P O R T A D A                 Composición de Eldígoras.    
      Alejandro Margulis   punto de encuentro
  35 tierra - prosa    

Fin de cita, VI
(fragmento)

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151.          A lo que quiero llegar es al trauma.

152.          Al trauma de haber estado aguardando la llegada a séptimo, durante obvios seis años, para poder disfrutar de la cumbre, bueno, del (cito) patio del cielo (fin de cita)[1] en las aulas de arriba y tener que absorber la imposibilidad concreta por culpa de una demolición totalmente ajena a las autoridades escolares. Porque el hecho es que durante el verano que transcurrió entre el sexto y el séptimo año de la primaria del Margulis, la deleitosa visión de los edificios vecinos demoliéndose cedió su espacio de representación no a la deseada, soñada desaparición del séptimo completo —cosa absolutamente previsible según la tópica de la lógica infantil— sino a una vulgar mudanza. ¿Cómo, no vamos a ir viendo cómo destruyen el aula de a poquito? ¿No va a entrar una mañana un obrero dando un mazazo al aula, en medio de la prueba de aritmética? Pues no. No ocurrió. Séptimo grado encontró a todos los niños, en rigor, sólo a los de séptimo, mudados a un edificio ni siquiera quedaba muy cercano: sobre la calle Viamonte, entre Junín y la que le sigue. Al Margulis en formación no le entró en la cabeza preguntarse a dónde habían ido todos los demás porque (fue de suyo que si no había edificio para séptimo tampoco lo podía haber para el resto de los grados) en su acotada imaginación la ausencia de los otros era un problema que ni siquiera valía la pena considerar. Menos aún cuando se corrió el rumor de que el espacio donde ahora los tres séptimos iban a aprender juntos, sin siquiera unos tabiques separándolos, pertenecía al último piso (siempre el último, siempre el último) de lo que todos nombraban con temor (cito) la Morgue (fin de cita)[2]. La Morgue Judicial.

153.          Habrá quizás que bucear en este tiempo, en este contexto de cadáveres percibidos a edad demasiado temprana, las razones de su obsesión por los temas negros.

154.          Su novela de difuntos, y sí.

155.          Citemos lo interrumpido:

                              156.          Roldán o Piaget, según

157.          Veinticinco años después, cansado y con resignación en apariencia, el fotógrafo sacó el último de los sobres rectangulares y angostos donde guardaba los recuerdos incriminatorios y lo encimó arriba de todos los demás. Por qué necesitó veinticinco años para realizar un movimiento tan simple, de tan baja demanda de energía física, es algo que me resulta imposible de explicar. Lo único que tengo claro es que la sensación de pesadez que limitaba cada uno de sus movimientos era la misma, en rigor, que a mí mismo me hizo sentir enfermo todas y cada una de las veces en que los avatares de la escritura me hicieron creer que había llegado la hora de cumplir con la decisión de contar su historia. ¿Cuándo me decidí a hacer lo que tenía que hacer?¿Cuándo nos decidimos? Ahora me parece que fue hace mucho, muchísimo tiempo, casi tal vez tanto como el que transcurrió desde la paradójica vez en que enfoqué mis ojos estrábicos juntos en la misma dirección —quiero decir, sin que nadie me lo ordenara— cuando conocí a ese hombre llamado Roldán que se dedicaba a un oficio peculiar. Ese hombre llamado Piaget que vivía de sacar fotos de difuntos había trabajado para un fotógrafo de pueblo primero, después para la policía y por último para el ejército. Cuando yo lo conocí pesaba más de ciento veinte kilos pero mientras se dedicaba al arte de las fotos de los muertos era flaco y desgarbado. Su existencia cobró vida para mí cuando salió a denunciar públicamente que un juez de la nación había ocultado pruebas acerca de dos monjas francesas desaparecidas en la Argentina durante los años de la dictadura militar. El ocultamiento de esas pruebas por parte del juez había consistido, según Roldán (o Piaget, según) en esconder las copias de sus fotos para que no se pudiera identificar a los dos cuerpos que la policía había encontrado en un tanque de aceite flotante a la orilla de las aguas del río Paraná. Según él, los dos cuerpos estaban hinchados y también algo putrefactos, y los policías habían convocado al Carnicero para que los pinchara hasta desinflarlos. Yo trabajaba en ese tiempo en el diario de la nación y propuse a mi jefe hacerle una entrevista al personaje para corroborar o desmentir sus dichos; acostumbrados a mis pedidos insólitos, que yo siempre coronaba con un material muy comentado luego en las radios y por los colegas, mi jefe me dijo sin demasiado entusiasmo que sí, que lo hiciera, de modo que conseguí que el diario me pusiera un auto y me aboqué a rastrear a ese fotógrafo que decía haber visto cosas revulsivas. El rastreo y búsqueda del personaje me demandó poco tiempo porque el notero que había inscripto su primera declaración en el diario tenía un contacto directo, que ya no recuerdo. Pero no. No fue así. El contacto directo con el fotógrafo de muertos me llevó más tiempo del que yo preveía porque el notero no estaba muy interesado en que alguien pudiera dar crédito a la historia de ese rufián (el notero me dijo: “está loco, es un mitómano, un enfermo, no le podemos dar crédito”) y yo no le insistí para conocer su paradero. Pensé simplemente que los motivos por los que no me quería dar sus señas se debían a la censura del diario de la nación, que siempre había llevado una política bastante ambigua con las coberturas de las noticias de los desaparecidos. Mi temperamento con relación a ese tema me hacía pensar que yo debía hacerme cargo de la investigación. No por que tuviera algún interés en especial, como Santamarina, sino porque corroborar la tesis del fotógrafo podía ser una gran excusa para publicar un best seller. Aunque el tema me causaba en realidad un enorme sopor, decidí dedicar varias tardes a buscar y rebuscar los sobres que contenían la palabra desaparecidos en el archivo. Curiosamente, encontré muchas noticias recortadas que hablaban de enfrentamientos pero ninguna sobre la desaparición en cuestión. Adelaida, la jefa del archivo desde hacía treinta años, tenía su propia parecer con respecto al asunto: “Los desaparecidos están todos en Suiza. Otra que desaparecidos”, dijo cuando fui a pedirle material. No, no fue así. Como en el archivo del diario de la nación no había ningún sobre con el rótulo desaparecidos yo me había puesto a buscar alguno que tuviera la palabra enfrentamientos o, en un arranque intuitivo que me llenó de orgullo por mi capacidad detectivesca, la palabra subversión. Entonces, sin consultar a nadie, encontré montones de noticias, en general muy cortas, de cinco o diez renglones o líneas, en las que se constataban los nombres de algunas personas muertas en enfrentamientos armados con las fuerzas de seguridad. No así los nombres de las monjas francesas pero igual fotocopié casi todos los documentos. Cuando terminé mi búsqueda me junté a solas con la guía de teléfonos y busqué el nombre de Roldán (o Piaget, según). Después de un par de intentos fallidos lo ubiqué en una concensionaria de autos de la zona de Vicente López, donde trabajaba como sereno. No, acá hay algo mal de nuevo. ¿Cómo iba yo a ubicarlo en una concesionaria como sereno por la guía de teléfonos? Alguien tuvo que darme ese dato primero. No me acuerdo cómo fue, ya, la cosa. ¿Cómo habrá sido que lo encontré? Como quiera que haya sido, lo cierto es que ahora su nombre figura en una de mis agendas (nunca las tiro) y que en ese momento mi personaje tenía mucha necesidad de hablar con alguien. Cargaba sobre su conciencia sentimientos nunca antes expurgados y cuando el periodista serio que era yo lo llamó para entrevistarlo aceptó relativamente rápido. Aclaró desde un primer momento que él era un foto periodista y de algún modo insinuó que sus materiales fotográficos estaban a la venta. A mí no me interesaba comprarle nada pero sí conocer el fondo de su historia; en mi imaginación venía construyéndose desde mucho tiempo atrás un ramillete de variaciones como calas acerca del tema de los seres ocultados del mundo por la dictadura y, sin poder evitarlo, buscaba continuamente nexos entre aquellos hechos dramáticos y mi propia vida. En ese tiempo yo creía que un escritor era una suerte de catalizador de los traumas colectivos, alguien cuya obra sólo adquiriría relevancia en la medida en que indagase en sí mismo con absoluta honestidad. El fondo de un escritor de verdad, pensaba yo, debía ser como un río subterráneo o una napa a la que afluían la totalidad de los fondos secretos de las personas de su tiempo. Si alguien entonces lograba acceder a ese cúmulo líquido de experiencias, a esa sustancia viscosa compartida —y lograba contarlo después de un modo lo suficientemente agradable— estaría haciendo una contribución llamada a perdurar durante años. Todo eso en teoría. Ahora, si un antecedente tuvo mi camino hacia Roldán (o a Piaget, según) fue el día en que, al segundo año de trabajar en el diario cayó en mis manos casualmente una revista de fotografía. Después de hojearla distraídamente un artículo centró mi interés. Escrito de modo catedrático pero legible explicaba los orígenes y desarrollo del arte perdido de la fotografía de difuntos. No viene a cuento repetir acá todos los conceptos que vertía apasionadamente su autor (sí quizás consignar que su apellido, Príamo, me resultó familiar). Lo importante es que el trabajo se basaba en la recuperación que él había hecho del archivo fotográfico del famoso retratista esperancino Fernando Paillet, con el auspicio de una fundación benéfica de la capital, y que describía las características de las ars moriendi argentinas a partir de la historia de vida y el trabajo de Paillet. Esa fue la primera vez que vi imágenes de difuntos consideradas como tales; los cuerpos muertos estaban en sus féretros muy bien vestidos y maquillados, había algunos de adultos y otros de bebés de pecho. Vi ahí también criaturas atadas a una sillas y otras más que en este momento me resulta difícil describir con precisión. La vista de esas fotos disparó entonces en mí una explosión de asociaciones. No.No fue así. Las asociaciones iban a empezar a surgir a partir de ese momento en mi conciencia de un modo tedioso. Por algún motivo que entonces no podía explicarme, esas imágenes poco a poco fueron desplazando de mis intereses otros motivos sin duda más amables. Lo primero que hice fue inscribir una hoja de ruta argumental en las mismas páginas de la revista. Con un marcado azul fui colocando redondeles y haciendo dibujitos alrededor de las fotos en blanco y negro que ilustraban la nota. Hice globos obvios con frases del tipo “qué lindo soy” unidas por flechas de historieta a los cadáveres retratados. Los retratos eran de los parientes de Paillet, a quienes él mismo había fotografiado no enendí si para experimentar las técnicas o por pura morbosidad. Un movimiento de la creación siempre lleva a otro y bastó que empezara a animármele a esos espectros para que se despertara en mí la imaginación más macabra. Al cabo de media hora las hojas de la revista estaban llenas de flechas, números y letras. Me sentí exhausto pero feliz ; después me vino un cansancio enorme. En pocas semanas mi casa entera, mi estudio, mis otros proyectos personales sufrieron las consecuencias de esa visión que extrañamente comenzó a resultarme de mal gusto y absolutamente demodé. Sin poderlo evitar empecé a levantarme una hora antes que lo acostumbrado (yo era alguien más bien dormilón) y después de desayunar salía a caminar por las cercanías del cementerio de la Chacarita, donde finalmente tomaba el subte para ir al diario. En la zona visitaba particularmente a los marmoleros. Lo que yo quería era encontrar otros fotógrafos que hicieran eso que había hecho el fotógrafo de la revista. Me resultaba bastante complicado entrar en tema porque —pensaba— alguien podía creer que yo era una especie de loco; para disimular llegué hasta entrar a algunos bares a mojarme los ojos con unas gotitas de colirio cosa de que se me enrojecieran. A un deudo nadie le puede negar una respuesta, me dije la primera vez que me encerré para ponerme las gotitas. No miento mucho si digo que salí de ese baño nervioso como si hubiera estado masturbándome. Pero ocurrió que ninguno de los marmoleros a los que les pregunté por retratistas de difuntos pudieron orientarme. En cambio conocí a personas más normales de lo que yo pensaba que eran, por lo general amantes de los deportes y, en cierto modo frustrante para mí, de hábitos tan rutinarios como los de cualquier hijo de vecino. Al que no esperaba encontrar dentro de esa fauna era al Jockey. El Jockey era un hombre desproporcionadamente liviano que había sufrido una caída unos años atrás y que ahora deambulaba, un poco como yo, pero en silla de ruedas, por el mismo ambiente de los marmoleros. Las razones de su permanencia en ese espacio eran un misterio que nadie supo explicarme por más que lo pregunté con insistencia. Pero su historia me fue llegando con intermitencias, como suelen llegar a los artistas plásticos los raptos de inspiración. El Jockey —por supuesto nadie conocía su nombre verdadero, que yo llegaría a descubrir de un modo inesperado— había nacido en Norteamérica pero vivía en la Argentina desde los años y medio de edad; orgulloso y huérfano de padre, se había conchabado como peón de limpieza y como el trabajo de sacar la mierda de los caballos, y mucho menos gratis, no tenía demasiados pretendientes pronto se convirtió en el limpiamierdas campeón del hipódromo de Agea. Hombre de pocas palabras, ya entonces sus orígenes eran algo que nadie conocía. Tenía los ojos hundidos y hacia atrás, como apoyados en los parietales. Tan por detrás de la nariz y de la boca estaban que más parecía su cara la de una comadreja que la de un animal humano. Y si bien yo nunca lo vi de pie, en un retrato suyo de cuerpo entero que me mostraron enmarcado en uno de los bares de la zona comprobé que también el resto de su figura, delgada y flexible, tenía los dones de una rata mayor. En el hipódromo de Agea trabajó durante un año entero juntando los desechos de los caballos de carrera. Y tal vez fue por su costumbre de andar siempre despierto y al acecho por la noche, como los roedores de su estirpe, o quizás por la velocidad de sus manos, que dejaban cada establo en el que había fijado su atención limpio desde antes del amanecer, que los dueños de los studs vecinos empezaron a pedirle a él que se ocupara de la limpieza. El Jockey aceptó por único pago el permiso para dormir en el heno y algo de comida diaria. Hacía como me contaron su trabajo cuando todo el mundo estaba durmiendo y sin embargo también podía vérselo por las mañanas, durante las rondas previas a las carreras, acodado en las barandas de la pista de entrenamiento con la vista fija en los desplazamientos de sus atendidos. Fue así natural que una vez cierto veterano millonario lo dejase dar una vuelta al paso por la pista montado en uno de sus caballos más excéntricos, uno que bailaba la rumba en el padock y que iba a terminar protagonizando una novela con más de cinco ediciones de cinco mil ejemplares cada una. Dicen entre los marmoleros que en cuanto el Jockey subió al animal fue como si ambos se hubieran estado esperando desde siempre. La espalda del Jockey se puso de inmediato paralela a la columna del animal y, anclados intuitivamente sus pies en los estribos, pareció que en cualquier momento se iba a largar a trotar. El caballo levantó apenas las orejas cuando sintió el leve peso de su jinete y todos vieron cómo se le tensaban los músculos listo para la carrera. La tensión pareció extenderse fuera de la piel del caballo y deslizarse por las crines; como su jinete no le soltaba rienda hociqueó en el aire y resopló moviendo el cuello hacia adelante. Durante unos minutos el Jockey mantuvo en vilo a todos los que estaban presentes en el lugar, estiró él también el cogote como si con el movimiento quisiera comerse el horizonte de la pista y entonces hizo algo absolutamente inesperado: sin dar ninguna explicación, sin trasuntar el menor sentimiento en su cara alargada desmontó. Cruzó los tientos por el cuello del animal, palmeó dos veces la grupa y dijo mirando la arena entre sus pies:

158.          —Falta un poco todavía. Tal vez mañana. (fin de cita)

159.          La llegada del Margulis al pueblo de Esperanza ocupa tres carillas enteras en un cuaderno (en rigor, libreta de corcho) que se nos olvidó mencionar. Consta en ellas el nombre de un hotel, el número de la habitación del mismo, el horario del cementerio municipal y la dirección de una vieja farmacia. No es difícil seguir a nuestro artista en la descripción de sus acciones pese a que éstas figuran escritas en forma de breves oraciones iniciadas con números romanos, casi indescifrables. Lo más llamativo tal vez sea una frase transcripta de Guy de Maupassant para la edición de las cartas de Gustav Flaubert a George Sand, directamente en francés. La frase señala la impunidad en que se encuentra el auténtico novelista a la hora de escribir : “ellos no tienen la misión de moralizar, ni de flagelar, ni de enseñar”, dice en una letra casi microscópica. “Todo acto, bueno o malo, no tiene para el escritor más que una importancia : la del sujeto a describir, sin que ninguna idea buena o mala se le pueda atribuir”. El resto de las hojas lo ocupan unas imágenes obscenas imposibles de olvidar. Con un poco de imaginación pueden unirse las acciones a las imágenes; evidentemente aquellas son la ilustración de la idea que representan éstas, algo que provocaría nerviosismo antes que cualquier otra emoción. No se entiende en qué ha estado pensando el dueño de la libreta cuando hacía esas anotaciones. Lo evidente es que no han sido destinadas a un público sino a representar el mapa privado de sus obsesiones.

160.          Pero retomemos la cita:

161.          Durante todos estos años no avancé mucho más allá de ese bosquejo. La pereza por fantasear, la potencia de los datos reales en mi conciencia de espía, no sé. Yo, que nunca fui un gran imaginador, de pronto me encontré hablando de mis personajes como si fueran parientes o vecinos, hasta por los codos. Para reforzar los cuentos que iba inventando sobre la marcha, entremezclaba todas las verdades públicas de las que yo me iba enterando por mi trabajo corriente en el diario. A los vecinos les parecía creíble que hubieran ocurrido cosas así en este país... “¡Si dá para todo esto!”, comentaban en la cola del pan con sus respectivas canastitas llenas de facturas. Por suerte para mí, la mujer del panadero me demostró una particular atención. Era una mujer maciza y alta, poseedora de dos joyas, cómo te explico, de la ornamentación femenina. Bueno, mientras ella despachaba yo la iba devorando meticulosamente. Empezaba mi observación por el pelo pajizo, que ella siempre estaba cambiando de color; dejaba circular somnolientamente mis ojos por el cuello y los brazos transpirados de tanto entrar y sacar bandejas; después me adormilaba escuchando las intrascendencias de su conversación. Luego me detenía a mirar las bolas de frailes, imaginarme al panadero pintándolas con el azucar impalpable, a mí mismo mojándolas con chocolate tibio mientras el localcito se impregnaba, bueno, del aroma a factura recién horneada. Ni quería volver a casa en ese estado. Pero después me sentía culpable, como si por mirar estuviera faltando a la promesa de fidelidad conyugal; el estado de glotonería visual sólo se interrumpía cuando la mujer del panadero me decía, acomodándose el flequillo con un golpe del dorso de la mano: “¿Y con qué nos va a soprender hoy el periodista de la cuadra?”. Como nunca sabía en qué momento iba a lanzar ella la frase que me habilitaba a contar yo me quedaba invariablemente duro con mi canastita en la mano y hacía un movimiento vago en el aire con la pinza, como diciendo oh, no es nada importante, nada nuevo que valga la pena decir o escuchar. Y a lo sumo arrojaba algunas palabras breves, unas que otras frases descuajeringadas (la verdad es que yo quería ocultar que no había pasado nunca de hacer aquel listado de ideas con la novela) que provocaban el efecto inverso que yo hubiera deseado. No quiero hacer creer con esto que era una persona importante ni mucho menos. Tampoco que todos los del barrio se quedaban a escucharme. Mi público no era fiel ni decidido pero resultaba un estímulo saber que iba a haber alguien ahí todos los días. Cuando volvía a mi casa con las facturas y el diario me sentaba a tomar un café solo, bien cargado, dejaba otro en una ollita y con el diario doblado en cuatro me iba a hacer mi recorrida inutil por lo de los marmoleros. Una mañana las sirenas de la policía nos despertaron a todos en la cuadra más temprano que de costumbre. Qué había pasado, lo supe al salir a la vereda todavía con las pantuflas puestas. En la óptica vecina a la panadería habían intentado robar al oculista ; cuando se resistió le perforaron el cráneo con un balazo de nueve milímetros. El cuerpo muerto todavía estaba tirado en el piso cuando me acerqué a curiosear. Lo habían tapado con una frazada pero una mano sobresalía de abajo de la tela. La sangre apenas se adivinaba en un manchón parduzco de humedad que iba agrandándose donde deducíamos estaría la cabeza perforada. Los policías del barrio habían cercado la zona con una cinta plástica azul, adentro de la que se instaló el secretario en una silla y con una pesada máquina de escribir mecánica sobre los muslos. A medida que su compañero le iba dando los detalles, el secretario los tipiaba con dos dedos que golpeaba torpemente. No sé porqué quedé fascinado con ese par de salchichas de carne de hombre. Por mucho que lo evitara la vista se me iba hacia esas manos poco prácticas. Pensé en ofrecerme para hacer el trabajo más rápido pero tan pronto como la idea me vino la expulsé. No era mi rol. Creo que mi personaje se me fue entonces de las manos por culpa de esa fijación, o quizás la culpa la tuvieron los murmullos de la gente, que iba recurriendo a su mayor esfuerzo para hacer entendible el asesinato. No digamos nada acerca de lo razonable de la queja ni de las insinuaciones traídas por varios viejos que habían estado llegando a mis oídos en los últimos días, y que apuntaban coincidentemente a que los comerciantes del barrio eran presionados para colaborar con la Cooperadora Policial. Lo que te puedo decir es que cuatro o cinco voces se mezclaron en el aire blanco de esa mañana : “Estaba... andaba en algo raro este... Si nunca entraba nadie al local”. ”Seguro”. ”Dicen que al fondo, ahí”. ”Si, se ve todo... ”. ”¿Dónde? ” ”¿No ve?” ”Nada. No veo nada”. Que uno de los policías se agachó junto a la lona y la levantó de una punta agachado y en cuclillas. Que apareció una cámara de fotos y un ojo que no pude ver y le sacó varias fotos. Que el policía que estaba agachado volvió a cubrir el cadáver. Que de pronto me sentí enojado con el mundo. A esa hora yo debía estar conversando con un marmolero que me había dicho que volviera nuevamente para mostrarme, dijo, algo muy interesante para mi búsqueda. Dejé a todos los cuervos atrás y enfilé para la Chacarita (fin de cita).

162.          Sea a donde fuera que iba a llegar, lo cierto es que el Margulis de la época de la dictadura estaba o estuvo lejos de predecir un futuro de créditos y escrúpulos tan morbosos. Su preocupación entonces seguía siendo el modo en que el Gordo Reynoso pensaba matar a Dios. Si las iglesias eran condensadores de la energía de la gente hacia un poder superior, si de cada iglesia se emitían ondas digamos magnéticas o síquicas hacia un punto en el espacio exterior, y si se podían registrar los caminos invisibles de esas ondas, bueno, el Gordo Reynoso estaba seguro de que así, siguiéndolas, se podría ubicar el centro al que todas esas ondas llegaban, es decir, la guarida de Dios. De ahí a apuntarle con algo y destruirlo había un paso. Al Margulis adolescente, que adoraba al mismo tiempo la lógica de los cuentos policiales de un H. Connan Doyle como la potencia síquica de un Lobsang Rampa, al Margulis que no creía en ninguna deidad que no fuera su propio ombligo (en rigor, la zona del piélago íntimo, el doblez aún no socializado sexualmente de sus propios sentidos) la teoría le fascinó. Venía derecho a coincidir con los planes de exterminio anarquista que habían fraguado con su grupo adolescente poco tiempo antes, sentados todos alrededor de la mesa ovalada de su madre, durante las confusas lecturas del Nietzche y algunos otros monstruos mal entendidos. El Gordo Reynoso había estado presente en esos encuentros junto al Julio Peña Con Geniol, el vasco Echegarya Maurin y el Tucán Yolly. Confabular en virtud de alguna inspiración política rondó vagamente entre esos adolescentes inquietos, pero fue más el sentido de grupo, de juntarse entre varios para pensar algo en conjunto que la salida social lo que los mantuvo reunidos durante varios sábados.

 


NOTAS:

1 1. "(...) Aguardaba incierto / llegar al patio del cielo; / ¡aquel lejano acierto / ansias de mi querido abuelo! (...)" . Margulis, A. ("Mi tierra de Moriah", poema inédito).

2 2. Ibid.

 

 
         
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