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Siempre
a la espera
Este
relato pertenece al libro
Pasajeros
de la memoria
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Pasan
las horas de hastío
por la estancia familiar
el amplio cuarto sombrío
donde yo empecé a soñar
Antonio Machado |
Saúl sonrió y el espejo
le devolvió su imagen convertida en la de un hombre feliz.
Se detuvo allí todo el tiempo necesario para contemplar al
sujeto que le sonreía, como si en el pequeño reflejo
se observara algo diferente a él mismo. Así estuvo
toda la mañana de aquel oscuro día de marzo, envuelto
en el incienso olor a sándalo que lo ocultaba con su humareda
del resto de los objetos del cuarto, de los libros acomodados a
lo largo de las cuatro paredes, del cuadro colgado frente al espejo
con un hombre desnudo y un saxofón multiplicándose
como él y amparando su permanente soledad. Después
de contemplarse varias veces retornó su boca al estado acostumbrado,
al hermetismo que lo acompañaba hasta sus treinta y tres
años, y el otro, el del espejo, hizo lo mismo. "Ya es
hora", pensó. Ordenó algunos libros en los estantes
empotrados en las paredes, tomó uno solo de encima del escritorio
y le dedicó una última mirada al individuo del espejo
antes de cerrar la puerta de la habitación tras de sí.
El del espejo también salió.
Ahora se cumplen veinticinco años. Debo decir que conservo
un recuerdo muy vago de esos lejanos sucesos infantiles; una extraña
sensación me indica que pertenecen a otra persona, no a mí.
En cambio, me llega intacto aquel momento decisivo, en el que salí
despavorido de mi casa huyendo del griterío de mis hermanos
y me refugié en el único sitio del barrio que había
llamado mi atención, el puesto de revistas de don Alberto.
En repetidas ocasiones, había pasado por el lugar y había
sentido un fuerte impulso de entrar, atraído quizás
por el aspecto solemne que salía de tanto libro apretado
y cubierto de polvo, y luego de entrar por primera vez un impulso
aún mayor de no abandonar el sitio. Después de varios
días de frecuentes visitas, don Alberto se dedicó
a patrocinar mis escapadas eximiéndome del pago del alquiler
de sus libros y revistas y dejándome escudriñar acurrucado
su abundante inventario de novelas de aventuras. Y para saldar nuestra
alianza de cofrades, el viejo me auxiliaba en las jornadas de racionamiento
eléctrico con un hermoso ritual en el que yo permanecía
en el centro de su caseta, rodeado por espermas y libros como cualquier
iniciado en ceremonias religiosas. Luego no volví a dormir
tranquilo. En el confuso hacinamiento familiar reducido a dos habitaciones
para ocho miembros, empecé a destinar las noches para recrear
mis lecturas del día Noche a noche repasaba los maravillosos
personajes de las historias y me divertía inventando otros
personajes y fabulando con intrincados mundos para incursionar en
las fantasías de soñadores seres como yo. O sea que
fue por esos años cuando anhelé convertirme en escritor.
Hoy estoy a un paso de alcanzar dicha ambición.
Desde que en la familia y en el barrio empezaron a tomar conciencia
que en Saúl moraba un ser diferente todo se le facilitó:
cesaron las invitaciones a los vehementes partidos de fútbol
en los que se definía la masculinidad de los jóvenes;
cesaron las invitaciones a cumpleaños, primeras comuniones,
bautismos y, más adelante, a agualulos y confabulaciones
de muchachos para espiar a las adolescentes que se iban a bañar
al río. A todo fue una sola vez, "para probar",
pensaba él, y luego no volvió. Prefirió encerrarse
entonces en su cuarto, o en aquella singular buhardilla que él
mismo había construido en lo más alejado del patio,
entre los árboles de mango y que llamaba biblioteca, y donde
iba guardando como preciados tesoros los libros que don Alberto
le regalaba y los que compraba de segunda mano con el dinero destinado
a sus recreos en el colegio. Empezó por trasladarse a la
buhardilla en las noches, cuando en la casa se veían las
telenovelas en perfecto silencio, y luego se acostumbró a
dormir allí, entre el polvo de los anaqueles y las voces
de los personajes, entre los contundentes golpes de los mangos sobre
el techo que lo despertaban y los vaivenes de su cabeza que se
negaba a descender hasta no ver la palabra fin en la última
página del libro. Sólo en la intimidad de su espacio
aprendió a sonreír de vez en cuando, como si sus momentos
de felicidad estuvieran reservados para el capitán Acab,
para el enigma de la Mota Negra, para los viajes de Gulliver, o
para las insolentes estupideces de un par de dicharacheros llamados
don Quijote y Sancho, abominables farsantes de las historias del
ilustre Amadís y su escudero Gandalín. Cuando fue
pasando el tiempo se habituó a salir a lo que sólo
consideraba socialmente obligatorio: estudiar, hacer una que otra
diligencia familiar o fisiológica y acompañar a su
madre al mercado, ya que al renunciar a estudiar simultáneamente,
e incluso a trabajar, consiguió que fuera mirado como el
inútil de la familia. Poco a poco logró que le permitieran
comer en su escritorio, compartiendo esos instantes con los personajes
de su ficción. Mientras leía o comía, garabateaba
trazos en hojas sueltas que siempre iban a parar al cesto de la
basura. Cuando cumplió dieciocho años, y a cambio
de regalos tradicionales pidió libros con títulos
sugeridos por él mismo, todos en la familia resolvieron en
consenso que además de escritor iba para loco, "¿acaso
no es lo mismo?", se preguntaron ellos en la intimidad de sus
secretas cavilaciones.
Algo tenía que quedar de todas esas lecturas. Al principio,
cuando caía preso de una insaciable ansia de escribir, y
dedicaba largas horas a fantasear con las hojas en blanco, me sentía
angustiado y derrotado. Mis ominosos adelantos literarios distaban
mucho de aquellas exquisitas anécdotas contadas con tal maestría
que, en conjunto, parecían ser el producto de un solo autor,
perfecto eso sí. Y entonces mis hojas repetían día
tras día su inexorable destino: llenar la bolsa de la basura
que cada tercer día yo mismo tenía que salir a dejar
en la esquina de la casa. Después de muchas jornadas de insistencia,
desistí de la idea de escribir una novela y resolví
guardar celosamente las ideas que se me ocurrieran, asumiendo, para
ese entonces, que novelar a los veinte años, sin experiencia,
era un acto precoz e irresponsable. Además, con las lecturas
realizadas hasta entonces, había notado que las obras maestras
de la narrativa eran el resultado de escritores maduros, casi en
su totalidad después de los treinta años; seguramente
no era otra cosa que la relación directa entre edad y tiempo
de lectura. Y sin duda alguna lo mío era narrar, lo tenía
claro desde aquellos veinte años; dejarme llevar por párrafos
vertiginosos, desgajados a torrentes, intentando acceder al terreno
de lo bello mediante la reinvención del mundo, mediante una
transmutación de la realidad en la cual vivieran mis personajes.
Con la poesía había tenido un contacto ligero, escuchando
a los llamados poetas de la nueva generación, contemporáneos
míos y caracterizados por un acento dulzarrón o sospechosamente
trágico, imitando las hazañas escatológicas
de algunos escritores, pero nunca la virtud de sus escritos. Lo
tenía muy definido entonces: narrar. Pero antes de hacerlo
debería leer a los maestros, debería leer todas las
novelas, de todos los tiempos, de todos los lugares, de todos los
autores; después escribiría la mía. Sólo
entonces permitiría que mi nombre estuviera expuesto en estantes
y vitrinas al lado de figuras tutelares de la literatura. Sólo
entonces asumiría como mía la tarea de crear con rigor
y placer. Y el día en que mi nombre se posara junto al de
los genios universales se eternizaría allí. Mi nombre,
Saúl Contreras, andaría por todo el mundo en los lomos
de los libros para quedarse en la memoria escrita del universo.
Mi nombre, Saúl Contreras, sería único en la
historia de la literatura, porque Saúl sólo existía
uno y ese era yo, el mismo que a partir de sus veinte años
se confinaría a su biblioteca y leería día
y noche, hasta extinguir las obras que le impedían escribir
la suya. Todo eso es parte de un pasado imprescindible, y estos
pasos son un merecido descanso después de trece años
de fatiga. Una sola tarde de descanso mientras pienso en cómo
se va a llamar mi novela.
Algunos consideraron ridículas las pretensiones de Saúl;
otros, por el contrario, encontraron cómico visitar al personaje
bufonesco que pernoctaba en la buhardilla, junto a las gallinas,
y que muy de vez en cuando los dejaba asomarse a su escondite. Su
fama se extendió por toda la familia, el barrio, la ciudad,
y llegó hasta las reuniones y cenáculos de importantes
escritores. La familia se vio asediada de repente por singulares
personajes en espera de la magna obra de Saúl. En efecto,
veían en el interior del cuarto a una persona leyendo con
premura. Y ante tamaño acoso, él decidió no
volver a salir hasta no cumplir con su cometido y para proteger
sus dispersas ideas de posibles usurpadores. Saúl agotó
los libros de caballerías, los de marineros, los que enfatizaban
en el amor y que le producían rechazo, los que contaban insólitas
aventuras, y los que describían un espacio muy parecido al
suyo y plagado de mesura. Entre leer y soñar Saúl
cambió de aspecto:pasó a ser un hombre macilento,
con andar desprevenido y con apariencia de poeta, así él
rechazara airadamente dicho rótulo y discutiera con los que
se atrevían a llamarlo como tal, ya que ese problema de los
géneros era un asunto privado de críticos y creadores.
Cuando sintió que sus lecturas estaban llegando al punto
final, se apasionó por recorrer las librerías y bibliotecas
particulares y públicas para no cometer una herejía.
No encontró en ellas nada nuevo. Los universos del sueño
se habían terminado y ningún libro había escapado
a su implacable pesquisa. Estaba listo para sumergirse en su más
anhelado y aplazado propósito: escribir la novela que le
diera relevancia a su nombre.
Caminar. Andar por las calles conocidas de la ciudad en el más
completo reposo. Sentir en todo el cuerpo un gran vacío mientras
se recorren las librerías visitadas una y otra vez durante
casi treinta años. Detenerse y observar la inmutabilidad
de la gente, su andar desprevenido, absorto. Pensar que nada avanza,
que el mundo es un enorme témpano de hielo y que en él
sólo viven la envidia y la esperanza. Creer que todo aquél
que nos mira lo hace con admiración, que identifica nuestra
voz, que desea leer la mejor novela de todos los tiempos, la que
aún no se ha escrito. Contemplar con gestos de arrogancia
los libros. Ver en ellos numerosas páginas incorporadas a
la imaginación. Albergar las más insólitas
ideas y descubrir que son parte de esos libros, que ellos son sabios
por sí mismos, pero que ya han cumplido su ciclo en la historia
literaria. Fijarse detenidamente, acaso por primera vez, que a nuestro
lado pasan seres reales, que sentimos su leve roce, su calor abrasador;
que ellos ignoran su protagonismo en un ambicioso proyecto literario,
cómplices y personajes, espectadores y coautores. Y saber
que Saúl Contreras los va a rescatar del anonimato, que el
loco, poeta u ocioso de Saúl, va a ser el encargado de darles
inmortalidad al detenerse en ellos; que Saúl Contreras dedicó
parte de su vida para contar las vidas de otros, y que ahora, justo
en este momento, el gran témpano de hielo se ha empezado
a descongelar.
Después de su lenta y apacible caminata Saúl dirigió
los pasos hacia su biblioteca. La travesía resultó
un simple procedimiento de rutina. Iba a oscurecer y Saúl
anduvo despacio, saboreando sorbo a sorbo su triunfo sobre el tiempo
y la espera. Se sintió liviano, ingrávido y seguro.
"Todo acaba y comienza hoy", pensó. Miró
en todas las direcciones y unas pocas luces iluminaban todavía
la ciudad.
Algo nuevo se levanta ante mis ojos. Unas luces encendidas y
diáfanas me traen el reflejo de unos estantes a lo lejos.
Son objetos recién traídos al sector; nunca antes
los había visto.
Saúl parpadeó repetidas veces mirando hacia el lugar
y permaneció lelo, impávido. Tardó algunos
minutos en reaccionar y cuando lo hizo se encaminó hacia
los estantes: "Librería La Especial", leyó.
Entró y se paseó temeroso frente a los primeros estantes,
los sentidos alerta. Nada, ninguna novedad.
Sólo apellidos y títulos trajinados en la buhardilla.
Llevo una hora andando aquí adentro y mi desazón ha
sido injustificada. Era imposible pensar siquiera en una sorpresa.
Durante mucho tiempo revisé personal y minuciosamente cada
uno de los catálogos de libros, y por eso cualquier duda
es absurda.
Cuando cruzó junto al último de los muebles Saúl
se detuvo. Acercó y abrió sus ojos y leyó despacio,
deletreando en un susurro los caracteres impresos en el lomo de
un libro. Su color era exótico, algo extraño pero
atractivo. Lo extrajo de su lugar, miró con cuidado su ilustración,
su título: "Historias en una buhardilla". Buscó
con afán el nombre de su autor, y por la ansiedad se saltó
varias páginas. Sonrió. "Qué coincidencia",
pensó. Buscó otra vez, cuidándose en esta ocasión
de hacerlo con más detenimiento. Al fin lo encontró.
"Saúl
Contreras: Historias en una buhardilla. Novela". ¿Quién
me dice que no estoy ante la más terrible de las alucinaciones?
¿Quién puede dudar que acaso todos estos años
de entrega desinteresada a la lectura no han afectado mis sentidos
hasta procurarme tormentosas fantasías? Abro y cierro los
ojos repetidas veces y veo los mismos caracteres, el mismo título,
el mismo nombre. Deben ser apócrifos, sin duda alguna.
El tiempo que Saúl permaneció en la librería
fue eterno para él. Su cuerpo se rehusó a separarse
de los estantes y sus ojos conservaban el estupor que experimentó
al leer por primera vez el lomo del libro. No preguntó nada;
tampoco habló con nadie. Simplemente se quedó estático,
imposibilitado de asimilar la desagradable sorpresa que le tenía
preparada el destino. "Vamos a cerrar, señor",
le gritaron desde adentro. Ladeó su cabeza como intentando
interpretar el mensaje y descargó el libro en el estante,
con malestar y pesar. Luego salió.
Treinta y tres años lanzados por la borda de la vida,
gracias al rastreo mezquino de un audaz usurpador. Toda una vida
ignorando el peligro que se cernía sobre mi obra. Prolongadas
horas de lectura aprovechadas por un autor que funge como mi alter
ego. La más cruel y atroz realidad o el más patético
de los sueños de alguien que se ha quedado dormido en una
buhardilla con una novela abierta en sus manos.
Cuando Saúl llegó a su casa, aquel oscuro día
de marzo estaba arribando a su final. Abrió con desconfianza
la puerta de la sala y descubrió a varias personas en su
interior. Todos lo saludaron y lo recibieron con una sonrisa de
júbilo. Saúl vio en ellos una expresión de
satisfacción que no entendió. "Felicitaciones,
Saúl", le dijo alguien. Saúl lo observó
con mirada atónita, abriendo los ojos de forma exagerada.
El hombre le alargó un periódico local que Saúl
tomó y leyó con cierto desdén: "Historias
en una buhardilla, novela de Saúl Contreras. La obra más
esperada de todos los tiempos se ofrece al público y a la
crítica a partir de hoy" Devolvió el periódico
con malestar y se dirigió presuroso a la buhardilla mientras
desatendía los llamados que le llegaban desde la sala. Entró,
se recostó sobre el escritorio y se dispuso a repasar un
libro para mitigar un poco los difíciles sucesos de ese día
especial. Sin proponérselo, cerró los ojos y se entregó
a un profundo sueño. En la sala todos esperaban su regreso
con ansiedad.
©
Betuel
Bonilla Rojas
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