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Cuando
piso una cancha me transformo,
hasta me olvido de cómo me llamo.
John. P. McEnroe
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Agazapadas,
las fieras blancas esperan el momento. De pronto ella, que
estaba más retrasada, comienza una corta carrera. Él
salta estirando todos sus músculos, ella flexiona sus
piernas casi hasta el suelo y, de inmediato, él va
a cubrirla. Sus movimientos son vertiginosos, pero nada ocurre
al azar. Cada paso está sincronizado, no necesitan
más que mirarse para saber qué deben hacer.
Andan
detrás del animal, curioso bicho de zigzagueante vuelo,
al que no quieren cerca ni demasiado lejos; y mucho menos
atraparlo en la red.
Hay
veces en que lo acarician, en otras lo golpean con rabia.
Todo esto, con la parte más viva y metálica
de sus cuerpos. Parecería, por sus rostros de dolor,
que son éstas las que sufren los azotes.
Celosas
guardianas de su hábitat rectangular, nada importa
fuera de éste; ni el vuelo de los pájaros, ni
el de un ocasional avión, ni siquiera los murmullos
cercanos.
El
odio se escapa por sus ojos, sus dientes y puños apretados.
Y la lucha continúa, las carreras breves, las patinadas,
el sudor, la falta de aire y los corazones cada vez más
calientes.
Al
fin, el bicho, ya sin sus cabellos rubios, deja de volar.
Las fieras, ni tan enteras, ni tan blancas, ya sin odio, se
acercan para besarse. Pero esos besos fríos para nada
reflejan lo sucedido. Y recién cuando cruzan los blancos
límites, regresan a su condición humana.
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