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BUENOS
AIRES,
ciudad
tango
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Me
enamoré una vez más.
Llego a vivir nuevamente a Buenos Aires, luego de 12 años
de ausencia.
Transito sus calles, sus sensaciones, sus ruidos.
Avenida
Corrientes, San Juan, Boedo.
Y el tango se mete debajo de mi piel.
Avanza,
se desliza y toma uno a uno los órganos hasta apoderarse
de mi corazón.
Es un proceso de un par de meses, que finaliza cuando empiezo temporada
teatral con un espectáculo del género. Con bailarines
y orquesta en vivo. Allí comienzo a tararear distraído
alguna melodía de Piazzolla, busco material para aprender
sobre este tema.
En principio me atrajo la aparente tensión entre letras y
música.

Las
letras que generalmente hablan de abandonos, desamores, traiciones,
rencores del corazón.
Como
contrapuesta una música altamente sensual, que se baila abrazados,
con las caras rozándose, con las piernas entrecruzándose.
Aparentemente
opuestas situaciones que confluyen en una pareja, juntos, en la
pista, con su rito de seducción.
Se inicia como estilo musical en la década de 1890. En los
suburbios, los márgenes sobre todo portuarios de Buenos Aires.
Fecundado entre esos hombres inmigrantes que vinieron a hacer la
américa, dejando en su tierra natal sus mujeres, familias.
Por eso en un principio se bailó sólo entre hombres,
el ritual de invocación a sus amores ausentes de ultramar,
de estos solitarios que habitaban conventillos en la Boca, Pompeya,
San Telmo.
Las orquestas en esta época todavía tocaban tango
instrumental y su formación era de guitarra, flauta y violín.
A
inicios del siglo veinte llega el bandoneón que se convertiría
en el sonido distintivo del tango.
El bandoneón fue creado en Alemania por un luthier de apellido
Band. Su objetivo era ser un órgano portátil con 69
voces para poder dar la misa religiosa en la campiña y los
pueblos que no tenían iglesia. Transportable.
La llegada a Buenos Aires es obra de la casualidad, ya que el mito
cuenta que fue dejado en pago por una deuda de juego de un marinero
inglés.
Se incorpora el canto, la poesía arrabalera, que describe
la vida, los barrios, los conventillos.
Los
inmigrantes, ya insertos en la ciudad, comienzan a contar su historia,
sus dolores.
Las
distintas culturas de origen confluyen enriqueciendo las expresiones
que van naciendo.
El
festejo del carnaval, los corsos de Av. De Mayo, con sus disfrazados,
las mascaritas, que tienen mucho más del carnaval veneciano
que del brasileño. La murga como expresión musical
del carnaval, que entronca con el candombe (más propio del
Uruguay pero con fuertísima presencia aquí) la milonga
y el tango.
Estilos que se entrecruzan, se preñan, pero nunca dejan de
ser distintivos por sí mismos.
En 1910 el tango avanza desde los márgenes hacia el centro.
Aparecen academias, los ricos "descubren" el tango, se
organizan bailes en lugares distinguidos como el Palais de Glace
(actualmente un hermoso museo de Arte), lo de Hansen en Palermo
y el Armenonville.
En
1920 el éxito de Carlos Gardel lo impulsa a nivel internacional
a través del cine sonoro recientemente masificado.
El tango viaja a París y New York.
Se
estiliza, se adapta a los nuevos tangueros y marca modas.
Lo baila Rodolfo Valentino en cine.
Gardel se convierte en la figura indiscutida de ser "la voz"
del tango.
Surgen frases como "...cada día canta mejor".
Su carrera en Argentina es relativamente corta, al hacerse famoso
viaja a Francia y Estados Unidos a trabajar en giras y películas.
Finalmente muere en Medellín, Colombia en una confusa situación
de disparos en un avión al despegar con accidente incluido.
El mito agrega que habría cocaína de por medio en
la situación.
En los treinta e inicios de los cuarenta el tango se desparrama
por clubes y milongas de barrio. Ya es popular.
Jorge
Luis Borges incorpora la mitología tanguera a sus cuentos,
los compadritos con su saco negro, camisa blanca, pañuelo
al cuello, funyi o sombrero y faca (cuchillo) en la cintura transitan
sus historias. Los guapos del 900 se baten a duelo en las esquinas
con faroles y calles empedradas. Los motivos, las mujeres o el honor.
La mujer adquiere protagonismo, las letras toman el punto de vista
femenino.
Se incorpora el Vals, que llega de Viena y en Argentina, como parece
ser habitual, se le incorpora un elemento nuevo, el canto. El vals
cantado nace en estas costas.
Surgen las orquestas típicas y luego los cantores (no cantantes...)
con las grandes orquestas.
La época dorada del tango comienza, durante los años
cuarenta las grandes orquestas se imponen y aparecen los orquestadores,
que dirigen y componen.

Una breve guía de los nombres destacados nos lleva a Francisco
Canaro, Julio de Caro, Juan D'Arienzo, Anibal Troilo, Carlos Di
Sarli, Osvaldo Pugliese, Mariano Mores y otros.
Durante la década del sesenta el estilo sufre un "abandono"
en el gusto popular, surgen otras músicas, otras modas, que
atraen a la juventud.
Hasta que llega Astor Piazzolla, que le incorpora la electricidad
al tango.
Así
como Bob Dylan le incorporó la electricidad al folk de Norteamérica
y fue resistido, Piazzolla incorpora guitarras eléctricas,
batería y bajo eléctrico a sus formaciones.
También incorpora recursos propios del jazz, se vuelve una
música fuerte, que representa al Buenos Aires moderno, caótico,
en movimiento.
La
experiencia de recorrer la ciudad escuchando a Piazzolla en el transcurso
es interesante. Es la banda sonora del Buenos Aires de hoy.
Conjuga
la poesía de recorrer las calles de la Boca, con sus adoquinados,
con los frentes de las casas de chapas multicolores, que siguen
así desde la época de las oleadas inmigratorias. Caminar
San Telmo con esa mezcla de nostalgia de unas épocas mejores,
de futuro, de proyección hacia delante.
Transitar
Barracas con sus grandes factorías ahora cerradas, calles
adoquinadas, faroles en las esquinas. Pompeya con sus historias
de puñaladas, noches de veredas húmedas al compás
de un bandoneón lastimero que parece anunciar las futuras
pérdidas, de vidas, de amores, de soledad.
La música de Astor conjuga la ternura, la sutileza de los
estados de ánimo del ser argentino (como todo el tango antes
y después de él) la conciencia de lo que no tenemos,
lo que extrañamos. Que puede ser la tierra de origen, un
amor que se fue con el viento, la añoranza de los espacios
vacíos. En contraposición, la rítmica y la
tensión que le imprime a sus melodías también
ilustra el frenesí del microcentro, la gente corriendo hacia
ninguna parte, la avenida del Libertador con su marea de automóviles
circulando en la zona de las embajadas y los bosques de Palermo.
Tensión y sutileza, violencia y reposo.
Buenos Aires hoy.
Junto a la música de Piazzolla surge una poesía que
intenta retratar lo cotidiano con otros códigos, Horacio
Ferrer escribe "Balada para un loco".
El tango bailado, la danza, cae en una decadencia que se inicia
en los sesenta y continúa a lo largo de veinte años.
Se confina a bailarse en algunas milongas periféricas. Se
vuelve un gesto repetido por figuras que se niegan a desvanecerse.
Sin sangre nueva.
En los años ochenta se estrena el espectáculo Tango
Argentino con los mejores bailarines y músicos del momento.
Recorre Estados Unidos y Europa durante muchos años. Despierta
un furor por el tango en esas latitudes que llega hasta Japón.
Paradójicamente esa fiebre de tango del exterior se contagia
en la Argentina. Comienzan a abrirse academias de baile, milongas,
se renuevan los boliches de tango de San Juan y Boedo.

Comienza a verse nuevamente la estética del fileteado, una
gráfica muy particular que nace paralela al tango, a principios
del 1900. Creada en simultáneo por tres italianos que no
se conocían entre sí y desarrollan el mismo código
de gráfica. El fileteado pasa a formar parte del decorado
de los carros, los colectivos, los carteles de los bares y almacenes
y se asocia definitivamente a la iconografía del tango. Con
el tiempo queda como un estilo que no tiene sucesores para mantenerlo
vivo. Con el resurgimiento del tango, este arte visual vuelve a
tomar protagonismo al punto tal que existen numerosas academias
y talleres que enseñan a crearlo.

Actualmente en Buenos Aires existen cientos de lugares para bailar
y escuchar tango.
Desde los clásicos, El Viejo Almacén y Chiquilín
de Bachín, hasta el Café Tortoni de Av. De Mayo y
los centros culturales como el Torquato Tasso, frente a parque Lezama,
pleno barrio de San Telmo, donde se puede bailar, escuchar las orquestas,
comer empanadas y tomar vino.
Un
programa cien por ciento argentino.
Y qué hacer con este nuevo amor si no disfrutarlo.
Dejar
que me pegue sus emociones, que el ritmo del cuatro por cuatro martillee
mis sentidos.
Me identificaré con sus letras de desamores, sus melodías
melancólicas y me iré al boliche de la esquina, a
tomar una ginebra, con Luca Prodan.
©
Juan
Barbagelata, del texto
©
Alfredo
Genovese, de las ilustraciones
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