P O R T A D A            
Daniel Valdez
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  37     Adagio        

Adagio

 
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El tres de picas está semioculto por el Rey de Corazones. Estos dos pequeños personajes que, compartiendo un mismo vientre, son en ciertas ocasiones símbolos de triunfo, están ahora sucios y marchitos, intentando en vano tapar la rajadura del vidrio de una ventana, por donde se cuela un viento frío de principios de invierno.

La radio ha quedado encendida y Peggy Lee canta "Big Spender" sin éxito; pues, en el único ambiente, no hay nadie para escucharla. El suelo de parquet esta sembrado aquí y allá por cientos de colillas de cigarrillos; algunas, antes de apagarse, han quemado la madera. A un lado de la puerta ventana que comunica con un despoblado balcón, y sobre el piso, un colchón de goma espuma sin forro; sobre este, un revoltijo de sábanas y mantas y ropa sucia se apelotonan formando un nido de caranchos. El aire es corrosivo, de una densidad pastosa; por el humo del tabaco y por ese dejo agrio que exhalan las personas después de mucho tiempo sin asearse.

Todo en el pequeño departamento da la sensación de un orden inverso, trastocado; del esfuerzo de alguien que se empeña con ahínco en tratar de que las cosas no estén en su lugar, o de alguien a quien da lo mismo que algo tenga su lugar, pues, su sitio ya no es este mundo.

El desorden y la mugre no son lo llamativo; lo sugerente es la ausencia, la absoluta carencia de interés en sí mismo que se advierte en quien ocupa la estancia.

Una canilla ha sido dejada abierta y, desde el minúsculo cuarto de baño, llega el sonido del agua que gorgotea sin cesar intentando escapar de ese ámbito sombrío por un desagüe insuficiente. La música ha cesado y un locutor enumera, inútilmente, las bondades de una crema de afeitar con aceites de áloe. En el mismo momento en que comienza a llover y el viento arrastra las gotas contra los vidrios de la ventana —los machaca como queriéndolos romper— oímos el tintineo de llaves, el metálico susurro de una cerradura y el punzante chirrido de una puerta que se abre; al cerrarse, la estridencia se replica, multiplicando el sonoro martirio.

Es difícil saber la edad del hombre que acaba de entrar, el envejecimiento prematuro desorienta el cálculo. ¿Quizás cuarenta y cinco años? ¿O diez menos? Poco importa ya.

Lo cierto es que se desplaza con parsimonia, con la morosidad que observamos en los astronautas cuando pasean por la Luna o, como los caracoles que sin prisa se deslizan por la hoja de hiedra. Es una persona elegante a pesar de la cochambre que lo envuelve como un halo ceniciento y de sus hombros caídos y su espalda encorvada. Sobre una pequeña mesa poblada con botellas vacías, carpetas con documentos ahora inútiles, platos sucios y ceniceros atiborrados; deposita con suavidad una botella de vino y un paquete de cigarrillos. Es excelente la calidad de su ropa y su deterioro incuestionable. El cuello de la camisa hecha a medida en fino algodón, tiene deshilachado el roñoso cuello; la suela de los zapatos, pagó por ellos trescientos dólares, es ya del grosor del papel y ha dejado pasar la humedad; el impermeable, comprado en Burberry, esta brillante por pringoso.

La discreción con la que toma asiento y la meticulosidad en los movimientos, pueden hacernos evocar los preámbulos de un gran acontecimiento o de una ceremonia importante: nada más errado. Solo comienza a fumar. Un cigarrillo tras otro. Su mirada extática o ausente, choca contra los vidrios mojados. La tormenta ha acelerado el ocaso y ahora todo esta en penumbras.

Adagio

La brasa del cigarrillo describe una trayectoria recta, desde la mesa en donde el hombre apoya su mano, hasta la boca; allí la luminosidad de la pequeña ascua naranja se enciende durante un par de segundos y luego, describiendo el camino inverso, vuelve a detenerse sobre la mesa. Cuando el cigarrillo se termina, el fumador separa sus dedos manchados de nicotina y la colilla cae; inmediatamente es aplastada por un zapato rotoso con una presión mayor que la necesaria.

No hay tensión en el gesto.

Ahora todo ha quedado a oscuras; de vez en cuando, el eco de un lejano relámpago ilumina, durante un instante, la figura inmóvil de un hombre que sentado con las manos en su regazo, mueve casi imperceptiblemente la cabeza a izquierda y derecha. Jamás accederemos al secreto de esa negación, escondida tras el prematuro anochecer de una tarde de invierno. En la intimidad de una habitación sin luz, la evocación de nuestros fracasos, la conciencia de nuestras limitaciones y el recuerdo de nuestros peores actos, pueden ser regurgitados sin culpa ni vergüenza.

Si llamamos expiación al intento, eficaz o vano, de borrar nuestros yerros por medio de algún sacrificio. ¿Cómo deberíamos nombrar la actitud de quien se obstina solamente en recordarlos?

Luego de una larga exhalación, nuestro hombre se pone de pié, camina dos pasos, con convicción a pesar de la oscuridad, y acciona un interruptor. Se enciende una bombita descarnada que destella una luz agresiva a pesar de su baja potencia. El hombre se dirige hacia la diminuta kichinette y comienza a buscar entre los platos sucios, las cajas de cartón con restos de pizza cubierta de moho y algunos restos de comida que han comenzado el proceso de putrefacción. Una horda de cucarachas de todos los tamaños huye en desbande; tratan de ponerse a salvo desapareciendo por oscuros e inverosímiles recovecos. Las más grandes son de color negro lustroso, y moradas y brillantes las más pequeñas. Todas igualmente rápidas. En medio del desorden aparece el objeto buscado: un vaso ordinario de vidrio grueso y grasiento.

Adagio

Comienza a beber vino barato y a fumar y a insistir obsesivamente en recordar determinados momentos de la vida que se transforman, creciendo cada vez que son evocados, en el único bien que hoy posee: el pasado.

Ese pasado ha desfilado una y otra vez frente a sus ojos, intentando sostener de manera pueril, la precaria existencia de quien ha visto desmoronar su vida, en la vorágine maligna y rabiosa de una sociedad cuyo único sustento es el sálvese quién pueda. Sus pensamientos se encadenan de manera artificiosa y cronológica, desenterrando, recuperando precaria y momentáneamente lo que alguna vez fue satisfacción o deleite. El orden en que aparecen es casi siempre el mismo, dan testimonio de alegría, logros, y evitan sistemáticamente las decepciones. El pasado no es otra cosa que pensamiento, y como tal puede ser manipulado, adulterado hasta el extremo de que alcance la misma medida de nuestras necesidades.

El primer recuerdo que desempolva en este momento la memoria, es la firma del contrato con Levi & Cromwell. Apenas había pasado un año desde que obtuviese su licenciatura, y solo tres meses después de instalar su despacho sobre la avenida Quintana. Para festejar, reservo una mesa en un restaurante de San Isidro. Esa noche Tamara estaba radiante; luego de la cena, caminaron abrazados hasta la catedral, cruzaron hasta la plaza y se sentaron en un banco solitario. Se besaron largamente. Fue entonces cuando le propuso matrimonio.

Al año siguiente nació Nicolás, y un año después Agustina.

Al ritmo ascendente del crecimiento familiar, ampliaba su prestigio profesional, el volumen de negocios de su empresa y su ya importante patrimonio.

Aquí el hilo de los recuerdos es inestable; antes de saltar a las negociaciones por las que logro la representación exclusiva para el país, de una de las consultoras con mejor reputación en Estados Unidos, algunas veces aparecen unas vacaciones de invierno en Itaparica; otras, las largas temporadas de verano en Ostende o el fin de semana larguísimo en Junín de los Andes, con el que conmemoraron el quinto aniversario de casados.

Es ahora cuando la noria de los recuerdo llega a su fin y vuelve a recomenzar. La nueva secuencia de remembranzas es apenas alterada por algún matiz olvidado o evitado en la anterior serie.

Aunque no se ha dado cuenta, sus pensamientos, involuntariamente, lograron que las comisuras de sus labios comenzaran a desplazarse hacia los costados, intentando una tímida sonrisa que enseguida se cristalizó en un rictus sardónico.

Enciende otro cigarrillo y apura el resto de vino que ha quedado en el vaso. La tormenta ha amainado su violencia, quizás como sereno preámbulo de los actos que no tienen retorno. Su corazón se acelera, ya no llueve. Lou Reed canta "New York telephone conversation" Abre un pequeño cajón escondido bajo la tabla de la desvencijada mesa de pino; dentro de este: fotos familiares, una tarjeta de crédito dorada y caduca, una mezcolanza de naipes de poker, documentos de identidad, un estuche de cuero repujado, copias de contratos. Toma el estuche, lo abre y extrae un revolver, recuerdo del abuelo Francisco. Llena sus pulmones de aire y lleva el percutor del arma hacia atrás; con una mirada neutra, observa la desconchada pared mientras se pregunta:

—¿Quien limpiara la san.

En el piso de abajo vive Estela, maestra jubilada, viuda desde hace pocos años. Reparte su tiempo entre el cuidado de sus nietos y el de una hermana postrada que aún respira, gracias a los oficios de esta buena samaritana. Mientras mira el noticiero de las ocho, acaricia un gato rechoncho que yace sobre sus piernas; en el mismo momento en que comienza la publicidad, escucha un disparo, y diez segundos después, un golpe sordo en el cielorraso, como una bolsa de papas que cae inerte bajo su propio peso. Sobresaltada, se pone de pie inmediatamente abrazando al gato como a un talismán. Se acerca a la ventana e intenta ver algo más allá de su enrejado balcón, pero es imposible.

—¡Dios mío! ¿Habrán robado otra vez en la perfumería de la esquina?

Deja caer al gato que, al llegar al piso, arquea su columna y bosteza. Baja la persiana hasta que no queda entre tabla y tabla siquiera un pequeño resquicio; luego cruza el pequeño apartamento y al llegar a la puerta de entrada, da una doble vuelta de llave y corre un sólido cerrojo. Un poco relajada luego de haber tomado medidas de seguridad, vuelve a sentarse frente al televisor.

—¡Ay! ¡Señor mío! Qué difícil se ha puesto vivir en Buenos Aires.

 

Adagio

 
         
         
         
         
         
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