P O R T A D A        
Bernat Castany Prado
línea
 
  línea línea línea línea línea
  38     Reseña de El existencialismo es un humanismo, de J. P. Sartre. Imagen digital de Eldígoras.    

Reseña de
El existencialismo
es un humanismo,

de J. P. Sartre

 
foro de opinión punto de encuentro      
tierra - prosa (pulsa aquí para entrar) índice de autores          
   
 

 

En este opúsculo Jean Paul Sartre se defiende contra los reproches que en aquella época se le hacían al existencialismo y que eran básicamente cuatro: que invita a permanecer en un quietismo de desesperación; que subraya la ignominia humana; que falta a la solidaridad humana porque al partir de la subjetividad pura del yo-pienso cartesiano lleva a considerar al hombre como una mónada aislada; y que niega la realidad y seriedad de las empresas humanas al suprimir los fundamentos de Dios y los valores inscritos en la eternidad dejando en su lugar una mera gratuidad con la cual cada uno puede hacer lo que quiera.

Contra el reproche de que el existencialismo "subraya la ignominia humana", Sartre responde que mucho más pesimista que es el naturalismo literario o una sabiduría popular que dice "¡qué humano!" para referirse a actos repugnantes. Se pregunta por qué esto no desagrada tanto como el existencialismo y responde que es porque el determinismo del naturalismo y de la sabiduría popular nos redime mientras que el existencialismo, al insistir en la libertad humana, no nos deja excusas y nos acusa. Contra los demás reproches Sartre responde que el existencialismo es "una doctrina que hace posible la vida humana".

A continuación el autor de El muro distingue entre dos especies de existencialismo. Uno cristiano, representado por filósofos como Karl Jaspers o Gabriel Marcel, y otro ateo, representado por Heidegger y los filósofos de la Escuela de París. Lo que ambas corrientes existencialistas tienen en común es el hecho de considerar "que la existencia precede a la esencia" de modo que "hay que partir de la subjetividad". A continuación explica la relación existente entre el primado de la existencia sobre la esencia y la necesidad de un enfoque subjetivo de las acciones humanas.

Para entender la tesis básica del existencialismo debemos entender, primero, cuál es la idea tradicional que el pensamiento religioso occidental tenía de las relaciones entre esencia y existencia. Podemos empezar pensando, a modo de ejemplo, en el hecho de que la técnica tiene unas reglas para fabricar objetos de modo que podemos decir que la esencia de cada uno de esos objetos es "el conjunto de recetas y de cualidades que permiten producirlo y definirlo" y que dicha esencia precede a la existencia puesto que ya está en la cabeza del fabricante antes de que se ponga a fabricarlo. La tradición religiosa occidental ve a Dios como el "creador" y lo concibe como un artesano superior de modo que cuando Dios crea algo sabe con precisión qué es lo que está creando. Por ello, para dicha tradición, el ser humano individual es la realización de cierto concepto que está en el entendimiento divino por lo que decimos que su esencia precede a su existencia.

Aunque en el siglo XVIII apareció el ateísmo filosófico[1] y la noción de Dios es suprimida del ámbito racional, legal y político, la verdad es que no pasa lo mismo con la idea de que la esencia precede a la existencia porque para Diderot, Voltaire y Kant, entre otros, el ser humano es poseedor de una naturaleza humana, de una esencia humana, lo que implica que cada ser humano singular es un ejemplo particular de un concepto universal fijo, inmutable, de qué es y debe ser el hombre.

Sin embargo, si Dios no existe hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, esto es, el ser humano o "realidad humana", según la llama Heidegger. No hay naturaleza o esencia humana porque no hay Dios para concebirla y su "esencia" —que ya no es tal— se define a posteriori. El hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y después se define. Esto le lleva a afirmar que "el hombre es lo que él se hace". Vemos, pues, que "el existencialismo no es nada más que un esfuerzo por sacar todas las consecuencias de una posición atea coherente".

Tenemos, así, que el hombre empieza por existir y a partir de su existencia se define, es decir, toma conciencia de su proyectarse hacia el porvenir. Por esta razón para el existencialismo el ser humano es, ante todo, un proyecto que se vive subjetivamente. Nada existe previamente a este proyecto en el cielo inteligible y el hombre será ante todo lo que habrá proyectado ser.

Por otro lado, si la existencia precede a la esencia, el hombre es responsable de lo que es. Claro que no sólo es responsable de su estricta individualidad sino también de toda la humanidad ya que los actos que nos crean contribuyen a crear la imagen del hombre tal como consideramos que debería ser. Se trata, pues, de una responsabilidad simbólica que puede formularse de la siguiente manera: "eligiéndome elijo al Ser Humano" y que está estrechamente ligada al universalismo kantiano que se pregunta "¿qué sucedería si todo el mundo hiciera esto mismo?"

Pero al tomar conciencia de que no sólo elegimos por nosotros sino también por todos los demás genera en nosotros un sentimiento de total y profunda responsabilidad que provoca, a su vez, la angustia. Los que no se angustian, enmascaran su responsabilidad, no se comprometen, no eligen. Kierkegaard, uno de los precursores del existencialismo, hablaba de la angustia de Abraham al que nadie le aseguraba que fuese un ángel esa voz que le exigía el sacrificio de su hijo. Algo parecido nos sucede a nosotros puesto que nadie nos asegura que seamos los señalados para imponer a la humanidad nuestra concepción de qué debe ser el ser humano.

No hay pruebas y, sin embargo, hacemos constantemente actos ejemplares en el teatro simbólico de nuestra conciencia. Claro que esta angustia no es la que conduce al quietismo sino la que conocen todos los hombres que han tenido responsabilidades. Por ejemplo, un jefe militar puede sentir la angustia de una elección pero eso no le impide obrar, al contrario, es la condición misma de su acción. La angustia no es, pues, una cortina que nos separa de la acción sino parte de la acción misma.

La no existencia de Dios no sólo nos confiere la angustia de la libertad sino también un cierto "desamparo" que es, a su vez, uno de los conceptos esenciales de Heidegger. Si Dios no existe —filosóficamente hablando, es preciso tener en cuenta que el fideísta no le busca implicaciones racionales en su fe—, debemos extraer las últimas consecuencias de su no existencia. No cabe aceptar una moral laica porque no hay una existencia a priori de valores morales, lo que supondría suprimir a Dios con el menor gasto posible. El existencialista debe intentar luchar contra la tendencia de "querer creer que nada se cambiará aunque Dios no exista".

Ciertamente es incómodo que Dios no exista porque con él desaparece toda posibilidad de encontrar valores en un cielo inteligible, lo que implica que "ya no existe el bien a priori".[2] Si Dios no existe el hombre se siente abandonado, no encuentra, ni en sí ni fuera de sí, una posibilidad de aferrarse a algo porque, primero, la existencia precede a la esencia y, por lo tanto, no hay referencias a una naturaleza humana dada y fija, sólo a una situación; y, segundo, ya no tenemos frente a nosotros valores u órdenes que legitimen nuestra conducta.

De la "muerte de Dios" resulta un hombre solo, condenado a ser libre y sin excusas. "Solo" porque porque con la retirada de Dios también se retiran de la tierra los signos que lo orientaban; "condenado" porque no se ha creado a sí mismo sino que se ve lanzado en medio del mundo sin pedirlo; "libre" porque una vez arrojado al mundo el hombre es responsable de todo lo que es y hace; y "sin excusas" porque el existencialismo no cree en la pasión como excusa.

El hecho de que ahora "el hombre está condenado a cada instante a inventar al hombre" llevará a Ponge a decir que"el hombre es el porvenir del hombre". Si estuviese inscrito en la mente de Dios lo que el hombre debe ser ya no sería un porvenir, sería una confirmación, una realización. Claro que en esa construcción de un porvenir virgen el hombre está desamparado. En efecto, ninguna moral general puede indicar lo que hay que hacer porque ya no hay valores a priori y los sentimientos se construyen mediante actos los que se realizan, de modo que tampoco puedo consultar los sentimientos. Así, pues, el hombre lleva la entera responsabilidad de sus elecciones y la responsabilidad siempre está marcada por el desamparo y la angustia.

Además, si el hombre no es una esencia, si el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza, no es por lo tanto más que el conjunto de sus actos, nada más que su vida. Y como sólo hay realidad en la acción, el existencialismo lucha contra el quietismo que define como la actitud de aquellos que dicen: "los demás pueden hacer lo que yo no puedo". Este culto a la acción asusta a la gente que se excusa en las circunstancias diciendo, por ejemplo, que "han quedado en mí sin empleo y enteramente viables un conjunto de disposiciones, de inclinaciones, de posibilidades que me dan un valor que la simple serie de mis actos no permite inferir". Pero para el existencialismo un hombre que se compromete en la vida dibuja su figura y, fuera de esta figura, no hay nada más. La vida no es más que el conjunto de mis actos. Sólo cuenta la realidad mientras que los sueños, las esperas y las esperanzas solamente permiten definir a un hombre como un sueño desilusionado, como unas esperanzas abortadas, como unas esperas inútiles y, por lo tanto, lo definen negativa y no positivamente.

Así, pues, el existencialismo no es, como se le reprocha, un pesimismo sino, más bien una dureza optimista. Dureza porque pone el acento en la responsabilidad del hombre y optimista porque insiste en su libertad para elegir. No hay excusas. Ni siquiera el determinismo puede excusarnos. Puede existir un hombre con un temperamento de sangre floja pero no será eso lo que lo haga cobarde sino el acto de renunciar o ceder. El temperamento no es el acto, el cobarde se define a partir del acto que realiza; luego, el cobarde se hace cobarde.

Asimismo, como Dios no existe, tampoco existe la naturaleza humana como esencia universal, a priori. Pero sí existe una universalidad humana de condición. Esta condición humana es el conjunto de los límites a priori que bosquejan su situación fundamental en el universo. El hombre cambia según las situaciones históricas, familiares, sociales, pero siempre es, es decir, nunca varía la necesidad de estar en el mundo, de estar en el trabajo, de estar en medio de los otros hombres, de ser mortal. Estos límites son subjetivos y objetivos a la vez. Objetivos porque siempre se dan y son reconocibles por todos; subjetivos porque son vividos y no son nada si el hombre no los vive y se determina libremente en su existencia por relación a ellos. Por ejemplo, lo importante no es que el hombre sea mortal sino que tenga conciencia de su muerte.

Resulta, pues, que aunque los proyectos existenciales sean diversos nunca son extraños a los límites porque todos ellos son una tentativa para franquearlos, ampliarlos, negarlos o acomodarse a ellos. Todo proyecto, por individual que sea, tiene un valor universal y la universalidad del proyecto individual reside en el hecho de que es comprensible, compartible, por todo hombre. Claro que dicha universalidad, la condición humana, no está dada sino perpetuamente construida. Construyo lo universal eligiendo y comprendiendo el proyecto de cualquier otro hombre, sea de la época que sea. Pero como no tenemos guías, la elección moral es un acto parecido al de la construcción de una obra de arte en el que "se elige sin valores preestablecidos".

En efecto, tampoco a un artista se le dice qué cuadro debe hacer. Pero aunque no tenga un valor estético a priori, su cuadro no es un capricho. Hay valores que se ven después, en la coherencia del cuadro, en las relaciones que hay entre la voluntad de creación y el resultado. Por ejemplo, no decimos que la obra de Picasso sea gratuita, sino que se ha construido tal como es, al mismo tiempo que se la pintaba. Tenemos, pues, que la moral y el arte se parecen porque en ambas hay creación e invención y nunca podemos decir a priori qué es lo que debe hacerse.

A continuación Sartre trata de responder a aquellos que afirman que el subjetivismo existencialista conlleva una incapacidad para juzgar a los hombres. Para el autor de La náusea esto es verdadero y falso a la vez. Es verdadero porque no puede censurarse totalmente a un hombre que elige un compromiso y un proyecto con toda sinceridad y lucidez, por muy equivocado que creamos que sea su proyecto; y porque, al no creer el existencialismo en el progreso humano, las elecciones del hombre, que es siempre el mismo frente a situaciones que varían, sólo pueden ser valoradas en relación a la situación en las que se las ha elegido.

Es falso porque desde el momento en que los hombres se eligen frente a los otros se puede decir que actúan de mala fe cuando —siendo la situación del hombre una elección libre, sin excusas y sin ayuda— se refugia tras sus pasiones y se inventa un determinismo. No puede elegirse de mala fe porque la mala fe es una mentira que disimula la total libertad del compromiso. Así que podemos formular un juicio moral en todo lo referente a la autenticidad, esto es, en el hecho de tratar o no de huir de nuestra libertad mediante falsas excusas.

En lo que respecta a la tercera objeción, que afirma que los valores del existencialista no son serios porque son elegidos —"reciben con una mano lo que dan con la otra"—, Sartre responde que lo cierto es que si Dios no existe y "la vida a priori no tiene sentido", alguien tiene que inventar los valores y darle a la vida un sentido. Ahí radica, precisamente, la libertad y la responsabilidad del ser humano.

Sartre acaba afirmando que el existencialismo es un humanismo. Primero distigue entre dos tipos de humanismo: uno clásico y otro existencialista. El humanismo clásico es una teoría que toma al hombre como fin y como valor superior pero el existencialismo no puede tomar al hombre como fin por la sencilla razón de que éste siempre está realizándose, proyectándose y perdiéndose fuera de sí mismo. Así, pues, el humanismo existencialista afirma que el hombre es trascendencia entendida como rebasamiento y superación de la "esfera de la inautenticidad" y que el hombre no está encerrado en sí mismo sino presente siempre en un universo humano. Ciertamente, aunque en el humanismo existencialista no hay más legislador que el hombre y, en el desamparo, el hombre se elige a sí mismo, no es sino proyectándose fuera de sí que puede realizarse en cuanto humano.

Cabe acabar señalando que el existencialismo no es un ateísmo en el sentido de que no se agota en demostrar que Dios no existe. Más bien declara que aunque Dios existiese sus ideas no cambiarían. El problema no es el de la existencia de Dios sino el de que es necesario que el hombre se encuentre a sí mismo y se convenza de que nada puede salvarlo de sí mismo, esto es, de su libertad y responsabilidad. Por lo tanto el existencialismo es un optimismo, una doctrina de acción.

 

Reseña de El existencialismo es un humanismo, de J. P. Sartre. Imagen digital de Eldígoras.


NOTAS:

1 1. Ya Pascal habla de “el Dios de los filósofos” frente “al Dios de Abraham”.

2 2. Kirilov dirá: “Si Dios no existiera, todo estaría permitido”.

 

 
         
         
         
         
         
        © Bernat Castany Prado Datos sobre el autor  
                  inicio de la página