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Te
harás cargo de un asunto que ha dado de qué hablar...
a ver, a ver, sí: rotulado "Los crímenes de la
calle Morgue", aquí tienes el expediente. Ten.
¿Por
qué, por qué a mí?
Porque
te tocó, mi rey ¿qué tantas explicaciones te
debo dar? Y no me tengas con el brazo extendido como un tarado.
El
oficial Poe tomó el expediente y se retiró con los
nervios de punta.
Había
sido llamado urgente a la oficina del jefe. Comenzó entonces
a sudar tentado de no acudir. Pero se contuvo. Y cuando el jefe
le tendió el expediente de "Los crímenes de la
calle Morgue", estuvo a punto de soltarle:
¿Así
que ya lo saben?
Pero
otra vez se contuvo, no hizo más comentarios y dio media
vuelta. De regreso a su escritorio, bebió un vaso de agua
y enfrentó la situación. Caso único, detective
y asesino son uno. Porque él era el autor de "Los crímenes
de la calle Morgue".
Estaba
asegurada la impunidad. La anónima impunidad y un tache en
su hoja de servicios: no resolvió el caso.
O
bien, estaba asegurada la fama y el escándalo: aunque usted
no lo crea, soy el asesino. Yo he denunciado a yo. Yo... pescador,
lanzo mi línea y el anzuelo se engancha en la espalda del
saco, recojo el hilo, me he pescado a mí mismo, hago una
figura bien ridícula. Poe se puso a reír, bruscamente
quedó serio.
¿Qué
hacer?
Volvió
sobre sus pasos, se detuvo a tomar otro vaso de agua, y luego se
dirigió a la oficina del jefe dispuesto a confesar, sabiendo
que éste no lo tomaría en serio. Entonces ¿por
qué hacerlo? No habría podido contestar. Tal vez,
simplemente, para romper el círculo de tensión nerviosa
que le apretaba el cuello. Y sin preámbulos, le soltó
al jefe:
Yo
soy el autor de los crímenes.
Otro
chiste como ése y quedas cesante.
De
veras.
De
veras que te pongo en la calle. Y ya vete a trabajar.
Poe
dio media vuelta y se fue. Parece mentira, el haberme "confesado"
me ha traído tranquilidad. "Los crímenes de la
calle Morgue"... Él era el autor y no quedaría
en el anonimato.
©
Marcos
Winocur
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