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Para
Ariel G.
Cuánto andar, cuanta música olvidada
al recorrer la tierra, con ayuda
sólo de las palabras, cuyos signos
se intercambian, se mezclan y agazapan
en todas las acciones,
Se entrelazan en ritmos dentro de cada cuerpo
y atraen a sus hermanos, en los mares,
en el caos que resta, silbante en la memoria,
previo al orden primero.
O en las casas
en las que el pan esparce su aroma bienhechor,
y danzan sin tocarse, unidos para siempre en lo recóndito.
Cada amor que despierta es el primero;
cada destierro, el último.
Un numen, intermedio entre el alma y el ángel,
ha sembrado la risa, ha impregnado
de aromas y armonías el desierto.
Y se esfuma,
reaparece de pronto junto al lago,
se refugia en el sueño
y al retornar, se asombra ante las lágrimas
convertidas en letras: fuego blanco
posado en cada rama, en cada fruto,
en el tronco común que se aventura
por simas invisibles.
Cada amor que despierta es el primero;
cada destierro, el último.
y el numen se ha dormido
en los líquidos pétalos del Aleph.
27.
VII. 2003
©
Lourdes
Rensoli Laliga
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