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Hacia atrás
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Frenética,
iracunda, ciega se mueve la turba sobre las cuadrículas,
a veces brillantes, a veces cubiertas de papeles y basura, que definen
el comienzo de los andenes; esas cuevas donde nos encerramos, donde
cabemos a presión como cigarros en sus cajas, aguardando
la llegada del subterráneo.
Luego de unos minutos de espera, el subterráneo se detiene
frente a nosotros, abre sus puertas y nos invita a subir; no hay
restricciones para su abordaje, cualquier persona que desee entrar
puede hacerlo (previo pago en ventanilla), llevando lo que guste:
objetos personales, hijos, inclusive familias enteras. Una vez dentro
del vehículo podemos observar que el suelo está cubierto
de una pequeña alfombra de goma, para impedir que resbalemos,
aunque en la mayor parte de los casos cumple la función contraria.
Para sostenerse encontramos unas barras de hierro cromado que nacen
desde el suelo y se elevan hasta una distancia prudencial del techo,
se extiende paralelamente a éste a través de la distancia
que existe entre puerta y puerta y luego se quiebra y cae abruptamente.
Todo el interior esta salpicado por publicidades de productos superfluos,
distribuidas en la formica que recubre las paredes, ocultando el
hierro oxidado del cual está formada la estructura del vehículo.
Pero lo más llamativo y absurdo es la distribución
de los asientos. Éstos se encuentran a los lados; desde las
paredes hacia el centro nacen unas tablas en sentido horizontal
divididas por otra, a modo de respaldo compartido, en sentido vertical,
dando forma a dos asientos: uno mirando hacia delante y otro hacia
atrás. Estos asientos están intercalados por uno que
se orienta hacia la pared del lado contrario. Pero no son estos
los asientos a los que quiero referirme, sino a los que están
hacia delante y hacia atrás. Es notable la diferencia que
existe entre la visión que se aprecia desde uno y otro asiento,
es irónico que a pesar de compartir la misma gran ventana,
ésta muestre realidades tan distintas según la ubicación
del usuario: si una persona se sienta en el asiento que mira hacia
delante tiene la posibilidad de prepararse para ver llegar los cables
que están desplegados por los túneles, las luces y
la oscuridad que precede a cada una de las estaciones, donde también
puede apreciarse a las personas que subirán al subte, las
paredes repletas de dibujos -en algunas ocasiones--, la forma semicircular
de los andenes; en definitiva, las persona que se sientan mirando
hacia delante tienen la posibilidad de aprestarse a recibir las
imágenes y situaciones sin que ninguna de estas las tome
por sorpresa y así, poder disfrutar mejor de ellas. Muy por
el contrario, las personas que se sientan mirando hacia atrás
no tienen la posibilidad de prepararse para recibir las imágenes
del exterior y solo las perciben cuando ya es demasiado tarde para
retenerlas, lo único que pueden hacer es ver como se escapa
su oportunidad de disfrutar de una maravillosa imagen externa, encapsulados
bajo la tierra; no tienen la posibilidad de alistarse para las situaciones
que presenta ante sus ojos el correr del subte, desencadenando un
sinfín de problemas, empezando por el hecho de que puede
perderse la noción, si la persona en cuestión no está
habituada a la trayectoria subterránea, de la estación
en la que se debe bajar, llevando a ciertos individuos a permanecer
sobre el subte más de lo debido.
También hay gente que no tiene siquiera un lugar donde sentarse,
la verdad es que la cantidad de asientos no está acorde con
la cantidad de personas que viajan habitualmente en el subte; la
suerte de poder sentarse es privilegio de algunos pocos, y más
aun de sentarse mirando hacia delante. Pero siguiendo con estas
pobres personas que quedan paradas, que son la mayor parte, ellas
sufren las peores condiciones de viaje. Tienen que soportar los
apretujones, el calor corporal ajeno acompañado por su respectivo
aroma, y lo que es peor, hacer frente con hidalguía a las
miradas despreciativas de las personas que se encuentran sentadas.
Obviamente la visión del exterior de estas personas es por
demás limitada: solo pueden ver brazos, caras y cabellos
del resto de las personas paradas, y si logran ver algo del panorama
exterior es solo en imágenes fugaces que se pierden antes
de poder distinguir lo que perciben sus ojos, y lo que logran ver
solo les sirve para saber que hay otras personas que disfrutan de
ese privilegio mientras ellas tienen que soportar tanto maltrato
y manoseo.
No hay que dejar fuera al conductor del subte; este es el hombre
del cual dependen todas las personas que viajan diariamente por
este medio; un error en los procedimientos de este individuo, y
puede ser fatal para estas personas. --Aunque ya lo es, teniendo
en cuenta a las personas que miran hacia atrás, y a las que
viajan paradas, pero esto no depende de él. Éste es
el individuo que tiene mejor panorama. Desde su cubículo
de trabajo puede tener una amplia visión de los acontecimientos
y puede prepararse para recibir mejor las imágenes, disfrutándolas
ampliamente y tratando (al menos eso es lo que nos hacen creer)
de llevar el subte por el mejor camino, para el beneficio de todos
(ja), al tiempo que en el resto del subterráneo muchas de
las personas tienen que padecer el violento ir y venir del vehículo.
Seguramente no se sorprenderán si agrego que la persona encargada
de conducir este desigual medio de transporte no es el responsable
directo del destino de éste ni del de los pasajeros que en
él viajan diariamente. Eso depende de otras personas, ajenas
al subte, que trazan las vías por donde deben conducirse
los subterráneos, deciden la cantidad y posición de
los asientos e imparten órdenes a todos y cada uno de los
distintos conductores, para asegurar el bienestar y el beneficio
de... ellos mismos.
Cuando notamos las desigualdades que se producen en este medio de
transporte nos indignamos, y acaso creemos que las personas encargadas
de su administración tendrían que ocuparse de este
asunto, pero si pensamos en la historia de los subtes, llegaremos
a la conclusión de que en el futuro los subtes tendrán
menos asientos, y estos pocos estarán distribuidos solamente
mirando hacia atrás.
©
Pablo
Nicotera
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