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El
cemento debía ser gris.
Tenía el destino, la obligación y la función
de ser gris. Para ser gris, áspero, frío y duro había
sido extendido cuidadosamente por una paleta, manejada con destreza
por un albañil sin nombre ni rostro.
De las seis caras de cemento originariamente gris, la que formaba
el suelo de la celda se había cubierto de las huellas, excrementos
y desechos de un hombre que dormía cada noche y velaba cada
día interminable desde hacía más de siete años
en una jornada inmensa sin luz, ciclos ni esperanzas, marcada sólo
por el abrir y cerrar huidizos de la puerta por la que pasaban,
a intervalos, la escasa comida y el también avaro producto
de sus funciones de animal enjaulado.
Alfonso Ngué empezaba a olvidar su nombre para cuando la
puerta de su celda de paredes grises se abrió. Ésta
hacía la vez número 5672 desde que posara manos y
rodillas en el cemento (entonces sí) gris por vez primera.
Sin embargo, recordaba aún perfectamente el porqué
de aquel encierro inhumano de siete años y seis meses: por
no estar de acuerdo, razón sencilla y brutal, bien distinta
de los folios impresos, estampados, sellados y firmados en los que
la lista de sus delitos se engolfaba, arropada por la complutense
jerga jurídica, aprendida por jueces corruptos en sus años
mozos de facultad de derecho peninsular, cuando todos, incluido
Alfonso Ngué, soñaban un día con una patria
libre.
Culpable de alta traición a la patria, rezaba monótono
el párrafo culminante de aquella sentencia interminable,
entre cientos de palabras tan hieráticas como asesinas, tan
pagadas de su rotundidad como emponzoñadas de mentiras, y
rezaban y retumbaban las palabras en la mente de Alfonso Ngué
cuando, tras la claridad cegadora de la puerta de fauces abiertas
se dibujó la silueta de alguien que le indicaba con gestos
imposibles de olvidar que se alzara y cruzara esa puerta, esa misma
puerta...
Las de los furgones de metro se abren a voluntad. Varias estaciones
antes de la suya se sitúa en posición, haciendo guardia
junto a la puerta, aun a riesgo de incurrir en la iras de quienes
intentan entrar o salir, e imprecan que se aparte de en medio, empeñado
en ser él quien acciones, en cada estación, la manivela
pequeñita que siempre, indefectiblemente, obedece a su voluntad,
abriendo puertas por puro placer de hacerlo. O quizá por
la absoluta necesidad.
Operaba, a decir de los seguratas de Sol (que hablan hoy de él
al calor de un desayuno subterráneo de camaradas de porra
y uniforme) sobre todo en las líneas 1, 4 y 7. En ocasiones
se le pudo ver en un mismo tren, de pie frente a la puerta del furgón
de cola, hasta que el conductor cansado anunciaba el último
viaje de la jornada. Nunca le vieron pedir, ni parecía peligroso.
Se limitaba a abrir la puerta en cada estación, hubiera o
no viajeros esperando en ella, sin decir una palabra, recorriendo
a veces los túneles a su aire, indiferente a todos.
De madrugada, cuando se suspendía el servicio, subía
a la oscuridad de la superficie, por lo general "escoltado"
por el compañero de guardia en la Casa de Campo, Plaza de
Castilla, Antón Martín o alguna otra. Un tipo gordo
y con bigote, que remojaba la magdalena apretándola contra
las paredes de vaso, contó que en las ocasiones en que echó
el cierre tras él, en la Casa de Campo, le vio volverse e
la bocanada gris que subía escaleras arriba y decir para
sí, como quien cuenta "2347, faltan 3325", en un
español extrañamente perfecto para un negro, "subsahariano"
corrige otro segurata con la porra al cinto y otra en la mano, que
bucea en un vaso de café con leche.
En la Casa de Campo hace frío ya a estas alturas. Pero lo
malo no es la temperatura de por las noches, sino la luz cruel que
le quema los ojos cuando lo descubre durmiendo aún y le hace
saltar las escaleras hasta la taquilla. Compra un billete univiaje
porque no sabe cuándo podría acabar su cuenta, y no
quisiera desperdiciar viajes, si la cuenta llega al final a mitad
de un bono de diez. Detrás de la barras giratorias está
a salvo del sol.
A veces va solo. Otras le rodea una masa de sudores y tejidos que
recubren cuerpos que tienden a ignorarlo, porque parece que perciben
que le son invisibles, que lo único que ven sus ojos es la
manecilla curvada hacia abajo, que aprieta con ansia mientras las
ventanas sólo enseñan paredes grises de túneles
oscuros y sucios, y que por fin se abre con cada estación.
Cuando salió de la celda le hirió la luz y se agachó
para cubrirse los ojos con las manos. Luego anduvo escoltado por
pasillos, subió y bajó de furgones metálicos,
oyó palabras casi tan incomprensibles como las largas parrafadas
pasilleras de su sentencia, en el mismo idioma perito. Le vistieron
de limpio y lo subieron a un avión sin billete. Horas después
caminó por un pasillo cegador de fluorescentes, al final
del cual esperaban algunos periodistas blancos como la luz, unos
representantes de asociaciones pro-democratización, un exiliado
ilustre (único rostro que vagamente pudo reconocer tras una
mirada incrédula) y dos funcionarios del algún ministerio,
que le hablaron de plazos de regularización y de asilos políticos,
palabras todas que le hicieron recordar una nebulosa madrileña
de facultades y cafés.
Estuvo en un hostal del centro, encerrado en el cuarto con las luces
apagadas y las persianas echadas, hasta que vinieron a recogerlo
unas caras de las del día anterior, que tras ayudarle a vestirse
lo metieron en un taxi con dirección a la carrera de San
Jerónimo. Por la ventanilla, silencioso, reconocióa
pesar de la luz insoportable algunas esquinas y fachadas grabadas
en recuerdos lejanos de clases de Romano y mesas de cafetería.
Entró, metido hombro con hombro y casi a empujones, en el
edificio de las Cortes, por pasillos de mármol y madera.
Eran más de quince, y él miraba al suelo. Hubo micrófonos,
que escupieron discursos de los que oyó palabras sueltas
mientras entrecerraba los párpados para que la blancura de
las paredes no hiriera sus oídos. Alguien, muchas personas
puestas en fila de formación le estrecharon una mano de trapo
mojado y salió otra vez al empujón del taxi y la casi
oscuridad del cuarto de hostal. Durmió en el suelo el resto
del día, y al llegar la noche, que espió por entre
las rendijas de la persiana, salió sin hablar palabra, la
mirada baja evitando a las de las prostitutas de Montera, hasta
que se lo tragó el metro, en Sol.
El del bigote se rebañó en la manga los restos de
la magdalena húmeda de café que aún quedaban
en él, y pidió el periódico, que circulaba
por enésima vez entre sus compañeros de desayuno subterráneo.
Tenía que irse, y aún no había conseguido leer
la crónica del partido que el domingo jugara su equipo en
el campo del contrario, ocupados como habían estado todos
comentando la noticia que encabezaba la sección local del
rotativo, con la foto del cadáver de un hombre que había
saltado desde el andén gris, al paso de un tren de la línea
1, a su paso por la estación de Antón Martín,
justo después de abrir la puerta de un furgón de cola
que lo había dejado allí mismo. La puerta que hacía
la vez número 5672.
©
Ángel
González
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