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EL
ABANDONARIO, de
Manuel Garrido Palacios,
por
Manuel Moya
Manuel
Garrido Palacios nos entrega en El Abandonario
su primera, apasionante novela. Dedicado profesionalmente al mundo
cinematográfico y a la etnografía, sólo en
estos últimos años ha ido publicando libros de ficción
literaria. El sorprendente El clan y otros
relatos (Ed. Calima, 1998) y esa variopinta fábula
titulada Noche de perros (Ed.
Abelardo Rguez, 1999) nos mostraban ya a un narrador premioso, conocedor
de su oficio y exhaustivo gozador de la alta, rica tradición
castellana. En ambos libros latía el aliento de un hombre
entrañado, investido en lo popular, en el que la ironía,
el escepticismo, la retranca..., nos daban cuenta de un mundo personal,
entretejido de realidad y ficción mágica, con un pie
puesto en los estribos de la picaresca (con esa visión escéptica,
amargosa del mundo) y el otro en ese prolijo mundo de lo escéptico
y de lo soterráneo que encontramos también en la vasta
tradición castellana, desde Cervantes a Rulfo, desde Quevedo
a Valle o al Cela del Pascual Duarte. Pareciera que todos esos largos
años emboscado detrás de la cámara, atento
a las luces y a las penumbras, a las voces y al silencio, hubiesen
propiciado en el autor un caudal vivo de sombras y máscaras
que ahora, en su faceta más propiamente creativa, se nos
revelan en toda su concertante, apabullada realidad.
Estas tres coordenadas -la tradición escéptica, la
visión mágica y el lenguaje popular-, más que
presentes en sus dos libros de relatos, constituyen ahora el soporte
literario de este libro (El Abandonario)
tan sorprendente como impagable. El Abandonario
es, para ir abreviando, un viaje hacia los médanos interiores
de una memoria que se resiste a reconocerse en los parámetros
realistas o mecanicistas, donde los hechos quedarían sepultados,
envilecidos por un proceso de afirmación histórica
o ramplonamente temporal. Muy al contrario, lo primero que sorprende
en esta novela, es precisamente la ausencia del tiempo. El recuerdo,
la memoria, ajenos a la contaduría de las horas, se superponen,
se erigen, vivifican la realidad, construyendo una reconocible fantasmagoría
de hechos simultáneos y envolventes que atrapan al lector
ya desde sus primeras líneas, aventurándolo a un mundo
de una sencillez, de una fantasía desaforada.
En realidad, lo que Manuel Garrido Palacios, persigue a lo largo
de esta obra inolvidable es recrear, alentar, producir una atmósfera
interior reconocible, en la que vida y muerte, realidad y magia
se entretejan de una manera creíble y lo que es más
importante, natural, en torno a los pellizcos de la vida. Pero si
ya en su larga obra cinematográfica Garrido Palacios trata
de recoger la devastada memoria de los pueblos, afirmándolos
en su identidad y sublimando precisamente aquellos elementos que
hacían palpable esa identidad, aquí, en esta, su primera
novela, se nos propone una vuelta de tuerca al introducirnos en
un mundo de resonancias míticas que nos agarra desde la pura
y abstracta identidad y donde el lenguaje, de una llaneza casi cegadora,
consigue por sí mismo convertirse en el absoluto protagonista
de esta historia en la que un muerto relata a quien lo vela la historia
de un pueblo fenecido, atrapado en su propia fantasmagoría.
Nos hallamos, pues, ante una novela sorprendente que -ya está
dicho- consigue imantar al lector a las primeras de cambio, para
mantenerlo en vilo durante toda la deslumbrante travesía.
Y es que Garrido Palacios, seguro de su oficio, capaz de describir
una atmósfera en unas pocas líneas, lejos de adentrarse
en un discurso atolondradamente lírico, prefiere ponerse
en manos de la naturalidad, de la fluidez de la palabra dicha, oída,
metida en la matriz y en el estómago. Será, así,
a través de los personajes que hablan a través del
muerto, que se construya la peculiarísima memoria de Herrumbre,
ese pueblo acosado por la nada, y cuya historia es la que se va
enhebrando a lo largo de todo el libro. Manuel Garrido Palacios
se ha limitado, parece -y aquí estriba gran parte del éxito
del relato- a dar sentido a todas esas voces, ordenándolas
de manera que el lector se reconozca en cada una de ellas, removiendo
en él los más dormidos soportales de la memoria.
Una novela, en definitiva, sugeridora y valiente, escrita con toda
el alma, que se reconcilia con el arte de la prosa, tan demacrado,
tan envilecido últimamente. Sin duda, y acabamos, una de
las novelas más deslumbrantes escritas en los últimos
tiempos en la lengua de Rojas, Cervantes o Rulfo.
©
Manuel
Moya
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