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A
F.J.C.
El
niño, corriendo por la playa solitaria, tropezó con
una botella que, curioso, no tardó en abrir. Fue, como en
los cuentos, liberar al genio encerrado desde hacía varios
milenios. Pasado el susto, el niño supo que, agradecido,
el genio le concedía los clásicos tres deseos. Que
no vayan contra la naturaleza de las cosas, le advirtió,
dándole un ejemplo: si quieres volverte inmortal, nada puedo,
así que no lo pidas, pero, si se trata de una muerte muy
dulce, sí, te la puedo conseguir.
El niño retuvo lo de "muy dulce" y permaneció
en silencio. La muerte ¿qué cosa es? Me lo contaron
pero no me acuerdo. Ya sé, cuando aparece el muñequito,
la muerte está muy cerca, la muerte llegó. Un muñequito
para mí... Y exclamó: ¡Sí, eso quiero!
¿Qué cosa? Una muerte muy dulce. Concedido. ¿Y
el segundo deseo? El niño pensó que de poco y nada
le serviría lo "muy dulce" si se acababa enseguida,
y exclamó: ¡que me dure para siempre! ¿Qué
cosa? La muerte muy dulce. Concedido. ¿Y el tercer deseo?
El niño pensó que de poco y nada le serviría
lo "muy dulce" si se tardaba en llegar quién sabe
cuánto tiempo, y exclamó: ¡que venga ahora mismo!
¿Qué cosa? La muerte muy dulce. Concedido.
Y el genio dio las dos palmadas de rigor, en el acto apareció
una soberbia rosca de reyes: a la tercera porción ¡el
muñequito! ¡Es... la muerte! Fue la exclamación
del niño lleno de alegría y cayó de espaldas
sobre las arenas.
El genio miró hacia el otro lado, hacia el mar. Como jugando,
hizo que la botella brincara en el aire: mi cárcel durante
milenios, hasta que el niño... La botella dio un brusco salto
y fue a estrellarse contra las rocas. Para él llamé
a la muerte, ésa fue su recompensa, ése fue su ruego.
Vaya uno a entender a los humanos. Y el genio levantó vuelo
hacia el mar.
©
Marcos
Winocur
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