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...y si no me quejo del dolor es porque no es dado
a los caballeros andantes quejarse de herida alguna,
aunque se le salgan las tripas por ella..."
El
Quijote; parte primera,
capítulo VIII
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Prefería
recorrer las avenidas del centro en octubre o noviembre, lejos
del fragor insoportable del verano, cuando ya podía
embutirme tras la coraza de un jersey de cuello alto, o colocarme
el pullover pardo, rescatar tal vez aquella chaqueta de pana
beige que decían me favorecía tanto... Sólo
tras aquella armadura de ropa me sentía aliviado, así
protegido recorría las terrazas semidesiertas, famélicas
ya de calor y turistas, era entonces paladín preparado
para entablar combate, aguerrido y orgulloso, abierto a la
aventura o a lo que el azar deparara.
No se me olvida el año, el mes, el día, soplaba
fuerte aquella mañana, se llevaba el viento las últimas
simientes de estío, el polvo, las hojas, los plásticos
se arracimaban en el naciente de las sillas metálicas,
pero no hacía aquella impostura sino mejorar mi galante
facha; se levantaban las solapas de la gabardina engallando
mi quijada, héroe salvaje, un Andrea Sperelli clavando
tacones, tableteaba como si pasara un convoy sobre las chapas
que cubren las obras, se me abría de tanto en tanto
la chaqueta de pana y yo la cerraba con parsimonia, apretándome
todo hacia dentro, apresando con el codo un libro doblado
de Moravia o Gozzano, como un Lazarote amarrado a su lanza.
Llegué con este paso a una de mis moradas favoritas,
ocho o diez meses tendidas frente a un largo de muralla romana,
en el centro una torre mocha, casi irreconocible por una restauración
en ladrillo rojo que la subía seis metros sobre el
nivel de la plaza.
Dulce afán... Es el otoño tiempo de reflexión
y donosura, el alma se abre entonces como vertida en una poza
quieta, se amplía y remansa tras el rápido fluir
del verano, es balsa asentada de aceite; el tiempo se lastra
en éste paular inmóvil, se aploma cansado del
violento transitar de los meses centrales, hacemos planes,
abrimos libros olvidados, tiempo de préstamos y avales,
de poesía y amores lentos como atardeceres... Languidecen
en este invernadero las pasiones añorando anteriores
excesos, esperan de forma inconsciente algo que de nuevo las
violente, que las saque de aquella modorra en que se consumen.
Es ese mismo viento que ahora barre estas mesas casi vacías,
a pocos días de ser retiradas, el que nos conmueve
por dentro, el que avienta sentimientos pasados y deja nuestra
alma como una tabla rasa, bruñida y perfecta, lista
para ser hendida.
Con la seguridad del cazador veterano, ducho en otoños
y estaciones frías, vencedor de mil batallas, así
también aguardaba, de nuevo en aquellas terrazas, capitán
de mi mesnada, héroe que al sentarse siente rebotar
en sus hombros la cabellera de las presas vencidas. Arrogante
y frío me aposenté en las mesas de atrás,
poco expuesto, al abrigo casi del toldo de la cafetería,
un café por favor, y pensé que luego tomaría
un Pernod, tal vez Cynard, que recuperaría así
algo del sabor de la rue Mouffetard, del Capitole de Toulouse,
de la ebriedad de aquel verano que pasé con Christine,
bebería de nuevo el néctar de juventud que escancié
en su pecho y que ahora intento recuperar en sorbos breves
de Pernod, dulces, o de Cynard, amargos, quizá no tan
breves ni afilados como sus aureolas, ni tan dulces ni tan
amargos, sólo reflejo, afilado recuerdo sobre la mixtura
verde de aquella copa, que era sólo cristal, recuerdo
ebrio y lánguido, sólo reflejo.
A pocos metros de allí, bajo el anfiteatro que forman
la muralla romana y el Palacio Real, desembarcan los autobuses
que llegan al centro. Matrículas extranjeras, negras
de Francia y Portugal, de provincias perdidas, blancas con
un escudo del lander las alemanas, apretadas y estrechas como
una fila de hormigas las italianas, muchos de aquellos extranjeros
acaban allí... A menudo llegan también excursiones
desde los complejos hoteleros del norte, cámara de
fotos al hombro, visitas guiadas, mujeres jóvenes y
maduras, solitarias todas, desahuciadas a menudo por una vida
aburrida en su pequeña ciudad perdida, de su insulso
lander o departamento, deseosas de encontrar algo que les
saque de su cárcel se afanan en pedir aperitivos para
adormecer su impaciencia. A menudo las veía consumirse,
inquietas volviendo la espalda, abominando a su compañero,
a su pasado y futuro, hilvanando una mosquitera de sueños
que nunca podrán cumplir... Sería fácil
acercarse allí y desenterrarla de entre las garras
de aquel mediocre, siempre metido en el taller, en su estúpida
asociación de algo...
Pero no era ya momento de aquel tipo de reyertas, lindando
los cuarenta ha cambiado mi tempo, era ya cazador apacible,
Nemrod discreto, más seguro y frío, en la espesura
aguardaba mis presas, a buen cobijo, sin avanzar hacia ellas...
Esperaba siempre solemne tras el parapeto de una novela o
una fila de versos, Pavese, Eugenio de Andrade, Vallejo, como
con Sheyla, Lorena o Canyoon, no recuerdo más, hubo
sin cuento, y fue así, sin fogosidades ni prisas, sin
audacias ni engaños de timador, cara a cara, a pie
parado aguardé siempre mi suerte, la visera levantada,
como recibe el valiente al enemigo en la justa... se despejó
frente a mí aquella caterva de cuerpos, se vaciaban
en un instante dos autocares venidos de lugares lejanos y
discretos, Apulia y Aachen, soles y bosques, pero no estaba
mi suerte allí... Se levantó la niebla y dejó
nacer de su seno de concha marina una nueva presencia, suave
y aislada, Lady Godiva brotada de medieval muralla, blanca
e inerme, ajena a todo tumulto se posa con suavidad a mi diestra,
a sólo dos mesas, al principio de lado, frágil
el gesto, como una abeja en su cáliz se ajusta la falda
y deja una carpeta larga con tiento moroso. Adivino una primera
pulsión, un mirar que no mira, primera señal,
zarza ardiendo, llama que no quema de Santa Teresa.
Volví a abrir un libro tres veces leído, los
mismos otoños que llevaba en la ciudad, Un bello estate,
ecos de veranos pasados transidos de sol y pereza, intento
permanecer ajeno y releo allí donde dice, en el año
hermoso en el que empezaron a vivir, y vuelvo entonces mi
vista a mi nueva compañera de juegos, joven y hermosa,
y pienso que la frase se le encaja como un molde a su matriz,
que todos tenemos un año primero, el Año Triunfal
de los fascistas o el Primero de los revolucionarios, un tiempo
en que descubrimos aficiones y pavores, en el que el alma
despega o se estrella en el primer saliente, en que quedamos
totalmente escindidos en un antes y un después de aquello,
sea verano o otoño, placer o dolor intenso lo que marque
este punto... Fue aquella la primera vez que reparaba en ello;
mi año hermoso debía estar lejano, mi bello
estate yace enterrado bajo un limen de nombres que ni siquiera
recuerdo, porque los nombres, como el lodo y las noches en
blanco, se asientan, se posan sobre nuestra memoria sin nosotros
saberlo, nos cubren como una Pompeya asolada de cenizas de
la que sólo emergen los más altos tejados, los
que más en nosotros crecieron y que sólo asoman
ahora desdentados y mochos, aquí y allá Atlántidas
quebradas, lejanos los restos unos de otros, cercados por
un mar de rescoldos y humo, gris el suelo y el cielo, relámpagos
apagados por el silencio.
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Para
cuando volví la vista había cambiado su posición.
Se volcaba hacia delante con la carpeta abierta entre sus
manos, un cuaderno de dibujo y un carboncillo con el que intenta
bosquejar la muralla, los contrafuertes del Palacio, el jardín
languidecía frente a nosotros. Yacía absorta,
como si la tarea la alejara de todo lo que la rodeaba, se
sentía más fuerte, intuí, y en esta seguridad
suya sentí más deseos de observarla, de esbozar
también sus perfiles hasta tener mi justo boceto, un
primer hálito suyo antes de completar el cuadro, quería
dibujarla también poderosa, embutida en sus caderas
anchas y claras que asoman entre el jersey y el tejano, vasija
que va creciendo hasta moldear un pecho breve, puede que incorrecto
y maleado, bello y único.
Sonrió
y se curvaron sus labios, como sus carnes blancas sus ojos
claros, rasgándose las pupilas acuosos como un himen,
como hebras de diamantes e imaginé que también
se debían iluminar así, extremados de dolor
y de sorpresa, tras la primera acometida. Me pareció
toda ella suntuosa fortaleza, como debió Alejandro
soñar también con las riquezas de Tiro o Babilonia
cuando estaba a sus puertas; respondí a la sonrisa
brevemente y retomé la lectura, anhelante todavía
costaba recobrar el punto, no será el asedio tan largo
como el de otras plazas y tú serás mi tributo,
mi dulce Roxana, exótica como tantas otras, como Adeline,
como Berta, dormiremos de día con las ventanas abiertas
hasta que nos ciegue la luz, haremos el amor en colchones
en el suelo, con el frío del azulejo en la espalda,
en habitaciones huecas y mal aparejadas, beberemos tequila
con salitre de mar hasta herir nuestras gargantas raspadas
de noche.
Despierto, veo y no veo, no me he equivocado, ella está
allí haciéndome una señal con el lápiz
y el cuaderno, con su mal castellano pregunta si puede hacerme
un retrato. Por trinar en aquella risa y adormecerle los ojos
se cederían imperios, me tornaría traidor y
cobarde, sería un Don Julián desarrapado, un
cobarde Darío o rey Poro, el Guzmán que rinde
su torre, acuchillaría Viriatos como Didalco y Minuro,
Roma no paga a traidores, mi ángel, pero por ti todo
lo vendo...
No
dudé y acepté florido el dibujo, le ofrezco
una silla pero al cerrar el libro me indica que siga, que
en esa traza quiere que sea así, yo de lado y con las
piernas cruzadas, me quiere distraído, y en eso acierta,
pues quizá no hay manera mejor de leer a Pavese...
Trato de cuadrarme en una pose digna, una mezcla entre Arthur
Miller y un tribuno romano, y ella sigue raspando con su carboncillo
la hoja, entre nosotros sólo ese cuchicheo del lápiz
deshaciéndose entre la maraña de fibras del
papel, y yo que me muevo inquieto, deseo levantar la vista,
libar en aquellos ojos melosos que tan cerca presiento...
En las pocas palabras que hemos cruzado he creído reconocer
su acento, parece norteamericana, probablemente del interior,
de las enormes llanuras de cereales que cruzan aquel país,
ojalá sea así, son estupendas estas mujeres
de tierra adentro, fieles y solícitas, fuertes como
mastines... Intenté levantar la vista pero finalmente
desisto, entre nosotros sólo el cricri del carbón,
insecto que sigue excavando su túnel, y el leve rumor
del viento que me abre de nuevo la chaqueta, no puedo evitar
un escalofrío inquieto y me imagino ya a solas con
ella, hasta siento mis manos apoderándose ya de aquellas
caderas anchas, maternales, posadas en aquel pecho breve,
de aureolas rosadas a buen seguro...
¡Ya
lo tiene¡ me despierta su voz y extiende hacia
mí su cuaderno ¿Quiere verlo?
Claro que sí...
Y le devuelvo entonces una sonrisa profunda y meditada mientras
coloco el bloc entre las piernas, aparto el libro de Pavese
y me acabo de colocar las gafas con pose de fingido interés...
Tardé unos segundos en reaccionar, muevo el cuaderno
hacia un lado y lo separo un poco, imagino que no pude controlar
el rictus que desbarataba mi rostro de lado a lado. Preferí
no mirar hacia la chica, notaba las mejillas encendidas como
si tuviera una hoguera bajo las piernas... Entre un juego
de líneas y sombras oscuras adiviné mis facciones,
aquella panocha canosa, con las arrugas cayendo de los pómulos
como si fuera una tartera, el pelo ralo y escaso empezaba
mucho más atrás de lo que siempre había
imaginado, papada de camaleón abajo y ojos mínimos,
necróticos, arriba... todo coronado por una suma expresión
de envanecimiento, de estupidez, que puede que fuera lo peor
de aquel retrato, mi pose ridícula, engallada, que
daba un toque cómico al retrato. Sentía mi cuerpo
tal que si ganara peso, como si reblandecidas mis carnes empezaran
a filtrase a través de las trabas de la silla. Sólo
la voz de la chica me despertó de aquella pesadilla...
no sé si lo hubo o sólo imaginé pero
noté un deje socarrón en sus palabras.
No sé si le acaba de gustar... pero lo que sí
tiene que hacer es pagarme.
Sin pedir precio ni mediar palabra alcancé un billete
que llevaba en el bolsillo y ella pareció quedar satisfecha.
Se levantó y la vi perderse avenida abajo, pegada a
lo largo de muralla, el cuaderno cogido por el codo, como
solía llevar yo mis libros, los pantalones sueltos
dejaban casi sus caderas al descubierto... Se movía
con un descaro que me ofendía; no volvió la
vista atrás, pensé que los saqueadores tampoco
vuelven la vista hacia la ciudad incendiada.
Pagué y tomé el camino de mi casa. El viento
soplaba más fuerte de vuelta, me abría la chaqueta
y parecía entrar por cada intersticio de la ropa, temblaba
y rehuía ojear mi figura en fuga en los cristales lustrados.
Mi paso ya no tableteaba tan enérgico sobre las chapas
que cubren las obras... Subí los dos tramos de la escalera
y busqué con ahínco el sofá; una última
mirada al retrato, boqueaba humillado y herido, el cuerpo
como si lo hubieran manteado, fláccido, el yelmo deslustrado,
mi cota y armadura deshechas como si me hubiera reventado
el espaldar una lanza.
Me
puse con parsimonia una copa y pensé qué amargos
son los frutos que deja la caballería andante, y mientras
bebía me fui sintiendo más y más viejo,
vencido, como Alonso Quijano en la playa de la Barceloneta,
rebozado en arena, inválido para más aventuras.
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