P O R T A D A        
Óscar Wong
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  38     1915-1982: Martínez Ocaranza, salmos y cáusticos ensalmos.    

1915-1982
Martínez Ocaranza, salmos y cáusticos ensalmos

 
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La poesía como ritual, como práctica mágica, conjuradora, y no como una simple dimensión estética, con una categoría artística que a través de sus diversos recursos estilísticos, se erige contundente y devastadora. Ritmos abruptos, yuxtaposiciones, paronomasias, agudo oído y visualización de la página son fundamentales para exteriorizar las facultades rítmicas y emotivas que prevalecen en el proceso creativo. De esta manera se entrega la pasión auténtica; a diferencia de quienes asumen a la poesía como simple ejercicio lingüístico, como artefacto semántico que se ofrece al despistado lector; un oficio intelectual, ciertamente, donde el sentido humano ha dejado de existir.

La emoción es esencial para determinar el tono, el derrotero que los versos adoptan, así como las imágenes manifiestan la necesidad expresiva para captar al mundo, ahondando en el significado. Ya desde los tiempos aristotélicos el ritmo está supeditado a la emoción (la excitación descarga la cadencia); esta misma concepción la reitera, incluso, Eduardo Nicol, y Octavio Paz arguye lo mismo, pero con otras palabras. Ramón Martínez Ocaranza [1], por ejemplo, inicia sus poemas con un metro decantado, apoyándose en el verso de arte menor; métrica y rima van imbricadas, asumiendo su condición recurrente, su vínculo significativo, hasta llegar al verso acentual; la sonoridad va respaldando conceptos y preceptos, de ahí que la profunda carga sensible, alcance el matiz del versículo. Por supuesto que la poesía del maestro michoacano ya ha sido abordada con acuciosidad por diversos especialistas[2].

Como Arthur Rimbaud, un día Martínez Ocaranza sentó a la Belleza en sus rodillas y la acarició con acre desmesura, con inusitada voluptuosidad. Y le supo amarga. Y la injurió. Y armó sus versos contra la injusticia. Por eso su discurso corrosivo con tonos mesiánicos, proféticos. El desarreglo de todos los sentidos, según Rimbaud, forja al poeta como vidente, aunque este extravío debe ser inmenso y razonado. La visión devastadora, los acentos trágicos, casi heréticos que caracterizan a Patología del ser (1981), por ejemplo, inician desde Elegía de los triángulos, un volumen donde el mito prehispánico va imbricándose con otros significados occidentales. La fuerza lírica, terriblemente telúrica de Martínez Ocaranza, el torbellino de temas, su honda intimidad; el verso audaz, a ratos complejo, va provocando un "desorden liberador" que permite el surgimiento de imágenes arquetípicas a través del intelecto ordenador del arrobamiento lírico para forjar una poesía virulenta, crítica.

Estiquios escalonados, versos que buscan la estancia espiritual a través de un estadío, de una dimensión, de un espacio rítmico, fijando, visualizando la página impresa, identifican al poemario Elegía de los triángulos. Violencia lingüística, amargo sentir: revelador decir. Los grandes temas surgen para confrontar su visión del mundo e instaurar un cántico único, áspero, que hacen del autor un visionario; Martínez Ocaranza se metamorfosea en "El último profeta" del siglo XX mexicano. De esta manera, la tragedia del hombre, su ruina y descomposición, se erigen como núcleo fundamental en su poesía, reveladora de su telúrica percepción espiritual, de su cáustico sentido crítico de la existencia. Desaforada, agresiva, su palabra se hace hiel.

Sin adelantar juicios, puede observarse que en Martínez Ocaranza se manifiesta un sentido sagrado de las cosas. De otra manera no se puede explicar su lúcida, y lúdica, acidez. El deterioro de la materia, la presencia de la enfermedad, de la vejez, de la muerte, revelan esa presencia terrible, devastadora. El hombre es un simple juguete de los dioses. O de Dios, si se desea. Pero el ser humano se sabe, y se encuentra solo, angustiado, mientras Aquél permanece indiferente, como un simple ente, estático; un simple primer motor inmóvil, como postulaba el estagirita. Del verso medido, sujeto a la rima asfixiadora, su poesía paulatinamente ganó en amplitud y seguridad. Y se volvió demoledora, contundente, a ratos surrealistas, en ocasiones neo-creacionista debido a la perpetua excitación de sus imágenes.

El recorrido que hacemos por esta obra inusual, inusual en el panorama de la literatura mexicana contemporánea, es revelador: Martínez Ocaranza consigue en Otoño encarcelado[3], por ejemplo, cantar a la soledad, al amor contenido, con un ocre matiz cromático; aquí la muerte apenas se insinúa:

 

Mi soledad es sueño de amapola

sonámbula, con magia de piragua,

donde la muerta música del agua,

perpetuamente forma su corola.

 

La palabra se deshace en polvo crepuscular, como golondrina al viento. Previamente, en De la vida encantada. Poema, 1952[4], el autor michoacano muestra su ejercicio poético con deudas e influencias claramente manifiestas: López Velarde con sus guarismos (“dormido en el silencio/ de la salobre magnitud del alma/ define los guarismos/ de tu arcangélica angustia”), Pellicer con su lúdica sonoridad (“El árbol se hace nube/ con su luz/ y su sombra”); pero sobre todo Juan Ramón Jiménez (¡Qué desolado cielo/ sin orillas!/ ¿Qué lágrimas/ rodando/ por la arena!”), con su tono límpido, se hacen presentes en este volumen.

Aunque utiliza 7 y 11 sílabas alternadas a manera de silva, predominan los versos de arte menor; de esta manera el alma se llena de “verdes sombras” y el agua es “soledad que sueña”. Las imágenes y las cosas son expresiones que parten de un ritmo decantado, donde el silencio equilibra el sentido lírico. Publicado de manera póstuma, considero que El libro de los días[5] es un volumen determinante, puesto que resalta la producción que antecede a sus libros más reconocidos. El mismo Martínez Ocaranza compila esta revisión antológica. Por su título nos remite a Rilke, aunque es, a juicio del poeta, "un diario de imágenes que le van dando vida a la muerte de todos los días de la vida. Es un mágico diario de oráculo y de conjuración"[6]; además, de acuerdo con un vocablo náhuatl, constituye un Tonalámatl, como se traduce esta expresión.

Once libros compendian este volumen: Río de llanto (1954), Yerbas de sombra (1954-1955), Del tiempo y del olvido (sd), Isla de otoño (1956, 1957, 1958), Emanaciones (1958-1959), Vocación de Job (1961), Los problemas de Dédalo (1964), Cartas de invierno (diciembre de 1964 - enero de 1965), Reuniones de tortura (1965), En una copa de ceniza (1966-1967) y Del verbo encadenado (1967). Versos en el ámbito de sentencias, sabiduría y emoción pretenden marcar la máxima sonoridad, abordando lo físico y lo táctil. Y ese tono trágico, de profeta hebreo, que finalmente embargará sus libros Elegía de los triángulos y Patología del ser. Esta tríada bibliográfica conforma, a mi juicio, lo mejor de su obra. Se advierte esta conciencia de la palabra, como reflexiona Paz, que deriva en la conciencia de uno mismo, lo cual lleva al autoconocimiento, al auto-reconocimiento. Después de todo la poesía expresa la voz más entera del hombre. "El problema poético es un problema de paciencia; es un problema de carácter absolutamente experimental. Hay que estar poseído por la magia de Ariadna para saber entrar al laberinto, para cumplir con el destino y saber escapar de la muerte, en forma de creación"[7], recapacita el mismo Martínez Ocaranza.

Elegía de los triángulos[8], por ejemplo, asume voces y mitos tarascos, revela aspectos político-ideológicos en versos salmódicos, elegíacos. La reflexión lírica sobre el oficio se advierte de inmediato. La poesía como voz humana se vuelve una locución colectiva singular. De esta manera, el núcleo afectivo alcanza la categoría de “camino de espadas y de espumas”; aunque pianos y tigres conviven con las flores que emergen del sufrimiento, como un aparente préstamo surrealista:

 

En el dolor hay flores que caminan

con pianos y con tigres...

(p. 28)

 

Las piedras se transforman en palabras; los rojos sustantivos y los adjetivos “muerden el ritmo de sus ataúdes y se queman los ojos". Las atmósferas, las imágenes, la adjetivación, nos recuerdan al Neruda de Residencia en la tierra.

Pero Martínez Ocaranza agrega elementos prehispánicos para conformar esa modulación salmódica, una expresión más gozosamente crítica, apesadumbradamente reflexiva. Círculos, puertas y magnolias conforman una realidad, un paisaje donde el recuerdo surge duramente revitalizado; la luz se incendia a través de los acontecimientos y las sombras se erigen con palabras reveladoras, testimoniales de esa realidad crudelísima:

 

Hay una fecha oscura

en mi memoria.

(p. 54)

 

Si es difícil reconocer al hombre cuando se quiebran las columnas del existir, también “es triste recoger candados/ en medio de las piedras” (p.60). Aquí persiste la desolación, el deterioro de la existencia; matices y tonos crepusculares cantan el entorno, siempre bajo la mirada sensible, profundamente sentida del poeta. La visión es cósmica, pese a que la tragedia acecha al mundo indígena. El destino se derrumba, sacudiendo la estructura de las palabras. Omnisciencia proverbial, acentos del Eclesiastés; la amarga sapiencia del profeta israelita, así como la inveterada crónica de los sucesos, van permeando el tono de este libro. “Nada altera el desastre”, sentenciaría José Emilio Pacheco, puesto que todo se abate sobre el mundo:

 

De las tumbas

brotan las yerbas de los siglos.

 

Y cada soledad es un silencio

de miedo abandonado”.

(pp. 60-61)

 

La acentuación, el desplazamiento de los versos, al igual que la incorporación de nombres indígenas en sus estrofas, representa un acierto:

 

De lo profundo llegan las palabras

como Tzintzuntzan;

como Apátzikua;

como la verde música del viento”.

(p. 63)

 

Martínez Ocaranza es un Escriba recuperando la memoria, un cronista que testimonia el transcurrir de la piedra, un sacerdote oficiando ante el altar de roca. Trazos, signos que se descifran; códices encerrando la verdad del caracol, ofrendando la Palabra para esquivar la flor de los muertos, se revelan en este obra cuyo verso irregular es determinante. Los “caballos de la muerte”, heraldos de lo inevitable como en Vallejo, y versos resaltados por las mayúsculas, seguramente para elevar la voz, provocan un novedoso escalofrío. "El que compone el canto", el poeta, está en condiciones de observar al mundo, de advertir, y revelar, su secreto:

 

Quemaremos la luz

con testimonios;

con sombras;

con palabras.

 

Cuando la vida rompe los versículos

del tiempo sin amor.

 

Cuando las luces

llegan acribilladas de caballos.

Cuando el polvo

derriba las estelas”.

(p. 55)

 

Las imágenes, visuales desde luego, develan otra realidad, más profunda, más significativa. Los adjetivos reveladores amplían la perspectiva semántica; la atmósfera, el tono, los versos que se van despeñando con dureza, jamás pierden la sonoridad. Son elementos preparatorios de lo que después vendrá. En este orden de cosas, Patología del ser[9] representa un recorrido ácido por las aguas de la Estigia existencial.

El propio autor reconoce que esta travesía va de El libro de Job a los Cantares de Ezra Pound; aunque debo precisar que este volumen mucho le debe al Huidobro de Altazor, a los Cantos de Maldoror de Lautremont, al Whitman de Hojas de hierba; sus versos son duros, hirientes:

 

Todo lo que se es una copa de bárbara ceniza.

Son herrumbres innumerablemente edificados”.

(p. 34)

 

Si, como explica el propio autor, en Góngora hay Mitología y en San Juan de la Cruz Enigma, en Martínez Ocaranza prevalece un Salmo iracundo. El poeta michoacano pretende armonizar lo inarmónico, conciliar los contrarios, determinar lo trágico y terrible. La fugaz permanencia de las cosas es abatida por la irrupción del tiempo. Y acaso porque la luz en exceso ciega más que las tinieblas, como canta el autor. El ritmo es demoledor, la sonoridad impecable; la expresión de los conceptos, a veces contrapuestos, se erigen como verdades únicas[10].

 

Martínez Ocaranza asume el tono herético. La expresión es contemporánea, actual; amargura, acidez, rebeldía, mordacidad. oxímoron como sentencia ("Del Verbo nació la luz de las tinieblas", p. 77), metalepsis al nivel de execración, desacralizando el conocimiento para asumir no su recurrencia retórica, sino su profunda dimensión vital:

 

(¿Qué te pasa, cabrón?, ¿de cual fumaste?)

¿Por qué dibujas tanta idolatría?

(p. 79)

 

Irreverencia, burla persistente; pero también el ritmo aliterante, la virulencia; juegos de palabras contraviniendo los conceptos, irrumpiendo en los preceptos. Patología del ser es la expresión de un hombre que ha padecido la injusticia, persecuciones e incluso la cárcel por una decisión autoritaria del gobernante mediocre.

En momentos persiste una actitud de herejía permanente, crudelísima en ocasiones, que posteriormente asumirá como bandera expresiva Orlando Guillén[11], el poeta de Acayucan, quien resalta con maestría esa irreverencia y causticidad que lo caracterizan. Trastrocamiento significativo, la Palabra se incorpora, se rebela, se devela. El tono es acremente contundente:

 

“¡ Qué terrible decir que yo soy yo cuando me miro detrás de los espejos!”. (p. 68)

 

Pero Martínez Ocaranza no es sacrílego, puesto que a mi juicio jamás profana ni se aparta de raíz de lo sagrado. Sí hay un ámbito herético porque hay trasgresión de la creencia establecida. Lo santo es, indudablemente, una categoría explicativa, y valorativa, que nace en la esfera religiosa. Y suele aplicarse como predicado absoluto moral y significativo; remite a la bondad perfecta, la bondad suma, según refiere Rudolf Otto[12]. En su momento, León Felipe sostiene que una blasfemia vincula más al pecador con Dios que la misma oración. Por su parte, la doctora Cohen reflexiona sobre la idea de un mundo inconcluso, inacabado, que se va gestando a través de la escritura y de la lectura, como plantean los cabalistas; desde esta perspectiva, las fronteras que dividen al conjuro filosófico mágico-cabalístico (o poético, precisaría) y las del sortilegio de naturaleza diabólica, se estrechan íntimamente[13]. El Logos es importante por su sonoridad. Toda palabra es genésica, reveladora, por ende, la reflexión de Cohen sobre la fuerza del lenguaje en tanto aspecto mágico-ritualista es impactante: “¿Dónde, me pregunto, está la diferencia entre la palabra que transforma la naturaleza y se erige como palabra de Dios y dónde aquella que mueve igualmente al mundo pero no es sino palabra del demonio?" El mago, el hechicero -y todo poeta es un vate, un profeta que revela la otredad del mundo y lo invoca o conjura-, en su afán de penetrar en los secretos más ocultos del nombre divino (el Logos mismo), asume el riesgo de ser devorado por su propia sabiduría y alcanzar el conjuro demoníaco. Pero el riesgo debe correrse.

Patología del ser constituye una travesía por la conciencia del hombre; expresa las contradicciones de la existencia y pretende desacralizar al orbe. Como Pound, canta a la Tribu del Hombre, acaso por lo mismo se observa una mirada perentoria de construir al mundo, de salvar la esencia humana, pese a que ésta se determina por la fugacidad, por lo inasible. Sus poemas asumen la forma de cantares. Pero lo terrible del tema es que el hombre se encuentra solo. Y Dios permanece indiferente. La existencia es cruel. Y si ésta deviene de Dios, por lo consiguiente...

Todo se transfigura y es sagrado, admite Paz en Piedra de sol[14]. Y Pellicer canta con voz enaltecida a la humildad del nacimiento de Jesús; su poesía deviene en Cosillas[15], denominación adecuada para vincularlas con la humildad del Salvador del mundo. Paz se acerca con reverencia a lo sagrado, Pellicer con profunda sonoridad, con terca veneración. Martínez Ocaranza advierte un sentido orgiástico de la forma que se derrumba y deteriora. Paz recurre a la perfección del verso, al tono profundo, estéticamente convincente. Pellicer es más lúdico, acaso neocreacionista, aunque preciso. Martínez Ocaranza simplemente exige con voz estentórea, imperativa, terminante:

 

Yo no quiero cantar. Yo solo quiero que mueran los alacranes de la muerte.

Los perros de la muerte.

Y las culebras de la muerte.

 

Y además insiste:

 

Yo vine a predicar los escombros de las palabras

que murieron adentro de las palabras.

 

Yo vine a predicar la última transmigración de las palabras.

 

Y para que no haya duda, alerta con justa precisión:

 

En el último día yo quemaré la Ley de la ceniza.

Porque no vine al mundo a restaurar la Ley.

Vine a quemarla.

 

Turbulencia lírica, contundencia, afán de cuestionarlo todo. Y atmósferas y ritmos conciliando significados, detonando su impacto estético. Pero también interrogantes que cuestionan, revelando lo que Foucault precisa como "las propiedades inmóviles de los seres"[16]. O líricas reflexiones, más allá del orden instintivo que semántico que marcan una revelación escondida, una develación que restituye una claridad ascendente. Martínez Ocaranza supo levantar sus metáforas contra los vientos más oscuros y forjar un verdadero, y emotivo, salmo de cenizas.

 

NOTAS:

1 1. Nació en Xiquilpan, Michoacán, el 5 de abril de 1915; falleció en Morelia, el 21 de septiembre de 1982. A escala nacional permanece olvidado, pese a su singular expresividad. En este2005 se cumplen 23 años de su desaparición, tiempo necesario para iniciar su valoración y reparar la injusticia.

2 2. Cfr. María Teresa Perdomo, Ramón Martínez Ocaranza. El poeta y su mundo, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Michoacán, 1988, 276 pp. Según esta autora, la trayectoria lírica del poeta michoacano corresponde dos etapas fundamentales: la primera va desde el poemario Al pan pan y al vino vino (1943) hasta Otoño encarcelado (1967), donde Martínez Ocaranza "inicia con un relámpago de rebeldía, con voz que habla por los desposeídos" y la segunda, que prácticamente aborda una década; es decir: de Elegía de los triángulos (1974) a La edad del tiempo (1982).

3 3. Pájaro cascabel, Méx., 1968, sp.

4 4. Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, Morelia, Mich., 1992, 74 pp.

5 5. Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, Morelia, Mich., 1997, 136 pp.

6 6. Op. cit., ibid., p. 11.

7 7. Cfr. El prólogo a El libro de los días, op. cit., p. 9. Previamente, en Elegía de los triángulos aparece este mismo aserto, p. 12.

8 8. Edit. Diógenes, Méx., 1974, 151 pp.

9 9. Edit. Diógenes, Méx., 1981, 155 pp. El libro trae unas "Palabras harto amorosas" de Oralva Castillo Nájera y un texto del poeta a manera de introducción.

10 10. Véase "Palabras harto amorosas" en Ramón Martínez Ocaranza, Patología del ser, p. 11.Oralva Castillo Nájera escribe, describe : “El mar terrible, el cielo amenazante, la luna negra, el sol devorador, el fuego sagrado, son la matriz de sus imágenes destructivas. A Ramón le gusta más la palabra tarántula que la palabra cisne. Y que la palabra búho. Porque las tarántulas destruyen a los cisnes y a los búhos".

11 11. Cfr. Poesía inédita 1970-1978 (Gob. de Veracruz, Xalapa, 1979, 160 pp.), Rey de bastos (Universidad Autónoma de Chapingo, Texcoco, Edoméx., 1985, 170 pp.) y recientemente El costillar de Caín (CNCA, Colec. Práctica mortal, Méx., 2001, 75 pp.).

12 12. Aquí están implícitos los atributos divinos ( qadosch, que corresponde a hagios y sanctus : lo bueno, y que por sus atributos se vincula al árreton : lo inefable, lo indefinible). Cfr. Lo santo. Lo irracional y lo irracional en la idea de Dios, Alianza Editorial, Madrid, 1985, passim.

13 13. Cfr. El libro Con el diablo en el cuerpo. Filósofos y brujas en el Renacimiento, de Esther Cohen, Taurus Edic./UNAM, Méx., 2003, 166 pp.

14 14. V La estación violenta, FCE, Letras Mexicanas, Méx., 1958.

15 15. Cfr. Cosillas para el nacimiento, Edit. Latitudes, Méx., 1978, 75 pp.

16 16. Michel Foucault, Las palabras y las cosas, Siglo XXI Edit., Méx., 1968, p.44 La reflexión parte del sentido adámico de la palabra, que nombra por primera vez; arguye, también, al mito de la torre de babel, donde Dios dispersa la lengua en 72 lenguajes, pero preserva el idioma a su pueblo escogido. "La palabras Foucault- agrupan sílabas y las sílabas letras porque hay depositadas en éstas virtudes que las acercan o separan, justo como en el mundo las marcas se oponen o se atraen unas a otras. (...)Las únicas diferencias son éstas: hay una naturaleza y muchos lenguajes; y en el esoterismo las propiedades de las palabras, de las sílabas y de las letras se descubren por medio de otro discurso que, a su vez, permanece secreto, en tanto que en la gramática son as palabras y las frases cotidianas las que enuncian de suyo sus propiedades, p. 43.

 

 
         
         
         
         
         
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