Mañana a las nueve              
  P O R T A D A        
Norberto Olaizola
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Mañana
a las nueve

 
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Guzmán sale de su casa con dos pesos veinticinco en el bolsillo.

Una bonita suma, si fuera un chico. Pero para él, hombre de cuarenta y un años, esos dos pesos veinticinco son una verdadera afrenta. Véase: el tren le costará un peso veinte y de allí a patacón, nomás, hasta el Centro. Con lo que queda no puede comprar nada. No alcanza para cigarrillos (a menos que compre sueltos), no alcanza para un café, no alcanza para una empanada, no alcanza para el diario...

No alcanza para volver a su casa.

Porque, quiera o no, debe hacer una llamada telefónica en un locutorio. Veinticinco centavos, por lo menos. Y ya está: el sobrante será, en el mejor de los casos, ochenta centavos. Con ochenta centavos no vuelve a Morón.

No vuelve, digamos, dentro de la legalidad.

Entonces, deberá colarse en el tren.

Antes de salir, a la madrugada, anduvo revisando la casa en busca de algo para vender. Nada. Libros, no. Nadie los compraría (ya lo probó, una vez y fue una humillación) y la bolsa, pesada como el infortunio, sería una carga innecesaria hasta la hora de la vuelta. Tampoco había un electrodoméstico innecesario o superfluo que funcionase. El último, el cuchillo eléctrico, lo había rifado por diez pesos la semana anterior. Relojes, anillos, pulseras, oro, baratijas, ya no quedaban.

No, no había nada para vender.

Nada portátil, claro. Podía vender el armario del cuarto de arriba, pero, eso sí, no podía llevárselo en el tren hasta el Once. Y nadie llamaba por teléfono (mientras anduvo) o se acercaba hasta la casa preguntando por ese armario que se vende, vio, los cartelitos pegados, me interesa, a qué precio.

Nadie necesita un armario de dos puertas a cincuenta pesos.

Cincuenta pesos. Veinte veces lo que hoy lleva en el bolsillo.

Pero, si los tuviera, si algún vecino se hubiese llevado el armario y dejado el billetito en la mano de Guzmán, cuánto duraría. Un pollo, nueve pesos, un kilo de papas, dos pesos, una gaseosa sin marca, dos pesos, un poco de pan, un peso con cincuenta, un atado de cigarrillos baratos, de ésos que apestan el ambiente y fumigan los pulmones, un peso y cuarenta. Una cena, un par de cigarrillos, un par de días más y vuelta a empezar. Sin haber pagado el teléfono, sin haber pagado la luz, el gas, el alquiler, la cuota de la emergencia, sin haber llevado al menor al foniatra, sin comprar los cuatro metros de cinta y el aparato para poder levantar la persiana del dormitorio, sin poder reponer el aceite, o el papel higiénico o mandar a cambiar la suela de esos zapatos que ya casi ni se sostienen junto a la cama y de caminar, ni hablemos, ja.

No, no hubiera alcanzado para nada.

Pero, hoy es peor. Porque hoy tiene veinte veces menos que aquella utópica suma y, luego de la llamada telefónica, puede suceder que la familia no coma a la noche. Ni al día siguiente, ni en lo sucesivo.

El problema es que no puede hacer la llamada desde Morón, preservar, digamos, esos raquíticos dos pesos con veinticinco, porque si la respuesta es afirmativa el tiempo para cobrar esos pocos pesos puede pasarse en un suspiro.

Se imagina la charla:

—Sí, Guzmán habla, lo llamo por los ciento veinte pesos que...

—Ah, sí. La verdad, no sé. ¿Cuándo anda por acá?

—¿Los tiene?

—Sí, pero justo ahora estoy saliendo para una reunión. Mañana...

—Estoy a una cuadra. Paso por allí.

Y a caminar la cuadra a paso redoblado y a tocar el timbre y a rogar que el tipo no se le haya escabullido, o que no lo atienda, o que salga y le diga sabe qué pasa, tengo que cambiar un cheque, o, recién lo tengo a la tarde, o cualquier otra excusa.

A rogar por esos ciento veinte pesos. O cien, O cincuenta hoy y el resto la semana próxima.

No, Guzmán, no. Nada de la semana próxima. Hace dos meses que deberías haberlo cobrado. Nada, nada. Mire, viejo, usted me está cargando. Me está tomando de otario. Usted tiene su autito, su empresita, su reloj, su tarjeta de crédito. Yo no, yo vengo en tren, me la gano como puedo, ni un café puedo tomar, entiende. Quiero la guita ahora, viejo, no me haga encabronar.

¿Diría eso Guzmán? ¿Así? ¿Con ese tono, con ese rostro amenazante?

Lo piensa, mientras viaja en el tren.

Al pasar por Liniers ve a la gente apelotonada en los barcitos tomando café y comiendo medialunas. O un vasito de vino. O una porción de pizza. O un sándwich de milanesa.

Qué ganas de tomar una cerveza, aunque sean las nueve de la mañana.

Otro diálogo:

—Sí, Guzmán habla.

—El señor no está. Salió temprano. No sé cuándo vuelve.

—¿Vuelve a la noche?

—No sé.

—¿Usted quién es?

—La mujer de la limpieza.

—¿Y usted a qué hora se va?

—A las cuatro.

—Y cuando se va, ¿no queda nadie?

—La señora.

—¿Está la señora?

—No.

—¿Y a qué hora vuelve?

—No sé.

Click.

Cuando el tren arranca, Guzmán ve a un gordo, acodado en el mostrador de un barcito. El gordo lo mira, mientras el tren empieza a tomar velocidad, y se mete, parsimoniosamente, una bruta empanada en la boca. Guzmán alcanza a ver, en el plato, junto al gordo, dos empanadas más. Y una botella de cerveza.

Si el señor no está, Guzmán tiene pensado qué es lo que va a hacer. Va a ir a las cuatro de la tarde (y qué lentas serán las horas, sentado en la Plaza Congreso, hasta las cuatro de la tarde) y encarará a la mujer.

—Su marido me debe ciento veinte pesos y los necesito, señora.

—No sé a qué hora vuelve.

—Vea, señora. Yo los necesito. No tengo un peso. Ni siquiera para volver a mi casa. Déme lo que tenga y yo llamo más tarde.

—No tengo plata. No tengo nada para darle.

—¿Ni veinte pesos?

—Ni veinte pesos.

Cuando llega a la estación Flores, Guzmán ya está derrotado. No encontrará al tipo, no conseguirá que la mujer del tipo le afloje un mango, no podrá viajar con un boleto honesto hasta Morón, no habrá nada para meter en el horno a la noche. Piensa en otras opciones.

—Mirá, conchuda de mierda, ya estoy harto de que me hagan el verso. Vuelvo en una hora y si no me dan lo que me deben, te juro que te hago tal escándalo que todo el barrio va a saber la clase de hijos de puta que son.

—Cálmese, señor. A ver. Espere un poco.

Guzmán esperará, satisfecho con su bravura.

—Llamé a mi marido. Dice que venga a las nueve de la noche, que él algo le va a dar.

—¿A las nueve de la noche?

—O un poco más tarde. No se haga problemas, nos acostamos muy tarde.

Si sentado en el banco de la Plaza Congreso, desde las diez, digamos, hasta las cuatro de la tarde, sintió algo así como que el tiempo se había detenido, hasta las nueve de la noche, o un poco más tarde, ¿cómo aguantará? Y si es a las diez de la noche, si realmente cobra algo a las diez de la noche, luego, entonces, a volverse, una hora y media, caminata desde la estación de Morón hasta su casa, minuto más, minuto menos, doce de la noche. ¿Cocinar? ¿A esa hora? ¿Qué? Única solución: una pizza y una gaseosa: doce pesos. Algo le dará. ¿Cuánto? ¿Treinta, cincuenta?

Guzmán, a la altura de Caballito, ya ni piensa en los ciento veinte pesos.

Pero trata de no pensar en lo peor, mientras mira a una morochita de ojos verdes y con un culo apretado y duro como pan dulce de dos semanas. Trata de no pensar que, una vez sentado en el locutorio, una vez marcado el número de teléfono, nadie atienda y aparezca el contestador automático. Trata de no imaginarse ni el locutorio, ni el teléfono, ni el pip del contestador automático cuando empiece a decir no estamos deje su mensaje lo llamaremos.

Y como no lo piensa está seguro que eso es lo que va a pasar.

Debería haberse levantado más temprano.

Mira el reloj: las nueve y diez. Llegará hasta las inmediaciones de la casa donde le deben ciento veinte pesos a eso de las diez de la mañana. Hoy, es decir, dos meses después de haber terminado el trabajito de morondanga por el cual le deben la plata, puede ser una mala hora. Antes, no. Antes, cuando le hablaban del trabajo, cuando lo llamaban a su casa (mientras el teléfono anduvo), cuando él, Guzmán, debía llamar para confirmar horarios y materiales, siempre lo atendían, siempre había alguien. Y quien lo atendía estaba en el ajo del asunto, el señor, la señora, la mujer de la limpieza, los hijos. Todos.

Pero, desde hace dos meses, cada vez que llama no hay nadie, o el señor y la señora no están o aparece el pip que dice no estamos deje su mensaje lo llamaremos. Desde la tarde que le dijeron quedó todo bien véngase la semana que viene a cobrar pero llame antes, no hay nadie. Nunca. A cualquier hora.

Salvo una vez:

—Qué justo que llama. Porque lo estuve llamando pero...

—Sí, me atrasé con la factura y usted vio cómo son éstos de la telefónica.

—Bueno, no se haga problemas. Llámeme mañana, a esta hora, y arreglamos para el mismo día.

—Bueno, gracias.

¿Llamó Guzmán al día siguiente a la misma hora? Llamó. A la misma hora. Una hora más tarde. Dos. Tres. A la tardecita. A la noche. A la madrugada. Al día siguiente. Los días siguientes. Toda la semana. Todo el mes. Sábados, domingos, feriados. Sí, llamó. Una y otra vez.

Masticando rabia, una tarde le habló al contestador:

—Oiga, no me puede llamar porque sigo sin teléfono. Pero le dejo el teléfono de mi prima. Llámela a ella y ella me avisa.

¿Llamó Guzmán a la prima? ¿Llamó la prima a Guzmán?

Guzmán llamó a la prima. Si me llaman por una plata, por favor avisame. La prima no llamó. ¿Me llamaron? No te llamaron, Guzmán. ¿Estás segura? ¿Tenés contestador? Entonces Guzmán llamó a esa casa y volvió a repetir el teléfono de la prima y llamó a la prima y llamó a esa casa no estamos deje su mensaje lo llamaremos y de vuelta a la prima y Guzmán llama y llama y llama y no, nadie te llamó, Guzmán.

Una noche, frente al plato de polenta con salsa de tomate pero sin queso, Guzmán hizo la cuenta de las llamadas a la casa del trabajo de morondanga y los ciento veinte pesos y a la casa de la prima: veinticuatro pesos con cincuenta y cinco centavos.

O sea que, los ciento veinte pesos, ya no son ciento veinte pesos, son noventa y cinco pesos con cuarenta y cinco centavos. A lo que ahora —ahora es cuando el tren y Guzmán están llegando a la Estación Once— hay que sumarle y restarle, el peso veinte del tren, la llamada desde un locutorio en las inmediaciones de la Plaza Congreso y la posible vuelta a Morón: si toda va bien, dos pesos con cuarenta y cinco centavos.

O sea: noventa y tres pesos con nada. Noventa y tres pesos clavados.

Guzmán enfila por la Avenida Rivadavia, sin mirar nada, rumbo al locutorio. Tres cuadras más adelante, el locutorio se yergue como si lo estuviera esperando. Durante las tres cuadras Guzmán no pensó en nada. No miró negocios, no miró mujeres, no miró autos, perros o bares. Nada.

—Una cabina.

—La dos.

Guzmán marca el número de teléfono.

—Habla Guzmán.

—El señor no está.

—¿Y la señora?

—Tampoco.

—¿Cuándo llega?

—El señor, no sé. La señora al mediodía, con los chicos del colegio.

—¿Al mediodía?

—A la una, más o menos.

Guzmán corta un segundo antes de que el tarifador electrónico deje caer una nueva ficha: veinticinco centavos. Paga con el peso, recibe los setenta y cinco centavos de vuelto y camina las dos cuadras hasta la Plaza Congreso. Tentando a la suerte y siempre sin pensar se detiene en un quiosco:

—¿Vendés cigarrillos sueltos?

—No.

Otro quiosco:

—No. No vendo suelto.

Otro:

—No. Hay uno que vende sueltos. Acá, en la otra cuadra.

Guzmán, en el quiosco de acá en la otra cuadra, compra dos cigarrillos sueltos y una cajita de fósforos. Sentado en el banco de la Plaza Congreso, Guzmán fuma. Tiene tres horas por delante, dos cigarrillos, una caja de fósforos y quince centavos en el bolsillo. Un chiquito zaparrastroso se acerca:

—¿No tiene una moneda para darme?

Guzmán, totalmente entregado, saca los quince centavos y se los da.

—Gracias, señor.

A la una menos cuarto Guzmán se levanta y emprende la caminata hasta la casa del trabajo de morondanga, los ciento veinte pesos que en realidad son noventa y tres clavados y la señora que vuelve al mediodía con los chicos del colegio. En sus bolsillos hay una cajita de fósforos con noventa y siete fósforos y un pañuelo. Nada más. Pero Guzmán no piensa en nada y camina.

A la una menos diez llega hasta la casa y toca el timbre.

—La señora no llegó.

—Ah, bueno. Pero viene, no.

—Sí. Trae a los chicos.

Mientras la mujer de la limpieza dice la palabra chicos, Guzmán, fugazmente, piensa en los suyos: el mayor de once y la menor de nueve. Piensa que, a estas horas, ya estarán en su casa, tomando un café con leche. O piensa que, con suerte, algún amiguito los habrá invitado a jugar y piensa que la madre de algún amiguito, en este preciso momento, les estará diciendo:

—¿Quieren milanesas con puré?

La mujer de la limpieza ya cerró la puerta, dejándolo a él, a Guzmán, a la espera, paradito como un granadero, mientras la gente pasa y pasa. Guzmán se muere de las ganas de fumar y trata de no pensar en nada. Pero recuerda que, durante ambas caminatas, de ida y de vuelta a la Plaza Congreso, varios muchachones y algún que otro viejo le pidieron plata, cigarrillos o lo que fuera. Y no eran cirujas o borrachos o crotos descalzos y con la ropa sucia de orín e intemperie. No. Era gente como él. Guzmán se muere de las ganas de fumar y la gente pasa.

Sin pensarlo, le pide a un hombre:

—Señor, ¿no me convida un cigarrillo?

El hombre viene fumando. En el bolsillo de la camisa se nota el bulto concreto de un paquete de cigarrillos. El hombre lo mira con cierta desaprensión. El hombre, sin detenerse, le dice:

—No fumo.

Dos menos cuarto y la señora no trae a los chicos del colegio. Guzmán piensa que ya se ha olvidado del marido y que todas sus esperanzas están colocadas en esa señora. Esa señora que no viene.

—Ya tendría que haber llegado —le dijo la mujer de la limpieza.

Le están cerrando de nuevo la puerta en las narices, la gente pasa, Guzmán se muere de las ganas de fumar, cuando un taxi se detiene y la señora que trae a los chicos del colegio baja con, por supuesto, los chicos que trajo del colegio. Una rubita y un flaquito, de la misma edad que los hijos de Guzmán. Vestidos, ambos, con blazers, impecables, engalanados con rotundos escuditos en el bolsillo superior, sí, escudos que dicen algo como english school. Otra palabra que Guzmán no puede descifrar y english school. Los chicos corren hasta la puerta y tocan el timbre mientras la señora paga el taxi. Paga, recibe el vuelto —dinero, algo de dinero, piensa o siente Guzmán, como si fuera un reflejo de Pavlov—, baja, cierra la puerta, y camina hasta la puerta de la casa.

Ni la señora, ni los chicos, lo han mirado, a pesar de estar allí, parado, como un granadero, junto a la puerta, viendo pasar a la gente y muerto de las ganas de fumar.

—Señora.

La señora lo mira con sorpresa. Luego, lo escudriña. Finalmente:

—Ah, usted. Cómo le va.

Guzmán está por decir algo cuando la puerta se abre, los chicos se abalanzan a los gritos en la casa, la mujer de la limpieza los recibe chacoteando y la señora cómo le va, agrega:

—Mi marido no está.

Guzmán está por explotar, pero la señora mi marido no está, agrega, aún:

—Pase, pase.

Guzmán está adentro de la casa. Una casa que conoce bastante bien, en parte, al menos, ya que en ella estuvo trabajando tres días. Durante esos tres días Guzmán pedía a la mujer de la limpieza que le abriera la puerta para salir y la mujer de la limpieza le abría la puerta cuando volvía con una bolsita con cemento, o sellador, o epoxi, o lo que fuese. A los chicos, a la rubita y al flaquito, los veía pasar, de tanto en tanto. Los veía entrar en la cocina, abalanzarse sobre la heladera. Pero, a pesar de no verlos, los escuchaba, todo el tiempo.

A la señora también la veía. Mejor dicho, la vio, durante esos tres días. A la mañana, temprano. Al mediodía, comiendo junto a los chicos. A la tarde. Siempre.

Uno de esos tres días la señora salió al mediodía y regresó a la tardecita, casi cuando él ya se iba. Regresó con otra mujer, una amiga. Regresó cargando bolsas de ropa. Guzmán las escuchaba hablar, mientras barría la montañita de basura, la juntaba en una bolsa, guardaba las herramientas, tomaba un vaso con agua de la canilla. Las escuchaba decir:

—Mirá esta campera.

—Qué buena. ¿Cuánto la pagaste?

—Doscientos veinte. En tres cuotas.

—¿Cuero?

—Del bueno.

En la casa hay de todo. Varios televisores, equipos de audio, computadoras, microondas, heladera, freezer, lavavajillas, lavarropas, secarropas, cinta para hacer gimnasia, juegos electrónicos caros, aire acondicionado, teléfonos celulares, bodega repleta de botellas de vinos finos, y muchísimas cosas más. También hay dos perros, un boxer, Chaco, lo llaman los chicos, y una perra negra un poco vieja. Guzmán no se acuerda del nombre. ¿Lorelai?

Está pensando en algo indefinido que no es la plata ni el boleto ni las ganas de fumar cuando la señora entra y deja sobre la mesada de la cocina un teléfono celular y un paquete de cigarrillos, coronado por un bonito encendedor dorado. Puede ser de oro.

Se puede empeñar, parece que piensa Guzmán.

—Menos mal que vino —dice la señora—, porque hay una mancha de humedad en el lavadero.

Guzmán mira el paquete de cigarrillos. Está por pedirle uno. La señora agrega:

—Esa mancha no estaba antes.

Guzmán la mira, perplejo. Luego, guiado por el gesto de la señora, sale al lavadero y busca la mancha de humedad. La señora se queda en la cocina, esperando. Guzmán vio, también, antes, una cafetera eléctrica encendida. Y vio la jarra, rebosante de café negro. Busca la mancha de humedad. No la encuentra. Ve —aunque no se ve— su propio trabajo. Mira, abajo y arriba.

—Allá —señala la señora, ahora a su lado.

Guzmán no aguanta más:

—Disculpe. ¿No me convidaría un cigarrillo?

La señora, sin entonación discernible, dice:

—Preferimos no fumar en la casa.

Guzmán no dice nada y espera. Qué esperás, Guzmán. La señora vuelve a señalar:

—Ahí.

Nuevamente guiado por el gesto de la señora, Guzmán alza la vista y ve, nítidamente, una larga mancha de humedad que decora el triángulo donde confluyen las dos paredes del lavadero con el techo y desciende, como un lagarto que se estirara rumbo al pantano, casi hasta el picaporte de la puerta que da al patio. Mira la mancha, Guzmán, y se le empieza a formar una idea, vaga, difusa, casi generacional, casi de lucha de clases, podría decirse, estirando dialécticamente las propiedades de la ley de la causalidad. La señora, mientras Guzmán siente —no piensa, siente— la germinación de una idea, agrega, como siempre:

—Antes no estaba.

Esta frase pudo haber matado el germen de la idea. Pero no lo hizo. Sí, le impuso un sosegate bastante violento. Retrotajo a Guzmán a su precaria situación. En un segundo, o menos, Guzmán tradujo la intención en la frase de la señora:

Mañana a las nueve

"Usted ha venido a reclamar una deuda. Pero su trabajo ha sido incompetente, ya que, a consecuencia del mismo, un nuevo sector de nuestra casa, de esta casa reluciente a la que no le falta nada, se ha visto afectado por un deterioro del que usted, sólo usted, es totalmente responsable. Así que, olvídese de la deuda y ocúpese de arreglar el problema. Por esa sola razón usted ha podido encontrarme y por esa sola razón usted está ahora en mi cocina"

Mañana a las nueve

Guzmán siente que, de los muchos diálogos o situaciones imaginados a lo largo de lo que va del día, un par de ellos se van convirtiendo en pertinentes. Sabe que puteará a la señora, que perderá la noche, que esperará al marido para trompearlo, que, quizás, termine en la comisaría, sabe que conseguirá un desahogo egoísta, sabe que echará en esa casa, o en las inmediaciones, todo el lastre de angustia a que lo ha obligado la vida, la herencia, la clase social o la propia estupidez, sabe que, en definitiva, todo terminará mal, que no cobrará los ciento veinte pesos que en realidad son noventa y tres clavados y que sus hijos no comerán mañana ni en los días sucesivos.

Entonces, el peso de lo inevitable lo abruma, lo penetra hasta en lo más hondo de su ser. En un segundo se siente doblemente derrotado, por las circunstancias y por su propia debilidad. Pero se repone. No sabe cómo pero se repone. Abstrae su seso del fatalismo y retoma la observación de la mancha de humedad. Prodigiosamente decide salir al patio. Casi de milagro toma la escalerita apoyada contra una pared y revisa la canaleta del techo. Por una concatenación imposible de vislumbres alcanza a entender el porqué de la mancha. Finalmente, con el corazón en la boca, entra, encara a la señora y le dice:

—Esa mancha es porque está roto el caño del desagüe pluvial, señora. No tiene nada que ver con mi trabajo. Es otra cosa.

—¿Cómo, otra cosa?

Guzmán siente que la señora está a la defensiva, con su ceja arqueada y su encendedor de oro. Siente que, ahora, las cosas se han puesto de su lado. Sabe, de todas maneras, que esto es muy precario. Sabe que no sabe para qué lado agarrará la señora. Sabe que, si discute con ella, no cobrará, se encabronará, puteará, terminará en la comisaría y todo lo demás.

Ambos, por distintas razones, están a la defensiva.

Y, para confirmarlo, entre ambos, con la solidez de un muro, cae el silencio.

Pero Guzmán sabe que, de ambos, él es el más débil y debe hablar, debe decir algo, debe quebrar ese silencio porque si la señora cómo, otra cosa empieza a hablar él perderá, de manera terminante, sin piedad, sin la menor posibilidad de revertir nada. Perderá como ha venido perdiendo, desde que se acuerda, y con él han perdido su mujer y sus hijos. Y también perderán los hijos de sus hijos porque el destino de perder —siente Guzmán— está incrustado en el más recóndito de sus cromosomas. Guzmán debe hablar, sí o sí, ahora:

—Fíjese, señora. Fíjese. Está roto ahí afuera. El caño que baja al desagote, ve. Y ahora empezó a perder. Hay que arreglarlo antes de que le estropee toda la pared y el techo.

Ahora, quien mira la mancha de humedad, es la señora.

Entran los hijos, la rubita y el flaquito:

—Má, vamos a lo de Juampi, ¿nos das plata?

La señora dice sí, distraídamente, con la cabeza puesta en la mancha de humedad, en la pared y el techo que van a estropearse y en el marmota que tiene enfrente. Dice que sí y toma la billetera que lleva en un bolsillo del jean. Sin que Guzmán pueda ver el contenido saca un billete de veinte y se lo da al flaquito, ante la mirada ansiosa de la rubita. Los chicos gritan chau y se van. La mujer, junto al marmota que tiene enfrente, vuelve a guardar la billetera.

—Hay que arreglarlo, dice. ¿Usted se encarga de estas cosas?

Entonces, el germen de la idea sosegada anteriormente, vuelve a despertarse. Para que pueda despertarse bien, para que obtenga toda su lucidez, para que esté con los ojos bien abiertos, Guzmán piensa y repiensa, mirando la pared, mirando la mancha de humedad, pero con la cabeza en otro lado, con la cabeza enfocada en un antiguo sueño idílico.

Y le viene bien, a Guzmán y a la idea, que la mujer de la limpieza aparezca en la cocina:

—Señora, tengo que ir al supermercado.

Y la señora vuelve a decir que sí, y pregunta si se han pagado las facturas de gas y de luz, y como la mujer de la limpieza le dice que no ordena que hay que pagarlas y echa unas cuentas mentales con la ayuda de la mujer de la limpieza y entre ambas arriban a una suma de dinero apreciable que se repartirá entre la empresa de la luz, la empresa del gas y el supermercado del coreano de acá a la vuelta que vende el pollo más barato.

Y esa suma, con un poco más, vuelve a salir de la billetera de la señora.

Ya están solos, Guzmán y la señora. Una señora, después de todo, piensa Guzmán, bastante más calmado y confiando en su suerte, que no está nada mal, que no huele nada mal, y que está a escasos veinte centímetros de él. Puede Guzmán pensar en esto, sí. Por unos momentos imprecisos, mientras la señora también piensa, puede pensar que la señora es una yegua. Sí, señor. Una yegua.

La yegua, después de reflexionar, pregunta:

—¿Y cuánto sale?

Guzmán ya ha decidido cuánto sale, con algo más parecido a la perspicacia que al razonamiento. Lo ha decidido mientras la yegua le recomendaba a la mujer de la limpieza que verificase las fechas de vencimiento de los yogures. Tiene la cifra en la cabeza, pero no sabe cómo enmascararla. Le falta ese detalle. Mira la pared, con la yegua cuánto sale a su lado, y se reprocha por no encontrar las palabras adecuadas.

Pero las encuentra.

—Mire, como ya hice un trabajo acá, qué sé yo, le cobro los materiales, nada más. Y el viático. Total, su marido dijo que me iba a recomendar. Qué le parece.

No se lo dijo a la yegua, se lo dijo a la señora. O sea, lo dijo en el tono con que se habla a una señora. Se lo dijo persuasivamente, con humildad, sin dejar de mirar, alternativamente, a la señora y a la mancha de humedad. Habló con suavidad, lentamente. Qué le parece.

—Me parece bien.

Pero aún no le dijo el precio de los materiales, le informa la señora me parece bien.

—Y... A ver... Déjeme ver.

Guzmán revisa la canaleta, trepado a la escalerita. Elogia la cerámica que hay que romper. Calcula cemento, cerámica de repuesto, caño, uniones, cal, arena, agrega varias cosas más que inventa en el momento, suma, piensa, se muestra humilde, tratando de cuidarle el pesito a la señora, tres días y está listo, señora, dice Guzmán mientras piensa.

—Y... ciento cincuenta.

Antes de que la señora responda, Guzmán agrega:

—Cien, o ciento veinte para los materiales. La diferencia la arreglamos. Veinte pesos, o treinta. Lo importante son los materiales.

—Ciento veinte —dice la señora.

Guzmán mira un poco más el futuro trabajo antes de decir:

—Sí.

Y agrega:

—Hay que hacerlo rápido porque si se le llena de agua el techo, ahí sí, se le va a venir todo abajo, y entonces...

Guzmán, cuando dice se le va a venir todo abajo, señala el techo del lavadero, el techo de la cocina lindante y más allá; abarca, con el gesto del brazo, toda la casa, todo el barrio. Se va a venir todo abajo, todo, la casa, el barrio, la Plaza Congreso, el quiosco de los cigarrillos sueltos, el colegio de la rubita y el flaquito, la casa de Juampi, el supermercado de los coreanos que venden el pollo barato. Todo, señora, todo abajo.

—¿Y cuándo puede empezar? —dice la señora a la que se le va a venir todo abajo.

—Mañana mismo —dice Guzmán, todavía con el brazo en alto —. Hay que empezar mañana mismo.

—Uh —dice la señora.

Guzmán ya echó la carne en el asador. Ya no hay vuelta atrás y ahora todo depende de la señora que se agarra la cabeza y se da vuelta y camina de aquí para allá. Mañana mismo, parece seguir diciendo Guzmán con su silencio. La señora camina, de aquí para allá, en la cocina y sus pasos resuenan, secos y preocupados. Guzmán trata de no pensar, para que el tiempo pase más rápido. Los pasos suenan en la cocina y el tiempo pasa como pasa siempre.

—Tengo que hablar con mi marido —dice la señora.

La situación es incierta y Guzmán piensa —no piensa, siente— que dio todo de sí, y que todo lo que dio es lo máximo que podía dar y que, personas como él, a la larga o a la corta, siempre dependen de señoras como ésta y de maridos al otro lado de un teléfono. Sabe, eso sí, que esta gente pone por delante sus cosas a todo lo demás y que la catástrofe del techo puede ser un buen anzuelo. Mientras la señora se va a otra habitación a llamar al marido, Guzmán, desesperado, toma el paquete de cigarrillos y saca tres. No se anima a encender uno, pero guarda los tres cigarrillos en el bolsillo, junto a la caja de fósforos. Mira la jarra de café. Hay un par de tazas, boca abajo, en el escurridor. Toma una taza, toma la jarra y sirve café. Así, amargo como está, se lo toma a los apurones. Luego, enjuaga la taza.

La señora está hablando con el marido pero Guzmán trata de no escuchar.

Pasa el tiempo, tiene los cigarrillos —un disfrute futuro— en el bolsillo y el sabor cálido del café en el paladar y en la memoria. La idea, en el seso, está como acunada, a la espera. Guzmán trata de concentrarse, y, para ello, vuelve al lavaderito y hace como que revisa la pared, el techo, hace como un hombre preocupado por el trabajo.

La señora vuelve a la cocina, con el semblante absorto.

—Está bien. Dice mi marido que sí, que hay que hacerlo.

No dice nada más. A Guzmán le cuesta hablar del dinero que la señora no menciona, así que piensa llegar a él por un camino más largo.

—Estas cerámicas se consiguen pero son un poco caras.

—Sí. Claro que salieron caras.

—Sí. Va a haber que reponer... a ver... Digamos, unas quince.

—Quince.

—Sí. Pero no se venden sueltas. Hay que comprar una caja. Después quedan de repuesto, usted sabe.

—¿Usted puede empezar mañana?

Guzmán puede empezar mañana, claro que sí, simplemente debe ir al corralón y comprar los materiales. Si tiene suerte puede llegar hoy mismo. Allá, en Morón, hay uno muy grande y que tiene buenos precios. Si saliera ahora...

—¿Y cuánto necesita?

A Guzmán se le ensancha el pecho. Le está saliendo bien. Agradece, incluso, no tener teléfono. Pero no se anima a repetir la cantidad. Entonces, suma, tanto de cemento, tanto de cerámica, tanto de caño, de cuplas y otras cosas que se inventa. Va poniendo las sumas así, en el aire: tanto de esto, tanto de aquello...

—Ciento veinte —dice la señora.

Guzmán asiente, sin mirar a la señora, con la mirada fija en la mancha de humedad.

—Espere que ya vengo —dice la señora.

Ahora, cuando la señora ha salido de la cocina rumbo a donde fuera que guarden la plata en esta casa, Guzmán puede permitirse el lujo de pensar en su mujer y en sus chicos. Piensa en un buen asado, a la parrilla, con una buena cantidad de ensalada de papas. Piensa en un pan crocante, tierno, blanco. Piensa en una botella de vino bien fresco y en una gaseosa. Piensa en un flan casero y en café, en dulce y buen café, bien entrada la noche, junto a su mujer, ambos, los dos, sentados en el fondo, mirando la noche sobre Morón.

Piensa en un paquete de cigarrillos.

Piensa en sí mismo y la señora ausente vuelve a ser una yegua.

La yegua entra en la cocina con dos billetes en la mano:

—Ciento veinte —dice.

La yegua está parada junto a Guzmán, en bombacha y corpiño. Tiene un cuerpo sólido, erguido, cuerpo cuidado y oloroso. El pelo, ahora, está suelto y cae sobre los hombros. Está descalza, lo que la hace más baja, más apetitosa, más asequible. Está junto a él y Guzmán siente, como si los estuviera tocando, el fervor del busto, el sinuoso camino de la espalda, la fortaleza de los muslos, el manantial lascivo de los labios, las manos calientes.

—¿Le pasa algo? —dice la yegua.

—No, no. Estaba pensando, nada más.

Guzmán estira la mano y toma los billetes. Sin resistencia, la mano de la yegua los ha soltado y ahora están en la mano de Guzmán, que los mira. La yegua tiene olor a perfume, un perfume dulzón y enamoradizo. Guzmán se guarda los billetes en el bolsillo.

—Mañana a las nueve vengo.

—Está bien. Lo esperamos —dice la yegua.

Guzmán quisiera decir algo más pero no sabe qué. La yegua sale de la cocina, precediéndolo, rumbo a la puerta de calle. Abre, la puerta de calle, la puerta por la que Guzmán pasa, sin pensar. Y se queda parado, en la vereda, como antes, como cuando esperaba, como un granadero. La yegua se queda en el vano de la puerta. El día está destemplado.

Pasa una vecina y saluda a la yegua. La yegua —perdón, la señora— responde el saludo.

Guzmán se quiere ir pero no puede.

—Bueno —dice la señora, con impaciencia—. Mañana a las nueve.

Guzmán sonríe, mira a la señora con esa sonrisa —la primera de este día— y dice:

—Sí, señora. Mañana a las nueve.

Mañana a las nueve

 
         
         
         
         
         
        © Norberto Olaizola Datos sobre el autor  
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