P O R T A D A            
Martín Cid
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  38     El jugador        

El jugador


(relato de la novela A través del espejo)

 
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...No llegaré nunca al fin. No existe final. ¿Has escuchado hablar del Eterno Retorno?...Es algo que me intriga . ¿Realmente volvemos a vivir lo ya vivido?...

Friedrich Nietzsche

El jugador

 

I

 

Aquella noche eran Edgar, Alvin, Wilson y Goldwin y un hombrecillo con nariz espigada y gesto torcido. Edgar con la mirada fija encogida, Alvin sonriente siempre, Goldwin sudaba y el hombrecillo. ese ya tenía suficiente con evitar que los demás se fijaran en su aguileña nariz.

El tal Wilson era "el primo" aquella noche, es decir, el jugador sin experiencia que había acudido sólo para ser "desplumado". Alvin y Edgar era "los de siempre", un equipo ya consagrado. No jugaban juntos, pero no jugaban nunca el uno contra el otro. Goldwin y aquel hombrecillo eran, simplemente, un par de tipos corrientes que acababan de cobrar su mísero sueldo, partiéndose el espinazo por unas sufridas monedas que venían a dilapidar cada fin de mes.

Wilson era un tipo elegante, uno de esos hombres de la gran ciudad con la mente fija en los negocios, con el alma perdida y con la suficiente sed como para poder perderlo todo y sentirse satisfecho al día siguiente. Con esmeradas maneras, una forma selecta de empuñar las cartas, esa sonrisa delatora en las buenas manos, cómo miraba una y otra vez las cartas, tratando de cambiarlas cada vez que la mano no era buena.

Alvin lo observaba todo, como siempre hacía, y esgrimía una sempiterna sonrisa. Miraba a Edgar Luchin con mirada cómplice. Qué poco nos van durar estos típos. Reventaremos esta mesa en poco tiempo . Edgar, en cambio, estaba nervioso, no las tenía todas consigo. Veía los movimientos de aquel hombre, ese tal William Wilson, y le parecía todo demasiado estudiado, un papel perfectamente interpretado. Era todo exageradamente obvio. ¿Interpretaba tal vez el papel de "primo"? Parecía, desde luego, poco probable. Cuando un jugador interpreta el papel de primo se delata a sí mismo, sobre todo si está frente a otros jugadores.

Se repartieron de nuevo las cartas. Póquer sin límite, cubierto, el clásico: Sin cartas sobre la mesa, sin engaños, sin contar cartas, sin comodines, sin malas artes. Dinero para el descarte: Todos dispusieron la apuesta, con mesura. Descarte: Alvin una, Edgar tres, Wilson las cinco, Goldwin dos y el hombrecillo las cinco también. La cuestión parecía clara: Alvin buscaba una escalera tal vez, porque era improbable las dobles parejas (que no había que descartar jamás) o el póquer de mano; Edgar poseía una pareja, o una figura y un as; Goldwin tenía tal vez un trío, pero era poco probable, aunque su apuesta le delataría en poco tiempo; Wilson y el hombrecillo no tenían nada, ya que habían pedido las cinco cartas, por lo cual habían tirado su dinero al ir al descarte. Bien, querido lector, esta manera de pensar, como lo haríamos usted y yo, era una vulgar tontería en una mesa de juego. Edgar tenía un dos y un cinco en la mano y Alvin dos figuras, un as y un tres, todo ello antes del descarte. Pero en aquella mesa, sólo Alvin y Edgar lo sabían.

Alvin y Edgar pasaron, esperando la apuesta del resto. No convenía subir un envite en una mesa con tres "primos", ya que de ser así se asustarían. Wilson pasó, el hombrecillo pasó, pero Goldwin no hizo así, ya que no se debe pasar cuando se tiene un trío de mano, o eso era lo que quería hacer pensar al resto de los jugadores. Alvin dudó un segundo más y miró a Goldwin. Éste situó su mano derecha sobre su labio superior. Le habían cazado. Alvin duplicó la apuesta al instante. Pero llegó el turno del hombrecillo y de Wilson, Edgar había pasado. El hombrecillo igualó la apuesta, no sin dudarlo demasiado, pero con la duda propia del principiante que lleva una pareja de figuras. William Wilson. Sonrió y sacó la cartera. Si aquel tipo estaba a punto de jugarse un farol, su cara no lo delataba en absoluto.

—¡Procedamos, señores!

 

II

 

Nació, vivió y un día morirá, o tal vez lo haya ya mientras escribo estas líneas.

Edgar Luchin había nacido y crecido en Sad Bride, un pequeño pueblecito en el condado de Missing, del cual obviaremos proporcionar una descripción. No obstante, es múltiple y prolífica la literatura en torno a este lugar de ajados habitantes y excelso paisaje.

Edgar Luchin había sido criado en una gran casa, en el seno de una de esas familias de vulgar apellido, los Luchin, venidos a más gracias a la especulación (¿importa acaso el tipo de abuso?). Educado como un auténtico caballero, heredero de una fortuna y carente de talentos; enseñado por profesor particular, como los de las malas novelas: Calvo, enjuto y profundamente estirado, ignorante, prolífico, guardián de las buenas costumbres. La educación clásica que un pequeño lord ha de recibir para convertirse en un caballero respetado.

Sin embargo, y es que siempre existen objeciones en el terreno de la formación, Edgar aprendió tal vez demasiado del que una vez fue su padre: El dinero proporciona la capacidad y el vicio de decir lo que uno piensa., cómo se pueden llegar a comprar a las personas y las almas muertas, cómo hasta el más insignificante de los seres humanos puede llegar a convertirse en "alguien" gracias a una cartera repleta y a un par de vocablos mal repetidos en francés.

Su estirado maestro le enseñaba las alargadas, espigadas y abotargadas costumbres de la época; su padre las crueles, retorcidas y sibilinas artes de granjearse el temor de sus semejantes. Todo así, en mezcla, Edgar aprendió cómo comportarse como un caballero sin jamás llegar a serlo, en cómo ser un tirano travestido de la más alta clase.

Y así llegó el día en el que cumplió los dieciséis años, edad en la que el joven ha de acceder a sus obligaciones y privilegios. Como en los cuentos rusos, Edgar habría de recibir una asignación mensual, así como una cuantiosa suma inicial en concepto de adelanto de la herencia. Sus obligaciones: Asistir a los salones y dar buen cariz a su apellido, casarse con una buena mujer y buscarse una mejor amante, así como preparar su espíritu para dilapidar cabalmente la fortuna familiar. Sus privilegios, más bien escasos.

—Has de recordar una cosa, hijo mío -dijo su padre.— Has de comportarte como tus profesores y yo mismo te hemos enseñado. Nunca olvides lo que te hemos enseñado.

Y así nunca lo hizo.

 

Edgar se volvió un asiduo a las tabernas, en las que pasaba ya a edad más temprana más tiempo que en su propia casa. Pronto olvidó las buenas maneras de su profesor, pero nunca olvidó los dictámenes de su padre. Hasta el hombre más insignificante se convierte en un gran hombre con la cartera repleta . Y así fue. Vestido como uno más, pronto, muy pronto, olvidó afeitarse cada mañana, y así primero comenzaría por olvidar las palabras en francés. Bien sûr, monsieur . Allí no era necesario: Unos cuantos billetes proporcionaban al joven Edgar Luchin lo que deseaba, compañía femenina y bebida hasta el amanecer.

Pero, como sucede en estas edades tan tempranas, la compañía femenina se vuelve cansina por repetitiva, y los licores pronto han sido catados.

 

Un día, Edgar conoció a cierto hombre, Benjamin Alvin, un miembro respetado de la gran familia tabernera. Jugador considerado, de esos que pagan sus deudas en las escasas ocasiones en las que las contraen. De aspecto cuidado, a pesar de sus ropas ligeramente raídas y desvencijadas, lucía una barba de aspecto europeo, recortada con esmero. Algunos hoyuelos surcaban su rostro, dotándole de cierto aspecto comprometido. Una levita cubría su talle.

—Necesitamos un jugador, joven Luchin, ¿te interesa?

—¿De qué juego se trata? -preguntó Edgar.

—Póquer. No te preocupes, es un juego sencillo, si quieres puedo explicarte las reglas. Pareja, doble pareja, trío, escalera, color, full póquer y escalera de color. Esas son las jugadas por orden. Si quieres, puedes ver un par de partidas antes de participar. Te será sencillo hacerte con las normas. Sólo se necesita una cosa.

—¿Una cartera repleta?

—No precisamente, tan sólo se necesita suerte para no tener que volver a casa a pedir dinero prestado -Benjamin respondió con una carcajada ante su propia ironía.

La sala estaba en calma, mal iluminada, apenas podían distinguirse la mesa y un par de motivos dispuestos sobre las paredes. Los jugadores en el centro, la gastada madera del piso, que crujía a cada paso, las desvencijadas paredes, amarillas, marrones, lejano ya su blanco original.

 

Se trataba de un juego de cinco jugadores, a los cuales se les repartían asimismo cinco cartas. Cada jugador debía aportar una cantidad fijada con antelación para poder jugar. En la primera ronda, si se deseaba, cada uno podría subir la apuesta inicial. Si el jugador deseaba cambiar algunas cartas, se debía aceptar la apuesta de los otros jugadores. Así se cambiaban las cartas y se volvía a apostar, de tal manera que se podían subir las apuestas hasta lo que el jugador desease. Existía un turno de réplica, en la que el otro u otros podían acceder a la apuesta o subirla de acuerdo a sus intereses y sus cartas.

El juego era de una sencillez aplastante. Cinco cartas y el que mejor jugada tuviese se llevaba lo apostado. ¡Parecía tan simple!

—De acuerdo —pensaba Luchin,— no puede ser tan difícil. Simplemente se trata de esperar una mano adecuada y apostar sobre ella.

Y así fue, observó dos manos cómo los jugadores disponían las jugadas y las cartas, y cómo se observaban unos a otros, en frenético ritual: Reparto de cartas, apuesta, reparto de beneficios. Parecía que todos se divertían, no importaba que uno perdiese una fuerte suma de dinero, ya que existiría otra mano para recuperarse en las pérdidas.

—Vamos, Edgar, nadie nace sabiendo -dijo Benjamín Alvin.— Supongo que dispondrás de efectivo. Además, estamos entre caballeros, todos somos de fiar -el señor Alvin propinó una sonrisa cómplice al resto de jugadores.

Edgar se sentó, los jugadores le hicieron sitio. Era Alvin, el citado jugador de aspecto más respetado. Y era también el señor Locke, hombre de aspecto más bien desvencijado, que apenas separaba su rostro de la bebida, excepto para mirar las cartas y el dinero del que aún disponía. Y era Spinoza, hombre elegante, como un director de banco, pero con ademanes nerviosos y aspecto risueño. El quinteto, porque siempre han de ser cinco para jugar al póquer, se completaba con Quinlan, hombre gordo, estoicamente obeso, de aspecto ciertamente amenazador por malencarado y cejijunto.

—¡Procedamos, señores!

 

 

III

 

Aquella noche la suerte estuvo con él. Sólo apostaba en las jugadas en las que sabía que podía ganar.

—Es mi método -se decía.— Así podré ganar a estos jugadores. Además, soy todo un caballero, versado en matemáticas, difícilmente estos hombres, por muy malencarados que sean, lograran superarme en preparación

Sin embargo, ya casi al final, los jugadores comenzaron a retirarse, arguyendo las más diversas razones. El señor Spinoza debía tender unos negocios en pocas horas, y debería disponer del solaz de unas escasas horas de sueño; Locke se había quedado sin dinero; mientras que Quinlan estaba tal vez demasiado borracho como para seguir jugando.

—Bueno, nuestro afortunado amigo. Hemos quedado tú y yo finalmente -dijo Benjamin Alvin.— ¡Repartamos fortuna!

Alvin jamás miraba más de tres segundos sus cartas, simplemente eran repartidas, las juntaba en un pequeño mazo y las disponía sobre la mesa, daba una calada a su cigarrillo y sonreía. Maquinalmente, lo hacía de esta manera cada mano, una sí y otra también, en un ritual correctamente estudiado. Alvin jamás se distanciaba más de tres centímetros de la mesa, ni encorvaba la espalda, ni hacía un gesto más allá de su sempiterna sonrisa. Y así jamás osaba poner la vista en otra cosa que no fuera la expresión facial del jugador que tenía en frente. Ni siquiera cuando una hermosa camarera venía a traer alguna bebida la mirada. Un simple "gracias" bastaba. Ni siquiera una mirada a su vaso, que sabía en todo momento en donde se encontraba. Un solo trago por mano, maquinalmente, de tal manera que nunca se le vio ebrio en todas las partidas que Edgar y Alvin jugaron juntos.

Una mano tras otra y otra también, Alvin comenzó a perder su dinero, en pequeñas cantidades. Ni el más ligero gesto de contrarío en su rostro, ni el más nimio ademán de desfallecimiento.

—¡Muy bien, joven Luchin! -decía Alvín con su gran sonrisa, mostrando sus dientes algo carcomidos.— ¡Así se juega, veo que esta noche pagará usted la bebida!

Una y otra vez se repitió la suerte, mientras las cartas de Edgar eran brillantes, tríos, escaleras y fulles. las de Alvin no pasaban de ser una simple pareja. Sin embargo, Alvin apostaba y apostaba y felicitaba a su contrincante.

—Perfecto, Edgar. ¿Me permite usted llamarle Edgar? ¡Una bebida para mi nuevo amigo! Hoy está jugando como un maestro, como un auténtico profesional. Veo que aprendes rápido, joven Edgar.

Y llegó la mano, esa mano que en toda partida ha de recordarse, esa mano en la que se distinguen los buenos jugadores de los malos, los hombres de los niños. Edgar poseía un "full" de reyes cincos y, gracias a la fortuna que le había acompañado toda la noche, decidió apostar una buena cantidad.

—Bueno, veo que es el fin, Edgar. No importa, la verdad es que ya empezaba a sentirme algo cansado, así que será cuestión de reconocer la derrota.

Ambos sonrieron. Edgar se sentía lleno de gozo, y no podía contenerlo. Alvin sonrió, como hiciera toda la noche. Ante la incrédula mirada de Edgar, Alvin habló.

—Señorita, por favor, venga aquí un momento -una camarera se apresuró a acercarse a Alvin—. Dígale a un señor que está en la barra, ese afeitado, creo que con esta descripción no tendrá ningún problema en saber de quién se trata. Bien, vaya y dígale que Benjamín quiere hablar con él.

La señorita regresó sin el citado caballero. Sólo traía unos cuantos billetes gastados en su mano derecha, que dejó sobre la mesa, al lado de Alvin. Éste apostó toda la suma, ante la mirada de Edgar.

 

¡No sabía cómo lo había permitido! Había logrado ganar toda la noche, había conseguido el dinero de los otros tres jugadores. Sin embargo, una sola mano, un póquer de doses, había terminado con toda su suerte. A partir de ahí, nada fue lo mismo. Edgar comenzó a apostar y a apostar, en todas las manos, ya no dependía de la jugada que tuviera en las manos. Y así, mano sí mano también, Alvin se hizo con todo el dinero que Edgar había dispuesto para aquella noche.

—Creo que tendré que pagar yo las bebidas después de todo, amigo Luchin. No desesperes, has jugado realmente bien. Ya verás como la próxima vez la suerte está de tu lado. Créeme, sólo es cuestión de suerte, eso sólo y nada más.

Alvin sonrió y se levantó de la mesa. Rayaba ya la madrugada. Dispuso su levita sobre sus hombros y salió del pequeño cuarto. Edgar permaneció allí por unos minutos, lamentándose de su suerte, de cómo había perdido de manera tan tonta, en cómo la suerte le fue esquiva en la segunda parte de la partida. Finalmente, se levantó y se marchó.

—Habrá otras noches, seguro -pensó—. La suerte no puede esquivarme siempre.

 

 

IV

 

Y así transcurrieron los días primero y los meses después, y más tarde los años. La suma que tan fácil había adquirido en su dieciséis cumpleaños pronto fue menguando, poco a poco, noche a noche.

Ya no eran las mujeres, ni el licor que jamás pagaba. Eran las manos de cartas desafortunadas, los "faroles" mal jugados, los que no era capaz de ver, el observar cómo, poco a poco, su pequeña vida de caballero había dejado paso a una existencia totalmente diferente, de vicios escondidos y de tabernas mugrientas. Ya ni siquiera se molestaba en regresar a su hogar, o aquél que una vez lo fue, simplemente alquilaba una habitación para esperar hasta la siguiente noche..

Algunas veces ni siquiera era necesario. Algún hombre rico llegaba de fuera y los jugadores se frotaban las manos. Este pobre diablo viene a quitarnos el dinero a nosotros, las gentes del campo, pobre diablo, verá lo que le espera . En esas ocasiones, bien es cierto que eran las menos, la partida podía llegar incluso durar varios días. Amigo Luchin, no conviene desplumar el pollo demasiado rápido, sino podría llegar a asustarse y dejarte con sólo la mitad del botín, hay que dejarle que tome confianza, que crea que puede ganar, que lo considere sólo un golpe de suerte adversa . El hombre llegaba y sabían bien lo que había que hacer. Un mal descarte bastaba para que aquel hombre se confiase. Vaya, otra vez que no me sale la escalera, buen amigo, veo que esta noche está usted de suerte . Y así una mano y otra, casi sin mirar las cartas, un par de manos buenas para que aquel buen hombre no sospechase nada y, unas jugadas más tarde, el golpe. ¡Vaya, mira por donde al fin lo conseguí: Un full! Y la noche sucedía al día, y el día a la noche, en su interminable repetir. Era sólo cuestión de tiempo. No, amigo lector, no se trataba de repartir adecuadamente las cartas ni de guardarse ases en la manga, nunca había nada de eso, simplemente es la habilidad y una cuestión de probabilidad, un arte de mirar siempre la cara del contrario y saber cuándo lleva una buena mano, y cuando no la lleva tan buena pero la confianza le hace caer en la trampa: ¡Esos eran los momentos que todo buen jugador espera encontrar en una noche fría!

Había aprendido muchas de las artes que Benjamin Alvin esgrimía en sus partidas, pero otras muchas, las mejores, permanecían aún ocultas para él. Existe un pensamiento bastante popular, y es que se dice que para las cartas no se requiere talento alguno: Dicho incierto. Los jugadores son hombres sin oficio, sin más arte que el de mirar a la cara y ver en su reflejo la debilidad del contrario. Extraña habilidad ciertamente, pero que Edgar no había conseguido dominar aún. En ocasiones se limitaba a poner la apuesta mínima y observar como Benjamin jugaba las cartas. El póquer era una carrera de fondo, no importaba el número de manos ganadas, ni siquiera la jugada que tuvieras entre las manos., era todo mucho más complicado que eso. Se trataba de tener mejor jugada que el contrario y verte obligado a pasar. Porque no había peor cosa que el contrario se sienta acorralado, primera regla del póquer: Deja que los demás jueguen, nunca seas el protagonista, deja siempre un espacio y nunca le ahogues con tus cartas.

A veces, muy pocas veces ciertamente, llegaba un jugador realmente bueno. Recordaba ahora Edgar que una vez llegó un extranjero de ademanes extraños, con acento alemán. ¡Qué partida más bella fue aquella! Los que estábamos allí sentados simplemente podíamos mirar a aquellos dos gigantes. Durante dos días y dos noches se repartieron las cartas, y durante dos días y dos noches lucharon a brazo partido por hacerse con la victoria.. Y es que cuando dos grandes adversarios se enfrentan se convierte en una cuestión de desgaste más que de ingenio. Se trataba de ver quién caía antes. Ambos conocían las reglas, las escritas y las tácitas.., y las que aún estaban por escribir. No se trataba de una gran jugada en la que ambos apostasen toda su fortuna, como tantas veces hemos leído en las malas novelas. Era un juego de desgaste, una trampa detrás de otra y otra más sobre las dos anteriores, de tal manera que ninguno sabía nunca cual era el juego del contrario, hasta llegar a confundirse los propios jugadores. Dos días y llegó el momento, el extranjero empezaba a dar su brazo a torcer. Y ese era el momento preferido por Alvin. Sabía que no habría otro, lo tenía contra las cuerdas y de un momento a otro trataría de hacer su gran jugada, su "farol" (como se dice en el argot). Simplemente tendría que adivinar el momento, ¡y vaya si lo hizo!

 

Edgar Luchin había comenzado a adquirir esos vicios que sólo los jugadores tienen: la manera de repartir las cartas, su posición en la mesa, la iluminación de la estancia.

Las cartas habrían de ser repartidas usando ambas manos, jamás confiaba en aquellos que repartían con una sola: a) Demasiada habilidad en las manos no es propia de aquellos que se ganan la vida mirando fijamente; b) Un ejercicio tan vano de destreza podía esconder a un jugador certero haciéndose pasar por un petimetre; c) Atraer la atención sobre uno mismo no es propio de los jugadores, mejor pasar siempre desapercibido, pero había jugadores demasiado buenos, demasiado, que usaban su pericia como destreza y viceversa, y nunca había que fiarse de ellos.

La posición en la mesa era fundamental, nunca había que entrar en contacto con nadie, nadie podía escuchar tu respiración, ni sentir los músculos de tu cuerpo en tensión, de tal manera que nunca se pudiera ver por tu mímica la jugada. Además, la posición era fundamental. Siempre habría de establecerse en una que fuese cómoda, para no variarla en todo el tiempo que durase la partida.

Pero todo esto se convertía en un simple experimento de superstición de no ser por la iluminación. Aquel jugador tenuemente iluminado poseía, por norma, mayores posibilidades de triunfo en el juego. ¿Por qué? Sus gestos se traslucían en menor grado que los del resto de los jugadores.

Sin embargo, todas estas reglas, y todas aquellas que todos cumplían pero que ningún jugador era capaz de enunciar eran solo pistas. Era lo que cualquier jugador que hubiese pasado dos noches en una taberna de juego sabía. La partida de verdad comenzaba cuando todos los que se reunían conocían las reglas de comportamiento. El verdadero farol era aquel que se echaba sobre dichas normas de conducta. Estaban aquellos jugadores que hacían caso omiso de todas ellas, estos solían perder, y sólo aquellos verdaderamente grandes eran capaces de no prestar atención alguna sobre el conjunto. Luego estaban aquellos que las contemplaban y las seguían a rajatabla: este tipo de jugadores era carne de cañón, y todo jugador los sabía. Y estaban también aquellos que las contemplaban como si se tratase de directrices, jamás de una norma establecida: Este tipo era el verdaderamente peligroso, aquel que apostaba no sólo con las cartas, sino con el comportamiento humano. Aquel verdaderamente inteligente era el que, contemplando estas directrices, sabía no incumplirlas y, a su vez, hacer un uso, digamos, personal de éstas. A este tipo de jugadores pertenecía Benjamin Alvin.

—Nunca, amigo Luchin, juegues con las cartas, todo aquel que juega solo con las cartas termina perdiendo una vez sí y otra también. Acostúmbrate siempre a dejarte perder, esa es la lección más importante que puedo darte, Edgar. Déjate perder una y otra vez., y observa las reacciones del aque gana. No hay peor cosa para el jugador de póquer que convencerse a sí mismo de que es invencible, que está en racha.. Ésa es la principal arma con la que cuentas en una mesa. Obsérvales, nunca jamás dejes de observarles, y que a su vez ellos te miren. Esgrime una sonrisa en tus labios, y que puedan ver en un par de manos tu gesto de contrarío cuando se ha producido un mal descarte (fuérzalo siempre, por supuesto)., y que puedan ver cuando llevas buenas cartas, y pasa, para que otros jugadores accedan y así poder dejar al resto que vean tu maravillosa jugada. Muéstrate entonces eufórico y pide una copa con esmero, amigo Luchin, coquetea con la camarera, muéstrate como un verdadero estúpido y pierde manos frente a él, que será siempre el que más dinero tiene. Búscate también un aliado, esto también es importante, porque entre los dos deberéis terminar primero con los jugadores menos experimentados. Hazle ganar manos y que se confié, pero que éste tu aliado nunca sea el peor jugador de los cinco, ni el mejor tampoco: Esto te llevaría a una segura perdición. No tengo mucho que enseñarte, Edgar, las mejores lecciones son las que aprenderás después de haber perdido muchas, muchas partidas.

 

Edgar admiraba a Alvin. En muchas ocasiones, acudía a la taberna sólo para observarle, para aprender de sus gestos, sus expresiones y su forma de llevar la partida. En el terreno social, era un tipo reservado, nada dado a entablar una conversación que no versase sobre cartas. Solían a veces Edgar y Benjamin dar largos paseos cuando la partida había terminado, ya de mañana, en esa hora en la que el sol impide un descanso placentero y el sueño se hace demasiado ostensible como para poder disimularlo. Caminaban y caminaban, casi sin pronunciar palabra. Alvin caminaba despacio, muy despacio, mirando constantemente a su alrededor. Se ensimismaba en las flores y en los paisajes. Su vista estaba ya demasiado cansada, debido al humo de los cigarros y a las habitaciones mal iluminadas: A veces tenía que entrecerrar los ojos para enfocar el objeto correctamente. Y Edgar lo observaba caminar coiné sus andares torpes, casi ancianos, con la espalda ligeramente encorvada, con la vista fija en mil cosas, otras veces en los surcos del polvoriento camino, otras en el horizonte, sin mirar siquiera.

—¿Qué edad tienes, Benjamin?

—Soy un hombre mayor, amigo Luchin, pero mucho más joven de lo que te imaginarías. Creo que tengo unos veinticinco años, pero no estoy muy seguro.

Eso sólo y nada más. El resto del camino transcurrió en un sepulcral silencio. Cuando ya estaban a punto de regresar, Alvin volvió a hablar:

—Son veinticuatro, he hecho cálculos, definitivamente veinticuatro. Sí, creo que veinticuatro, pero no estoy muy seguro.

 

 

V

 

El pequeño dinero que Edgar Luchin recibía apenas le llegaba para un par de noches al mes, eso era todo, y la pequeña o gran cantidad que había recibido en concepto de "adelanto de la herencia" hacía meses que se había esfumado. Debía ya más de dos meses de la habitación en la que dormía y su aspecto comenzaba a asemejarse cada día más a la de esos vagabundos que piden limosnas y bailan a cambio de un par de monedas. La barba ya cubría su rostro y los ademanes y gestos apenas recordaban a los que un día fueron, o a los que un día exhibió. Ojeroso y cansado, mal aseado y hediondo, Edgar recordaba con añoranza lo que eran los días en su casa, rodeado de lujos y criados a los que podía golpear para divertirse un rato, o escupir e insultar, porque para eso él había sido el caballero. Sin embargo, Dios le tuviese en su seno si osaba insultar a cualquiera de esos caballeros que pululaban por entre los mugrientos pasillos de las salas de juego.

Y así llegó el día que ha de llegar, el que los grandes jugadores temen, y para el día en el que todos se preparan. En el póquer, contrariamente de lo que la tradición popular cuenta, no se juega por dinero, se juega por orgullo, se juega. Tal vez por el simple placer de ganar, o por el regocijo de jugar.

 

Aquella noche eran Edgar, Alvin, Wilson y Goldwin y un hombrecillo con nariz espigada y gesto torcido. Edgar con la mirada fija encogida, Alvin sonriente siempre, Goldwin sudaba y el hombrecillo. ese ya tenía suficiente con evitar que los demás se fijaran en su aguileña nariz.

—Procedamos, señores.

 

 

VI

 

Eran cinco los allí reunidos: Era Edgar y su sempiterno bigote, cuidado en extremo, recortado milimétricamente sobre el labio superior; y era también Alvin, con aquellas gafas oscuras que llevaba debido a su defecto de visión; era Goldwin, agarrando convulsamente cada vaso de bebida, desesperado siempre, viendo en cada mano jugada la mirada juiciosa de su mujer; y aquel hombrecillo con nariz espigada, con la sonrisa conciliadora del niño, para no hacer nunca daño, para no ganar jamás una mano; y era un joven William Wilson, haciendo de sí mismo una metáfora.

—Es la hora, paremos —diría Edgar.

Los cinco se sintieron por fin aliviados, porque todos habían perdido ya. Fue aquel hombrecillo con nariz espigada el primero en encender el cigarrillo, despreocupado, dando pequeñas caladas, fingiendo un estudiado gesto de alivio en cada respiración; fumaba Goldwin como lo hace el que sólo piensa en volver a fumar, desesperado por terminar por fin, para volver de nuevo a comenzar el ritual; Alvin disfrutaba con la preparación, lentamente sacaba del bolsillo izquierdo la bolsa de tabaco, y lentamente componía, liaba el cigarrillo, que dejaba descansar algunos segundos sobre sus labios, escuchándolo, paladeando su aroma, fumándolo sensual antes de encenderlo; William Wilson lo encendía rápidamente, deseando que se consumiese, mantenía éste el cigarrillo largos períodos de tiempo sostenido sobre sus dedos, dejando que se consumiese por sí mismo, evitando que ese sabor amargo palpitase sobre su lengua, una vez más.

 

Casi al mismo tiempo, los cinco respiraron. Edgar se dirigió con andares cansados a la entrada. Recorrió los pausados remolinos y varias motas de polvo se introdujeron en sus párpados, que se cerraron. El suelo estaba sucio, y debido a esto los zapatos se adherían constantemente al piso, produciendo ese característico y molesto sonido. Abrió Edgar de par en par el gran ventanal de forma rectangular, permitiendo con ello la entrada del aire. El humo, zigzagueando y agolpándose en remolinos, esperando la orden de salida, comenzó a escapar presurosa de la taberna: Las gruesas capas de polvo y microscópicas especies huían también para poder al fin respirar. Leves soplos de luz martilleaban las densas agrupaciones de humo y podía verse el extraordinario reflejo, luz y tiniebla en combate. Perfilaba la luz a la sombra, contorneando los escasos objetos que siempre habían estado allí. A la derecha existía un enorme espacio vacío (siempre hablaban de decorarlo con algo en lo que nunca estarían de acuerdo), seguido de una larga barra de madera se extendía interminable ante los extenuados ojos de los visitantes. Estaba la barra abarrotada por botellas vacías de vino, copas que esperaban ser empleadas, y una interminable serie de platos con aperitivos varios, preparados concienzudamente antes de la partida. Había a la izquierda unas empinadas escaleras que conducían a los servicios y al almacén. Se agolpaban allí las cajas de bebidas y los objetos más diversos, que los cinco fundadores habían ido allí abandonando para la decoración de la taberna. Más allá, y siguiendo por la izquierda, se podían encontrar las escasas tres mesas que regentaban el local, donde se encontraban los cinco jugadores, barnizadas en mate, escondidas por efecto de la luz. Estaban decoradas las ventanas por unas cortinas bordadas con motivos florales, dispuestas en forma de K invertida, y daban éstas a un patio interior. Toda la pared estaba pintada de un blanco puro, todavía brillante en el tiempo, y toda escasa en decoración, a excepción de un gran espejo que presidía la zona inmediatamente superior a la barra, reflejando cada noche los rostros cansados de los jugadores.

 

Alvin levantó sus gafas oscuras y, fuerte y lentamente, se frotó los ojos. Los cuatro le miraron, y lo sabía. Trató de desperezarse, con gestos convulsos intentaba estirar las extremidades: aún restaban muchas horas para finalizar la partida y no era tiempo de echarse atrás. Decidió no levantarse, estaban sus piernas demasiado cansadas, sus rodillas ya aburridas de realizar cada vez el mismo gesto. Veinte minutos solía durar el descanso; para beber los más, para continuar la partida los que estaban destinados a vencer. Se estarían mirando unos a otros, intentando adivinar, tratando de componer la noche, de ordenar las cartas a su favor: nada de eso.

Nada de eso haría: tan solo se serviría otra copa (suave vino tinto, de esa especie que acaricia el paladar como un beso, de aquella botella de vino suizo tan suave). Contaría los billetes que aún le quedaban y serían los justos: no debería haber demasiados, porque ello provocaría la hostilidad del resto; ni habría pocos, con lo que tratarían de expulsarle de la partida con grandes apuestas. Debía mantenerse frío si quería recuperar el terreno perdido, casi gélido si quería vencer batalla tras batalla, sin alardes, golpeando en cada momento, midiendo los golpes, siempre sin provocar temor, disparando las balas justas, sin los golpes de efecto tan característicos de la juventud, sin agazapar al enemigo en sus trincheras de corazones y tréboles, dejando tiempo para la reacción, controlando la situación, dándoles esperanzas, sin mirar siquiera las cartas, jugando matemáticamente para ganar la guerra. Lo sabía, y así les dejaría pelear aquellos veinte minutos. Lo sabía, y también que ese tipo de partidas daban muchas vueltas, como el sol, y que el vencedor sería aquel que se mantuviese frío, en pie hasta el final.

Alvin, con el cigarrillo perfectamente liado sobre los labios, realizo un leve gesto a Goldwin, quien le sirvió, en una copa de cristal abombada, aquel vino suizo. Con la mirada fija y el gesto seguro dio las gracias. Tomaría aquella copa lentamente, como el perro antes de entrar en pelea, con el cuerpo correctamente dispuesto, en ángulo casi recto, como los grandes, los que saben beber. Tomaría el vino a pequeños sorbos, permitiendo que el alcohol le acariciase, que el vino sensual y suavemente suizo se depositase en su cerebro cansado bajo la densa capa de humo.

Es cuestión de mantener el equilibrio, la constancia. Es sólo rutina. Tomaré un par de cafés y el mareo se esfumará, eso es todo, eso es todo. Tomaré un poco el aire y todo habrá pasado, una vez más. Esta vez será distinto, esta vez será distinto, mi suerte cambiará al fin y para siempre. Esta vez será la última, Goldwin, esta será la última: cogeré las ganancias y así se habrá terminado todo, de una vez por todas, al fin . Goldwin vivía con la experiencia de mil batallas, de mil partidas como aquella, perdida ya. Era su espada el sueldo del mes, otro más sin trabajar. Tan pronto en sus manos caía, tan pronto se lo jugaba, y muy a menudo, más siempre que a menudo, todo lo perdía. Su esposa dormiría aquella noche sin saberlo, ignorándolo una vez más. Por ello se mantendría allí, hasta el final, sin desfallecer, sabedor de que el último que se levantara de la mesa será el que más ha tardado en contar sus ganancias. Goldwin se dirigió hacia el gran ventanal abierto, y allí respiró, al fin. Estaba mareado, debido al efecto de la ginebra con tónica. Respiró y, tras varias inhalaciones, volvió a la barra. Con los ojos inyectados en sangre, y tratando de disimular el creciente temblor que recorría sus manos, se sirvió una copa más: por ser la última. Tres piedras de hielo, en vaso largo, tres dedos de ginebra, como siempre la había tomado, y rellenar con tónica, bien fría desde los quince años. Con la voz ronca y pesada, volvió Goldwin a su lugar en la mesa de juego.

 

Aquel hombrecillo con nariz espigada, aquel hombrecillo con nariz espigada mira a todos y sonríe cómplice. Observa el agujero abierto en la pernera izquierda de sus pantalones, ya gastados por todas partes, apurándolos un día más. Repasa el estado de su camisa, repasa la pulcritud, y lo que de él pensarían repasa, lo mismo cada noche desde hacía ya dos meses. Han pasado treinta años ya, y por eso sonríe, y es que el tiempo pasa más rápido de lo que nos atrevemos a reconocer. Treinta años han pasado y nada había sucedido, inmóvil, como un capítulo del libro: más valía no dejarse ver por casa, ya que corría el riesgo de ser expulsado; más valía no dejarse ver por la taberna, ya que la deuda era ya demasiado abultada; más valía no dejarse ver por el taller.; más valía no dejarse ver por ningún lugar. Llevaba aquel hombrecillo con nariz espigada ya treinta años en todas partes, como un mendigo, vagabundo que se deja caer en un hotel para dormir, en una taberna para conversar, en la noche para esperar, reparando las piezas inservibles de su vida. En todas partes conocido, incluso saludado por todos, solo por todos. Aquel hombrecillo con nariz espigada, aquel hombrecillo con nariz espigada, confiésalo años más tarde. Aquel hombrecillo con nariz espigada, viste nacer a esa niña, y observaste lágrimas caer de los ojos de su padre, y lo viste finalmente, de eso vives: Elisa, ese será su nombre. Aquel hombrecillo con nariz espigada sabe que está perdido, que las cartas no le son propicias, que sólo está allí para poder perder, con cierta dignidad, bajo el cálido manto de unas risas en una noche de verano. Aquel hombrecillo con nariz espigada se levantó y se dirigió hacia Edgar. Sabía que se lo iba a negar, pero lo haría de todas formas. Eran como de la familia. Aquel hombrecillo con nariz espigada llevaba más de diez años acudiendo religiosamente a la taberna. Casi todas las tardes, sobre las cuatro y media. Y así cumplía con sus oficios, y por eso confiaba. Se acercó y tímidamente habló, tratando de ocultar su pesar y la humillación de tener que pedirlo una vez más, y es que se daría cuenta de que iba a ser incapaz de devolver el dinero, lo sabían los dos. Se acercó y desvió la conversación, disimuladamente. Sin querer confesarlo, se sirvió una copa, otra, la última. Edgar lo miró con desconfianza, sin decir nada, diciendo un "sólo esta copa, hombrecillo con nariz espigada, sólo esta copa". Se sirvió un whiskey con refresco, aderezado con dos piedras de hielo: —En el número dos está la proporción -decía siempre el hombrecillo (con nariz espigada, claro). Se sentó junto a Alvin, que bebía un vino tinto bastante caro y malo al tiempo. Le dirigió varias palabras de camaradería, ninguna en particular, una sonrisa cómplice, la misma en particular. Alvin sólo sonrió, sonrió y continuó con lo suyo, descansando los veinte minutos, sin mirar a nadie. Edgar hablaba con Goldwin, que se tambaleaba, como solía hacerlo cada tarde a las ocho. Aquel hombrecillo con nariz espigada se levantó y acudió a ayudar a Goldwin, manteniéndolo en pie, una noche más hasta el final. Edgar, con un gesto, le apartó y él comprendió. Edgar, al oido y confidencial, le habló.

 

William Wilson se imaginaba a sí mismo como el más joven de los que aquella noche de un día uno se habían sentado en aquella mesa para jugar una partida. Con sus veintitrés años recién cumplidos (¿o eran ciento veintitrés?) se había imaginado como un experto jugador, ya sólo por afición, por poder contemplar una noche más el miedo y respeto de sus contrincantes cuando él se sentaba a la mesa. Porque aquella era la clave: El miedo. Sólo perdían los que temían perder, aquellos para los que ganar una noche lo significaba todo, del cielo al infierno, aquellos trabajadores de camisas raídas y sueldos míseros, los que siempre son incapaces de mirar a la cara de su mujer y decir: Lo hemos perdido todo. He jugado y he perdido. Para él todo era diferente, nunca se comprometería y no tendría jamás que justificarse. De esa manera lo podía controlar, el miedo a ganar. Insistir, insistir, ahí estaba el secreto.

 

 

VII

 

La partida había finalizado.

 

Edgar lo había perdido todo, y sus compañeros también. Las facciones de William Wilson manifestaban ahora una amplia sonrisa.

—Bueno, caballeros, creo que la partida ha terminado. Será un placer invitarles a todos ustedes a una bebida. Por supuesto, todo lo que se ha consumido aquí esta noche corre de mi cuenta.

—¡No, aún no ha terminado! -Sentenció Edgar.— Denme un par de horas y volveré con más. ¡Ésta es mi noche, lo noto!

—Creo que no, Edgar -dijo William Wilson—. Sus compañeros también han sido derrotados. Ahora todo es mío.

—No es usted un caballero, señor Wilson: ¡Debería darme una revancha, es lo justo!

—Créame, Edgar, tendrá usted la oportunidad de redimirse de sus pecados con las cartas muy pronto. Yo también creo que su suerte está a punto de cambiar.

 

.............

 

—Procedamos, señores.

 

Aquella noche eran Edgar, Alvin, Wilson y Goldwin y un hombrecillo con nariz espigada y gesto torcido. Edgar con la mirada fija encogida, Alvin sonriente siempre, Goldwin sudaba y el hombrecillo. ese ya tenía suficiente con evitar que los demás se fijaran en su aguileña nariz.

 

El jugador

 
         
         
         
         
         
        © Martín Cid Datos sobre el autor  
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