P O R T A D A            
Giancarlo Andaluz
línea
 
  línea línea línea línea línea línea línea
  37     La rutina de don Anselmo.        

La rutina
de don Anselmo

 
foro de opinión punto de encuentro          
tierra - prosa (pulsa aquí para entrar) índice de autores              
   
 

 

Cada mañana era como una parodia de la anterior, una copia casi perfecta del ayer, salvo por el clima y alguno que otro vuelo de un nuevo pájaro, los días eran siempre iguales para don Anselmo, quien había adoptado la extraña costumbre de repetirse en las mañanas durante los últimos once años de su ya desvirtuada vida. Yo vivía muy cerca al puesto de vigilancia, después de la repentina partida de Anselmo me mudé cerca al mar, pensé que tal vez la brisa marina hubiera hecho menos infeliz su vida, yo no querría una vida así, por eso opté por vivir solo en el sur. Recuerdo la primera vez que vi al viejo Anselmo sentado en la banca que sería como su refugio hasta el fin de sus días, era una fría banca de madera mal labrada, estaba bajo la sombra cálida de un roble centenario rodeado por dos macizos de jazmines. La trocha hasta esa banca era pedregosa, como una lija número siete, siempre cubierta de hojas secas que caían del viejo roble y de manchas de las heces de cuanto pájaro se posara en sus ramas. Hasta ese lugar recuerdo que no llegaba el ruido de la ciudad, aun cuando a unos veinte metros se encontraba la avenida principal siempre convulsionada de combis, buses y demás autos. Era como una minúscula isla en medio de la urbanización, uno tomaba asiento por la mañana y podía perderse en sus dominios por largas horas, o hasta que el frío gris o alguna lluvia rala impidieran la tranquila estancia en el lugar.

Pero volviendo a la primera vez que vi llegar a Anselmo desde la esquina oeste del parque con andar circunspecto, cabeza agazapada como buscando algo en el baldío piso, manos cruzadas por la espalda sosteniendo un periódico matutino y un termo cromado, los profundo lentes que parecían tener el poder especial de ver a través de la primera piel de las cosas, la barba copiosa y blanca, un viejo saco verde con líneas verticales cafés, los zapatos acharolados con flecos de cuero moviéndose independiente a los pasos dados, y la mirada más deprimente que jamás haya visto antes. Caminaba directo hacia el mismo lugar, hasta la banca de madera tallada, tomaba asiento muy despacio, controlando cada uno de sus segundos, tratando de no desperdiciarlos con movimientos banales. Cruzaba las piernas una vez acomodado en el incómodo asiento, colocaba el periódico del día a su lado izquierdo, el termo de aluminio bajo la banca, encajado en un hoyo circular lleno de hojas insignificantes, las cuales retiraba cada mañana antes de depositar en él su lustroso termo.

La rutina de don Anselmo.

Esa mañana era la primera del resto de mi vida retirada. Hace poco me habían dado de baja en el ejército y ahora era un flamante general en retiro que no tenía mayor cosa que hacer que dedicarse todo el tiempo que ahora me sobraba y para eso tenía en mente idearme una rutina que me permitiera matar el rato; ahora vivía solo, era un viudo solitario con tres hijos a mil leguas de distancia y cada uno con una vida diferente.

Mi esposa murió unos años atrás debido a una complicada enfermedad que le quitó dos años de su despreocupada vida, vida muy social además de tanto almuerzo y baile con las esposas de mis amigos, una vida de la que nunca me sentí parte del todo, alejándome cada vez que podía de aquellos encuentros en sociedad para dedicármelos al nuevo hábito que había adquirido ya de viejo, el de la lectura. Fueron dos años de sufrimiento compartido con las obligaciones que mi empleo me proporcionaba, dos años de hospitales y quimioterapias, dos años de preocupaciones sin fin, que al final nos hicieron desear una solución rápida para tanto mal, solución que llegó con todo lo que una muerte viene trayendo, todo miedo, todo dolor, todo recuerdos; de vez en cuando a cierta hora del día, pienso en los buenos momentos que vivimos juntos y ahora tan solo como me encuentro en esta enorme casa, deseo más que nada, como alguna vez deseé que el dolor acabase con tan largo pesar, reencontrarme con mi Alma querida en cualquier lugar que ella esté ahora, que seguramente debe ser mucho mejor que acá en tierra.

Como tenía ahora tiempo de sobra, como oficial jubilado, con hijos grandes y lejanos, decidí crear una rutina para distraerme durante el día hasta llegada la noche que era cuando me dedicaba en cuerpo y alma a escribir una novela, la misma que había comenzado a escribir unos meses atrás antes de mi jubilación apresurada.

Sabía que no era escritor ni mucho menos, los pocos conocimientos que tenía acerca del arte de escribir lo había adquirido con la experiencia de cuanto libro había leído en mi vida, hábito que recién al ocaso de una vida al servicio de la patria había adquirido, devorando muchísimas obras con avidez y entendimiento, como un joven en busca con desesperación una experiencia nueva. Me dije que sería sólo un libro el que escribiría, tampoco era dable que a la postrimería de mi vida me las dé de escritor experimentado, con una extensa obra como legado a las generaciones futuras; solamente era un compendio de toda una vida dedicada al ejercicio de la disciplina como soldado que fui, y de los buenos además, defendiendo a morir en los pocos conflictos que tuve la desgracia de enfrentar. Sería sobre todo un libro autobiográfico a manera de conmemoración a toda una vida dedicada a un país en este caso al país que me vio nacer.

Sólo escribía de noche, no sé de donde adquirí esa costumbre de sólo escribir de noche, traté varias veces de cambiarlo pero todos los intentos fueron en vano, sólo podía escribir de noche. Entraba a mi estudio después de cenar, a eso de las siete de la noche más o menos, y me quedaba frente a la computadora hasta las dos de la mañana aproximadamente según como haya pasado el día y ocurriera lo que no era muy usual, que el sueño termine por vencerme, dejándome tendido sobre el viejo canapé de terciopelo del estudio, donde tantas otras noches las pasé como entre nubes después de un día sumamente agotador.

Escribía pausadamente, sin apuros, con este método avanzaba poco pero avanzaba, y eso era ya un gran logro para mí. Me acompañaban siempre una jarra con agua mineral, un cesto con frutas fresca, y mi biblioteca, con tres mil libros aproximadamente, a decir verdad los tenía ordenados y contabilizados en la computadora en orden de antigüedad, sumaban en total tres mil ciento catorce libros, entre literatura, historia, artes, cine, enciclopedias, libros de derecho, algunos de medicina, libros de estrategias de guerra, cuentos infantiles, códigos estatales, y varios trabajos personales que hice en mi época de estudiante de ingeniería mecánica, una época muy recordada de la que tengo los mejores recuerdos. Ya tenía la noche ocupada permanentemente, de siete a dos no podía hacer otra cosa que escribir, sólo tenía que idear una rutina no tan agotadora para ocupar la mañana y la tarde, la cual no demandara mucho interés en algo en particular, sino más bien algo como pasar el rato, sin distanciarme por completo de la realidad y de mi libro.

Decidí escribirla en la computadora y luego imprimirla y al final colocarla bajo un imán en la puerta de la refrigeradora. Me levantaba a las seis de la mañana, esa costumbre la adquirí en la escuela de oficiales a punta de manguerazos fríos, lo que haría mi despertar menos complicado ahora en la tranquilidad de mi retiro. Me montaba en la bicicleta estacionaria durante media hora, con la ventana abierta con vista al parque dejando que el aire entre y se deslice a sus anchas por toda mi habitación. Luego me dirigía al baño y tomaba una ducha fría, sin importar la estación ni las noticias del clima en el noticiero matinal, sólo con una ducha fría uno puede permitirse tener un excelente día, eso también lo aprendí en la escuela. Luego me vestía de sastre, me perfumaba con una colonia fresca de aroma a bálsamo, de olor suave pero profundo y duradero. Una vez vestido, me dirigía al mercado del distrito para hacer las compras del día, tenía un menú establecido para todo el mes, siempre variaba con la llegada de un mes nuevo pero en si, los platos eran los mismo pero en distinto orden de preparación. Al llegar del mercado me disponía a cocinar el plato del día, me colocaba el mandil de cocina, encendía la radio y ponía un disco de boleros de cantina, recordaba las noches en la selva combatiendo contra los disidentes, y las largas tardes serranas abrazado por el calor de una fogata de algarrobo, bebiendo café con aguardiente y fumando un cigarro sin filtro, escuchando viejas leyendas de nuestros antepasados contadas de manera genial por los ancianos de los pueblos. Luego de cocinar almorzaba en el gran comedor de cedro que mandé hacer a un carpintero renombrado, cada silla era distinta a la otra, la mía tenía mis iniciales en el respaldar, GA decía, con letras formadas por ramas de eucalipto y dos rifles cruzados, las sillas de mis hijos y el de mi esposa lucían ahora cubiertos por una lona blanca ocultándome de alguna manera su recuerdo.

Por las tardes salía a correr alrededor del parque, media hora de trotar, luego media hora de caminar, antes de volver a casa y tomar otra ducha, pero esta vez caliente.

Luego de la ducha me dirigía al garaje y limpiaba el auto, mi viejo caballo salvaje, un bien cuidado Impala al cual le dedicaba la tarde para mantenerlo con buen ritmo. Lo limpiaba con aditivos especiales, revisaba el nivel de aceite, que el radiador tenga la suficiente agua, el nivel de gasolina, la presión de la llantas, y después de todo eso, salía a conducir por las horribles pistas de esta ciudad hasta que el cansancio me ganase, siempre me vencía muy cerca al mar, hacia el sur, donde me detenía frente a él, cogía mi caña de pescar y perdía las horas vespertinas entre el sonido hosco del mar pacífico, el golpe en las rocas, el olor a algas y la tranquilidad de saberme casi siempre solo, en medio de ese paisaje magnífico que conformaban el mar, las tierras desoladas en las que me detenía, y el sol anaranjado cayendo por el horizonte al mar eterno que lo recibe con los brazos abiertos.

Durante los inviernos, salvó por los hermosas puestas de verano, la rutina era siempre la misma, pero con más protección contra el inclemente frío de estación.

Llegaba a casa cerca de las seis de la tarde con la canasta llena de pequeño peces en su mayoría (algunas veces, raras ocasiones, llegaba con un bonito azulado de ocho kilos, o con un lenguado blanco de diez, lo que coronaba en la cena con una botella del mejor vino blanco de la casa) y preparaba a veces sudado, otras veces parihuela, o simplemente pescado frito, lo que acompañaba con pan al ajo recién horneado y una copa de vino, con la infaltable música que tanto gustaba oír.

Todo ocurría dentro de un mismo régimen, nunca o casi nunca se alteraba la rutina, pero desde que descubrí al viejo viniendo todos los días entre sus ejercicios de bicicleta y el desayuno moderado me vi obligado a alterarla.

Ya antes había notado la presencia del anciano en el parque, al principio pensé que se trataba de algún nuevo vecino que se había mudado cerca al parque y que como yo no tenía mayor cosa que hacer que ir todos los días al jardín para distraerse tal vez, de su agobiante edad. Con el tiempo me había acostumbrado a verlo cada mañana mientras pedaleaba distraídamente mirando el parque, me parecía inofensivo y decadente, no podía hacerle daño a nadie aun sí lo intentara, era un viejito viviendo los últimos días de su lacónica vida. Lo observaba sin mirarlo de verdad, no le tomaba importancia mayor a la que en realidad merecía, en mi mente tenía la concepción de la rutina que tenía planeada para ese nuevo día, apenas bajaba de la bicicleta, dejaba atrás al anciano extraño del parque y volvía a mi propia vida, perdiendo su recuerdo en los confines menos visitados de mi memoria.

La rutina de don Anselmo.

Un buen día noté algo que me llamó la atención en el accionar diario del anciano, nunca antes me había percatado de las cosas que hacía una vez sentado en la banca, dejé de pedalear cuando lo vi dejando el periódico en perfecto orden al lado izquierdo y el termo cromado dentro de un pequeño agujero del cual primero retiraba una considerable cantidad de hojas minúsculas. Volvía a apoyarse en el respaldar horizontal de la banca, metía la mano en el horrible saco que siempre traía puesto, se sacaba los lentes de resina y le colocaba unos oscuros encima de la montura, luego se los volvía a poner y observaba, de lo más relajado se dedicaba a mirar indistintamente varios puntos, hasta que me percaté que le dedicaba mayor tiempo a uno en particular, un gran ventanal ubicado justo sobre su hombro derecho, a veinte metros de distancia.

La primera vez que me percaté del hecho, lo pasé por alto y deduje que se trataba de una simple coincidencia, pero con el pasar de los días viendo la repetida rutina del anciano, me di cuenta de lo que pasaba en realidad. Una mañana dejé de pedalear definitivamente para poder seguir al viejo con mis binoculares. Repetía lo del periódico, el termo, la limpieza del hoyo, la mano en el saco, la montura del lente las gafas negras y los ojos sobre el hombro derecho hacia la misma ventana sin cortinas a veinte metros de distancia, lo seguí con los ojos y pude ver lo que realmente hacía ese tipo extraño.

En aquella casa de la gran ventana sin cortinas vivía una familia recién llegada a la urbanización. Estaba conformada por una mujer bastante guapa, señora ya, de unos cincuenta años, reducidos considerablemente con la ayuda (seguramente) del las artes de un excelente cirujano y las máquinas del mejor gimnasio que se pueda pagar. La bella dama vivía con su marido, un abogado reconocido, un hombre de mucho dinero, y con tres niños, dos menores de quince años y otro, la mayor, una linda jovencita de unos veinticinco años de edad. Al principio me pareció que aquel viejo era un simple pervertido que se dedicaba a husmear en las ventanas ajenas a las lindas señoras que por ellas paseaban sus hermosos y bien cuidados cuerpos, cosa que no me pareció tan repugnante viendo la fragilidad del anciano, —así no le podía hacer daño a nadie— pensé.

Lo seguí por varios meses, siempre hacía lo mismo, llegaba miraba y luego se iba por el mismo camino por el que llegaba, siempre mirando al suelo como buscando algo, y con los enormes lentes profundos que se perdían en ese nido de arrugas que era su rostro, donde lo que más resaltaba eran sus ojos pequeños y plomizos igual a un gato maula de esos que vagaban por los techos del vecindario en busca de algún pájaro distraído.

 

Habían pasado cinco años y el viejo repetía la misma rutina a diario, yo por fin había terminado de escribir mi autobiográfico y estaba siendo evaluado por una editorial de renombre, la misma que me había asegurado el éxito del libro. Ya había perdido las noches porque había terminado de escribir, así que usé esas horas libres para investigar el pasado del anciano y descubrir qué lo trajo al parque todos estos años.

 

Durante varios meses dediqué mi tiempo a investigar todo lo referente acerca del extraño anciano del parque, lo seguía por las mañanas desde mi bicicleta estacionaria entre boleros y toallas húmedas, luego, después del desayuno, lo seguía hasta perderlo de vista de la urbanización, me dirigía como todos los días al mercado popular, bolsa en mano, un poco más temprano que antes para cruzármelo en el camino. Lo veía caminar entre los árboles añosos siempre con la mirada baja, como buscando algo aunque no sabía qué. Medía cada uno de sus pasos a través del sendero diagonal lleno de imperfecciones, hojas caídas, heces de pájaro y pequeños hoyos donde siempre se amontonaban pequeñas hojas y las gotas del rocío de la mañana. mi ruta hacía el mercado no variaba en lo absoluto, transitaba despacio, calculando el tiempo exacto para cruzarme con el viejo justo al final de la esquina que daba a la avenida principal, donde se detenía de su lento andar y esperaba el bus para desaparecer hasta la mañana siguiente cuando volvía, como un espectro, al parque.

 

Un día decidí seguirlo hasta su paradero final, repetí cada paso hasta cruzarnos en el paradero de la esquina donde ambos terminamos esperando el mismo bus, él, con el periódico enrollado en las manos y el termo mucho más liviano que en la mañana, yo en cambio cargaba el bolso del mercado, nada podía desviarme de mi primer deber, ni siquiera la inquietud por averiguar de donde había salido aquel tipo.

La línea era desconocida para mí, siguió de largo la avenida principal hasta encontrar la gran vía que terminaba directo en el cono sur, a casi dos horas de camino de la urbanización, durante el trayecto, el viejo mataba el largo tiempo leyendo el periódico, comprendí entonces que por las mañanas no lo hacía, sino esperaba el retorno a su lugar para leerlo como se debe, desde la primera página hasta el final. Al percibir que el anciano no hacía otra cosa que leer el diario durante todo el camino, resolví distraer mi mente buscando algo que hacer durante el largo viaje. Pensé en contar los árboles del camino, pero pronto se terminaron al entrar a la gran vía; luego me propuse contabilizar cuántos escarabajos circulaban aún por la autopista, tendiendo en cuenta que ese auto tenía más de cincuenta años en el mercado, compitiendo contra los modernos autos asiáticos que llegaban por miles a los puertos de país y a un precio muy cómodo además. Siempre pensé que el wolgswagen era ya un auto obsoleto, caduco, que en los sesentas y setentas fueron el boom del momento, pero que ahora con las globalización y los nuevos modelos y nuevas empresas, habían perdido validez dentro de un mercado cada vez más reducido y competitivo que hace treinta años. Yo tenía un Impala, es verdad, lo mejorcito de las fábricas de Detroit, pero mi caballo salvaje no tenía ni punto de comparación con las nuevas máquinas que entraban al mercado, mi auto era de hierro, no de lata, llegaba de uno a cien de cinco segundos, mil cuatrocientos HP, llantas gruesas, motor mil doscientos centímetros cúbicos, modelo aerodinámico, en fin, toda una joya para el comprimido mercado local de automóviles.

Comencé a contar los escarabajos que hallaba en la gran vía, el primero que hallé fue uno alemán, del sesenta pensé, color negro con franjas plateadas en el frente y las llantas radiales; lo manejaba un suboficial de la policía (lo supe porque llevaba el uniforme puesto, y sobre todo porque era mi deber saberlo) que lo conducía con unos lentes negros que le cubrían la mitad del rostro. Al instante se cruzó uno más moderno, —de la industria brasilera— pensé, color anaranjado nacarado recién pintado y con la música muy en alto. Lo conducía un tipo vestido con terno gris, seguramente un joven empresario que acaba de comprar su primer auto y eligió el mismo que su padre tenía cuando joven. Al cabo de un buen rato pasó uno a toda velocidad, era de color verde petróleo y tenía una particularidad, no tenía techo. Recién se estaba optando por cortarle los techos a los escarabajos para darles una apariencia de convertible, de auto moderno, de auto que nunca perdió su lugar en las pistas del mundo, lo conducía un hombre de cabellos largos, barba prominente, aspecto de matón y miraba dormida, oía a todo volumen viejas canciones de los setentas (en ese momento se oyó por todo el carril rápido la estridente y progresiva música de Unkle), y así conté casi cuarenta autos más (el trayecto duró dos horas) desde los clásicos alemanes hasta los híbridos mexicanos y brasileros, el paradero final ya había sido anunciado por el cobrador, sólo quedaban tres pasajeros dentro del bus, el viejo seguía leyendo despreocupado las páginas deportivas del diario.

 

Llegamos a una urbanización empobrecida, las pistas habían sido reemplazadas por arenales aplanados por el constante paso de los camiones de las diversas fábricas que ahí habían, el aire estaba cargado del humo negro de las altas chimeneas, no había ni un sólo parque en toda la manzana, lo único verde que se veía era un árbol limonero podado de mala manera, dejando ver aún un par de ramas que mostraban orgullosas sus hojas verde-amarillas como si fueran sobrevivientes de alguna guerra perdida. Cerca de una acequia donde un puente improvisado permitía a los hombres cruzar al otro lado de la zona industrial, donde se levantaban pequeñas casas de un piso y en su mayoría de barro y quincha, y donde además habían pequeños terrenos cultivados con diferentes hortalizas elementales, el anciano cerró la última página del diario y se puso de pie rápidamente, luego se bajó cerca al puente, no me percaté del movimiento y tuve que bajarme unos metros más adelante, cerca de un silo saturado y maloliente, observé desde allí al viejo que se internaba por una senda angosta y dispareja hasta perderse entre los caminos hechos por los campesinos entre los campos de maíz.

Lo seguí a una distancia prudente pero sin perderlo nunca de vista, lo vi al final de los campos, lo vi dirigirse hasta una cabaña de madera en medio de una ciénaga, me acerqué lo más que pude, detrás de unas plantas de maíz y lo vi abrir la pesada puerta de la cabaña, la misma que se cerró detrás de sus últimos pasos.

Volví al pueblo para averiguar con los lugareños acerca del anciano, nadie supo darme razón, a todos los que les preguntaba me contestaban con una mirada fría sin gesto, un movimiento de hombros o un levantamiento de cejas y luego seguían su monótono camino hacia las fábricas, así que sólo me quedó regresar a casa por donde llegué a ese pueblo tan extraño, tan desolado.

La rutina de don Anselmo.

Le seguí la rutina durante varios meses, trataba de averiguar porqué llegaba todas las mañanas hasta el parque y luego se iba sin ninguna razón por donde vino, así perdí años enteros, tiempo libre y la alteración de mis acostumbrados hábitos, mi vida de jubilado ya no me pertenecía como antes, ahora ocupaba todo mi tiempo en averiguar quién era esa persona tan extraña, que lo llevaba a repetir lo mismo cada mañana durante tantos años. Dejé que me consumiera por completo, había perdido peso, el cabello se me blanqueó considerablemente, ya no leía con la asiduidad de antes, ya no escribía, no contestaba las llamadas de nadie ni visitaba a mis viejos compañeros de oficio. Las ventas de mi autobiográfico las supervisaba la editorial, el dinero que me pertenecía crecía en la cuenta banco que nunca utilizaba, miles de veces me dijeron que me tome una largas vacaciones, que visite a mis hijos en el extranjero, no les hice el menor caso, mi vida ahora estaba encauzada a la tarea de averiguar quien era esa persona del parque y por mi formación militar, no me detendría hasta llegar al final de los hechos, hasta saber toda la verdad.

Lo seguí varias veces hasta su distrito, pero nunca me atreví a adentrarme en la ciénaga, los pueblerinos no me daban razón alguna, y en la policía demoraban las investigaciones por tratarse de un caso fútil. Una mañana, harto de la incertidumbre y deseoso de acabar por fin con esta enfermiza situación, me acerqué al anciano cuando éste se encontraba sentado en el parque viendo de reojo como siempre hacia la ventana de la linda dama. Me acerqué sigilosamente hasta la banca, tomé asiento sin que él se diera cuenta de mi presencia, observaba como perdía el tiempo viendo a la bella señora vestirse frente al espejo, lo veía llorar alegremente cuando se despedía de sus hijos y también cuando se despedía de su esposo el abogado. La señora permanecía en su habitación por media hora aproximadamente antes de perderse de vista y no volver a aparecer hasta el próximo día.

—Señor, ¿qué ve con tanta pasión? —le pregunté inquietado.

—A la señora del frente —me contestó entre cortante y molesto.

—Pero no le parece que verla durante tantos años es algo muy enfermizo, está usted bien de la cabeza —le dije.

—¿le parecería usted extraño ver aunque sea de la forma que yo lo hago a su señora y a su hija, señor? —me preguntó, después que su mujer se había retirado del cuarto.

—¿su hija y sus esposa dice? Pero si es la familia del señor Novoa un destacado abogado. Respondí.

—¿destacado? Pamplinas, yo fui quien lo creo, el es mi creación—. Contestó furibundo.

—Pero.....

—Pero nada señor, le voy a pedir que no se entrometa en asuntos que no le competen —dijo antes de ponerse de pie y con su característico paso acompasado y mirada gacha, siguió el senda de hojarascas hasta el paradero.

 

Lo volví a seguir pero esta vez en mi veloz Impala, mi caballo salvaje. Llegamos hasta la desolada urbanización cruzamos las enormes fábricas de todo, los polvorientos caminos sin asfaltar, el paisaje marrón y sucio, el horrible limonero podado, llegamos a la acequia, vi el puente a diez metros de distancia, me detuve cerca de él, vi al viejo perderse por los campos de maíz, lo seguí corriendo, lo volví a ver cruzando la ciénaga hasta el umbral de su cabaña, lo vi entrar en ella, esta vez lo seguí hasta el final, me embarré las botas con el fango mohoso del pantano; llegué a la puerta, toqué por largo rato pero mi insistencia no obtuvo respuesta alguna. Al cabo de media hora de insistir frente a la pesada puerta, me retiré por el mismo camino por donde había llegado, volviendo embarrarme las botas con el lodo seco y me dirigí hasta mi auto, atravesando el pueblo con la tristeza grabada en pleno rostro.

En el camino a mi auto, después de haber cruzado todo el campo de maíz pude distinguir a lo lejos una sombra encorvada, pensé que se trataba del anciano, quise regresar para que me contara toda la historia que había dejado a medias en el parque, de pronto, inesperadamente, un mano se posó en mi hombro pesadamente, a voltear vi un rostro gastado pero vivaz, un anciano me pidió que lo siguiera hasta su casa, lo seguí, más por cansancio que por la invitación misma. Al voltear nuevamente, la sombra ya había desaparecido de porche de la cabaña.

La rutina de don Anselmo.

—Qué es lo que lo trae tan seguido por este pueblo —preguntó el viejo a la vez que me alcanzaba un vaso con limonada fría.

—Nada señor, es sólo que... —dije ante de ser cortado por el viejo.

—Usted estaba siguiendo al viejo Anselmo ¿no? —volvió a preguntar.

—Bueno... sí, si lo seguía —le contesté de manera cortante.

—¿Por cuánto tiempo lo ha estado siguiendo usted? —volvió a interrogarme.

—No lo sé, quizá ocho o nueve años —le indiqué.

—Bastante tiempo dedicado a un muerto no le parece —dijo.

—A un muerto, ¿qué es lo que intenta decir? —le pregunté confundido.

—A un muerto señor, a un ser sin vida. Anselmo es, o mejor dicho fue mi amigo, hace dieciocho años que murió por causa de un paro cardíaco fulminante —dijo.

—Pero, no puede ser, si todas las mañanas... —dije antes ser interrumpido nuevamente.

—Sí, todas las mañanas viaja dos largas horas con un termo lleno de aire, un periódico que es del día que murió, se sienta en el mismo parque, en la misma banca y observa sin distraerse de nada, a una señora, que en vida fue su esposa y que quedó viuda y con su hija, que volvió a casarse con un abogado que trabajaba en la firma que Anselmo dirigía —contestó.

—¿Y todo eso lo repite cada mañana? —pregunté.

—Cada mañana sin falta, yo lo seguí por largos años tratando de convencerlo de la verdad, hasta que decidí dejarlo con su triste rutina, pensando que algún día iba a terminar aceptando su muerte —confesó con los ojos llenos de lágrimas.

Quedé atónito, con el vaso medio vacío en la mano, pensando en lo horrible que debe ser para un muerto el no aceptar su condición de tal, el no poder olvidar sus recuerdos, su pasado, y repetir cada día una misma rutina, la que seguramente haría hasta que se convenciera de que ya nada podía hacer por regresar el tiempo que había perdido. Regresé al auto después de beber lo último del vaso, caminé lento, con la mirada agazapada, como el propio Anselmo, tratando de pensar como él, tratando de darle una razón para tanta agonía. Crucé el puente por última vez hasta llegar a la puerta de mi auto; antes de entrar, me limpié el fango seco de las botas con las hojas de un periódico que encontré arrojado en el piso.

La rutina de don Anselmo.

 
         
         
         
         
         
        © Giancarlo Andaluz Datos sobre el autor  
                  inicio de la página