en cualquier tiempo no hay medidas
que enumeren mis actos.
He creado a Herodoto y puse palabras en su boca:
"Los
Escitas son el pueblo más antiguo de la Tierra".
Además me atribuyo el invento de las pequeñas
montañas, túmulos de tierra, roca y agua congelada.
Almohadas
del mundo.
En fin,
en esta porción del humo de mi existencia cuento la
acción de mi eterno letargo:
He soñado todo, quizás fue un destello, o un
gesto, o un ronquido, o un sollozo, o una sonrisa, o un sonido
o un silencio.
Pero en el fin,
ahora (o antes), cuento la acción: Despierto de una
vez y descubro
mi decisión paradoja de la arqueología
o la literatura a través de los cristales de
agua:
Los hijos de mí no me conocen.
Quizás porque preferí ser un dios ignorado,
quizás porque otros dioses están soñando,
tal vez uno de carne, tal vez uno de huesos y cenizas, quizás,
arqueólogos lectores, es por estas causas que los escitas
han preferido rendir culto sólo a sus muertos. Saben,
he llegado a la peor de mis conclusiones: En el suelo blanco,
pagano, que adormeció mis sentidos, que atrapó
las brisas de mis flautines, que definió las historias
de mi oprobio, una lápida rezará una sentencia
absurda y blasfema:
"Quien
yace no es un dios, es un muerto".
¡Ah!
¡Pero la tierra y el cielo se tocan en el horizonte
de los ojos!
Por eso, arqueólogos que leen estas páginas,
les advierto:
Quien haya escrito, o
soñado, mi
lápida,
olvidó restringir mis decisiones,
olvidó quemar mi almohada,
olvidó raptarme de la inmortalidad del hielo,
olvidó soñar tumbas en mi cuna,
olvidó matarme.
El
Escita
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El
dios ignorado.
Esta es mi segunda vivencia.
Hemos cavado este pozo, nosotros, lectores de la tierra, arqueólogos
de las páginas blancas.
Está escrito.
©
Juan
Diego Incardona
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