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Relato
del libro
La
Distribuidora de Sueños
y otras empresas
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Carta desde
El Sanatorio |
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Intérnate
si quieres, Mazabel.
Al entrar encontrarás en el vestíbulo numerosas imágenes
de la ciudad antes del 9 de Abril.
Hay
grabados, lo mismo que daguerrotipos y fotografías. Son imágenes
sepias que el grueso de quienes nos internamos no conocíamos
o de las cuales teníamos una idea borrosa.
Grabados de las Galerías de Arrubla.
Del tranvía de mulas, que aparece luego electrificado.
De los cafés y la gente con sus sombreros infaltables.
E imágenes de los alrededores que te indican lo pequeña
que era esta ciudad hace cincuenta años.
Miras esas imágenes si llegas a internarte por tu voluntad
y tienes la calma necesaria, porque algunos ingresan a la fuerza
o tan alterados que no tienen ocasión de percibirlas.
Y luego, al final del vestíbulo, ves decenas de fotografías
de los destrozos que sucedieron al asesinato de Gaitán. De
esas fotografías de Sady González que ponen en los
periódicos los días de conmemoración.
Y por el sistema de sonido, a muy bajo volumen, oyes fragmentos
de los encendidos discursos del caudillo, y luego te enteras que
los retransmiten ahí sin interrupción, igual que en
muchas empresas los espacios destinados al público se ambientan
con música casi inaudible.
Ya en el interior, te reciben mujeres mayores, de aspecto corriente
pero que saben inspirarte confianza, y un grupo de niños
y niñas que revolotean a tu alrededor y te siguen si los
acoges o se alejan jugando si ven que te perturban. Y enseguida
pasas directamente a tu cuarto a bañarte y a cambiarte. Las
mujeres te guardan bajo recibo todas tus pertenencias, la ropa,
el dinero, los objetos de valor, y te entregan las prendas y zapatos
que usarás durante tu estadía en la clínica.
Los cuartos carecen de espejos. Debes aprender a afeitarte y a arreglarte
sin ellos, aunque durante tu permanencia bien puedes dejar de hacer
lo que no sea estrictamente tu aseo y arreglo indispensables. Por
eso verás tantos hombres barbados y mujeres sin maquillaje.
A la primera impresión, todavía ligada a lo que vienes
de vivir afuera, son cuartos bastante desnudos. Altos y de paredes
gruesas, únicamente decoradas con un pequeño cuadro
en mitad de la más ancha, y mucho más amplios que
las habitaciones de las que vienes, cuentan apenas con una cama
de barandas de uno con veinte, con dos colchones de algodón
sobrepuestos y gruesos y discretos edredones, una mesa de madera
con cajones y un taburete.
En la mesa siempre hallarás papel y lapiceros, por si quieres
escribir. Y verás que con los días y el efecto de
la terapia te sientes tentado a hacer anotaciones que, si lo consientes,
son publicadas en el plegable en mimeógrafo que circula para
compartir las sensaciones, las alucinaciones, las obsesiones o simplemente
los comentarios de los internados.
Si quieres puedes pedir una máquina y te darán una
vieja, de esas grandes de tipos altos y bien separados, que parecen
alquiladas en museos.
Y
también hallarás sobre la mesa un billete impermeable
de la lotería de la clínica y un catálogo para
escoger los que quieras ese día, y te los llevan pidiéndoselos
a las camareras, que a pesar de su edad van y vienen atendiendo
los llamados que se les hacen a través de timbres.
El
edificio es de dos plantas que forman una gran cuadrícula.
Y en los cuartos buena parte de la pared principal la ocupan la
puerta y un ventanal de cuatro batientes que da al amplio patio
claustrado o al jardín perimetral.
Sea que te instalen arriba o abajo, pronto te aficionas a tu panorama.
Hacia el interior, por los cuatro costados del zaguán o del
balcón de madera, hay pesadas bancas de tres puestos, de
madera pulida y brillante, en las que te puedes sentar a ver sin
afán lo que la mayoría de las veces es nada en concreto.
Y tus ojos se te llenan lentamente con el piso adoquinado y la arquería
y las columnas de piedra en medio del sol, la lluvia o la atmósfera
gris, y con los niños, en las tardes, jugando para el recreo
de los internados.
O hacia el exterior tendrás desde tu ventana o las bancas
el colorido de las distintas especies de flores cultivadas con profesionalismo
o simplemente el verde vivo del césped donde otros niños
de tanto en tanto aparecen a jugar. Y siempre estarás protegido
de la calle y ausente de lo que vivías porque al final del
extenso jardín hay árboles tupidos y altos setos plantados
a todo el rededor de los linderos de la clínica.
Como
no hay despertadores, las mujeres pasan temprano por las habitaciones
y golpean suavemente en las puertas. Y en la nueva ronda, que hacen
media hora después, entran haciendo uso de sus llaves.
Si continúas dormido, se retiran silenciosamente y esperan
a que te despiertes y las llames. En cambio, si ya estás
despierto, te descorren completamente las cortinas del ventanal
y si el tiempo es cálido te lo abren, mientras te dan las
nuevas sobre el clima y la programación para ese día.
Y,
estés despierto o no, antes de marcharse te dejan los plegables
que un grupo de ellas imprimieron hasta entrada la noche en el mimeógrafo.
Con los días te convences de la suerte de contar con ellas.
Unas con más disposición natural que otras, siempre
están interesadas en hablar contigo si ven que tú
lo quieres. Y como todas están dispuestas a las remembranzas,
poco a poco te habitúas a la nostalgia y a los ambientes
del pasado, de modo que bajo su influencia se hace fácil
dejar que obre en ti la terapéutica.
Todo
el día te las encuentras, es como si vivieran aquí,
y algunos de los niños que juegan para nosotros se sabe que
son sus hijos.
A la hora del desayuno, siempre con frutas frescas, ellas te las
ofrecen en canastas llenas que sostienen contra sus cuerpos recios.
Y entretanto su conversación gira alrededor del campo y la
naturaleza y nos regodean con imágenes bucólicas de
tiempos desaparecidos. Y el comedor mismo está adornado con
grandes bodegones y pinturas de escenas campestres.
Luego del desayuno puedes vagar un rato solo por el edificio o detenerte
en alguno de los bancos de madera oscura y reluciente, a esa hora
sin la presencia de la mayoría de los niños, porque
están en sus colegios. Por el sistema de sonido interno y
reproducidas de discos de acetato, pasan antiguas canciones folclóricas
y fragmentos de obras familiares a la mayoría, y en las pausas
hombres y mujeres se alternan en la manifestación modulada
de sus sensaciones.
Sin embargo, las reproducciones e intervenciones se hacen a tan
bajo volumen y siempre caracterizadas por los defectos de sonido
propios de tan desuetos instrumentos, que música y voces
terminan por ser sólo motores del recuerdo. Incluso con frecuencia
pierdes pronto la noción externa de la música y las
voces y sólo te queda la presencia de ese sonido granular.
Y en algún momento, si te quedas demasiado tiempo en los
bancos o vagando por el edificio, una de las mujeres se te acercará
para invitarte a que participes en las actividades generales. En
las mañanas, para reponerte de los males que se avivan en
la noche, puedes acudir dentro de la clínica a las ayudas
que te ofrecen las matronas, los astrólogos, los adivinos,
los poetas y los metafísicos, los esotéricos y los
sacerdotes y maestros de diversas religiones y creencias que prestan
sus servicios a la clínica.
Todos van en las mañanas y la clínica te incluye en
la pensión una consulta diaria con el que selecciones y las
urgencias que requieras. Y por tu cuenta puedes acudir a cuantos
quieras las veces que desees y para eso están dispuestos
a atenderte desde las nueve hasta las doce.
Sin embargo, si no amaneciste de buen ánimo para integrarte
a las actividades generales, la mujer te invitará a que la
acompañes a cumplir con sus quehaceres en la clínica.
En su compañía irás por las habitaciones de
los internados en las que ellas van haciendo la limpieza, mientras
te cuentan sucesos de la clínica y a veces de ellas mismas.
Y alguna te llevará a los salones donde lavan o alisan nuestras
ropas y las sábanas de todas las camas de la clínica
o te llevará a la cocina.
Para alisar usan planchas de hierro, negras, que calientan cargándolas
con carbón al rojo vivo y manipulan con soltura a pesar de
su evidente peso. Las agarran con firmeza del asa recubierta de
madera pulida y van rociando con agua la prenda, protegida de la
plancha con un trapo blanco que deslizan con destreza.
Por su parte, las comidas las preparan en grandes ollas ennegrecidas
por el tizne, puestas sobre parrillas de hierro sostenidas en pilares
de ladrillo y calentadas con hogueras de leña. Dos amplios
hornos de ladrilo y barro, que calientan todas las mañanas
también con hogueras de leña, les sirven para asar.
Como se anuncia en los folletos, la alimentación que suministran
excluye los fritos, regula las harinas y abunda en vegetales, pues
para una mejor disposición a la terapia es necesaria la desintoxicación
del organismo, cuyos líquidos se espesan con el colestorel
y los triglicéridos.
Bebiendo
humeantes aromáticas de hierbas naturales, endulzadas si
lo quieres con gotas de miel de abejas, puedes permanecer callado
contemplándolas trabajar y te confortas viendo los carbones
rojos apretados dentro de las planchas, la leña ardiendo,
los productos que van quedando con la apariencia hogareña
ofrecida en los folletos.
Pasado
el almuerzo, a los pocos minutos un progresivo y gran sopor te impulsa
a hacer la siesta y las mujeres aprovechan para comer ellas y dar
de comer a los niños.
La siesta es profunda y larga. Y al final muchas veces no estás
seguro si te despertaste. Lo dudas aunque oyes a los niños
y puedes verlos por los ventanales o saliendo a los corredores.
Como sea, te despiertan precisamente las numerosas voces de los
niños y el tumulto de los animales o, en último caso,
la voz de una de las mujeres que sueles encontrar cuidándote
sentada al borde de la cama.
Y siempre, al despertarte, te absorbe enseguida el tumulto de los
animales.
Mugidos y estampidas de hatos de reses, y relinchos y resoplidos
de caballos y ladridos de perros, mi primera tarde.
Salí de la habitación y no encontré más
explicación que el sistema de sonido interno.
Pero desde el patio empedrado, en donde se congregan los sorprendidos
internados las primeras tardes de su estadía, no estarás
seguro que sea el sonido interno, pues escuchas el tumulto en todas
las direcciones y con una intensidad y claridad que en nada se asimila
a la reproducción magnetofónica tan defectuosa que
se oye en las mañanas.
Lejanos, hay tardes en las que oyes a los leones merodeando lo que
acaso sean cebras o antílopes. Y te gastas la tarde en sus
persecuciones laboriosas y sangrientas, expuesto al dominio vital
de sus rugidos.
Otras tardes el cielo parece habérsete acercado. Puedes oír
los aleteos y los cantos de gran diversidad de pájaros que
unas veces reconoces ¡como a los estruendosos chupaflores!
y otras no, sin que en tu encanto eso importe.
Y hay tardes en las que oyes los enigmáticos y sordos cantos
de las ballenas sumergidas en el agua o el juguetear feliz de los
delfines o los silbidos y movimientos de las serpientes al deslizarse
por la broza o a las manadas de gorilas o elefantes.
O te sorprenden con los píos, cacareos y cantos de miles
de pollitos y gallinas y de los gallos o con los graznidos de cientos
de gansos y de patos o con los gruñidos y el hozar de piaras
de cerdos o el balido de ovejas, como si te desplazaras entre galpones,
criaderos y corrales que no ves pero los sientes.
O te atraen a la audición narcótica del mar vaciándose
como bultos de granos sobre las playas o rompiéndose contra
los acantilados, siempre con el matiz de las aves chillonas y a
veces con el de las morsas o las focas.
O te entretiene el zumbido de los enjambres de abejas y de avispas,
como si en tus oídos hubieran hecho sus panales, y de tanto
en tanto te aturden abejorros.
Y al atardecer se apodera de la clínica un rumor creciente,
mezcla de croar de ranas, cantos de grillos y chicharras y vuelos
y chillidos de bandadas de murciélagos recién despiertos.
Entonces, cuando el rumor ya es sostenido y potente, una de las
mujeres te rescata y te lleva a las piscinas de aguas tibias y verdosas,
como infusiones de tisana, en el gran semisótano cubierto,
que está aislado de los niños y del tumulto de los
animales. Allí descansas, sumergido en el agua o penetrado
por los vapores reconstituyentes. Y el momento es propicio para
las rememoraciones y para compartirlas con los internados.
Pero de repente suena la fanfarria durante un largo minuto y a continuación
el meloso maestro de ceremonias informa por los altavoces del semisótano
sobre el comienzo de la lotería y siempre con su animación
dulzona nos pide que alistemos los billetes impermeables.
Para la realización de los sorteos y como garantía
la clínica cuenta con la asistencia de un representante de
la Oficina de Rifas, Juegos y Espectáculos del Distrito.
Comenzado el sorteo, en el semisótano no se ven las seis
ruedas, pero se escucha con fuerza su sonido característico
al girar todas a la vez. Y sumergido uno en el agua vaporosa, por
lo común con el billete impermeable puesto a flotar al alcance
de la mano, es emotivo oír el giro de las ruedas y cómo
se van lentificando. Hasta que las oyes detenerse una tras otra
y de pronto el maestro de ceremonias grita con su animación
el número y la serie.
Cada noche resultan entre quince y veinte ganadores, que obtienen
como premio la invitación al viaje a los alrededores organizado
por la clínica luego de la cena. Y sin duda los sorteos se
realizan de tal modo que todos los internados ganan por lo menos
una vez durante la estadía.
Cuando sales de las piscinas la noche está avanzando rápido.
La cena para quienes no ganaron es un bufé y está
lista y te dan abundante vino rojo de toneles de la propia clínica,
que dejan en las copas redondeadas la impresión de la madera.
Siempre un trío de cuerdas, de músicos irremediables
bordeando los cincuenta años y distintos cada vez, ameniza
la cena con canciones. Y algunas de las mujeres, que están
finalizando su turno con la cena, se mezclan sonrientes entre los
internados, recién bañadas y arregladas, e impulsan
con desenvoltura la conversación, incluso bebiendo vino ellas
mismas.
Y por fin, hacia las nueve, una anuncia la salida del bus de ganadores
y ellos se dirigen hacia el carro con el trío y algunas de
las mujeres.
Los llevan, con todos los vidrios de las ventanillas cubiertos por
cortinas fijas, hasta casas alquiladas a campesinos de Chía
o La Calera. Llegados a la casa, los campesinos les encienden chimeneas
o fogatas, según esté el clima, y les asan carnes
adobadas y mazorcas y arepas blandas de maíz de choclo y
otras viandas hogareñas, mientras ellos continúan
bebiendo vino y las mujeres los mueven a bailar al son del trío,
que ha pasado a canciones tradicionales mucho más festivas.
Y entretanto, en el edificio, pasada la cena, temprano para quienes
se quedan, apagan todas las luces de la clínica. Pero puedes
deambular por el edificio en penumbras y alguna de las mujeres que
aún quedan te ofrece un candelabro para el caminar errático
que podrás seguir solo por el edificio. Y como instalan numerosos
telescopios en el patio empedrado, también puedes dejar pasar
las horas mirando el cielo en el silencio de la noche.
Algunos
aprovechan el momento para consignar en las libretas las evocaciones
y simbolismos personales que las mujeres publicarán en el
plegable matinal.
En
todo caso, pocos quieren acostarse pronto. Sobretodo en los días
en que han ingresado grandes contingentes de nuevos trastornados,
pues es seguro que oigas correr a la pareja de mujeres del turno
de la noche a atender a quienes se despiertan sobresaltados, gritando
a veces, a causa de las pesadillas que traen incubadas. Son las
horas en que una y otra vez pasa cansino por los corredores el terapeuta
gigantón, a veces en compañía del hipnotista.
En
esos días sólo la llegada del bus de ganadores promediando
las dos de la mañana alivia la tensión. Pues arriban
siempre con escándalo y con el trío todavía
cantando.
©
Heider
Rojas
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