P O R T A D A            
Martín Cid
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  37     el opio        

El opio


(relato de la novela A través del espejo)

 
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Se percibe una sensación general de deliciosa paz y comodidad, con una elevación y expansión de toda la naturaleza moral e intelectual. No hay la misma excitación incontrolable que se observa con el alcohol, sino una exaltación de nuestras mejores cualidades mentales, un aura más cálida de benevolencia, una disposición a hacer grandes cosas pero noble y benévolamente, un espíritu más devoto y una mayor confianza en uno mismo, junto con una conciencia de poder. Y esta conciencia no se equivoca del todo, porque las facultades imaginativas e intelectuales son elevadas hasta el punto más alto compatible con la capacidad individual. Al cabo de algún tiempo, esta exaltación se hunde en una serenidad corporal y mental. Apenas menos deliciosa que la exaltación previa, y termina en sueño al poco.

G. Word, presidente de la American Philosophical Society, 1886.

El opio

 

I

Réquiem

Requiem aeternam dona eis, Domine,

El humo pesaba sosteniéndose, certero. Nubes informes ascendían, quedas. Aspiraba una y otra vez, incesante, el humo que brotaba, estético, de su pipa, alargada.

Corrían tiempos de guerra, buenos tiempos.

Et lux perpetua luceat eis, te decet
hymnus,

Humo, sólo humo. Brotaba sobre las paredes, permaneciendo un segundo, o una eternidad, ascendía y jugaba entre las figuras imposibles. Plasmaba círculos y metáforas, refulgía en la oscuridad, intensamente grisáceo, apático como una veleta. Dibujaba figuras informes, jugando entre los querubines, despacio, sosegado, temeroso, siempre acariciando y dejándose acariciar, espeso, tenue, acolchado, casi imperceptible a veces.

Deus in Sion, et tibi reddetur votum in Jerusalem;

Aspiró de nuevo, en un susurro, dentro, muy adentro, dejándose impregnar de la sensación. Una eternidad mientras el aroma, almizcle, fresas, absenta, flores silvestres, carne muerta., todos juntos impregnaban su espíritu, acariciante.

E exaudi orationem meam, ad te omnis caro veniet.

Buck era un joven intrépido, con talento y genio, sin inteligencia, pillo y avaro, desconsiderado, frío, calculador, con ganas de crear fortuna...

Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis.

Quinlan se desplomó sobre el diván. Era como otras tantas veces, ya repetida la misma melodía de tonos pausados. Era la primera de las sensaciones: El todo. Una ola apacible recorría su cuerpo entero, en un instante y así era todo su organismo uno, demasiado frágil y entero, pero certero en un solo punto de concentración. Carecía de tacto en sus extremidades todas, mientras se extendía a la vez.

Kyrie eleison, Christe eleison, Kyrie eleison.

 

 

el opioII

Dies irae

Dies irae, dies illa

Buck vivía las tardes de soledad en el invierno de mil novecientos cuarenta y tres, sobre las pujantes estructuras grises e inertes de una Nueva York bulliciosa.

Solvet saeclum in favilla,
teste David cum Sybilla.

La paz de espíritu. Podía concentrarse en uno sólo de sus órganos y escucharlo, pacientemente. El oscilar constante de su corazón pleno en cada contracción; la cadencia sonora de sus pulmones en cada nueva bocanada de humo; el suave respirar, casi cansino; y observaba así como su estómago se contraía levemente, dejándose acariciar también por el suave humo.

Quantus tremor est futurus,
quando judex est venturus,

Es esta la historia de Buck.

Cuncta stricte discussurus.

—Un opio excelente —pensó Quinlan.

 

 

el opioIII

Tuba mirum

Tuba mirum spargens sonum.

Quinlan depositó la pipa, alargada, negra, sobre la mesa, dispuesta a medio metro del diván. Se recostó cansino.

Per sepulchra regionum,

Buck se había quedado huérfano de padre y madre en la misma fecha, el tres de agosto de mil novecientos quince. El hambre y la miseria se los habían llevado, ya exhaustos de la vida, cansados de ver cómo sus hijos iban pereciendo uno a uno a causa de la guerra, grande y única.

Coget omnes ante thronum.

Se acercó. Se trataba de una mujer de rasgos orientales. Vestía un shen-i es , prenda intermedia entre el pien-fu y el traje largo, compuesto con dos piezas cosidas entre sí, en oscuro profundo. Su cabello azabache, recogido mediante un largo y grueso palillo en un moño. Llevaba los labios generosamente pintados de rojo y estaba impregnada por un perfume, suave: Esencia de flores.

Mors stupebit et natura,

No fueron fáciles los comienzos de Buck: Estafador de barrio, tráfico de especies, venta ambulante de productos en el mercado negro, delator y cómplice de más pillerías de las que él mismo estaba dispuesto a reconocer. Buck, el joven Mulligan, tenía por aquel entonces treinta y dos años, y hacía ya mucho tiempo que había dejado de plantearse el por qué de la maldad en el mundo, y el porqué de la guerra y la miseria.

Cum resurget creatura,

La mujer se sentó frente a Quinlan y desabrochó dos de los botones de su camisa. Se frotó ambas manos entre sí, para producir calor. Acarició entonces el pecho de Quinlan, lentamente, describiendo círculos. Observaba ella sin inmutarse.

Judicanti responsura.

Buck se había labrado un provechoso futuro como traficante de medicinas. En aquellos tiempos, media Norteamérica moría debido a la enfermedad o al hambre, y la otra mitad estaba demasiado ebria como para darse cuenta de nada, pese a la prohibición reinante. La técnica era bastante sencilla, bastaba hacerse con algunos contactos en los hospitales. Un par de médicos en los principales centros para que un hombre con maña y saber pudiera vivir del trabajo de un año el resto de su vida.

Liber scriptus proferetur,

Se escuchaban los pasos de los nuevos clientes que entraban, cómo los tacones de sus zapatos caminaban confiados. Se acomodaban en un diván, una mujer les ofrecía una pipa y compañía; pronto sus espíritus enmohecían, sumiendo la estancia en su connatural silencio.

In quo totum continetur,

—Necesito cien ampollas de penicilina —decía Buck.

—No sé si podré conseguirlas —respondía un individuo de bata blanca, muchas arrugas y pocas monedas.

Un rojo espeso recorría la sala, un fumadero de opio en las afueras de Sad Bride, condado de Missing.

Unde mundus judicetur.

—Se te pagará bien —ni siquiera le miraba para tratar de convencerle, sabía que si no era él, otro le conseguiría la mercancía.

—¿Cuándo las quieres?

—Ahora, no puedo esperar, ¿puede hacerlo?

Judex ergo cum sedebit,

Rojo y negro componían la estancia. Varios vasos sobre alguna de las mesas para los más tímidos, absenta para comenzar la cruel función en aquellos que no osaban probar placeres más recónditos.

El doctor le hacía un gesto y salía de la sala. Sólo cabía esperar unos pocos minutos, cinco, no más. Buck miraba al suelo y fumaba un cigarrillo, esperando paciente y silbando una vieja polonesa. Más tarde regresaba el médico, con un paquete cuidadosamente envuelto.

Quidquid latet apparebit,

Una mujer con la parte superior del traje caída sobre sus rodillas, deja que los curiosos acaricien sus pechos, pequeños y erguidos. Diez clientes tumbados sobre los divanes, unas diez mujeres junto a ellos, sentadas en banquetas allí dispuestas para contemplar al durmiente.

Nil inultum remanebit.

—Aquí no se puede fumar —decía el médico.

Una desvencijada puerta llevaba a la trastienda, ni los ojos más curiosos se aventuraron jamás a traspasarla.

—Es una lástima —respondía Buck impertérrito, mientras daba una calada más a su cigarrillo, sin tirarlo ante la insinuación.

Quid sum miser tunc dicturus?

La luz, tenue, varios candiles dispuestos matemáticamente a cada extremo de la habitación.

—Escúchame bien, Buck. Me juego la vida en esto. Pase lo que pase, que no salga mi nombre.

Quem patronum rogaturus,

Sólo se escuchaba el rechinar de la puerta y los nuevos clientes que entraban.

Cum vix justus sit securus?

El ambiente era irrespirable para un neófito, debido el profundo hedor cargado de opio y almizcle.

 

 

el opioIV

Rex tremendae

Rex tremandae maiestatis,

Los médicos siempre le habían dicho lo mismo. Eran distintas facciones, alturas diferentes, historias intercambiables. Se enfrentaban cada día con la muerte, cara a cara, directamente, y cada día perdían un pedacito más de su alma.

Qui salvandos salvas gratis,

La mujer se acercó lentamente a Quinlan y dispuso la pipa, alargada, sobre la boca del obeso. Éste aspiró por dos ocasiones y tosió, fuertemente.

Eran todos ellos seres cobardes y asustadizos: A ninguno le espantaría perder un paciente, o diez, ninguno lloraría por la muerte prematura de un niño o por el ahogo de un padre con familia.

Salva me,

Se recostó sobre el diván de nuevo y cerró los ojos, para así concentrarse más en su ensoñación.

Sin embargo, todos esos "matasanos" vivían aterrados ante la idea de perder su puesto de trabajo. Eran la peor especie de ser humano que podía existir, y Buck sabía bien de qué hablaba, porque conocía a los peores entre los peores.

Fons pietatis.

La mujer tocó la mano de Quinlan, para comprobar su pulso. Acarició, de nuevo, el pecho de éste y se retiró, con media sonrisa que se esgrimía entre sus labios.

 

 

el opioV

Recordare

Recordare Jesu pie,

La primera vez había sido la mejor, sin duda. Ya nada volvería a ser como aquella tarde en el fumadero de opio. Habían acudido allí él y su ayudante para investigar un caso. Nada especial: Una prostituta que había sido robada. Obviamente, el caso seguiría sin solución, pero había que aparentar una investigación seria y rutinaria. Menuda estupidez, ya que, aunque supiesen quién era el culpable, no les interesaría que saliera a la luz. ¿Acaso importaba más la cartera de una prostituta que el buen nombre de un ciudadano?

Quod sum causa tuae viae,

El resto era sencillo. Nada más salir del hospital se dirigía a la iglesia. Allí, rodeado de santos y mujeres piadosas, se sentaba en un rincón y esperaba. Un hombre, de corta estatura y cabellera ausente, se sienta junto a él.

Ne me perdas illa die.

Llegaron, preguntaron a unos y a otros, mostraron algunos dibujos a las prostitutas de los ladrones más conocidos de Sad Bride.

Quaerens me sedisti lassus,

—¿Qué deseas, noble ciudadano? —pregunta Buck.

Redemisti crucem passus;

Las mismas preguntas que Hank Quinlan había realizado en tantas otras ocasiones. Medio dormido por el humo, medio asqueado por el olor, inquiría a unas y a otras, mientras de soslayo miraba los pechos de unas y de otras que, desde luego, no pretendían ocultar.

Tantus labor non sit cassus.

—Doce ampollas. —el hombre no le miraba, para no recordar jamás su rostro, y así no poder confesárselo a los policías.

Juste judex ultionis,

Hacía muchos años que no frecuentaba la compañía de prostitutas, mucho antes de estar casado, mucho antes de que su mujer viviera y, desde luego, mucho antes de que su hija viniera a este mundo. Aquel recuerdo le llenó de pesar. Mis pequeñas, chiquitinas, demasiado frágiles para este mundo, supongo.

Donum fac remissionis ante diem rationis.

—Serán doce mil.

Ingemisco tanquam reus,

Ahora podía ver los pechos de la meretriz claramente, mientras ésta se inclinaba sobre la pierna izquierda del policía. Su ayudante, Faulkner, hacía tiempo que había pasado a otra habitación (para realizar una investigación más concienzuda, por supuesto). Recordaba los que eran sus pensamientos en aquel instante, y recordaba también cómo montó en cólera, ante la idea de que, desde allí arriba o desde allí abajo, sus dos pequeñas le estuviesen viendo, dejándose acariciar por aquella pequeña Lilith.

Culpa rubet vultus meus;

El hombre dispuso el dinero sobre el asiento. Nadie lo miró.

Supplicanti parce Deus.

—Cerraré este local —gritó Quinlan.

Qui Mariam absolvisti,

—En la esquina, en dos horas.

Et latronem exaudisti,

Apareció un pequeño hombrecito que se dirigió corriendo hacia el detective, el mismo que seguía allí el día en el que narramos esta pequeña historia: Casi sin cabello, con un extenso bigote con escaso vello que caía rozagante sobre su pecho.

Mihi quoque spem dedisti.

El hombrecillo calvo salió de la iglesia, con media sonrisa dibujada en sus labios, con el pensamiento fijo en cómo alimentaría a su familia en los próximos dos meses, pero nada de eso importaba ahora.

Preces meae non sum dignae,
sed tu, bonus, fac benigne,

—Perdónenos, señor detective, acompáñeme, tengo algo para usted.

Ne perenni cremer igne. Inter oves locum praesta, et ab hoedis me sequestra, statuens in parte dextra.

 

el opioVI

Confutatis

Confutatis maledictis,

Buck recibió cinco visitas más. Una hora más tarde, y siempre con el paquete de ampollas de penicilina bajo el brazo, se dirigió a su habitación. Se trataba de un pequeño cuarto alquilado en el tercer piso de un viejo edificio. Abrió el paquete. Allí estaban, las cien ampollas, blancas como la nieve, relucientes, sencillas. Se dirigió a la nevera y tomó una botella con un líquido blanco en su interior. Tomó también un gran barreño y lo dejó todo, junto con las ampollas de penicilina. Se lavó cuidadosamente las manos (con las medicinas no se juega) y regresó al pequeño salón. Abrió una a una las ampollas y vertió el líquido sobre el barreño, con calma, casi con mimo excesivo. Luego vació el líquido de la botella y lo mezcló con la penicilina. Dispuso unos envases y uno a uno los rellenó, ayudado de una jeringuilla que le hacía calcular la dosis exacta. El proceso había terminado.

Flammis acribus addictis,

El hombrecillo dispuso una pipa, alargada, y la rellenó de opio. Quinlan conocía aquella sustancia de oírla nombrar, pero jamás había sentido curiosidad. ¿Para qué o por qué? Había tenido una vida feliz, con una mujer que le quería y una hija que lo adoraba, en la que su único deseo era regresar cada noche a casa para poder verlas mientras, poco a poco, conciliaban el sueño. Pero ahora todo era diferente, su mujer y su hija se habían ido ya, y su trabajo había perdido todo el interés. Además, podría argüir que el asunto del fumadero le había llevado toda la tarde, era un asunto fácil de creer. Más de una tarde lo había hecho ya, y transcurrían las horas en la taberna cercana, jugando a las cartas ( aquella tarde eran Alvin, Goldwin, Edgar, William Wilson y aquel hombrecillo con nariz espigada llamado Hank Quinlan ).

Con cinco paquetes repletos de esos envases que acababa de preparar se dirigió de nuevo hacia la iglesia. Esta vez no entró. Se precipitó en el interior del estrecho callejón que rodeaba la iglesia. Allí le esperaban.

Voca me cum benedictis.

—Le gustará, se lo aseguro. Es nuestra mejor mezcla, sólo para ocasiones especiales.— Le producirá una ensoñación muy agradable, nada comparado con lo que pueda probar en otros locales .

Oro supplex et acclinis,

—Gracias, señor, no sabe qué favor nos ha hecho. Estas medicinas ayudarán a salvar la vida de nuestro hijo. Le estaremos eternamente agradecidos.

Cor contritum quasi cinis,

—No tiene nada que agradecerme, se lo aseguro. Sólo es un negocio como otro cualquiera —Buck sonrió a aquel hombre de cabeza despejada y sonrisa infantil.

Gere curam mei finis.

 

 

el opioVII

Lacrymosa

Lacrymosa dies illa,

Era primavera, y las calles estaban atestadas. Mil y un rostros anónimos pululaban entre la estructura grisácea de la ciudad. Buck observaba el bullicio desde la ventana de su pequeña habitación alquilada. Sus treinta años recién cumplidos no se reflejaban en sus profundos ojos marrones, en el rostro curtido y seco, cubierto por una espesa barba que le hacía aparentar mayor edad de la que tenía.

Quinlan, Hank Quinlan. Sí, el que un día había sido el más prometedor de entre los detectives del cuerpo de policía. Lo recordaba bien. Allá, lejano, demasiado alejado como para poder olvidarlo.

Qua resurget ex favilla

Aquel día primero de abril Buck se dirigió hacia la taberna del barrio. Carecía de obligaciones, nadie le esperaba para cenar., planeó una tarde rellena de manjares y tildada de vino blanco. Era Buck conocido en el barrio por el sobrenombre de "el oscuro", debido a sus sempiternas ropas negras y a su espesa barba. Escondidos sus ojos marrones bajo el sombrero, entró en el bar, y en una mesa tomó asiento, dando la espalda a la puerta de entrada. Por aquellos lugares corrían las noticias más rápido que el viento, y por éstas era Buck "el oscuro" temido y respetado. Nadie se atrevía a hablar con él, por miedo a la policía, y ningún comerciante osaba expulsarle de su negocio, debido a las poderosas gentes que frecuentaba. Cuando llegaba a un lugar, los de las mesas cercanas callaban, y varios minutos después que hubiese Buck entrado, el lugar se hallaría vacío, irremediablemente aislado.

Judicandus homo reus.

Ah, sí que lo podía recordar, cómo sus compañeros del cuerpo le estrechaban la mano, y cómo asimismo buscaban su compañía y escuchaban sus consejos. ¡Qué distintos eran los tiempos que ahora vivía!

Huic ergo parce Deus,

Y no fue aquella tarde diferente, al menos al principio: La taberna estaba vacía, y solamente se escuchaban las lentas caladas que Buck acometía en su gastada pipa de madera. La estancia se llenaba poco a poco de aquel aroma a cerezas y menta, ese aire estancado que se adentra en los pulmones y permanece cerca, muy cerca del estómago. La tarde transcurría tranquila, sometida artificial a una calma fingida. El camarero aparentaba estar distraído y esperaba que su visitante marchara, para poder volver a tener la estancia atestada de clientes. Buck fumaba y fumaba, y cada copa de vino caía más certera que la anterior.

Pie Jesu Domine, dona eis requiem! Amen!

 

el opioVIII

Domine Jesu

Domine Jesu Christe! Rex gloriae!

Era allá, muy lejos, en la gran ciudad, llena de actividad, donde las gentes se agolpaban y casi refulgían entre el bullicio, la actividad diaria alimentándose a sí misma. Gentes corriendo sin rumbos, hombres sin sombra, demasiado rápida ésta para poder alcanzarla. Podía verlo reflejado en su rostro, como una intuición. En los ojos del criminal. Sólo había que seguirle unas calles, unas pocas manzanas bastaban para que el incauto cayera en la trampa del zorro. Un nuevo éxito para aquel prometedor detective llamado Hank Quinaln. Lilith, Lilith, su pequeña Lilith.

Libera animas omnium fidelium defunctorum

El leve tintineo de la campanilla, que anunciaba la entrada de un cliente, rompió la paz. Buck lo percibió bien claro, pero no se movió de su asiento. Unos pasos nerviosos, inseguros, rápidos.

De poenis inferni et de profundo lacu!

—Me han encargado que le entregue esto, señor —Buck introdujo las manos en los bolsillos y dio un par de monedas al niño que le había traído la nota, que así rezaba.

 

El señor Nikolai Andriasevich tiene el honor de invitarle a usted y a su acompañante
a su fiesta de cumpleaños,
que se celebrará en el castillo de E.
No se exige etiqueta.

N.A.

 

Libera eas de ore leonis, ne absorbeat eas Tartarus, ne cadant in obscurum:

Apenas tenía nueve años, pero era la más lista de entre las de su edad, su despierto temperamento, su sonrisa, su gracia natural. Era Lilith, su Lilith, los ojos de Quinlan, y los de su madre también. Una cabellera negra, ondulada, ojos azabache, esmeradas maneras, finos dedos, casi filosos. La recordaba ahora, lejos, muy lejos, cuando corría distraída hacia los brazos de su padre, cuando era casi una niña, porque jamás sería de otra manera, cuando sonreía inconsciente, cuando sólo él tenía ojos para su hija, su pequeña Lilith. ¿Dónde está mi pequeña? Y ella, Lilith, quitaba las manos de los ojos y esgrimía una amable sonrisa, cruel ahora, bajo la tronadora ensoñación del opio.

Sed signifer sanctus Michael repraesentet eas in lucem sanctam,

Buck vaciló un momento e introdujo la diminuta nota en su bolsillo. No importaría, terminaría su jugosa comida y todo seguiría como hasta entonces. Sin embargo, aquella nota le intrigaba: En aquel lugar en el que nadie osaba a dirigirle la palabra, aquel hombre tenía la educación y la falta de sentido suficiente como para invitarle a su fiesta de cumpleaños.

Fue un caso extrañó, una minucia, como los denominaban por allí: Un tipo vulgar al que había que investigar. No era un caso para el prometedor detective, la mente entre las mentes del departamento de policía de Nueva York. Sin embargo, estaba cansado de las historias truculentas.

Quam olim Abrahae promisisti, et semini ejus.

Lo cierto era que aquello no hubiese tenido nada de especial si hubiera sucedido hace un par de meses, antes del asunto de aquellos escolares. Pero, en aquellos momentos, Buck era un hombre solitario y sin compañía alguna, una de esas personas a las que se trata de evitar, la persona idónea a la cual deberías tachar de cualquier lista de invitados. No era posible: Aquello era una oportunidad de negocio, algo que sin duda no se podría dejar escapar.

Aceptó el caso. Un pequeño traficante de medicinas, poca cosa. Una multa y una amonestación verbal bastarían. Nada es lo que parece: Buck, Buck Mulligan. Fue en aquel entonces cuando todo comenzó a empeorar. Por aquel entonces, las medicinas escaseaban, y la penicilina estaba dedicada para los enfermos de guerra y otros casos extraños. El gobierno controlaba los cargamentos. Su hija, Lilith, su pequeña Lilith, estaba enferma. Consiga el medicamento por algún lado, existen métodos, lamentablemente, yo no puedo ayudarle en ello . Y así lo haría. Buck, ese Mulligan, sería su llave hacia la penicilina, que salvaría la vida de su hija, Lilith.

 

el opioIX

Hostias

Hostias et preces tibi, Domine, laudis offerimus.

Buck caminó presuroso y salió de la taberna. Olvidó pagar la cuenta, pero no era la primera vez y sin duda no sería la última. Se dirigió a la iglesia, como tantas otras veces. Allí estaban los judíos de siempre, haciendo negocios. Nadie se miraba y nadie se molestaba. Sólo había que sentarse allí y esperar un cliente. Ni siquiera había que preocuparse por el párroco, demasiado ocupado con su dosis diaria de morfina, fielmente suministrada por su colectivo de feligreses. Buck se sentó unos minutos y el primer cliente no tardó en llegar.

—Mi nombre es Quinlan, Hank Quinlan. Necesito su ayuda.

Tu suscipe pro animabus illis, quarum hodie memoriam facimus:

—¿Quinlan? ¿El detective?

—El mismo.

—¿Ha venido a detenerme?

—He venido a proponerle un trato.

—Hable.

Fac eas, Domine, de morte transire ad vitam,

—Su libertad a cambio de mercancía.

—¿Cuántas ampollas?

—Las suficientes para salvar la vida de una niña enferma, mi hija.

—¿Cincuenta ampollas serán suficientes?

—Setenta

Quam olim Abrahae promisisti, et semini ejus.

Buck rió. Aquel tipo de nariz aguileña tenía tanta prisa por escapar de allí que había olvidado medio discurso.

—Está bien, serán setenta ampollas de penicilina. Media hora, en la esquina.

Buck entregó a la media hora las setenta ampollas de penicilina a Hank Quinlan.

Buck sólo estaba disimulando. Quería comportarse como siempre, aparentar estar ocupado en sus negocios, como cada día. Pero había acudido a la iglesia para hacerse con información, y eso mismo se disponía a conseguir.

Se encaminó a un banco situado en la esquina. Aquellos tipos con su pelo grasiento y sus facciones espigadas, su rostro medio curtido por el sol, medio rasurado por el frío. Eran los mejores para resolver cualquier interrogante.

—Digamos que le deberé un favor, digamos que necesito saber algo sobre alguien, digamos que somos amigos.

el opio

X

Sanctus

Sanctus, sanctus, sanctus Dominus Deus Sabaoth!

Aquel Andriasevich era una especie de magnate, un tipo de esos que tenía su residencia oficial en Suiza, un apartamento en Nueva York y un castillo en las afueras.

Quinlan trató de incorporarse, pesado debido a su exagerada obesidad.

Así lograban evitar impuestos y huir de la guerra. El tipo en cuestión, Andriasevich, Nikolai Andriasevich, solía pasar en Suiza un par de meses al año, coincidiendo con su cumpleaños. Uno de esos tipos excéntricos, un aristócrata de los de finales de siglo en una época que no le correspondía.

La mujer le detuvo, con la mano derecha. Introdujo de nuevo la pipa, alargada, negra, grasienta, en la boca de Hank Quinlan.

Andriasevich tenía una hija, Firenne, Irene, Fionna..., aquel judío no conseguía recordar su nombre correcto. Tampoco importaba demasiado.

Quinlan sonrió.

Pleni sunt coeli et terra gloria tua.

—¿Cuál es su ocupación?

El humo se introdujo leve en sus pulmones, llenándolos plenos. Quinlan tosió.

—Me han contado muchas cosas, pero nada que posea una mínima dosis de certeza. Dicen que es traficante de armas, otros dicen que heredó una gran fortuna, pero nadie sabe nada. Esos tipos prefieren mantener un silencio oscuro y místico, no necesitan ser conocidos, lo son por su misterio. Particularmente creo que es un imbécil, pero nunca he tenido contacto con él. Organiza fiestas esperpénticas pero nunca asiste a ellas, dicen que las mira desde arriba. Lo hace sólo por complacer a cierta gente. Son famosas sus celebraciones en todo el continente, y estar invitado en una de ellas es tener un pasaporte hacia grandes negocios, debido a las gentes que nuestro amigo frecuenta.

Ella tocó su cuello, para comprobar su pulso.

—¿Cómo se puede ser invitado a una de esas fiestas? —continuó Buck.

—Los de nuestra clase, mi querido amigo, no estamos entre ese tipo de gente. ¡Olvídalo!

Osanna in excelsis.

—¿Qué clase de celebraciones son?

—Se escuchan mil historias de la gente, quinientas son ciertas y quinientas invenciones. Debería usted saberlo, ¿no le llaman a usted "el oscuro" acaso? Hace demasiadas preguntas.

Las recordaría por última vez.

—¿No dicen ustedes eso de "ningún hombre es pobre, excepto el que carece de sabiduría"?

Caminando despreocupadas por la estancia, cómo Lilith corría, por última vez, a los brazos de su padre.

 

 

el opioXI

Benedictus

Benedictus, qui venit in nomine Domini.

El castillo estaba situado en lo alto de la montaña. Buck tomó un coche, que le llevó hasta la puerta. Dos hombres con máscaras estaban situados frente a la entrada. Las caretas pretendían imitar imágenes grotescas. La estructura era imponente: dos amplios torreones se erigían a ambos lados del edificio, la estruendosa fachada, con demasiados adornos, los motivos colgando de los balcones. Sin embargo, todo estaba espléndidamente cuidado, desde los jardines hasta la alfombra que daba paso al castillo.

Sonrió, de nuevo, conmiserable y tierno, como un niño. Buck, Buck Mulligan, culpable de sus desgracias.

Se sitúo en la entrada y sacó la invitación del bolsillo de su americana. El hombre miró la invitación. Un segundo individuo se aproximó a Buck y le acercó un vaso.

—¿Qué es esto?

¿Por qué?

—Un vodka, señor. El señor Andriasevich no desea ningún hombre sobrio en su fiesta.

¿Acaso importa?

Buck engulló el vodka de un trago. Un hombre como él no solía tomar bebidas tan fuertes, por lo que el vodka le produjo un instantáneo mareo y malestar. Se tambaleó, pero consiguió mantener el equilibrio.

Es una cuestión de dinero, Hank.

El interior estaba atestado de las gentes más diversas, todas ellas disfrazadas con los más diversos motivos. Grotescas caras, ebrias casi todas a través de las máscaras.

Nunca corrió a su busca, nunca tramó venganza.

—Le esperan, señor Mulligan.

Se lo había arrebatado todo.

Osanna in excelsis.

Buck acompañó al mayordomo escaleras arriba. Una vez hubieron llegado, la sala estaba vacía. Decorada con escasos materiales, tan sólo un cuadro con motivo barroco.

Ven, hija mía, ven junto a tu padre.

—El señor Andriasevich llegará en breve, tenga la bondad de esperar.

Siempre te recordaré.

No tardó mucho, la experiencia en estos casos de Buck le dio la solución: El tal Andriasevich estaba esperando en la habitación contigua la llegada de su invitado. Simplemente ansiaba hacer una aparición más atronadora.

Sonrió, porque los ángeles siempre sonríen, y cuando un ángel en la tierra recupera su espacio en el cielo, se puede ver en el cielo un amplio resplandor: Lilith, el ángel.

—Señor Mulligan —dijo Andriasevich—. ¡Qué gusto verle!

Así fue cuando su hija, Lilith, su Lilith, murió a la edad de nueve años.

—¿Por qué estoy aquí?

Su mujer desconsolada, no pudo soportarlo tampoco. Murió al poco tiempo.

—Veo que la paciencia no es una de sus virtudes, pero tengo entendido que tiene otras muchas.

Quinlan, él, yo mismo, huyó, huimos, a un lugar donde la maldad del mundo no pudiera encontrarnos jamás, donde los ángeles pueden caminar sin temer la iniquidad de los hombres, Lilith, por siempre Lilith.

—¿Qué quiere de mi?

—Muy sencillo, que encuentre a alguien.

—¿Me pagará?

—Le pagaré bien, podrá abandonar la vida que lleva ahora, podrá por fin dejar de traficar con penicilina, creo que es a eso a lo que se dedica, ¿verdad, Buck? ¿Puedo llamarle Buck?

Vaciló un instante, y pudo ver sus rostros, el de su ayudante, el de su hija y el de su esposa, a un tal Joseph Ka que saldría impune, ¿importaba acaso una muerte más?

Vio a Lilith de nuevo, corriendo hacia él y abrazándole, para despedirse, por siempre, siempre jamás.

Pesará sobre su conciencia, ese será el peor de sus castigos.

—Si paga puede llamarme como le venga en gana. ¿A quién he de encontrar?

—Su nombre es Wilson, William Wilson. Tengo entendido que está en la ciudad. Sólo tiene que encontrarlo e informarme de su paradero.

—¿Qué negocios tiene con ese tal Wilson? ¿Alguna vieja deuda?

Abrió los ojos por última vez.

—Somos amigos de la infancia, muy viejos amigos, inseparables diríase.

—Bien, ¿puede darme alguna pista? ¿Algo por dónde empezar?

Vio como cinco o seis personas rodeaban su cuerpo inerte, cómo golpeaban su cara, para tratar de despertarlo, Quinlan estaba muriendo.

—Es un tipo listo ese Wilson, que tenga suerte.

—¿Y mis honorarios?

Al fin, se reuniría con los que quería, más allá de Sad Bride, y más allá de Nueva York y del mundo, en ese reino junto al mar poblado de ángeles sin rostro.

—Mi mayordomo los tiene preparados. No se preocupe, dispondrá del dinero que necesite, y si requiere mayores emolumentos, no dude en pedírmelos. Es de vital importancia que encuentre a William Wilson.

Buck salió. Tenía una misión.

Hank Quinlan respiró por última vez. Se concentró en su rostro y así, en calma, Quinlan murió.

el opio

 

XII

Agnus Dei

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, dona eis requiem.

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, dona eis requiem sempiternam.

Lux aeterna luceat eis, Domine, cum sanctis tuis in aeternum, quia pius es.

Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis.

El opio

 
         
         
         
         
         
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