Reunir
alguna vez los dispersos,
reunir lo fijo y lo transitorio,
lo que desde ti su vano llamado
como niños ahogándose hacia adentro,
ahogándose en llanto, en obscuros cuartos.
Reunirlos
en el corazón del tiempo,
en el corazón del otoño, rodeado
de toda la dispersión imaginable,
de todo el senescente desamparo
agitando en el viento su agonía.
Reunir
sus pasos perdidos, sus huellas
dispersas por todas, todas las rutas,
llamarlos en alta voz por sus nombres,
por sus señas, por sus claves dormidas,
en alta voz, en altos atardeceres.
Recoger
sus polvorientas cenizas,
su polvorienta voz, su caligrafía
por la extensión de los años dispersa.
Llamarlos
desde el corazón, desde el cruce
de las despedidas, en la dispersión,
en la senectud de las hojas, llorando.
Reunir
por fin su ausencia dividida,
su inconclusa ausencia, sus pasos truncos,
lleno de fervor, en la encrucijada.
Y
seguir llamándolos en el otoño,
en la dispersión, en el frío desamparo,
seguir pronunciándolos dispersamente,
ensordecedoramente, ceniciento,
polvoriento, desde los atardeceres,
desde el corazón húmedo del otoño.