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La almadraba
del vecino
Atuneros de Barbate, almadraberos altivos, decidme
en el alma,
de quién son esos rostros sin voz
que flotan hoy en el agua
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Fernando
Quiñones,
que era de Cádiz, y a quien le gustaba mucho el pescado,
escribió una novela en la que uno de los personajes, un pastelero
despiadado, compraba a bajo precio cadáveres de ajusticiados
para rellenar sus empanadas de carne, sacando con ello unos beneficios
que más parecían de empresario postmoderno titulado
en administración de empresas que de tahonero gaditano diecisietesco.
A Quiñones, claro, se le veía el Quevedo de la tradición
en esta historia de canibalismo aprovechado, con lo que le queda
a uno la sospecha de que, burla burlando, nuestros antepasados de
manteo, jubón y calzas deben haber cubierto sus estructuras
aminoácidas de buenas porciones de carne prójima.
No sé si ese canibalismo encubierto que parece haber quitado
el hambre a más de uno de nuestros tatarabuelos es o no hereditario,
o si ha dejado en nuestro ADN mestizo restos espongiformes de mala
leche antropófaga. Lo que sí es cierto es que esos
mismos españoles primitivos lo más primitivo
que se despacha en esto de la españolidad nos viene del siglo
XVI en adelante se escandalizaron hasta el regodeo morboso
cuando, llegados al Yucatán, dieron con los restos biodegradables
de las barbacoas humanas que se montaban en los chiringuitos piramidales
mayas y aztecas. De poco vale recordar a los bernales y gomaras
de hoy que el mismo Cortés se sirvió de un mandatario
azteca sobrado de quilos para adobar con las mantecas del gordo
las heridas sufridas en la batalla por sus hombres.
Y vale de poco, porque quinientos años después, los
descendientes de los caníbales ibéricos seguimos empeñados
en ver la brizna microscópica en la córnea del vecino,
siempre antes de rascarnos el orzuelo con vocación de arquitrabe
que nos afea el ojo. Así, resulta fácil imaginarse
al tío de Pablos, el verdugo que hizo picadillo de los cuerpos
de su propio hermano y cuñada, repasando la sobremesa antropófaga
con historias de caribes chupa-médulas, llegadas del otro
lado del Atlántico con la misma magia con que hoy nos cuentan
documentales de alto riesgo, de exploradores heroicos en defensa
del chimpancé y ecologistas capaces de disparar a un muerto
de hambre por descerrajar de un tiro a un elefante sagrado.
Otro español de entonces, el Lázaro de Tormes de la
Segunda Parte, apócrifa continuación del clásico,
decide por razones extrañas que no quiere dejar de ser pícaro
para acabar en picadillo él también, así que
se deja llevar de un capricho ictiófilo y se convierte en
atún del Estrecho, despreciando el miedo a las almadrabas
que, bajo licencia de los Medina Sidonia, acechaban en Conil, Barbate
o Tarifa. Lázaro le echa agallas al asunto, y harto de ser
pícaro bonito, correteador de Italias, se vuelve proyecto
vivo de mojama.
No había buques factoría japoneses en el Estrecho
que controlaba mal que bien la monarquía de los Austrias.
La carne roja casi mamífera de los atunes plateados de entonces
no acababa en bodegas frigoríficas, camino de convertirse
en sushi de lujo de algún figón de Kyoto. Quizá
a eso le deba Lázaro haber sobrevivido las corrientes, oleajes
y emboscadas de las aguas del plus ultra y del minus ultra también.
Otros, atunes y no, han tenido peor suerte.
Por otro lado del Mediterráneo, Ulises se hizo pasar por
carnero, precisamente para evitar servir de postre en el festín
que el Cíclope tuvo a bien darse con los compañeros
de patera del egregio inmigrante ilegal. Con ello no se demuestra
que travestirse de comida potencial nos ha de salvar de ser devorados
por nuestros congéneres, de igual modo que enseñar
la condición de prójimo tampoco nos da un salvoconducto
automático para atravesar la cocina del semejante sin peligro
de ser trinchado. Si no, que se lo pregunten a los padres del buscón
llamado Pablos.
Ayer, frente a la atlántica y caribeña Alameda de
Apodaca, en Cádiz, un lugar desde el que Fernando Quiñones
seguro seguro que miró muchas veces el mar buscando la aleta
dorsal del pícaro atún, aparecieron cuerpos de carne
roja en el agua. Muchos cuerpos, y no de atunes, sino de una especie
que da la casualidad que es la nuestra misma. No eran pícaros
rifeños intentando emular al de Tormes (quien, dicho sea
de paso, también era hermano de África), de eso podemos
estar seguros incluso antes de repatriar sus cadáveres mojados
e indeseables. Pero de lo que no podemos estar tan seguros es de
que algún que otro atún despistado, ellos, seres de
plata que no tienen complejos caníbales ni de los otros,
no haya mordisqueado la carne flotante y desesperada de un africano
ahogado, antes de acabar a su vez en la tripa de un pesquero japonés
de alto tonelaje, de los que pagan el kilo en canal de buen atún
rojo del Estrecho a mejor precio de lo que jamás lo hiciera
ningún apoderado de los duques de Cádiz.
Se
me dirá que hay cosas inevitables, que tampoco disponemos
hoy en día de esas gallardas galeras de Cartagena o de Nápoles
para andar persiguiendo a émulos de atún deshauciados.
En sus tiempos, y cuando había moros en la costa que querían
llegar hasta las vegas andaluzas, el trato era diferente, se les
perseguía, se les apresaba, se les ajusticiaba de lo alto
de una torre vigía, y a otra cosa. En nuestro siglo (¿nuestro?),
las galeras de don Álvaro de Bazán han sido sutituídas
por los portaaviones, que no están para sacar moros del agua
fría, sino para plantarse en las puertas de otros moros,
de los que tienen petróleo, en un decir jesús, que
para eso está Rota, como quien dice, a las puertas del tercer
mundo.
©
Ángel
González
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