Tratado
de Amores imposibles
de
JOSÉ SARRIA
Ediciones
Libertarias. Madrid 2002
Un
libro de Poesía no es un libro más nunca. Es un libro
especial siempre. Digo Poesía con mayúscula para diferenciarla
del ripio, del verso subvencionado, del insufrible «¡Oigo,
Patria, tu aflicción...!», de las Odas a don Cristóbal
el descubridor, de la obra recomendada por el crítico de
cabecera, tantas veces autonombrado por la ley de los fenómenos
incomprensibles, etc.
Quien no hace nada de
esto, ni siquiera es poeta con minúscula, según se
entiende el término en cuanto a publicar libros con semejante
enseña, pero sí es un lector de Poesía que
pone empeño en entender ese lenguaje que va desde la cima
excelsa hasta el envilecimiento de la palabra, sabe, al menos, que
el verdadero Poeta no necesita anunciarse, ni pastar a la sombra
de instituciones para trapichear limosnas con las que alimentar
su curriculo, ni vestir galas exteriores arma de dos filos que
tantas veces marcan, precisamente, lo que no se es por dentro.
Viene
esto de tirón porque cuando se recibe un libro como el que
acaba de sacar José Sarria: Tratado de amores imposibles,
se suelen colocar todas esas posturas banales en el baúl
de lo inútil para agradecer la presencia de alguien que,
aún en los tiempos que corren, hace algo tan complicadamente
sencillo como Poesía.
Dios me libre de calificar
algo de bueno o de malo. Se trata de ser o de no ser. Uno no es
más que un viajero que se embarca en unas páginas
abiertas y que, ya metido en ellas, sólo puede, o seguir
a ver si alcanza la isla que el libro propone, o bajarse en marcha
y dedicar su tiempo a ver pájaros.
Ante la obra sincera de
Sarria, que se interna en el mar del amor desde el primer respiro,
a sabiendas de que «ninguna pasión perdura / el número
de cada noche», le apetece al ánimo quedarse en la
travesía para asistir a una variedad de formas de amar o
desamar que, no por eternamente arcaicas, dejan de sorprender. Página
a página, como un paseante por cubierta, ve que «un
amante novicio pide a la amada que le muestre su corazón,
y ella se abrió una brecha en el pecho con puñal de
plata». Luego le ocurrió, a ella o a otra somos los
mismos por los siglos de los siglos, que «no pudo detener
su herida y el alma se le quebró en mil pedazos». Al
fin, «se ahogaba con la última tempestad», porque
«no hubo terapias, remedios ni pócimas con que calmar
su dolencia», aún con las manos aferradas «a
unas viejas cartas de navegación». A pesar de la mortal
singladura, «nadie dio crédito a su historia»,
y menos cuando ya fue tan sólo espíritu para «transitar
por entre los caballetes de los jóvenes pintores».
Bien conoce Sarria que
todos los amores son el amor; es por lo que su libro, que parece
contener muchos amores diferentes, cuando se lee hasta el colofón,
deja ver con claridad que sólo un amor lo habita, uno dividido
en celdas, o capítulos. Le pasa lo que al árbol del
poema XV, en cuyo «tronco se pueden leer inscripciones de
amores eternos», a pesar de los otoños, de las podas,
de los nidos o del resurgir de su propia muerte cada primavera,
porque «el amor, como todo lo imposible, es lo único
real».
Real es esta entrega poética
de José Sarria; tan real que ha hecho que un escéptico
en activo navegue sobre sus versos renglones, líneas,
olas, ¡qué más da! hasta conocer esa isla
propuesta donde «el hombre había estado tan cerca del
amor que su corazón estuvo a punto de acabar carbonizado».
©
Manuel
Garrido Palacios
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