P O R T A D A            
Betuel Bonilla Rojas
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  37     Venga, decidme cómo es el amor.        

Venga, decidme cómo es el amor[1]

(del libro La ciudad en ruinas)

 
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Los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones
no les falte algo que cantar


Homero, Odisea

 

Tú vendrás, traerás tus pasos presurosos, impulsados por una felicidad que te atormenta. Con disimulo te abrirás camino entre la muchedumbre curiosa, pendiente del desenlace. Todos respetarán tu mirada segura, tu cabello desordenado y prematuramente teñido de blanco, tus gafas de presunto intelectual, tu testimonio de cercanía con el lugar del suceso. Yo te estaré esperando, atenta, para gritarle al mundo que eres culpable. Me verás tendida sobre el vaporoso e infernal asfalto del mediodía, entre una multitud crepitante de automóviles pugnando por evadir el tumulto. Estaré indefensa, larga, con los ojos nublados por el sol que descenderá perpendicular por esa hora y te recibirá con algo de complicidad. Pensarás que todo ha terminado. Intentarás comprobarlo ahuyentando las moscas que ya habrán empezado su ritual con mi sangre. Ella se derramará hacia ti y tú la detendrás antes que se interne entre las piernas de la concurrencia. Preguntarás por mi nombre fingiendo inocencia. Pero entonces mis ojos te delatarán, te buscaran ansiosos entre el gentío y no podrás retroceder. Mi brazo se levantará y apuntará directo al centro de tu culpa. Por primera vez en un año sentirás el terror del acoso en carne propia, darás la espalda y soportarás los garfios de tu conciencia jalonados hacia mí; y yo, entonces, te daré la razón, recordaré con satisfacción aquella frase escrita por ti con la pluma de mi horror : "he llegado hasta ti". Tú también la recordarás y pensarás que cada camino, por inextricable que parezca, algún día llegará a su fin.

En ese instante serán uno solo tu pensamiento y mi mirada. Leerás los caracteres de los recuerdos en mis ojos. No tendremos prisa ni temeremos al asfixiante ambiente del mediodía; tampoco al sudor salobre de los espectadores que se habrán multiplicado de manera considerable. Tendremos todo el tiempo de mi agonía para hacerlo. Traspasarás el límite racional de muchos momentos ya vividos. Regresarás y me verás de pie, aplaudiendo a rabiar en un auditorio atestado de estudiantes y profesores. Lanzarán de vez en cuando airados vivas a la revolución, y tú no podrás ocultar tu rechazo hacia esa masa de inconformes temporales empecinados en lo imposible. Luego sonreirás recordando que estuvo bien, que tu disertación resultó magnífica, que funcionó el plan de citar el Banquete de Sócrates y Platón, el ritual amoroso de Psique y Apolo, que lograste despertar la lascivia de los asistentes, que los múltiples rostros de deseos acumulados revelaron el erotismo oculto en cada uno de los que te ovacionaron. Los verás desgajándose a torrentes por las gradas en busca de la salida, con la pasión rebullendo entre sus ropas. Serán otra vez las seis de la tarde de aquel aciago día. Sentirás la oscuridad afanada por cubrirte, interesada en volverse tu aliada. Sentirás el cuerpo de una joven acercándose hacia ti; llevará un bolso desteñido de fervorosa militante. Sentirás su tufo a cigarrillo sin filtro, su olor a incienso de rosas. Te fijarás en sus caderas cadenciosas ligeramente cubiertas. Mirarás con disimulo la abertura atrayente de su escote. Revolcarás su cabello con tus aires lúbricos; pero aun así te resistirás a oírla. Correrás a donde no te alcance su voz, dejarás las dudas en su mente y su boca y te negarás a leerle nuevamente las frases del joven Alcibíades justificando su amor sodomítico por Sócrates. Sólo la rechazarás con gestos de desdén. Ni siquiera sabrás por qué se ha acercado a ti. Luego caminarás despacio evocando su aroma persuasivo, pensarás otra vez en el mundo de ficción que estimula tus sentidos. Verás las manos de la pérfida Mesalina desnudando las carnes ajadas del tartamudo Claudio, conquistando el Imperio con su ímpetu de hembra en celo.

Venga, decidme cómo es el amor.

¿Qué harás después? Darás un paso adelante y te lo repetiré con mis ojos en frente de la multitud. Aparentarás leer a Hesiodo comprobando la existencia de Eros luego del Caos. Estarás cubierto entre el follaje espeso que conduce al jardín botánico. Ninguno se fijará en ese arbusto frondoso que te servirá de coartada. Escucharás canciones de Silvio Rodríguez durante largo rato, las tararearás con algo de malestar pensando en el anacronismo de las ideas. Sentirás un intenso olor a marihuana y controlarás con dificultad tus ansias de vomitar sobre los arbustos. Luego seguirás a la joven creyéndote invisible, la verás recibiendo su clase sobre Literatura Clásica y odiarás al profesor que acusa de inmoral al maravilloso Petronio. Seguirás su rastro con discreción entre los estudiantes que abandonan la facultad de Filosofía y Letras. Su voz te servirá de huella, su fragancia será el hilo conductor que te conduzca hacia la Ariadna apasionada. Serán sólo diez pasos los que te separarán de su cuerpo. De repente ella se volteará y te mirará de frente interrogándote, enfocará tus ojos negros y penetrantes, irá hacia ti otra vez, y otra vez huirás, escaparás atemorizado al sentirte descubierto. Ella seguirá su camino sola, inmersa en reflexiones inquietantes. Creerá haberse encontrado antes con tus ojos negros, los verá asomados entre las rendijas del salón de clases, adheridos a sus prendas trasparentes, ocultos tras los sitios por donde transita, husmeando escondidos entre los estantes de la biblioteca; pero no reconocerá el mensaje verdadero. Navegará en el mar viscoso de tus pupilas y se perderá en la inmensidad de sus propias emociones. Pensará en el escurridizo predicador de amores históricos que la ha evadido. Temblará; y de repente sentirá un miedo cerval. El temor cubrirá todo su cuerpo y se verá desnuda con su leve minifalda. Cubrirá los senos con sus manos pero sabrá que no es suficiente, que tus ojos se colarán ávidos por entre sus dedos y descansarán sosegados en la aureola oscura de sus pezones. Correrá, correrá y tu irás tras ella con tu respiración febril, irás en su misma dirección por entre pasillos lúgubres y despoblados. Y en adelante no huirás de ella, querrás acompañarla y atormentarla para siempre, revivirás al Edipo homicida necesitado de un oráculo que dictamine su destino y le dé sentido a su vida.

No sabré cuánto tiempo habrá pasado, media hora, o tal vez seis meses. Estarás todavía junto a mí. Abriré con lentitud la hoja de bordes dorados y leeré: Canosas están mis sienes, blanca mi cabeza; ha huido de mí la juventud graciosa . Maldeciré a Anacreonte por haber escrito esos versos para ti. Te buscaré por toda la universidad, entre los árboles, a mis espaldas, sobre mis senos, en el brillo acuoso de mis pupilas, para gritarte sátiro, para reírme de tus versos ridículos de fauno enamorado, para declamarte de memoria otros versos que respondan a tu asedio: Como la manzana dulce se colorea en la rama más alta, de ella se olvidarán los cosecheros de manzanas. Pero no es que la olvidaran, es que no pudieron alcanzarla. Presenciaré tu estupor ante Safo de Lesbos. Brotará silvestre tu melancolía y se arrastrará a mis pies desde la distancia. Porque por fin estarás a mi alcance sin tu séquito de admiradoras. Me acercaré, respiraré con cuidado para no enterarte, y como siempre alguien saldrá a solidarizarse contigo: "¿aún solo, maestro?, dirá una voz femenina. "Aún solo -contestarás -, protegiéndome de las Gorgonas, Caribdis, Escilas y Circes, buscando sólo la compañía de la bella Calipso, la que siempre se esparce entre los bosques aprovechando la oscuridad". Una por una reconstruirás tus palabras de aquel día, tu sonrisa socarrona de triunfo al saberme allí, cerca, al verme impedida de cantarle al mundo tu farsa, tu verdad, mi verdad, tu fingida soledad en acecho de la mía, tu soledad detrás de mi sombra, admirándola, acosándola, adulándola con tus ojos cargados de lujuria.

Serán tal vez las doce y treinta del mediodía o las once de la noche de muchas noches. El gentío se habrá esparcido ante el acoso del calor y del tiempo inexorable. La sangre se habrá cansado de fluir y formará un círculo opaco alrededor de mi cuerpo. Gemiré de dolor, gemiré; pero no será como el gemido de las otras noches de placer. Envuelto en la bufanda negra permanecerás con tu mirada fija en la ventana. Dos sombras se contorsionarán a través de las cortinas, se amarán, se fundirán en un orgasmo prolongado y sonoro. Los rastros del placer emergerán por los cristales de la ventana desplegados intencionalmente. Una y otra vez, durante muchas noches seguidas, se dirigirán hacia el rincón brumoso en el que esperarás impaciente, odiándome, odiando al osado joven que se habrá adueñado de mi calor, que habrá deslizado las prendas de mi cuerpo con sabiduría. Lo imaginarás desnudo junto a mí, sobre mí, y ni aun así te moverás, soportarás los diez grados de temperatura de una noche húmeda y sólo observarás. Lentamente los quejidos se acallarán presagiando el final, pensarás en mí y yo pensaré en ti, en tus reiteradas jornadas de insomnio, en tu miserable soledad no elegida, en tus encrucijadas mitológicas, en tus mentiras públicas de orador, en nuestras persecuciones secretas plagadas de silencio y de rencor.

Avanzarás un poco sobre el asfalto caliente que adormecerá mis recuerdos. Descubrirás mi presencia constante en cada una de tus disertaciones. Verás mi quietud atenuándose ante tu premura. Defenderás la Astucia de Clitemnestra, las frecuentes infidelidades de Helena de Troya, increparás la tediosa espera de Penélope, llamarás imbéciles a los Pretendientes por carecer de recursos de seducción, celebrarás el desparpajo de las diosas, dirás que en Afrodita está por extensión la especie humana, perversa, manipuladora, envidiosa e insaciable; todos, menos tú y yo. Lo pensarás mientras tus ojos ascienden por cada hilera hasta encontrarte con mi mirada, con mi boca deletreando en un susurro m a l d i t o s á t i r o . Recitarás con fervor los poemas lésbicos de Safo para mí y dirás que sólo la lujuria aplazó el suicidio de la Dido enamorada. Sonreirás y evitarás las preguntas, correrás detrás de mí. Yo me habré levantado y habré salido rauda, tomaré por los pasadizos angostos de la facultad, sombríos, tenues, facilitando el recorrido de tu memoria y de tus pasos, saboreando tu agitación, tu saliva segregada ante la inminencia de nuestro roce. Correré satisfecha, correrás inquieto; aparecerá la luz y se llevará la turbulencia de nuestros pensamientos, aplazará por otro día la unión acalorada de nuestros asedios.

Algunos minutos más se habrán agregado a esa reunión siniestra de calor, moscas y sangre. Los automóviles rodearán mi cuerpo y se llevarán ese último hálito aferrado a sus neumáticos. Tu presencia será permanente. Esperarás sonriente a que el sopor haya acabado con mi aliento. La noche será turbia. El licor correrá a torrentes entre canciones y caricias envueltas en una inmensa tufarada de marihuana. Los cánticos de muchos hombres conformarán un coro de consignas impregnadas de desgreño. Permanecerás alejado, con un cigarro repetido una y otra vez en tu impaciencia. Me verás cantar. Me verás lanzarme de brazo en brazo con desprecio, con asco por esa cofradía inútil de estudiantes gritándole mueras al Imperio, consumiéndose en ideales de orgías clandestinas. Pero todo será necesario para eludirte, porque tú mirarás impotente. Velarás en silencio mis salidas, acogida por distintos brazos en cada noche. Tendré tiempo para mirarte, para retarte, para invitarte a un rapto verdadero en el que no medien las sombras. Mi cuerpo será ese recipiente en el que tus ojos se vierten con nostalgia, en el que tus manos se posan de manera imaginaria mientras mi carne yace desnuda al lado de jóvenes harapientos. Verás escapar los días sin otro avance que el de mi indiferencia, sin otro ofrecimiento que el de mi constante pertenencia a los tumultos.

La oscuridad se acercará con su trajinar de soledad y sombras. El sol se tornará difuso, formará una mancha lechosa apartada a gran distancia. El calor se irá escapando de mi cuerpo sin que nadie lo reconozca en su mirada. Veré un círculo de rostros irreconocibles, de rasgos esparcidos entre una nebulosa de cuerpos en movimiento. El mediodía hace rato habrá avanzado hacia la tarde. Sólo tú tendrás el coraje de mostrarte sin cambios, cabellos blanquecinos caerán sobre tu suéter negro formando una mezcla agradable de colores. Estarás pulcro, repleto de citas amorosas, de aforismos aprendidos a lo largo de tu estadía entre los libros. Tu solipsismo brotará triunfal ante la turba que te rodea, la verás informe, irredenta, portadora de la carga aplastante de la ignorancia. Creerás que sus ojos no merecen el festejo de mi cuerpo. Lo creerás tuyo a pesar de todo, lo sentirás tuyo a pesar de los recuerdos. Sabrás de nuestros contactos visuales en un año de acosos y de evasivas. Estaré sentada como una más de tus alumnas; harás todo un derroche de memoria y de sapiencia. Dirás que el amor y el conocimiento son en realidad uno solo, que quien no ama con intensidad no conoce, que la belleza es el único refugio verdadero de quien se inclina hacia la sabiduría. Lo constatarás con tus apuntes, con mi sonrisa, con ese cruzar de sensaciones ajenas a la estulticia humana. Te detendrás y yo huiré, temeré a la noche inminente, temeré a tu andar precipitado por entre los arbustos, por los corredores, por esas calles en las que la vida empezará a ocultarse. Correré a pesar de tus palabras, me esfumaré a pesar de mis impulsos.

Entonces yo entraré decidida a la noche, la última y más apreciada de las noches. El calor será tan sólo un vago y lejano sendero por el que algún día habré deambulado. Parecerás indiferente ante la sangre, ante los segundos que se fugarán sin detenerse un solo instante. Recorrerás uno a uno esos seres que se agolparán junto a mi cuerpo para presenciar su quietud definitiva. Te sabrás solo a pesar de todos ellos. Te erguirás satisfecho de tu victoria sobre el tiempo y el conocimiento humano. Imitando a las moscas darás pasos alrededor de mi sangre. Será tu último conjuro, será el ritual para darle despedida a los recuerdos, a los impulsos emotivos, a un año de persecuciones y huidas consecutivas. El calor será inclemente en esta tarde. El sol alejará a algunas personas y atraerá a otras. El sudor caerá en pequeñas partículas dispersas y conformará una sola sustancia con la sangre. Recordarás esa mañana, ese trotar tuyo entre los árboles con un verde mañanero, ese olor a naturaleza fresca, a prado creciendo lentamente ante la indiferencia de los hombres. Tus pasos andarán acompasados con tus pensamientos. Inhalarás con fuerza el ambiente de la aurora, llenarás tus pulmones de un aire matutino y lo saborearás sin prisa. Sentirás entonces el aroma particular del cuerpo femenino, de la carne ansiosa, de los deseos agitados. Comprobarás que no existe la noche, que las sombras se habrán disipado y habrá llegado una claridad en la que las formas se vislumbran fácilmente. Sentirás miedo, temerás a esos pasos que retumbarán a tu espalda desde una distancia imprecisa. Los escucharás cerca, cada vez más cerca de tu vida. Sabrás que ese acelerar de tus movimientos te conducirá al cansancio, al repudio de esas noches en las que corrías imponiendo tu propio ritmo; y este ritmo será otro, sonará diferente, será ajeno al de las jornadas anteriores. Correrás con mayor precipitud, tu respiración se convulsionará y te llevará por entre calles abarrotadas de transeúntes. Pensarás en esos dioses alados acorralando la belleza de Adonis y Ganímedes. Y los verás siendo alcanzados sin remedio, tropezando, cayendo indefensos ante la voracidad del apetito divino. Identificarás mis pisadas dispuestas a darte alcance, cansadas de huir, cansadas de perseguir en vano, anhelantes de un encuentro más allá de las noches y de las tardes asoleadas, más allá de esa historia interminable de amores mitológicos. La ciudad se llenará de nuestros pensamientos y olores, de nuestro caminar marchando a encontrase en un tiempo sin antecedentes en las huellas de la memoria urbana.

Caeré de repente y la sangre brotará copiosa por entre la carne maltratada. Tu correr se detendrá cuando el aroma haya quedado tan atrás que no te llegue. Temerás nuevamente; pero será el temor de la ausencia, un miedo de adolescente abandonado te obligará a regresar, te guiarás por el olor a mujer, por el olor a sangre, por el olor a muchedumbre y a curiosidad. Llegarás y mis ojos estarán adormecidos por un sol que los golpea de frente. Estaré inmóvil, quieta, dispuesta a morir con tu cercanía, preparada a desaparecer con tu presencia, preguntándome si ese era el final de nuestros pasos, y si ese estar así, frente a frente por primera vez en un año, era el desenlace escrito en los oráculos, si las Parcas nos tenían reservada esa extraña cita en el momento de la muerte. Luego te irás simplemente y volverás a tus reiteradas diatribas contra el amor humano. Te sentarás y recorrerás cada silla en busca de blusas ajustadas y de brisas que huelan a juventud y a deseo. Y en las noches retornarás a los pasadizos misteriosos y oscuros en los que siempre te encontrarás con el eco solitario de tus pasos.

Venga, decidme cómo es el amor.

 


NOTA:

1 1. El título es tomado de un verso del poema “Decidme cómo es el amor”, del poeta británico Wystan Hugh.

 
         
         
         
         
         
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