Los
arqueólogos en el estanque de agua inmutable
Estaba
intentando extraer algún objeto de las páginas blancas,
pero los papeles de aquella mañana eran ciertamente particulares
por lo inhóspitos. Y ya dos vueltas completas en su recorrido,
el reloj, diligente y sin vacilaciones, llevaba desde el comienzo
de mis excavaciones. De todas formas, yo, perseverante, que cubría
con terraplenes desprolijos a cada uno de los infructuosos pozos,
seguía cavando pozos nuevos. Pero todo continuaba en vano.
Es cierto que descubrí algunas oraciones y hasta algún
párrafo herrumboso debajo de la tierra blanca, y un tanto
ventosa, de aquella región esparcida sobre mi escritorio,
y que sacudí con mis minúsculos pinceles el polvo
de algunas letras interesantes, pero cuando intentaba reconstruir
una ciudad, una mujer o un hombre, de aquellos objetos, mis intentos
eran esfuerzos inútiles, porque la fragmentación
de los descubrimientos era tan grande que cualquier proyecto se
tornaba imposible. Fue entonces, cuando el corolario de todo el
tiempo pasado parecía ser el silencio, que golpearon la
puerta de mi casa: era mi amigo, el ensayista y poeta Enrique
Schliemann.
Nunca
lo había visto así: sus manos temblaban. Nunca lo
había visto así: la respiración le movía
medio cuerpo. Nunca lo había visto: sus brazos eran articulados
desde los codos en forma desarmoniosa y violenta. Nunca lo había:
la cabeza se le agitaba en pequeños estallidos. Nunca lo:
toda su cara era una composición de movimientos anárquicos.
Nunca: sus ojos estaban henchidos de locura. :
sus pies parecían bailar pero sin ritmo. :
.
De
toda aquella imagen arrebatada y sin control que giraba en torno
a la existencia de mi amigo se desprendían, cual si fueran
piedras rodando en una pendiente, sonidos. Palabras y palabras
tan distintas o tan desorganizadas que todo aquel discurso era,
para mí y mi lengua que conforma toda mi historia,
una bruma espesa. Lo único que comprendía era que
debía seguirlo a algún lugar. Sin dudas, quería
mostrarme algo.
Descendimos
por la escalera despacio; mi amigo se apoyaba como podía
en la balaustrada y jadeaba como un animal; yo estaba alarmado
de verlo así pero aunque le pregunté varias veces
qué le sucedía no hallé respuesta. Para mi
percepción, Schliemann era tan inhóspito como aquellas
páginas blancas que acababa de abandonar en mi casa. Igualmente
pensé que las explicaciones que pretendía podría
hallarlas en el lugar adonde nos dirigíamos. Aunque también
pensé que eso, el lugar, la cosa o lo que fuera, podría
haber sido la causa de los trastornos de mi amigo y que bien podría
hacer de mí algo parecido. Pero no tenía alternativa
de regreso, Schliemann me arrastraba casi a la fuerza y también,
cada vez más, mi curiosidad. Así pues, debería
viajar hacia aquel destino. Todo era muy preocupante.
Nuestro
pueblo es pequeño y antiguo, de gente vieja casi siempre
oculta, que sale de sus casas solamente muy temprano a la mañana
para barrer minuciosamente las hojas caídas y a la noche
para sacar cajas de cartón con basura (aquí es costumbre
usar cajas para los residuos, no bolsas) que luego son recogidas
por gente que he visto pero que no conozco y que no sé
de dónde vienen porque no son de este pueblo. Yo vine a
vivir a este lugar hace unos dos años. Llegué a
él seducido por sus características. Las condiciones
aquí creadas son las más apropiadas para mi trabajo:
silencio, frío, ventanas que muestran montañas,
gente desconocida, y sobre todo, lejanía del "círculo
literario". La única excepción fue mi amigo
Enrique Schliemann que vino al pueblo tres meses después
que yo e invitado por mí. Su casa queda a una cuadra de
la mía.
Caminamos
a través del bosque que rodea a nuestro pueblo; en el día,
la oscuridad. Mi amigo nunca hablaba, sólo emitía
más sonidos. Aunque ahora nuevamente lo pienso: sus sonidos
bien podrían haber conformado una lengua. Me corrijo: mi
amigo hablaba. Supongo que aquel idioma también podría
ser escrito. En ese caso, quizá mi amigo ya había
escrito poemas con este otro idioma, asunto que yo ignoraba y
que aún ignoro, lo juro. No es mi intención aquí
mentir. De todas formas, y continúo con el idioma-sonidos,
aquellas supuestas palabras que mi amigo lanzaba mientras el bosque
nos absorbía cada vez más, eran para mí como
ruidos de la naturaleza. Es decir, los oía y los interpretaba
de alguna manera, puesto que cuando escucho el ruido de las hojas
de los árboles sé con seguridad que la causa es
el viento como también sabía que esos ruidos, sonidos,
palabras, que salían de la boca de Schliemann eran causadas
por su cuerpo. Lo que no sé, en ninguno de los casos, es
de quién es la voluntad que sacude al viento que mueve
a las hojas o al cuerpo que mueve a las palabras.
Más
allá de toda esta filosofía, lo cierto es que sus
probables palabras eran inútiles porque, aunque todo siempre
comunica algo, en este caso no me alcanzaban para comprender qué
sucedía y a dónde nos dirigíamos.
Avanzábamos
de la mano, en el bosque, sobre la superficie de la tierra, eso
lo sabía, pero me parecía un descenso. Era como
si aquel viaje me internara dentro de un cuerpo. Y ahora que me
acuerdo de estos sucesos y pensamientos se me ocurre creer que
el planeta es una especie de organismo. Me gustaría hablar
de este tema con el arqueólogo Verne.
El
bosque se había puesto muy oscuro y muy espeso, ya parecía
una selva. De pronto, entre el paisaje cada vez más turbio,
vi un zorro. Nos miraba. Yo también lo miraba y lo comenté
con mi amigo. Él, en cambio, no lo miraba y me hablaba.
Yo no entendía una palabra de lo que me decía. El
zorro comenzó a seguirnos a distancia.
Dentro
del bosque las perspectivas son imposibles; los árboles
se multiplican, te marean y te bailan alrededor. Uno camina y
percibe en su andar la extensión, pero las direcciones
y los sentidos se llenan de máculas, de manchas verdes,
marrones y amarillas. Uno camina pero sin camino, las dimensiones
no son ni rectilíneas ni circulares, la percepción
del espacio, por el contrario, se somete allí a un solo
criterio: ya saben cuál. A menos que uno conozca el bosque,
en ese caso, para tal existencia, el bosque ya no es. Es bosque
como un conjunto de árboles, pero no bosque como bosque.
El bosque es lo desconocido. Y en estos términos, aquel
día, andábamos por allí: yo en el bosque,
el zorro en un conjunto de árboles y mi amigo Enrique Schliemann
no sé dónde. Tampoco sé si aún podría
considerarlo Enrique Schliemann.
Otra
cosa: no había canto de pájaros. Los únicos
sonidos eran nuestros pasos, las hojas con el viento, y las palabras
de Schliemann.
Llegamos
al lugar.
Schliemann,
eufórico, tomó unas piedras del suelo y las lanzó
al estanque. Al principio, yo no comprendía bien de qué
se trataba todo aquello. Recuerdo cómo las piedras eran
absorbidas en el líquido. Aún ahora las miro y las
miro desaparecer.
Repentinamente,
en aquella jornada y ahora, y siempre, contemplo a Schliemann
lanzarse al estanque y, también, desaparecer. Allí
es donde todo se comprende: el agua no acusa movimientos concéntricos
ante los objetos que penetran en ella.
Durante
un rato permanecí inmutable, luego recobré cierta
conciencia. Pensé en arrancar la rama de un árbol.
Luego, tomaría suma precaución en no salpicarme
con aquel agua, hundiría la rama y la desplazaría
en forma suave y ascendente con el objetivo de mover un poco de
aquel líquido a la orilla.
Agacharía
un poco mi cabeza y lo estudiaría minuciosamente.
Éstos
son algunos de los charcos que he extraído del estanque
de agua inmutable:
l
i b r a r y a n u e s t r a s n a v e s d e l a s l l a m a s
y a r r a n c a d e l a m u e r t e l o s r e d u c i d o s b
i e n e s d e l o s t e u c r o s , o m a n d a a l o q u e q
u e d a t u r a y o d e s t r u c t o r , s i l o m e r e z c
o , y h ú n d e n o s a q u í m i s m o c o n t
u d i e s t r a
h
a b i t a r á e l l o b o c o n e l c o r d e r o , y e
l l e o p a r d o s e a c o s t a r á c o n e l c a b r
i t o , y c o m e r á n j u n t o s e l b e c e r r o y
e l l e ó n , y u n n i ñ o p e q u e ñ o
l o s p a s t o r e a r á . l a v a c a p a c e r á
c o n l a o s a , y l a s c r í a s d e a m b a s e e c
h a r á n j u n t a s , y e l l e ó n , c o m o
e l b u e y , c o m e r á p a j a
¿
d e s o r d e n ? m i p u l s o , c o m o e l v u e s t r o ,
l a t e c o n r e g u l a r i n t e r v a l o , y a n u n c i
a i g u a l s a l u d e n s u s c o m p a s e s . . . n a d a
d e l o q u e h e d i c h o e s l o c u r a . h a c e d l a p
r u e b a , y v e r é i s s i o s r e p i t o c u a n t
a s i d e a s y p a l a b r a s a c a b o d e p r o f e r i r
, y u n l o c o n o p u e d e h a c e r l o
s
i s e l o d i j e r a a l o s d e m á s d e c o m a l a
d i r í a n q u e e s t o y l o c o , c o m o s i e m p
r e h a n d i c h o q u e l o e s t o y . n o . l o c o n o ,
m i g u e l . d e b e s e s t a r m u e r t o . a c u é
r d a t e q u e t e d i j e r o n q u e e s e c a b a l l o t
e i b a a m a t a r a l g ú n d í a . a c u é
r d a t e , m i g u e l p á r a m o . t a l v e z t e p
u s i s t e a h a c e r l o c u r a s y e s o y a e s o t r a
c o s a
í
b a m o s s o b r e s o m b r a s q u e a t e r í a l a
d e n s a l l u v i a , p o n i e n d o l a s p l a n t a s e
n s u s f a n t a s m a s q u e p a r e c e n c u e r p o s .
e n e l s u e l o y a c í a n t o d a s e l l a s s a l
v o u n a q u e s e a l z ó a s e n t a r s e a l p u n
t o q u e p u d o v e r n o s p a s a r p o r d e l a n t e
e
l c í c u l o d e l c i e l o m i d e m i g l o r i a ,
l a s b i b l i o t e c a s d e l o r i e n t e s e d i s p u
t a n m i s v e r s o s . l o s e m i r e s m e b u s c a n p
a r a l l e n a r m e d e o r o l a b o c a . l o s á n
g e l e s y a s a b e n d e m e m o r i a m i ú l t i m
o z é j e l . m i s i n s t r u m e n t o s s d e t r a
b a j o s o n l a h u m i l l a c i ó n y l a a n g u s
t i a : o j a l á y o h u b i e r a n a c i d o m u e r
t o
d
a l o m i s m o q u e a d v i e r t a s o n o a l o s i n f i
e l e s : n o c r e e n . D i o s h a s e l l a d o s u s c o
r a z o n e s y o í d o s ; u n a v e n d a c u b r e s
u s o j o s y t e n d r á n u n c a s t i g o t e r r i
b l e . h a y e e n t r e l o s h o m b r e s q u i e n e s d
i c e n : c r e e m o s e n D i o s y e n e l ú l t i m
o D í a , p e r o n o c r e e n
p
o r l a n o c h e a p e n a s c o n s e g u í a s o p o
r t a r l a i n m o v i l i d a d , y l a c o m i d a y a n o
l e p r o c u r a b a n i n g ú n p l a c e r . y a s í
, p u e s , p a r a e n t r e t e n e r s e , a d o p t ó
l a c o s t u m b r e d e t r e p a r p o r l a s p a r e d e
s y e l t e c h o e n t o d a s d i r e c c i o n e s . s o b
r e t o d o l e g u s t a b a q u e d a r s e a r r i b a , e
n e l c i e l o r a s o ; e r a m u y d i s t i n t o q u e e
s t a r e c h a d o e n e l s u e l o ; s e r e s p i r a b a
c o n m a y o r l i b e r t a d
e
n l o s c o n j u r o s q u e a q u í c o m i e n z a n
, s e n a r r a l a s a l i d a d e l a l m a h a c i a l a p
l e n a l u z d e l D í a , s u r e s u r r e c i ó
n e n e l e s p í r i t u , s u e n t r a d a y s u s v
i a j e s e n l a s r e g i o n e s d e l M á s A l l á
a
l s i l e n c i o l e g u s t a b a e s c u c h a r l a m ú
s i c a ; o í a h a s t a l a ú l t i m a r e s
o n a n c i a y d e s p u é s s e q u e d a b a p e n s
a n d o e n l o q u e h a b í a e s c u c h a d o
e
l c l a m o r d e l o s h o m b r e s e s i n t o l e r a b l
e , e l s u e ñ o y a n o e s p o s i b l e c o n e s t
e c l a m o r . y a s í f u e c o m o l o s d i o s e s
d e c i d i e r o n e n s u s c o r a z o n e s d e s e n c a
d e n a r e l d i l u v i o
Mi
mente era una esponja ambiciosa que parecía no detenerse
pero escuché un grito tremendo que me sobresaltó.
Abandoné el estanque y empecé a correr aterrorizado
en el bosque en busca del pueblo. A lo lejos y dejándose
ver, el zorro corría a la par mía. Se detonaban
cada vez más gritos, muchos gritos, de distintas voces,
gritos atronadores, infinitos gritos.
Bosque
de explosiones, estanque de agua inmutable, el zorro inquietante,
el arqueólogo y el miedo.
Corría
tan fuerte en aquel vértigo de temores y descubrimientos
que en un momento pensé que yo era el viento.
Qué
he dicho, qué he escrito, qué he leído.
En
el pozo del bosque, sobre las aguas quietas del Principio, aúlla
el viento, sintaxis del grito.
Iré
ahora mismo, nuevamente, al estanque, a hundirme junto a Schliemann
y desaparecer.
©
Juan
Diego Incardona