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No
me gusta este silencio. Maldita cosa la vida y maldito el recuerdo
que no sirve más que para gritarme a la cara "eres malo,
Juan Imperio, muy malo". Y que le voy a hacer. Soy un hombre
con una pata en la tumba y la otra en el pedazo de tierra del que
no me quiero ir.
Dirán: ¿No que tan maldito todo? Pues sí. Por
eso no me he dejado nunca. Me agarré a lo que pude. Lo mejor
fue la mirada de aquellas mujeres, misteriosa como una puerta entreabierta,
mojada de penumbra, que invita a pasar. Luego uno pasa, despacito,
cuidando de que no se acaben esas palabras que son como un ungüento
que se frota y amansa el miedo.
Que
así es la muerte, que te llama "ven, ven, por aquí.
Métete en la luz, en el bendito ardor que no quema, bueno,
nada más poquito, así quieres más" Pero
yo ya saqué mis cuentas y digo que mienten. No es lo mismo
estar despierto, sabiendo lo que haces con tu consentimiento, a
que te manden dormido y te avienten a lo más hondo para siempre.
¿Ya
me vieron? Estoy viejo, extremadamente viejo, de un viejo excesivo,
muy viejo, para que me entiendan. Soy capaz de tropezarme hasta
conmigo mismo, de hablar con las sombras. Más así
como me ven, óiganme todos, estas manos que ahora me tiemblan,
fueron las que juntaron al milagro con el pecado.
"Ándale
Juan Imperio, dame algo para que se arrastre de amor por mí"
Yo las veía de lado, acomodando los frascos rellenos de animales
y ramas secas que recogía de allá, detrás de
los cerros, bajo las piedras, en lo más oscuro. Después
les clavaba los ojos en el puro medio del pecho y les decía
en voz alta, para que brillara la autoridad: "Primero hay que
revisarte el alma. De seguro y no está donde te la puso Dios.
Eso tarda. Hay que buscarla".
¡Ah!
Cómo me gustaba verlas así, tan dispuestas, preguntando:
"¿Cómo cuánto Juan Imperio? El alma es
invisible" Porque luego yo decía: "Entonces si
es invisible, es, porque si no, pues no es. ¿O qué?
No me tienes confianza"
El mareo que les daba pensar las ponía muy quietas.
Las
hubieran visto salir tan contentas, con un animalito flotando en
el alcohol de color.
"Unas
cuantas gotas en el suelo que pise y me dices lo que quieras. Al
rato hasta vas a venir para que te lo quite de encima".
Qué
bonita la fe. Hace que se cumplan todos los milagros.
Por
eso llevo siete días esperando, siete días vigilando
que no se apague el fuego y se seque el agua donde hierven las fotos
que yo les pedí con todo y dinero a cambio de mis favores.
Un solo trago de esas caras lisitas y espantaré a la muerte,
me dejaré de caer a retazos.
Ya
cállate Juan Imperio. Por malo el demonio no te deja cerrar
los ojos. Mira todo lo que hiciste. Desde que me acuerdo estás
hable y hable, como si estuvieras hecho nada más de palabras.
Por que no te llevará de una vez en lugar de tenerte en el
remojo de este infierno, que no es nada comparado con el que te
vas a ir.
Yo
te quise Juan Imperio, me enyerbaron tus embrujos. Dizque no me
encontrabas el alma. ¿Y quién vive con ese susto?
Entonces iba y venía hasta que sentiste que te estabas pasando.
Luego supe que lo hiciste de adrede, me lo dijiste con burla, pero
a mi no me importó, porque ya me había acostumbrado
a tus manos, a esa voz con la que me ibas metiendo, igual que a
las manzanas en la miel espesa para forrarlas de caramelo.
Yo
creí que la gente nada más se moría una vez.
Tú la matabas a pedacitos, prometiéndoles cosas.
"No
se preocupe Consuelo, su hijo ya va a venir"
Ahí
estaba la pobre, sentada en su mecedora, viendo para afuera, acordándose
del dibujo que le enseñaste en un plato lleno de cenizas.
Después
regresó muchas veces para decirte que no, que no volvía
y para defenderte de tus mentiras, le sacaste que estaba pagando
una culpa, que cuando supiera cuál, mejor se la dijera a
Dios, porque tú con Él no te metías. Así
la encontraron, cogida de un rosario, con los ojos secos de llorarle
a la distancia.
Eso
sí, Juan Imperio, de que existe la suerte, existe. Un día
te vieron salir volando por la ventana, convertido en un zopilote
muy negro.
Todavía me acuerdo del alboroto que levantó el que
"te vio clarito". Así son las creencias. Nos dejan
muy quietos, esperando.
Ya
falta poco, pero quisiera que faltara menos.
Hay
una voz que me sigue, me quita las ganas. La oigo y no quiero verla.
Antes si, cuando la vi llegar por primera vez dándome órdenes:
"Mira
Señor. Yo vengo a que me hagas rica, pero no de hombres,
sino de dinero"
La inocencia vestida de rojo y apretado, te desarma.
Así caí yo con esa mujer, terca de querer saber lo
que le daba para seguir sabiendo.
Era
tan puntual, tan cumplida. Seguido me trajo las ocurrencias de su
voluntad.
"Ten
un zapato de cuando estaba chiquita, por si te hace falta"
Sucede.
Entre risa y risa, al rato ya andaba inspeccionando la casa, descomponiéndolo
todo. Pero es cierto. Mientras se dejaba hacer, yo le iba comprando
sus cositas de oro.
En
lo de siempre querer, fuimos iguales. El problema es que se le gastó
la fe y ahora me grita que me volvió lo malo.
Pero
a mi que no me vuelvan a decir que uno debe conformarse. Ya se nace
con los antojos.
Si los árboles dejaran de echar hojas ¿De dónde
iban a sacar la sombra?
Bueno. Pues para eso estoy yo, para dar cobijo a ese montón
de gente que quiere refrescarse de la desgracia de tanta incomodidad.
¿Ya
viste el aire Juan Imperio? En ése te vas a ir cuando te
hagas de tierra, igual que todos lo muertos. De la vida nada más
te queda soltarte de una esquinita.
Aunque no quiero pleitos, eso que cuentas era muy antes y de los
recuerdos nada más quedo yo, aquí parada, esperando
a que te tomes ese trago de caras hervidas y me convenzas de tu
poder.
Antes,
fíjate bien. De las que flotan en tu brebaje, yo era la más
bonita.
Así quiero quedar. Lo prometiste. Primero tú, luego
yo, los dos, altos y lisitos, para salir corriendo a decirles a
todos: ¿No qué no?
¿Por
qué me obligas a hacer memoria? Cada rato te me apareces
igual como eras, en un pensamiento lleno de risas y de besos que
tenían la magia de hacerme sentir livianita, livianita, como
un pedazo de papel que levantaba el viento para llevarme a muchos
lados. Y allá iba yo, en ese ventarrón de luz, en
esa fiesta de palabras que pasaban bailando, adornándonos
el amor.
Nunca te vi lo feo Juan Imperio. Yo creo que te lo tapaba el
encanto de saber de todo. Después ¿Cómo lo
explico? Te conocí de más y ya no te gustó.
La
realidad siempre ha existido, pero se puso de moda.
Hay unos allá afuera que están secando el mundo, tercos
de sacarle muestras. Como si nos hiciera falta que nos enseñaran
las tripas para saber de qué somos.
¿A
poco nada más es verdad lo que se tienta? ¿Y lo que
se ve cuando estamos despiertos, cayéndonos de solos?
El corazón no piensa, por eso se tira donde le parece más
bonito. A veces le atina, a veces no, pero se levanta y se vuelve
a tirar.
De eso se trata, de no dejar que nos gane el juicio y se nos borren
los pocos sueños que nos quedan.
Por
eso te voy a salvar Natalia. Primero yo, luego tú, para que
te vuelvas a poner esos vestidos apretados y a mí me salga
la curiosidad.
¿Qué
caso tiene el sufrimiento si no dejamos nada, si nos morimos y ya?
Mejor hay que buscarle. ¿Qué tal si todo me sale bien,
igual que a esos que tuvieron la gracia y ahora salen en los libros,
repitiéndonos una y otra vez la maravilla de sus inventos.
Imagínate. Aparte nos volvemos ricos.
A pesar de tus maldiciones te tengo confianza. Sé que no
le vas a contar a nadie como le hicimos y lo de buena para cobrar
ya lo traes.
Tengo
miedo Juan Imperio, desde aquella vez que aquél nos vino
a gritar que éramos ignorantes, que los misterios necesitan
unos aparatos que nada más los que saben tienen, que ya han
retratado fantasmas, pero que no existen, porque les preguntan y
no contestan. Entonces nada más son imaginaciones de los
que quieren encontrar a fuerzas.
¿Será
cierto eso que contó de que hay unos que de tan sabiondos,
ya están haciendo los velices para irse a vivir a la luna
y a otros planetas?
A lo mejor no sé mucho, pero yo pienso que se van a asfixiar.
Por
eso me quedé callada. Tú bien que le contestaste:
"Ándele pues, siga dando sus clases. De todas maneras
de aquí no los va a sacar".
Y le dijiste la verdad.
Acércate
Natalia y abre muy bien los ojos. No vaya a ser que creas que no
es cierto. Si ves algo raro, no te asustes, soy yo, pero con las
fuerzas que me están volviendo.
Sabe
amargo, como un asco. Así eran las vidas que yo arreglé.
Siento que algo me golpea por dentro. De seguro se me está
cayendo lo viejo Natalia. Hay muchas voces que dicen: "Vas
a quedar como nuevo" ¿Las escuchas?. Ven. Las manos
ya no me tiemblan. Ten un trago. No, espérate, yo te lo llevo.
Ya puedo. Mírame.
Sabe
amargo, pero lo tapa el dulzor de verte Juan Imperio. Igual, como
antes, como la primera vez que me robaste con los ojos.
Fíjate, no me duele nada. A ti te tocó el dolor,
a mi lo aliviada.
Tú eres mi espejo y en él me veo, así como
lo prometiste. La más bonita.
¿Quién
es esa Natalia?
Ha
de ser la muerte que viene a buscarte.
No
creo, ella no tiene cara.
Acuérdate
que uno se la pone.
Todavía
estoy aquí. Dile. No. Mejor hay que dormirnos para que no
nos vea.
Duérmete
tú Juan Imperio. Yo nada más la voy a esperar para
decirle. ¿No qué no?
©
Rosy
Paláu
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