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Yo
no era nada, pero ahora lo soy todo.
A mis enemigos sólo les diré una cosa: Cuanto más
altas son las aspiraciones, mayor es la desgracia. En cuanto
a ustedes (vengan a mí), les advierto: Los recuerdos que
transcribiré a continuación parecerán un cóctel
incierto y ambiguo, producto tal vez de la confusión y el
trauma del criminal, y mis relatos representarán con sus
signos demenciales una suerte de anarquía, donde la ley y
el orden se disfrazarán de ausentes, pero estimados lectores,
¡abran bien los ojos y los corazones, despejen de una vez
los entumecidos sentidos!, pues sino esa farsa total que hay dentro
de sus mentes les darán de mí un resultado equívoco.
Sin embargo y de todas formas, a pesar de ustedes y del control
que se ejerce sobre sus conciencias, las líneas que sigan
igualmente serán y mi macabro y artístico plan se
cumplirá. Debo decirles, desde ahora, que todas mis acciones
fueron para que esta experiencia pudiera ser la única vivencia
posible, sin subjetividades ni interpretaciones, sólo una
cruda e irreductible verdad:
Dolor,
maravilloso dolor, insoluble, inmutable y eterno.
En
adelante, seré para ustedes también, en estas planicies
de blanco y vapor, ¡de trampa!, el angosto precipicio donde
mis más queridos han quebrantado y han caído, rodando
en el abismo hasta las entrañas profundas del vacío,
de mí.
Y caerán y sufrirán y no se levantarán.
"Contra
lo lúgubre reflejado en lo fúnebre
no hay defensa posible."
Víctor Hugo
La
masacre la ejecuté durante tres días y tres noches
en una zona apartada, al final de una calle fangosa de la periferia.
Al salir de mi casa, el primer día de esta serie, todo esto
ya estaba en mi cabeza, nada fue azar, yo no puedo ser así,
todo lo preparé de antemano, obsesivamente, estudiando cada
detalle, organizando mi nueva actividad a través de bosquejos
y prolijos apuntes, compuestos de narraciones pero también
de cálculos numéricos, de recortes y citas, de dibujos
y de fotos, en fin, he sido criminal dos veces, la primera vez no
se derramo gota de sangre.
Un hombre cruel como yo oculta su perfidia de manera descarada,
pero lo descarado no quita lo genial sino que lo agrega, aunque
seguramente existen muchos que se horrorizarán tanto que
ya no podrán ser capaces de apreciar la obra, de apreciar
el arte sobre la moral. La verdad es que no importan el bien y el
mal para mí, y si me he decidido por el mal no fue por ideologías,
o por rencores, o por oscuras satisfacciones de alguna deformación
de mi mente. No. La razón es que el mal se adapta mucho mejor
a mi capacidad de creación, puesto que el bien es demasiado
coercitivo a mi parecer, el mal, en cambio, tiene una libertad de
acción amplia y rica en posibilidades de combinación.
Además el bien es aburrido y el arte debe ser una fiesta,
aunque promueva la melancolía y el llanto, el arte debe ser
fiesta, ritual, y si lo reflexionan, llegarán fácilmente
a la conclusión de que el bien está compuesto de leyes,
así que, estimados, quítense las máscaras y
véanlo: no puede haber excesos allí. ¿Qué
clase de arte puede hacerse sin excesos? El mal, en cambio, es campo
abierto. Y en esa pampa he decidido cabalgar con mis oficios, y
no lo hago vulgarmente ni me someto a humillaciones como otros que
así obran, desbocados por un poco de placer. No, no. Pensar
eso de mí es insultarme, yo soy un genio creador, en "mi
horrendo crimen", como algunos denominan, puede contemplarse
el movimiento sutil, repleto de fantasía y belleza, de un
caballero con todas las letras y todos los atavíos
posibles. Y agrego algo más: todo lo que hice, todas mis
contumaces labores, están dedicadas a Dios, y no quiero que
nadie cometa el error de leer allí una burla o ironía
de mi parte, puesto que me expreso seriamente. Mi obra está
dedicada a Dios porque a Dios amo profundamente. Ya lo entenderán
más adelante, aunque jamás puedan entenderme
realmente ni completar la lectura.
Los barrios de la periferia, de fábricas abandonadas, de
galpones repletos de ratas y cucarachas, de arroyos de agua turbia
e inmundo hedor, de gente viviendo en condiciones miserables, de
perros famélicos, de basurales pestilentes, de ojos grandes
por el hambre y brillosa mirada por la tristeza, de sonrisas quietas,
representadas sin expresión, de muertos, sin matices, sin
labios, estaban ante mí, los barrios de la desidia me abrazaban
una vez más. Ese lugar donde viven los pobres me había
visto muchas veces suyo; allí me encantaba sentarme en la
tierra de alguna calle para contemplar todo esto y poder llorar.
Y aquella mañana nublada, la primera, gris-oscura, fría,
con aires cayendo al abismo, empecé mi obra: Romeo y Julieta,
Edipo rey, La eneida, El cantar de los nibelungos, La illíada,
La divina comedia, Macbeth, Las argonáuticas, Los crímenes
de la Rue Morgue, Martín Fierro, El decamerón, Juan
Muraña, Las metamorfosis, Pedro Páramo, El cantar
de Gilgamesh, El matadero, Don Quijote, Los cuentos de Canterbury,
La naranja mecánica, Los siete locos, El guardián
entre el centeno, El proceso, La guerra de los mundos, Casa tomada,
Crimen y castigo, Moby Dick, David Copperffield, Facundo, Libro
de los Reyes, etc, etc, etc... Una y otra vez salía con
mi cuchillo y me internaba en el barrio; una y otra vez regresaba
arrastrando los cuerpos de los niños, de las mujeres, de
los hombres. Durante tres días y tres noches, dentro de mi
obra como Jonás dentro del pez.
La tercera noche llamé a la policía, a la televisión,
a la gente, a los espectadores, ¡a mis lectores!, y los esperé,
tranquilo, con el libro abierto y dispuesto.
La
ciudad pagana de la sangre, de ayer, de hoy, bajo una llovizna de
suave muerte, repleta de seres precoces que han sido asesinados
y combinados, todos ellos frutas cultivadas durante siglos, arrojadas
ahora del árbol al suelo blanco donde se cuentan las historias,
arrancadas violentamente por mi mano liberadora.
"Por
la vida ya no debes preocuparte
Cuando
los gusanos te tienen como alimento."
The
Ten Ages of Man, 8 - 9.
Y aquí, en la tercera noche, cenicientas luces fraccionan
aún más los descuartizados cuerpos de mi arte mientras
yo, custodiado, continúo escribiendo incesantemente, y entre
mares que se quejan y se golpean a sí mismos, cielos que
quieren arrojarse, la tierra que pretende abrirse y el aire que
se retuerce rabioso en todas direcciones, permanezco triunfante
y contemplando con ojos de fuego la genial composición, junto
a la multitud estupefacta, agolpada frente a mi obra.
¿Cien
cadáveres, doscientos cadáveres? No importa la cantidad,
no es el número lo que determina mi triunfo, mi gloria, mi
consagración, es la figura, ¡es esa figura! ¡Vean!
¡Vean qué magnífica figura ha sido emplazada
en esta instalación!
¿Lo
comprenden? Es inaudito, es único, es imposible, es inabordable.
Si esto, diría Shakespeare, se representara en un teatro,
sería censurado como ficción inverosímil, y
sin embargo ahí está: real y bañado de sangre.
Que jamás podrá representarse este acontecimiento,
que jamás podrá copiarse ni plagiarse de ninguna manera,
es cierto y es justamente mi triunfo: Este libro prácticamente
no puede leerse. Y justamente por eso es que todos querrán
hacerlo. ¡Cuánto se escribirá acerca de este
evento! Serán palabras sin sentido. ¡Cuántas
pinturas intentarán retratarlo! Serán solamente colores
ambiguos. ¡Cuántas películas y documentales
serán filmados! No lograrán mostrar más que
la cáscara. ¡Obras de teatro! Será en vano.
¡Sinfonías! Parecerán bullicio. ¡Cuántas
veces seré nombrado, exclamado, pronunciado! No seré
yo.
"Hagan
un proyecto: ¡fracasará!
Digan una palabra:
¡no se realizará!"
Isaías,
8, 10.
Yo soy aquel que no podrá ser apropiado. No cabe dudas: he
comprado la eternidad. Si soy, será por mí, solamente
por mí, y ellos, todos ellos, también serán
por mí. Me he convertido en una especie de dios. Y como no
podía ser de otra forma, soy un dios artista y criminal.
"¡Ahora
no temo a nadie, a nadie! ¡Fuera de mi lado!
¡Quiero estar solo,
solo, solo!"
Dostoievski.
Oigo, entre la multitud, que alguien dice:
¡Qué horrendo crimen!
Yo canto mi propio salmo:
No
son las sombras,
no es el silencio,
no es la noche,
no es el viento,
es la pluma brillante en mi mano
que escribe, que escribe,
y te corta la cara y te corta el cuello,
y muere, muere, tu cuerpo,
y vive, vive, mi arte, mi sueño.
No son las sombras,
no es el silencio,
no es la noche,
no es el viento,
es el cuchillo en mi mano
y en mi libro, tu cuerpo.
©
Juan
Diego Incardona
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