P O R T A D A    

Norberto Olaizola
Capilla Sixtina: la creación de Eva (fragmento).    
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Yo la soñé a Paulina.

Íntegra, olorosa, consistente, sensual. No soñé con ella. La soñé a ella.

Limé sus defectos —que son varios— con amoroso detalle, con pausada dedicación. No fui egoísta, no. En mi retrato de Paulina hay lugar para ligeros desencantos, para pequeños paraísos perdidos. No se puede vivir sin ellos. Ni aun siendo habitante y factótum de un sueño.

Por lo pronto, mi Paulina, mi creación, la soñada, ronca.

Lo descubrí con cierta sorpresa. Habíamos concluido el amor, un amor perfecto, y no quise voltear en la cama y dormirme, olvidarme, desentenderme. Preferí permanecer a su lado y ver la suave y delicada relajación que abatía sus párpados y moderaba la tensión de sus músculos.

Al cabo de unos minutos, armoniosamente, empezó a roncar.

Yo me pregunté qué significado tendría para mí un ronquido de mujer.

Después de todo, Paulina, la soñada, era creación mía, cabal y enteramente. Yo había puesto en ella ese ronquido. Era, es, un ronquido suave, sibilante y finito, muy dulce. Pero un ronquido, al fin. Me remonté por la memoria y descubrí el origen de ese singular defecto: una lejana temporada en el campo, una adolescente frutal, entre trigales, una noche compartida con mis primos, un extenuante asado con cuero y el sueño sobre todos nosotros. Y, entre los sueños varoniles, el inocente ronquido de aquella virgen campesina, de mi inalcanzable prima. Y mi desvelo, atenazado de amor y de acné.

He aquí, me dije, la justificación del ronquido de Paulina.

Hay otras cosas. Cuando, por las tardes, divagamos plácidamente, con un fondo de música adecuada —Schubert, podría ser, o Grieg— Paulina me complace los oídos con sus ocurrencias, con sus citas de Tácito, de Apuleyo o de Heine. Pero, alguna vez, alguna de las tardes soñadas, cierra un momento de nuestra profunda charla con... el estribillo de una canción de Julio Iglesias. Lo hace adorablemente, ya lo sé, pero, verán, quiero decir que desentona un poco con el resto. Me parece. Ella entrecierra los ojos, me espía a través de esas ranuras, frunce su boquita y con el aire más romántico y tierno del mundo deja caer el estribillo discordante.

Como puedo hacer lo que quiera con mis sueños vuelvo atrás y la veo repetir el gesto y oigo las palabras —entonadas melodiosamente— y me convenzo de que algo se me ha escapado. Porque mi Paulina es incapaz de hacer cosas por sí misma.

A Julio Iglesias —o a ese particular estribillo— lo puse yo, sin lugar a dudas.

Cavilé bastante sobre eso pero aún no pude desentrañarlo.

Mi Paulina también tiene un poco de olor en los pies. No demasiado, desde luego. Pero, en los días calurosos, luego de alguna caminata por un parque exuberante y calmo, con su previsible arroyo y sus patos y la sombra fresca de toda variedad de hospitalarios árboles, al llegar a la casa y caer juntos en la cama, bajo el atardecer rumoroso, el olorcito me llega desde atrás.

Ella se ruboriza un poco, se evade de mis brazos con su mohín más comprador y sale disparada al baño y escucho el agua, el desodorante en aerosol y a veces hasta el fregar de una discreta piedra de pies que lime algún que otro callo.

Y seguimos en lo nuestro, al amparo de la quietud de un otoño terso, o de un verano plácido, o de un invierno acogedor o lo que se me ocurra en ese momento. Y el olor se ha morigerado lo suficiente como para ser un trasfondo inocuo, una pelusilla en el aire, un no sé qué que incapaz de molestar a nadie.

Si la he vestido con un malhumor mañanero, eso, ha sido con plena conciencia de mi parte. Es una bonita manera de ver en ella, en mi soñada, el mismo cruel defecto que tantas Paulinas o Doroteas o Teresas me achacaban desconsideradamente. Disfruto con sus portazos a la puerta del baño, con sus palabrotas en la cocina y con la espléndida manera que tiene de mandarme a la mierda por la sola pretensión de pedirle un vaso con leche o un par de galletitas.

Pero los dolores menstruales que la parten al medio y la encierran en un mutismo sufriente y explosivo sólo pueden atribuirse a mi disculpable ignorancia masculina con estas cosas de las mujeres.

Creo que lo hice tan evidente con la única finalidad de que no me pasara inadvertido y, por otra parte, sé que los sufrimientos de Paulina, sus cólicos y náuseas, no son otra cosa que un sueño, una irrealidad, algo por que nadie en su sano juicio podría hacerme demasiado responsable.

Ella, lo comprende. Porque también puse comprensión en su ánimo.

Comprensión, generosidad, discreción y un modoso encanto.

Lo comprende y no se queja.

Y, en el desiderátum de su entidad de fémina soñada, acepta con una sensatez envidiable a la otra Paulina.

A la que la suplanta mientras ella está con esos dolorosos días.

¿No es perfecta mi Paulina?

 

   
             
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