P O R T A D A    

Diego Kochmann
cancha    
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Cuando piso una cancha me transformo,
hasta me olvido de cómo me llamo.

John. P. McEnroe

 

Agazapadas, las fieras blancas esperan el momento. De pronto ella, que estaba más retrasada, comienza una corta carrera. Él salta estirando todos sus músculos, ella flexiona sus piernas casi hasta el suelo y, de inmediato, él va a cubrirla. Sus movimientos son vertiginosos, pero nada ocurre al azar. Cada paso está sincronizado, no necesitan más que mirarse para saber qué deben hacer.

Andan detrás del animal, curioso bicho de zigzagueante vuelo, al que no quieren cerca ni demasiado lejos; y mucho menos atraparlo en la red.

Hay veces en que lo acarician, en otras lo golpean con rabia. Todo esto, con la parte más viva y metálica de sus cuerpos. Parecería, por sus rostros de dolor, que son éstas las que sufren los azotes.

Celosas guardianas de su hábitat rectangular, nada importa fuera de éste; ni el vuelo de los pájaros, ni el de un ocasional avión, ni siquiera los murmullos cercanos.

El odio se escapa por sus ojos, sus dientes y puños apretados. Y la lucha continúa, las carreras breves, las patinadas, el sudor, la falta de aire y los corazones cada vez más calientes.

Al fin, el bicho, ya sin sus cabellos rubios, deja de volar. Las fieras, ni tan enteras, ni tan blancas, ya sin odio, se acercan para besarse. Pero esos besos fríos para nada reflejan lo sucedido. Y recién cuando cruzan los blancos límites, regresan a su condición humana.

 

   
             
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