P O R T A D A    

 

Composición de Eldígoras.    
      Araceli Otamendi   punto de encuentro
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  Tomar el sueño como algo real, vivir demasiado los sueños impuso esta espina a la rosa falsa de mi vida soñada: que ni siquiera los sueños me agradan porque les encuentro defectos.

Fernando Pessoa

Mientras la mujer preparaba la comida escuchó algo así como un ladrido acercándose. Se asomó a la ventana, no veía más que el cerro, helado y blanco.

Ojalá que no sea, pensaba. Y también pensaba en las palabras de su marido, esa mañana:

- Si vuelve por acá lo mato

Quería impedírselo, no tenía ganas de ver morir a un perro. Kiyán se había criado de cachorro entre los niños. Ahora se había cebado con la sangre de los ciervos. Se había comido dos y una vez que uno de ésos prueba la sangre del ciervo nunca más quiere otra cosa ¿entienden? Era la voz del marido como un repiqueteo.
Y cuando a él se le ocurría algo...

Habían discutido, no era la primera vez.

Tal vez los ladridos no eran de Kiyán, pensaba.

El hombre se había ido en el jeep, había que cortar leña y cazar. Los niños estaban en la escuela.. Y a veces las palabras venían a la memoria, eran recuerdos, frases, imágenes. ¿Por qué te vas? No te vayas, la voz familiar, la voz de su madre. Había pasado el tiempo, tal vez mucho, ahora ella era de este lugar.

Dueña del silencio, abrigada por las montañas, disfrutaba la quietud de las noches, el calor de la leña, la distancia entre los vecinos.

Sin embargo habia cosas como éstas que no le gustaban: los animales no eran tan domésticos, había algo que los impulsaba a actuar, a comerse dos ciervos, por ejemplo.

Al mediodía, cuando el sol apenas tiñó el cielo de una luz pálida, de un amarillo tenue, la mujer salió a buscar la ropa tendida en la soga, vio siluetas heladas movidas por un viento seco, frío. El viento se parecía a un azote y le azotaba la cara de mujer joven, gastada, arrugada y seca, prematuramente, oscurecida por el sol. Un hilito rojo le brotó en las manos. Juntó la ropa dentro de una bolsa y entró.

Se dedicaba a ordenar la casa, a juntar juguetes, ropa tirada por todas partes. Y cantaba, cantaba viejas canciones de un país lejano, en un idioma que ahora casi no escuchaba. Eran viejas canciones de cuna que alguna vez su abuela había cantado.Y leía, le gustaba leer sobre las vidas de los esquimales que vivían en un igloo y dormían todos juntos bajo las pieles. Eran sueños de niña convertidos en cuentos, historias que alguna vez había leido, historias extrañas de seres lejanos, seres de tierras frías viviendo con total familiriadad.

Ahora era de noche. Sentados alrededor de la mesa comían ella, el marido y los tres niños. Generalmente el marido no hablaba. El fuego crepitaba en el hogar, se mantenía encendido día y noche. Secaban las botas mojadas por la nieve, ahí, junto al fuego. El hombre también era joven, tenía la piel reseca por el viento frío y el trabajo duro. Aquí no era como en Buenos Aires, había que ir al bosque y talar árboles para conseguir leña, cazar animales y un montón de cosas que en la ciudad ni siquiera se piensan. Los manos del hombre parecían talladas en madera por algún escultor desprolijo.Sería difícl hablarle, él estaba absorto en sus pensamientos.

Escucharon un ruido afuera y el hombre se asomó a la ventana, pero sólo se adivinaba la inmensidad del cerro a lo lejos, detrás de los copos de nieve que caían formando una cortina blanca. El hombre tomó el rifle, se calzó las botas, la campera y salió.

Los niños y la mujer se quedaron mirando detrás de los vidrios, a lo lejos, una infinita sensación de oscuridad.

El hombre adivinó enseguida la silueta del animal. Preparó el rifle. En la casa se escucharon algunos disparos.

La mujer, sentada frente al hogar, miraba el fuego rojo y brillante, las cenizas amontonándose. Abrió el libro y leyó. La escena transcurría en una tienda de esquimales. El hombre no había podido acostarse, dos niños ocupaban el lugar de él en la cama. Partió para otra tienda. Ahí el hombre encontró a mucha gente que lo esperaba, le reservaban un pequeño lugar y eso a él, le bastaba. El dueño de la tienda le reservaba un cálido hueco entre las pieles, junto a su joven y bella esposa.


   
             
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