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Reseña
del libro
Sepancuantos
de
Manuel Garrido Palacios
Biblioteca
de la Huebra. Aracena 2003
Ilustraciones de José María Franco
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Manuel
Garrido Palacios en el libro Sepancuantos ha desempeñado
fielmente, como peregrino por la Sierra de Huelva, su oficio de
bardo, de cosedor de cantos portadores de sentencias, romances,
danzas, coplas de muerte, embrujos, hechizos, pócimas para
la salud del alma y del cuerpo recogidas de la vegetación
de la zona; refranes y fábulas bien documentadas en nuestra
tradición picaresca del Lazarillo, de la Celestina, de Quevedo
y que incluso se remontan en lontananza a Hesiodo en «Los
trabajos y los días», poema de experiencia humana en
cuanto experiencia individual y colectiva, poema didáctico
sobre las labores del campo, la distinción de los días
fastos y nefastos para emprender una determinada acción o
para suplicar a los dioses, poema que al igual que en este libro,
intercala fábulas, como es la del gavilán y el ruiseñor,
y sentencias; asimismo se remonta a los conjuros y ensalmos para
atraer el corazón del amado desdeñoso o el castigo,
de la comedia, y poesía helenística, y a las «Geórgicas»
de Virgilio, poema inspirado también en el cultivo de la
tierra y en la vida de sus campesinos.
Por
tanto, su libro-ensayo arranca de las raíces de nuestra literatura
occidental griega y judeo cristiana. Es el «yo» del poeta sumido
en una tradición que desarrolla un trabajo etnográfico
y antropológico con la descripción e interpretación
de los usos, las costumbres, la ideología y la psicología
de un pueblo conformado por su entorno natural, su historia y sus
condiciones sociales, de un microcosmo incardinado en la serranía
de Huelva.
El
abanico temático es muy amplio: cuentos y canciones que parten
del mito, ese inconsciente colectivo sin espacio ni tiempo, ese
«Érase una vez». Empezaré por canciones
y cuentos didácticos que animan al trabajo y que recuerdan
los consejos que daba Hesiodo a su hermano Perses, hombre de ágora
y poco trabajador, exhortándolo a la virtud y al trabajo:
«Mas tú, recordando siempre nuestra admonición,
¡Trabaja! Perses, divino retoño, para que el hambre te odie,
y te quiera en cambio la bien coronada Deméter augusta, e
hinche de alimento tu cabaña». Así en el cuento
de la viña (Santa Eulalia), el padre exhorta a sus hijos:
«Jamás en la vida convirtáis la viña
en era. Pero los hijos holgazanes vendieron la viña y en
nada de tiempo se les acabó el dinero. Y cuando con los años
volvieron al pueblo y pasaron por la viña dice uno: ¡Huy,
qué limpia está la viña de nuestro padre! Dice
el otro: ¡Ay, hermano! esta viña era nuestra. Por eso nos
dijo padre que no la convirtiéramos en era».
O
cuentos de humor negro que reflejan las condiciones sociales, como
es el del «Velatorio», cuento de muerte que al final se truca en
vida de penurias: «Había en un velatorio un hombre que solo
hacía gritar: ¡Ay, que lo van a llevar allí donde
no hay luz, ni se come, ni se bebe, ni na de na!». Pero no se trata
del descenso a los infiernos de Ulises, repletos de sombras en el
vacío: «¡Hijo mío! ¿Cómo has bajado en vida
a esta oscuridad a esta oscuridad tenebrosa?», le dice su madre
Anticlea, sino que la descripción lóbrega y sombría,
que parece referirse al más allá, queda brusca y sarcásticamente
truncada por la vuelta a la lóbrega realidad del más
acá, «del muerto al hoyo y el vivo al bollo», por el chiste
que recoge la sabiduría pragmática y resignada de
todo un pueblo: «Este hijo de su madre lo quiere llevar a mi casa»,
piensa con terror un asistente del velatorio.
Seguiré por los años del hambre en el Castañuelo:
«Hablamos un poquito / de lo que son las castañas, / a ver
si los tiempos malos / desaparecen de España. / Eran los
años del hambre / y no los puedo olvidar, / comíamos
nada más que tentullos, / solos, solitos, sin pan». Y además
de la angustia del hambre, la angustia del lobo: «Los fantasmas
de la Sierra», como dice Segundo Canterla: «En el camino Hinojales
/ en la Sierra Valle-Cano / allí salían los lobos
/ por la mañana temprano». O de la relación «Amos-criados»
que con humor y resignación apunta a la ley del mas fuerte:
«En los campos de las Huelvas / de chiquillo me crié, / los
patrones eran buenos, / algunos malos también. / Porque en
los otros trabajos / no quiero ni recordar / las penitas que pasamos
/ para poderlos cobrar». Resuenan los ecos de la fábula del
gavilán y del ruiseñor de «Los trabajos y los días»:
«Ved cómo hablaba un gavilán a un ruiseñor
de moteado cuello, al que llevaba bien alto apresándolo en
sus garras: Infeliz, ¿por que chillas? Te tiene alguien mucho más
fuerte que tú».
«¿El
trato con los dueños?», pregunta el bardo al campesino:
«No eran agradecidos. Bien se dice que quien no agradece,
al diablo se parece. / Y lo más bonito era / que te cobraban
por algo / en un terreno tan malo / que no entraban ni los galgos.
Hasta que vino el jaleo de la República, que se pensaba que
iba a mejorarlo todo, pero fue más pataleo, porque no se
dejaban gobernar, hasta que reventó la cosa con el dictador
y nos aplastó unos pocos de años: En el castillo Monjui,
/ en el último rincón, / tenía que estar metido
/ el que estas muertes firmó. / Por tener ideas republicanas
/ Que es la más sana de la Nación».
Son
asimismo cantos de carnaval que se conforman en las vísperas
del despertar de las fuerzas incontroladas de la primavera y, por
tanto, de la libertad de palabra y de acción. En un «Sal
fuera de ti» como nos predica Dionisios. «Por el carnaval todo pasa,
/ que no nos coja de espanto, / y si alguno se agravia, / que baje
agua del Barranco». O coplas de juegos infantiles ya perdidos como
el de la comba: «Soy la reina de los mares, / señores, me
van a ver, / tiro mi pañuelo al suelo / y lo vuelvo a recoger».
O cantos de matanza o de la molienda, o el del «recado para objetos
y animales», o de bodas, o de amoríos felices o infelices.
Y
toda esta variopinta tradición, pensamiento y sabiduría
popular toma carne y hueso en la figura del pintor Marcial, en el
«Encuentro impersonal», en Linares de la Sierra: «Quien venga buscando
un genio, no lo va a encontrar, pero quien venga buscando un tonto,
tampoco. Soy casado -señalando la fotografía de boda,
agrega-: aquí empecé la vida. Muy feliz. Pero se tuercen
las cosas. Yo no he querido tocar más a ninguna mujer. Soy
la mitad religioso; la otra mitad invisible. Voy a misa cuando puedo.
El cura viene por aquí; es amigo; me dice: Vaya usted a misa
todos los días. ¿Todos los días, con las cosas que
tengo que hacer? No soy aficionado a hincarme de rodillas, ni a
cosas extrañas; yo no sé si el sacerdote tiene algo
que decirme; si lo tiene, que me lo diga; por ejemplo: Usted menea
demasiado las orejas. Lo escucho y adiós».
Manuel
Garrido Palacios, guiado por el hilo de su inspiración poética,
como Teseo por el hilo de Ariadna, se ha internado en el laberinto
de la Sierra y en la médula consciente o inconsciente del
bosque de la mente para desentrañar su misterio y, de esta
manera, documentar con rigor científico y calidad literaria
el saber y sentir ancestral de sus gentes a través de un
entramado de canciones, fábulas, refranes, cuentos, que como
bien señala: «van a la búsqueda de unas señas
de identidad que los una como grupo; la incógnita ante cualquier
más allá, aparte del amor, del miedo, de la muerte».
©
Margarita
Ramírez Montesinos
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