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Este
debería ser el final.
Así debería terminar. Así debe terminar. La
sangre aún me muestra su profundo brillo y los olores, húmedos
y viscosos, dispersos por toda la habitación. El principio,
el inicio es el único inconveniente. No tiene, No tengo.
¿Cuando comenzó lo que recién acaba de concluir?
¡Un momento: todavía respira! Imperceptible pero real
siento su respiración y veo, inmerso en una incontrolable
excitación que crece, como se mece su pecho abierto en un
lento ritmo. La imagen, esta imagen, que observo me abre un inesperado
espectro de deseos que me confunden pero me alientan a seguir. Sus
ojos me observan aunque creo que está ciego como lo estaba
yo cuando ese día me atreví a hablarle. Su boca es
una laguna roja que intenta decir algo, decirme algo tal vez. Algo
más. ¿Qué es lo que puede balbucear alguien
cuando todo, absolutamente todo, está a la vista? Lo que
agregue no va a impedirme apoyar, como ahora lo estoy haciendo,
mi mano derecha sobre sus costillas y sentir, como siento, el acompasado
balanceo de sus últimas funciones vitales. Dulcemente (no
tengo otro tono para Él) le digo: Si presiono te vas definitivamente.
"Definitivamente", me dijo una noche en medio del ensordecedor
ruido electrónico cuando le pregunté si lo haría.
Y si siempre pensé que el peso de la culpa, esa maldita voz
que piensa, recaía en mí, nada me impide, ni me impidió,
conocer más sobre Él aunque el "definitivamente"
corporizó (de su lado) una muralla, al parecer, impenetrable.
Y presioné. Y presiono, ahora, tan lentamente como crece
mi entrepierna. Cobra entidad mi pene y al crecer descubro que,
después de todo, me sigue gustando, me sigue excitando. ¿O
es la imagen tan bizarra como el deseo tan intenso? ¿El deseo?
¿Este es el verdadero deseo? ¿Qué es lo que
me excita? En vano perderme mentalmente; al fin tengo lo que en
cierto momento imaginé como mío: la totalidad de su
cuerpo, de su ser. Y como sé que nunca fui suyo al menos
Él me pertenece por completo. Él es mío; tan
mío que le pido el corazón y Él me responde
tan neutro y seguro como siempre: "tomalo". Difícil
acceso a su corazón: atravieso una jaula de huesos (me ayuda
la pinza) para desconectar cables que llegan a donde, por ahora,
no me atrevo a indagar: su cabeza. Mis manos reciben ese pedazo
de carne tan poco atractivo visualmente pero lleno de historia.
Historia de la cual nunca fui parte y de la que ahora soy dueño.
A mi lado están los jeans que lo acompañaron a mi
encuentro, a su encuentro. Los conservaré, y hasta quizás
lo use. Su ropa también era Él. Quisiera verle el
culo pero si lo doy vuelta es probable que se "vacíe",
desparramándose por ahí y es justamente, exactamente
lo que no quiero: ¡que se vaya por cualquier lado! Creo que
el tiempo está detenido; siento una quietud sólo alterada
por mi excitación. Debería poner música, aunque
creo que nada se compara a este silencio. Tiene presencia, cuerpo,
compañía. Es la soledad mas deseada y la mas real
de mis sueños. Me desnudaré y le pediré que
me toque. Sus manos me acarician las mejillas, susurran en mi cuello.
Recorremos mi lampiño pecho hasta llegar a aquello que nunca
tocó. Y sin que se lo pida comienza a jugar. Juega, le gusta
jugar: sube y baja, sube y baja... Mi mente, al fin, está
en blanco.
La rara sensación de la perfección. Nueva y extraña
mezcla humana: semen y sangre.
Aparece
nuevamente y lo veo esperar, pensativo, mi llegada. Escondido, estaba
bajo un hechizo que adormecía la marcha de mis emociones,
silenciaba las explosiones mentales y disimulaba las "graves"
consecuencias de mi objetivo. Jamás me importaron las palabras
que utilizó para justificar el encuentro. Decía ser
cortes, amable pero de que ningún modo llegaría a
más; lo cual era, lo cual es una contradicción de
su parte ya que aquí está, "abierto de par en
par", inmolado y entrañablemente hermoso. La concreción
de mi plan (si es que puedo llamarlo plan) tuvo una falla: la duración
de su muerte. Dicen que el veneno para ratas te destruye el interior
lentamente. Siguiendo tal premisa descarté cualquier tóxico
que arruinara aquello que iba a descubrir. Opté, entonces,
por un certero golpe, El error fue su intensidad y, seguramente,
le elección del arma. Salpicó. ¡Cómo
salpicó! Demasiada sangre para el comienzo. Inmediatamente
después del golpe me miró como si yo tuviera que explicar
algo. ¡Explicar! Mi respuesta fue un audaz beso metálico
en su boca. ¡Todavía escucho el ruido del arma contra
sus labios y dientes! Sonido indefinible en palabras pero furioso
al oído; tanto que selló su boca en rojizo estruendo.
Era una de esas escenas de De Palma: sus piernas, su torso, la cabeza
arqueada hacia atrás, los brazos deliberadamente sueltos
y la lentitud (repito: la lentitud) de la caída. Ahí
estaba, "despertando a la vida", transformándose
en escena, en personaje. Cuando era muy chico leía a Nietzsche
y no entendía nada, memorizaba frases sueltas. "Algunos
nacen de manera póstuma", recordé y aunque sigo
sin entender su obra, esa frase se la robo para Él, que yace
para mí. Demente sea, quizás, el calificativo aplicado
a mi persona pero logré lo que ningún otro: obturar
esa parte del cerebro que impide, justamente, realizar un acto demencial
y estar absolutamente consciente de ello. ¿Obturar o liberar?
Acto seguido tomé aquel cuchillo que seleccioné entre
cientos y abrí su pecho. ¿Por qué estaba sin
camisa? ¿Cuándo se la sacó? No recuerdo. Da
igual. La sangre, descubrí, es la puerta de entrada a un
mundo fascinante, a una verdad reservada para pocos. La piel es
un disfraz demasiado engañoso.
Por
un capricho literario estoy en una habitación demasiado blanca
para mis manos aún ensangrentadas. Tengo puestos sus jeans.
"Este debería ser el final", escribo. Pienso en
el tiempo del verbo. Continúo aunque mi mente se adelanta
al encuentro que tendré esta noche con Él. Le diré
que accedí para no ser descortés pero que de ningún
modo, definitivamente de ningún modo, llegaría a más.
©
Leonel
Giacometto
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