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Yo
la soñé a Paulina.
Íntegra,
olorosa, consistente, sensual. No soñé con
ella. La soñé a ella.
Limé
sus defectos que son varios con amoroso detalle, con pausada
dedicación. No fui egoísta, no. En mi retrato
de Paulina hay lugar para ligeros desencantos, para pequeños
paraísos perdidos. No se puede vivir sin ellos. Ni
aun siendo habitante y factótum de un sueño.
Por lo pronto, mi Paulina, mi creación, la soñada,
ronca.
Lo descubrí con cierta sorpresa. Habíamos concluido
el amor, un amor perfecto, y no quise voltear en la cama y
dormirme, olvidarme, desentenderme. Preferí permanecer
a su lado y ver la suave y delicada relajación que
abatía sus párpados y moderaba la tensión
de sus músculos.
Al
cabo de unos minutos, armoniosamente, empezó a roncar.
Yo
me pregunté qué significado tendría para
mí un ronquido de mujer.
Después
de todo, Paulina, la soñada, era creación mía,
cabal y enteramente. Yo había puesto en ella ese ronquido.
Era, es, un ronquido suave, sibilante y finito, muy dulce.
Pero un ronquido, al fin. Me remonté por la memoria
y descubrí el origen de ese singular defecto: una lejana
temporada en el campo, una adolescente frutal, entre trigales,
una noche compartida con mis primos, un extenuante asado con
cuero y el sueño sobre todos nosotros. Y, entre los
sueños varoniles, el inocente ronquido de aquella virgen
campesina, de mi inalcanzable prima. Y mi desvelo, atenazado
de amor y de acné.
He
aquí, me dije, la justificación del ronquido
de Paulina.
Hay otras cosas. Cuando, por las tardes, divagamos plácidamente,
con un fondo de música adecuada Schubert, podría
ser, o Grieg Paulina me complace los oídos con sus
ocurrencias, con sus citas de Tácito, de Apuleyo o
de Heine. Pero, alguna vez, alguna de las tardes soñadas,
cierra un momento de nuestra profunda charla con... el estribillo
de una canción de Julio Iglesias. Lo hace adorablemente,
ya lo sé, pero, verán, quiero decir que desentona
un poco con el resto. Me parece. Ella entrecierra los ojos,
me espía a través de esas ranuras, frunce su
boquita y con el aire más romántico y tierno
del mundo deja caer el estribillo discordante.
Como
puedo hacer lo que quiera con mis sueños vuelvo atrás
y la veo repetir el gesto y oigo las palabras entonadas melodiosamente
y me convenzo de que algo se me ha escapado. Porque mi Paulina
es incapaz de hacer cosas por sí misma.
A Julio Iglesias o a ese particular estribillo lo puse yo,
sin lugar a dudas.
Cavilé bastante sobre eso pero aún no pude desentrañarlo.
Mi Paulina también tiene un poco de olor en los pies.
No demasiado, desde luego. Pero, en los días calurosos,
luego de alguna caminata por un parque exuberante y calmo,
con su previsible arroyo y sus patos y la sombra fresca de
toda variedad de hospitalarios árboles, al llegar a
la casa y caer juntos en la cama, bajo el atardecer rumoroso,
el olorcito me llega desde atrás.
Ella se ruboriza un poco, se evade de mis brazos con su mohín
más comprador y sale disparada al baño y escucho
el agua, el desodorante en aerosol y a veces hasta el fregar
de una discreta piedra de pies que lime algún que otro
callo.
Y seguimos en lo nuestro, al amparo de la quietud de un otoño
terso, o de un verano plácido, o de un invierno acogedor
o lo que se me ocurra en ese momento. Y el olor se ha morigerado
lo suficiente como para ser un trasfondo inocuo, una pelusilla
en el aire, un no sé qué que incapaz de molestar
a nadie.
Si la he vestido con un malhumor mañanero, eso, ha
sido con plena conciencia de mi parte. Es una bonita manera
de ver en ella, en mi soñada, el mismo cruel defecto
que tantas Paulinas o Doroteas o Teresas me achacaban desconsideradamente.
Disfruto con sus portazos a la puerta del baño, con
sus palabrotas en la cocina y con la espléndida manera
que tiene de mandarme a la mierda por la sola pretensión
de pedirle un vaso con leche o un par de galletitas.
Pero
los dolores menstruales que la parten al medio y la encierran
en un mutismo sufriente y explosivo sólo pueden atribuirse
a mi disculpable ignorancia masculina con estas cosas de las
mujeres.
Creo que lo hice tan evidente con la única finalidad
de que no me pasara inadvertido y, por otra parte, sé
que los sufrimientos de Paulina, sus cólicos y náuseas,
no son otra cosa que un sueño, una irrealidad, algo
por que nadie en su sano juicio podría hacerme demasiado
responsable.
Ella, lo comprende. Porque también puse comprensión
en su ánimo.
Comprensión,
generosidad, discreción y un modoso encanto.
Lo comprende y no se queja.
Y, en el desiderátum de su entidad de fémina
soñada, acepta con una sensatez envidiable a la otra
Paulina.
A
la que la suplanta mientras ella está con esos dolorosos
días.
¿No
es perfecta mi Paulina?
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