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Ecos
de un recuerdo
Este
relato pertenece al libro
Pasajeros
de la memoria
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UNO
En aquel lugar siempre era terrible escuchar el taconeo de botas
que se aproximaban decididas a nuestro encuentro. Y digo nuestro
porque éramos muchos los hombres reunidos allí, la
mayoría conducidos mediante un sospechoso artificio del azar,
una lotería en la que sólo unos pocos compramos boletos.
Claro, en un comienzo, enceguecidos todavía por la ignorancia
de lo castrense, todas las botas producen el mismo ruido acompasado,
y se me dirá, seguramente, que percibir la diferencia en
tal momento era el síntoma más evidente de subversión
o de prácticas ocultas. Yo también creía lo
mismo; compartía dicha idea y pensaba que los fascistas,
empeñados en uniformar el mundo, marchaban igual unos que
otros. Fijarse en los atuendos y los pasos de los verdugos era considerado
por los del grupo como un asunto de poca importancia.
Y es que por viciada que esté mi concepción acerca
de lo que ellos llaman servicio militar, las palabras resultarán
simples eufemismos para describir la realidad; ésta supera
las posibilidades significativas del idioma y lo que se llama servidor
no es otra cosa que un prisionero, alguien a quien el interior del
claustro sumerge en largos períodos de autismo. ¿Quién
iba a creer que yo, idólatra de Marx, Engels y Mao, terminaría
sirviéndole café y embolándole las botas a
aquellos contra quienes acumulé tantos años de rencor?
Desde luego, leer a los no ortodoxos era elegir el camino, optar
por la fría balota que aseguraba un puesto entre los nuevos.
Fue en ese instante que entendí que lo de la quema de las
llantas era algo perfectamente serio para los militares, que cada
consigna cacofónica taladraba sus oídos, que no era
cierto su aparente desdén por las manifestaciones de muchachos,
que los milicos también se preocupaban.
La mañana aquella, de esto hace ya trece meses, empecé
a especular con algunos rasgos diferenciadores entre quienes portaban
las botas : intuí, por ejemplo, que los que gritaban y lanzaban
mayor número de injurias y obscenidades eran suboficiales;
unos individuos con aspecto de amargados y frustrados. La edad era
sin duda alguna sinónimo de respeto. Con los otros, los oficiales,
era diferente:andaban más erguidos, sus facciones eran más
finas y agradables y despertaban un creciente murmullo a su llegada;
cuando aparecían, todos asumían un silencio reverente,
los suboficiales se cuadraban rígidos y sus rostros no alcanzaban
a disimular completamente su odio. Existía un choque de fuerzas.
Tener estrellas o jinetas abría un surco muy profundo en
su relación. Si algo había en sus miradas eras desprecio,
un sentimiento volcado hacia los soldados, una lógica militar
que no obedece a la razón sino a su propia organización,
y en ella los soldados son el último eslabón de la
cadena, "carne de cañón", decían
a una voz los del grupo.
Pero con un fondo de incertidumbre y con la complicidad de un tiempo
que se apacigua en la espera, nos dedicábamos a fabricar
hipótesis sobre el futuro inmediato. Sonreíamos de
forma extraña, fingida, con un marcado desconcierto ante
lo desconocido. Muchos no sabían que ese día el Estado
los había convertido en juguetes de la democracia y se limitaban
a divertirse manipulando su ignorancia: "aquel cabrón
tiene cara de cabo", decían algunos, "el de más
allá, el grandulón, debe ser oficial. Tiene la piel
más blanca y es más alto", decía otro
dentro del numeroso grupo. El murmullo se fue haciendo colectivo
e incomprensible. Al llegar la noche sólo quedaba un silencio
aterrador. Cada uno repasaba su vida inclinado en alguna esquina
del pequeño cuartel y todos cerrábamos los ojos aparentando
dormir. Cuando el bus partió de la guarnición únicamente
quedó sobre el asfalto el rastro confuso de varias miradas,
el sendero sin regreso de los marcados por la fatalidad, apenas
un leve camino imperceptible y fugaz.
DOS
Decir que todo fue desdicha afectaría mi inclinación
por la verdad. No. Esa noche, o a la madrugada quizás, el
lamento de un acordeón se mezcló con nuestro dolor.
Por la rendija de la puerta del dormitorio todos nos agolpamos para
ver a dos individuos contorsionarse de manera febril, uno tocando
y el otro cantando, el uno moreno y barbi lampiño, el otro
rubio, elegante, con un aire de galán de televisión
y que era quien lideraba el pequeño conjunto musical. "Bienvenidos
dijo el rubio. Yo soy el teniente Martínez. Aquí
es permanente la rumba y si no que diga lo contrario mi cabo".
El otro inclinó un poco la cabeza y se descolgó el
acordeón. Ambos estaban sin su disfraz de militares pero
nunca cruzaron una mirada o una sonrisa que los hiciera parecer
iguales.
No supimos a qué hora fue la serenata. Tampoco supimos si
había sido realidad o si tan sólo fue una alucinación
propia del lugar. La fiesta anticipó lo que sería
la estadía en adelante: "levantarse, correr, bañarse
de tres en tres, volver en cinco minutos, acostarse, levantarse
otra vez". Voces inmensas, hombres, semidioses, gendarmes gritando
y dirigiendo algo más de cien desadaptados presurosos y desnudos,
temerosos y extraviados, ansiosos y exaltados. Las voces provenían
de todos lados y no sabíamos a cuál obedecer. Sólo
atinábamos a meternos a las duchas y sentir el chorro de
agua helada descender en nuestra espalda y mojar lentamente nuestra
desnudez; descubrir múltiples miradas posadas en los miembros
endurecidos por el roce con el agua; sentir nuestro trasero expuesto
al escrutinio de más de cien sujetos, ver una masa informe
recorriendo la distancia y regresando impulsada por las voces y
luego ver esa misma masa transformada en un dócil rebaño
de reclutas.
Alguien dijo que eran las tres de la mañana y la noticia
se extendió. Por primera vez me había bañado
como sonámbulo, agarrado al tubo de la ducha mientras mis
objetos de aseo iban desapareciendo uno tras otro; y verme luego
regresando descalzo, titiritando de frío y sintiéndome
inmensamente solo.
Nos decían que en el ser humano lo importante eran los valores,
que desde allí se combatía la delincuencia, que el
honor superaba cualquier otro postulado social; y cuando ese primer
día nos despojaron de todo, respondieron encogiéndose
de hombros. A los tres meses la ley del hurto es nuestra. Todo cambia
de dueño en una especie de socialismo sin conocimiento de
causa, y lo que hoy es mío mañana ya no lo es. Las
sábanas vuelan como alfombras mágicas y transportan
los testimonios de prolongadas noches de abstinencia.
TRES
Es increíble sentir cómo la soledad promueve incipientes
síntomas de locura. Estar rodeados de tantos hombres, delincuentes
menores prestos a aprovecharse de nuestro sueño, obliga a
cualquiera a sentirse solo. Después de las veintiuna horas
todos nos dispersábamos: algunos se refugiaban en lo alto
de las paredes y sus ojos emprendían largos viajes al pasado
acompañados de sucesivos espasmos; otros se deslizaban como
sombras y se unían con la noche para reaparecer al día
siguiente; otros, por el contrario, buscaban amparo en el camarote
y se sumergían en él evadiendo la pesadilla; yo, en
esos seis primeros meses, solía acostarme boca arriba en
la Plaza de Armas absorbiéndome el mundo, tragándome
bocanadas de estrellas que poblaban mi vacía imaginación.
Me sentía minúsculo, desprotegido, aplastado por una
lluvia de luces cayendo perpendicularmente sobre mi cara y poniéndome
frente a frente con el universo.
Soledades dispares, seres convulsos y recuerdos disímiles:
experiencias eclécticas reviviendo una época. Coincidíamos
en un futuro incierto, como si estar rodeado de armas suscitara
una ineluctable inclinación a pensar en la muerte. Una posible
pretensión de impulso heroico, un anhelo de renombre, un
Narciso oculto negándose a los límites de la existencia.
Pese a la soledad no dialogábamos. Se diría que monologábamos
en presencia de los demás, entregados cada uno al hilo conductor
de sus propios soliloquios. A mí no me resultaba difícil
ignorarlos; ignorar a las sombras que se deslizaban por la Plaza
de Armas a rumiar su pesar, a regocijarse con sus añoranzas.
Los verdugos también iban, escondidos, apretándose
contra las paredes para no ser vistos, porque los militares no deben
llorar, ni soñar, ni extrañar. Los militares sólo
aman a la Patria y a ella le gustan los héroes que no gimen:
"Colombia, patria mía, te llevo con amor en mi corazón".
CUATRO
Tener nueve meses en el ejército es algo importante. Si durante
la vida hemos mostrado cierta inclinación por la vanidad
y el culto al ego la importancia es aún mayor. En esos meses
se nos permitía de forma lícita o ilícita liberar
nuestra energía en un lugar distinto al fortín: bailar,
beber, visitar casas de lenocinio, vagar, transitar, devorar calles
nada más que agotando el tiempo y después regresar;
itinerario diario, siempre regresar. La idea de un día en
el que el regreso no sucediera a la partida nos animaba. Por eso
imitábamos a Lot y marchábamos en línea recta
a la guardia, sin mirar atrás, temerosos de petrificarnos.
Pero todavía no era posible. Había que regresar, porque
llevábamos apenas nueve meses y no era aconsejable una ligereza
o un olvido que nos trasladara al calabozo. Casos se habían
visto en los que un lanza debía presenciar la marcha
de sus compañeros asomado tras los barrotes del encierro.
El poder de los milicos no flaquea, es omnímodo y no acepta
Prometeos transgresores. Violar las órdenes equivale a robar
el Fuego Sagrado.
A los nueve meses adquirimos el prestigioso título de antiguos
y esto nos permitía robar con más tranquilidad y frecuencia.
Cuando alguien nos denunciaba renacía el temor del primer
día y el ruido de las botas recuperaba su impacto aturdidor,
sólo que cada compás era particular y nos hacía
prever la dimensión del castigo. La rigidez de las botas
anunciaba el regreso de la ingenuidad de la primera noche.
Con el paso del tiempo algunas costumbres tienden a alterarse. Lo
que se entiende por radicalidad no es más que una muestra
de idiotez. Yo había dejado atrás mi nostalgia de
principiante y contemplaba menos tiempo las estrellas mientras pasaba
más horas en la guarnición. Lo mismo nos sucedía
a todos. Nuestros acentos sonaban más optimistas y habíamos
empezado a encariñarnos con la prisión. Aun conceptos
como libertad y prisión, aparentemente universales, van evolucionando
conforme a las situaciones, y lo que hoy nos parece manifestación
de la libertad puede a la postre representar el más detestable
de los encierros. La conciencia no se perpetúa ni se hipoteca
a una sola verdad. Los parámetros y conceptos se desvanecen
ante las circunstancias, y el sueño puede llegar a convertirse
en grilletes o la ergástula pasar a convertirse en objeto
de emancipación. Todo obedece a la adecuación de nuestros
constructos mentales. Los cambios son sólo variaciones semánticas,
elucubraciones de individuos sometidos al movimiento pendular de
las ideas, pasos del dolor al hastío y viceversa, hechos
concretos de la abstracción de algunos filósofos.
CINCO
Constantemente me pregunto qué me lleva a recordar todo esto,
y aún más, a escribirlo. Yo propagué durante
mucho tiempo la tesis aquella de que todo tiempo pasado fue peor;
después la asumí como forma de vida y prometí
no volver a tocar el pasado; en este lugar resulta peligroso. A
nosotros aquí nos enseñan que la única preocupación
debe ser el futuro, la construcción de un país ideal,
utópico, y que el ayer sólo se justifica si fortalece
el presente. Pero algunos recuerdos resultan ineludibles y no podemos
paliarlos fácilmente. Con un mes de haber emergido de lo
que creí el infierno he optado por lo que consideré
lo más impoluto y perfecto; pero aquí también
habitan fantasmas. Perseguidos en la inmensidad de la selva vuelvo
una y otra vez al pasado, lo recupero paso a paso, porque sigo escuchando
voces que claman y fusiles que truenan despertando la montaña;
sigo observando personas que llegan disfrazadas de militares, y
sigo escuchando el maldito e interminable taconeo de botas, botas
de día y de noche, pasos de los camaradas que alertan
mi memoria.
©
Betuel
Bonilla Rojas
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