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Eco
de Eco
Umberto
Eco recoge en "Deben los intelectuales meterse en política",
unos comentarios que improvisó en un encuentro organizado
por un sindicato italiano sobre problemas de nuestro tiempo. La
reunión-charla tenía su origen en lo que suele suceder
a menudo: que los políticos piden a los intelectuales ideas
renovadoras sobre el modo de llevar el país. Después
de confesar que no hay nada que más le irrite que se utilice
al intelectual como un oráculo, señala que no hay
que entender por intelectual a todo el que trabaje con la cabeza
y no con las manos: quien hace reservas en un hotel trabaja con
la cabeza y el escultor lo hace con las manos. Intelectual es el
que hace un trabajo creativo, sea en el ámbito de las ciencias,
en el de las artes o en el de los inventos. No es intelectual quien
escribe un manual sobre cualquier materia, sino quien lo escribe
con criterios pedagógicos inéditos.
Se
retrotrae Umberto Eco a la Grecia clásica para definir tres
modelos de intelectual: 1) Ulises, que en la Iliada adopta ese papel
cuando Agamenón le pregunta cómo conquistar Troya
y él se inventa lo del caballo. 2) Platón, que suma
a la tarea oracular la idea de que los filósofos pueden enseñar
a gobernar. Al ver cómo le sale la experiencia junto al tirano
de Siracusa, advierte Eco que hay que poner en cuarentena a los
filósofos que proponen modelos de gobierno. Y 3) Aristóteles,
preceptor de Alejandro, al que no dio consejos puntuales para desarrollar
su gobierno, sino conceptos básicos sobre la política
y la ética, o sea, punto y coma de lo que Alejandro hubiera
podido aprender en los propios libros de Aristóteles. No
le dio el pez; le enseñó cómo se pescaba.
Partiendo de ahí, dice Eco que el político tiene un
buen modo de aprovechar la sabiduría del intelectual: basta
con que le lea las ideas interesantes que haya parido. Y si no fuera
suficiente, pedirle más profundización, más
madera para armar el argumento, caso de que el intelectual esté
dispuesto a poner su formación al servicio de la colectividad.
Para Eco: "eso es todo".
Un
periodista le reprochó en la reunión que no citara
a Sócrates. Le dio la razón, porque existe un cuarto
modelo: Sócrates critica a la ciudad en la que vive y acepta
ser condenado a muerte para enseñar a respetar las leyes.
El intelectual en el que piensa Eco está cercano a Sócrates:
"no ha de hablar contra los enemigos de su grupo, sino contra
su grupo; ha de ser la conciencia crítica de su grupo",
a sabiendas de que en ciertos grupos llegados al poder, la cabeza
del intelectual incómodo sea la primera en caer. Como en
cualquiera de sus obras, Eco pone el dedo en heridas que no quieren
cicatrizar.
También
podría decirse que un modelo que no salió en la charla
improvisada fue el de él mismo, capaz de tomar distancia,
de retirarse suficientemente para que ningún árbol
le tape la visión del bosque, ese amplio horizonte que tantas
veces se ignora, entre otras muchas razones, por no leerlo a él
a tiempo.
©
Manuel
Garrido Palacios
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