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Aportes
desde
Santiago del Estero
Cultura
de la independencia
o
independencia
de la cultura
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En
tiempos de caos moral, es primordial poder replantearnos
ciertas conductas históricas en relación con
el arte y la cultura, y en la tarea, adquirir valentía
para reconocer defectos y equívocos, pero también,
humildad, no grandilocuencia, en la reflexión de
aciertos
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Cuando
hablamos de 'cultura' y de 'arte', es imposible no proyectarnos
hacia la faceta más importante del hombre: la identidad,
esa esencia que lo hace ser, tal como es y que, en términos
generales, y tomando las correspondientes distancias, distingue
a un pueblo de otro, a una comunidad de otra. El tema de la identidad
en Latinoamérica se ha convertido, con los años, y
como consecuencia de profundas historias que aúnan a la mayoría
de las actuales naciones, en una problemática... Se habla
de identidad latinoamericana, teniendo en cuenta los comunes orígenes
de sus habitantes, la conquista, el exterminio del nativo, la colonización,
evangelización. Se habla de unidad, también, y seguramente,
existen numerosos elementos que podrían hacerla posible,
sin dudas. Sin embargo, nuestro país tiene en su haber características
peculiares, producto de sucesos histórico-políticos
relevantes.
Argentina es una nación que ha construido su identidad sobre
los escombros de los primeros habitantes de las tierras, y que,
no obstante, no ha enterrado su legado. Pero, como ningún
otro país latinoamericano, ha virado su imagen hacia un perfil
extranjero, lo que hace más complejo el deslindamiento de
su identidad. Argentina, aun así, no carece de una identidad
propia, como se escucha por ahí; es que su identidad está
fundada en esa apariencia que nos hace poco definibles, en esa juntura
de heredades primitivas, de componentes posteriores, de significados
prestados, de sentidos arrebatados... ninguno de los cuales debe
dejarse afuera, si nos proponemos entender, por decirlo de una manera
sencilla, el comportamiento del argentino, en todos sus aspectos.
Sobre esta noción identitaria, creamos una cultura. Una cultura
que de por sí no alcanza a erigirse como independiente, plena
y única. Demasiadas instancias la atraviesan, demasiadas
contradicciones la ocultan. Numerosas cuestiones se reflejan en
este hecho que debiera emerger naturalmente del centro mismo de
un pueblo. Argentina crea su cultura, la construye de acuerdo con
cánones y estos, en ocasiones, no abordan todo el espectro
de una identidad que no posee un principio, ni origen cierto. Si
descansamos sólo en nuestros antepasados cronológicos,
estamos resignando una parte de lo que nos constituye; si los olvidamos,
aceptamos, nuevamente, que el otro, lo foráneo nos contenga.
Nuestra
identidad tiene, por lo tanto, dos patas y no podemos caminar, ni
erguirnos sin admitir esto como cierto. La cultura argentina, como
resultante de este proceso, también debe edificarse según
dichos preceptos, de otro modo, no estaríamos siendo leales
con las nuevas generaciones, mucho menos con nuestros abuelos. Es
necesario reconocer cuáles son las verdaderas fuentes culturales
que nos conforman, de ese único modo lograremos disfrutar
de una cultura independiente. Es decir, valores, signos, sentidos
propios, únicos e irrepetibles, tal como se define al hombre...
sin más, ni menos. Sólo estas cualidades hacen que
una cultura alcance el grado de independencia necesaria para no
sucumbir en el tiempo. Alzarse unos metros más allá
del suelo y avizorar por su espejo, desde nuestras conductas equívocas,
hasta nuestras grandes realizaciones. Vista de esta manera, la cultura
no morirá...
De una cultura independiente, un arte libre... La libertad es un
derecho del que todo hombre debe gozar; el artista aún más,
el artista, ese ser solidario con la humanidad que se atreve a mostrar
otras caras de una misma realidad, es más, que ha sido dotado
de la capacidad de espiar la realidad por diferentes costados, por
la lateralidad de las cosas y de los eventos, ese artista... necesita
y demanda independencia. Por que en él, a través de
él, y gracias a su sacrificio, la cultura de un pueblo se
exhibe, se manifiesta, se transforma en herramienta válida
en el aprendizaje de los valores fundamentales, que permiten el
enriquecimiento universal de la nación. Pero, si no somos
idóneos en nuestras creencias, si no estamos convencidos
de nuestras virtudes, si la cultura se ha envilecido por la falta
de libertad... y, en consecuencia, de gallardías que la defiendan,
no importan los costos, pues los resultados se revelan como imprescindibles
para la recuperación, entonces, debemos afirmar, no sin lamentarnos,
que no gozamos de una independencia cultural. Por el contrario,
existimos en la dependencia de ser aceptados, en primera instancia,
por un sistema mayor, el de afuera, y en segundo lugar, nos cuesta
captar lo que nos rodea para advertir exactamente qué es
lo que deshonra nuestra identidad cultural. Si abriéramos
los ojos, veríamos que somos nosotros mismos quienes permitimos
o, mejor, impedimos el despliegue de una cultura que de verdad,
nos identifique, que de verdad nos muestre, sin temores, sin escrúpulos,
sin vergüenzas. Pero, ¿qué decir...?, si todavía
no hemos conseguido aceptarnos tal y como somos, ni consentir nuestros
orígenes, sin tratar de disimular aquello que el gran sistema
desecha. Si no descubrimos quiénes somos, si no imponemos
nuestra identidad cultural, así, complicada y compleja, convulsionada
y contradictoria, si, por fin, no dejamos de esperar la aceptación
del otro, habremos dado el último paso hacia nuestra perdición.
Si, en cambio, sucediese a la inversa y nos llenáramos de
orgullo, tendríamos frente a nosotros una posibilidad más
de volver a levantarnos y como Jesús dijo a Lázaro,
resucitar y comenzar a andar.
POLÍTICA
DE LA CULTURA
Contrariamente
a lo que se piensa hoy, la política no es sólo hacer
uso de derechos cívicos, la política es, también
y sobre todo, el arte de luchar para hacer posible lo que entiende
como quimérico. En ese sentido, suena utópico que
en épocas de grandes desilusiones, podamos reconquistar una
nación mediante el devenir de la cultura y de su hija, el
arte. De todos modos, es necesario fortalecernos y pensar que, como
numerosos escritores han dicho a lo largo de la historia, sólo
la cultura, los sentidos que de ella se rescatan, los valores en
los que ella se apoye, la forma cómo el hombre se desenvuelve
en relación con ella, sólo eso salvará a Argentina
de perderse en la infinitud de otros universos, tan ajenos, como
impredecibles, pero, tan cercanos... que casi es posible percibir
su posición agazapante... a la espera de un postrer error.
Por todo lo dicho, hagamos política de la cultura y que nuestra
cultura se convierta en la política de nuestras vidas. Que
ella tenga como primer desafío recuperar, si la hemos poseído
alguna vez, aunque no es momento de reproches, nuestra independencia,
de pensamiento, de acción, de educación, de creación,
de creencias, entre otras libertades. Lo otro, lo organizacional
se irá modificando, en tanto las raíces culturales
puedan manifestarse con independencia, soberanamente, en tanto la
educación en los valores sea prioridad, y en tanto, finalmente,
aprendamos a mirarnos y a decir, con orgullo, "ese es un argentino".
De hecho, sobre este tema y sus implicancias, aún queda mucho
(si no todo) por decir...
©
Mónica
Maud
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