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Víctor Montoya
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  38     Microcuentos locos.        

Microcuentos locos

 
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Microcuentos locos

 

LA LOCA

 

1

 

Mi madre contaba que mi abuela era loca, loca de amarrar. Que se perdía abandonando a sus hijos de pecho, mientras mi abuelo, montado en su caballo, la buscaba cuesta arriba y cuesta abajo, pistola al cinto y látigo en mano.

Cuando mi abuela volvía a casa, después de varios días y varias noches, tenía la ropa en jirones, los pies descalzos y las trenzas desatadas por el viento. Y aunque no lloraba ni se quejaba, cargaba heridas en el cuerpo y en el alma.

 

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2

Mi madre contaba que mi abuela era loca, loca de temer. Aullaba como loba mirando la luna y trepaba por las paredes como mujer araña. Abría los ojos grandes, muy grandes, y enseñaba las uñas y los dientes en actitud de ataque.

Se acercaba a la cama de sus hijos y, al verlos dormidos, les ponía el frío metal del cuchillo en el cuello y susurraba entre dientes: "Ustedes no son niños, sino lechones concebidos por el diablo".

Después salía al patio, levantaba las manos al cielo y maldecía a Dios por haberlos parido.

 

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3

 

Mi madre contaba que mi abuela era loca, loca de remate. Así como desaparecía sin dejar rastro alguno, abandonando a los hijos y al marido, se aparecía en los caseríos aledaños en las noches de luna llena.

Quienes la vieron de cerca, dicen que mi abuela, desgreñada y cuchillo en mano, contaba en voz alta de cómo mató a sus padres, a sus hermanos, a su marido y a sus hijos, y de lo mucho que la hizo gozar el diablo, hasta que un día, los vecinos, atándola de pies y manos, la montaron en un burro y la condujeron a un lejano manicomio, donde ahora escribo este cuento.

 

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DON QUIJOTE

 

Me ingresaron en este corral de locos, donde paso horas enteras queriendo amarrarme los dedos como el nudo de una corbata.

Me agarro la cabeza y camino aquí y allí, sin saber qué hacer ni qué decir. A veces, de puro aburrimiento, contemplo el retrato de don Quijote que la psiquiatra, dulce como doña Dulcinea del Toboso, colgó en la pared del cuarto. Otras veces, atraído por el trino de los pájaros, salgo al patio y me siento a la sombra de un árbol, por donde pasa y repasa cada loco con su tema.

Los locos hablan y hablan como locos. Hablan de la misma cosa y están al pedo. Uno dice: soy Jesucristo, y nadie le cree. Otro dice: soy Buda, y tampoco nadie le cree. Yo les digo que soy don Quijote de la Mancha y se parten de la risa.

Entonces, herido en mis profundos sentimientos, los miró uno a uno y les pregunto:

—¿Por qué se ríen?

Ellos callan un instante. Luego contestan:

—Porque el loco no era don Quijote, sino el Manco de Lepanto alias Miguel de Cervantes.

Ante semejante ocurrencia, me retiro de la sombra del árbol y me meto en la sombra del cuarto, donde está el retrato del caballero de la triste figura, enfundado en herrumbrosa armadura y montado en un rocín de mirada loca.

 

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LOCO POR AMOR

 

Si me tienen aquí, en este manicomio, es por el amor de una mujer.

Todo comenzó el día en que la encontré acostada con mi peor enemigo. Su traición, a plena luz del día, me dolió tanto que me destrozó el corazón.

No quiero mencionar su nombre, salvo que era joven y hermosa; caderas anchas, senos turgentes y sonrisa amplia. Y aunque tenía señales de viruela en la cara, cerca de su nariz respingada, era una mujer apetecida por quienes se corrían la paja de sólo pensar en ella.

No aguanté el huracán de los celos y la encerré en el dormitorio bajo cuatro llaves. Después, a modo de enseñarle que la traición es más dolorosa que la muerte, concebí la idea de atarla en la cama y vengarme sin contemplaciones. Así le arranqué los ojos, sus bellos ojos, para evitar que volviera a mirar a otros; le corté la lengua para no escuchar su reproche que parecía una daga clavándose en mi pecho; le mutilé las manos para que ningún anillo de bodas cupiera en sus dedos y le cercené los pies para impedir que huyera lejos.

¡Pobre de mí! No sabía que estaba loco por amor, hasta el día en que la policía me detuvo en la puerta de mi casa y los psiquiatras me pusieron el chaleco de fuerza a la fuerza.

Desde entonces han pasado muchos años.

A ella, gracias a las innovaciones en la cirugía actual, le repusieron los ojos, la lengua, las manos y los pies; en tanto a mí, como a todo loco por amor, me condenaron de por vida a este manicomio, donde todavía espero la muerte mientras riego las flores del jardín, aunque sé que los psiquiatras dirán: ese loco no murió por muerte natural, sino porque el amor lo reventó por dentro.

 

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