P O R T A D A     Rostro, obra digital de Eldígoras.    
      Andreu Navarra Ordoño   punto de encuentro
  34 tierra - prosa    

Caleidoscopio

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Ven, acompáñame en esta pequeña excursión por los últimos acontecimientos de tu triste vida.

Como puedes ver, hay una mujer menuda en tu cama, durmiendo con toda confianza, mostrándose todo lo presente que es capaz. Su expresión es serena, pero la luz, amarilla y el aire, pesado. Te has sentado en una silla y la observas porque toda la continuidad se ha roto. Has comprendido que esa presencia te repugna tanto como las murallas del recinto gris, húmedo, demasiado conocido como para ignorar las diferentes texturas de sus componentes. Has palpado esas paredes irregulares y te has mojado las palmas de las manos intentando escalar. Ahora la modorra y el aplastamiento te impiden sentir la desesperación, sencillamente me has acompañado hasta el momento en que sentiste rota con toda evidencia tu capacidad de desear.

Fue en el pasillo, antes de sentir la certeza de que el cuerpo de la muchacha te produciría náuseas.

Por lo tanto, ¿qué te queda? Las imágenes que conservas de esa relación prolongada durante nueve años no son más que un problema para ti. ¿Odias aquel enorme álbum de fotos o podrás abrirlo otra, tal vez mañana mismo, sin sentir una horrible sensación de nostalgia y de vacío? ¿Cómo afrontarás que se renueven las sensaciones estremecedoras del pasado, todas relacionadas con las bragas y el magnetismo, pobre de ti, sin explicar los motivos por los que sigues sobreviviendo? Todo esto sin contar con lo que te ocurrirá de aquí diez años, cuando se haya esfumado la última de las posibilidades de formar una familia, de tener un hogar. No puedo hacer otra cosa que compadecerte, hermano, porque has cambiado de camisa y no de ser, y lo peor es que te ha sido impuesta esta inflexión vital, no la querías: tú luchabas por enderezar tu vida hacia aquellos objetivos que creías tan al alcance de la mano, pero en realidad el ideal cayó y te sentiste turbado entre las pocas ruinas que permanecieron.

Recuerda bien que lo que más te dolió fue su escaso número. La cantidad ridícula de huellas que llegaste a reunir tras la catástrofe. Ahora husmeas entre las mujerzuelas y buscas una sombra blanda de lo que alguna vez tuviste.

Por eso debiste sentarte en la silla aquella mañana y mediatr a fondo sobre lo que te proponías. ¿Era realmente más honrtoso ser putero que monje? Debiste visualizar en tu interior aquellas imágenes, la piel tersa y estremecida entre tus manos y tus piernas, los deslizamientos de pequeñas prendas en la oscuridad, la impaciencia por alcanzar la estupidez, la marginación de todas las realidades) y debiste sentirte más abatido que nunca (más abatido que en todas tus épocas y todos tus instantes vividos en el pasado, pero no más abatido que en todas tus épocas y todos tus instantes por vivir). Fue porque se derrumbaban esos muros, perdías la esclavitud. En lugar de escalar, tu propio cuerpo te liberaba, te traicionaba, te soltaba como a un toro moribundo al mundo de los objetivos, tú que creíste en ellos sin tenerlos, engañado por todo aquello que los poetas llamaban paraíso.

¡Con qué franqueza te reías de ellos y de su infancia! Ahora la ingenuidad anhelada por esos pobres sufridores se te aparece real, palpable, en toda su dimensión de ambición frustrada. La infancia y el goce son una ambición retrospectiva (no juzgues nunca el dolor de los demás, hermano; y harás bien en aprender a categorizar tus fracasos). Coleccionarás cuentos truncados e intentarás comportarte como los bebés. Odias el ideal y lo desprecias, pero no sabes hasta qué punto anhelas la esclavitud hasta que comprendes que un puñado de impresiones te anularán para siempre, manipularán tu ser hasta embrutecerlo, hasta convertirlo en exactamente todo aquello que tú aborrecías.

Ahora sientes alergia por el cuerpo femenino pero necesitas que te estimule para aliviar tu ansiedad. El deseo desapareció pero conservas la necesidad de vaciarte en el interior de una boca, resulta inútil que te rebeles contra ello: no estás nada entrenado tras los nueve años de sexo diario.

Observa conmigo este musgo diminuto que crece entre los ladrillos de este muro que eres tú. Intentas escalarlo utilizando las hendiduras que existen entre un ladrillo y otro, no conoces otro modo de intentarlo, y por eso empiezas a dudar de que exista. Sin embargo, cada vez que lo intentas retiras las yemas de tus dedos ensangrentadas, con una película negra y pegajosa de líquido vital.

Fíjate bien: ¿ves las espinas de metal que esconde el musgo? ¿Las ves? Sigue intentándolo, el dolor te fortalecerá y acaso alguna vez te ampares en él para dejar de sufrir. No sabes lo que es peor que recibir la hostilidad del mundo. No sabes que aún es peor no recibir ni siquiera ataques.

Buscarás por las calles la pieza ausente de tu sistema, que estimabas perfecto, pero que se te reveló fatal. Buscarás esas bragas, ese pecho, sin conseguirlo. La trampa de luz en que habrás caído ya no te ofrecerá salida: buscarás la oscuridad. Te sentarás en los bancos de las plazas conocidas, te acurrucarás en los rincones de tu casa sin saber qué hacer, examinarás una y otra noche esas fotografías, sin atreverte a destruirlas. Te destruirán, y buscarás esa sensación agradable de que te odias, te ampararás en la única persona que se ocupará de atacarte: tú.

Acompáñame a tu futuro y reconoce que has envejecido, hermano. La desaparición de tu deseo de una presencia concreta llega fusionada con un sentimiento de mezquindad del que te será imposible prescindir. El niño sabría jugar con esas cuatro piedras y figurarse que son un castillo, pero tu ya no puedes ser un niño. Ya no eres malvado como el niño sino mediocre, ya no serás nunca más un amante sino un cliente o un marido, un ser que repta por los pisos de los despachos y las dependencias de la ciudad sin plantearse lo que nadie se puede plantear, porque todo aquel que dice poseer ideales está mintiendo o es fascista.

Solemos eyacular con cierto asco, convencidos de que el humus tragará nuestros líquidos y la añadirá al extraño almacén de materias sin enamorar que conocemos como universo. En cambio, el ser humano seguirá necesitando lo que será tan absurdo como irrepetible... ¡si por lo menos supieras entonces borrar esas imágenes, apartar el álbum de fotografías y seguir una interesante vida de borracho! Pero sabes tan bien como yo que te convertirás en esa larva amable que conservará los buenos modos con hombres y mujeres pero intentará evitar el colapso general de todos los sentidos y los miembros. Siendo tu cuerpo la olla y la sociedad el fuego, tú serás la tapa. Deberás aguantar la tentación de lo que ya no es reuniendo alguna cualidad ennoblecedora. Un globo de goma te aislará de los demás e impedirá que brilles. Te sentirás abrumado por la luz pero encerrado en un enorme preservativo profiláctico. Una mujer pelirroja o rubia se te acercará en la barra del bar del hotel en que estarás desempeñando tu función de agente de comercio y te dirá "hola". Le pedirás o te pedirá (no lo recordarás) que subáis a la habitación y todo se desenvolverá con una precisión quirúrgica.

¿Te sentirás atractivo? ¿Te darán lo que buscas? ¿Sabrás lo que estás buscando? En el pasillo te darás cuenta de que sientes tanto asco hacia ella como hacia ti. ¿Entenderás que desde la mañana insoportable en que te sentaste en aquella silla, abatido por la fuerza de tu repugnancia, crees que buscar es ilegítimo? ¿Soportarás el dolor cuanto tengas que extender los billetes encima de la mesa? El que tiene que buscar hoy no ha encontrado y mañana tampoco hallará las migas aplastadas de lo que ayer fue. Algunas veces la recordación de los muslos por los que se desliza la pieza exquisita te consuela porque piensas que alguna vez poseíste la clave de tu felicidad, pero tu repulsión aumenta cuando te das cuenta de que necesitas un consuelo. La debilidad se hace evidente en el desequilibrio y la querencia del útero, nunca en la saludable asunción de lo terrible.

La mujer es diferente porque recuerda perfectamente cuándo, cómo y por qué la desearon, y por eso se lo pregunta continuamente a los hombres con los que se acuesta.

En cambio, hermano, palpas lo que te parece original de ti y encuentras a ese toro moribundo de tu conciencia aullando contra la luna de papel azul. Los hoteles son fríos y en el avión no puedes hacer otra cosa que masturbarte en el lavabo siempre que el aparato no despegue ni descienda. Tu vida se convertirá en una sucesión de pajas aliviadoras pero sumamente ineficaces a la hora de devolverte el ser. ¿Por qué Dios no te concedió la facultad de la inconsciencia juntamente con la libertad? Te lo preguntarás una y otra vez durante tu tortura. Si fueras un chico decente ya te hubieras suicidado, pero no eres un chico decente. Si fueras un hombre interesante con ciertas aptitudes de mujer hubieras conseguido trabajar tranquilamente para labrarte una nueva historia novelesca o poética con la que resarcirte, pero no eres un hombre interesante con ciertas aptitudes de mujer. La verdad es que tu masculinidad es tan grosera y evidente que la historia cae por sí misma, languidece: ni siquiera la recordarás de aquí a dos meses, cuando mires el saldo de tu libreta para saber si podrás pagarte una noche llena de romanticismo.

Si la vieras y te ofreciera su amor, llorando, hasta accederías a reanudar el infierno. Lo peor es que sabes que no ocurrirá a no ser que frecuentes lugares que no conoces, a los que acuden tipos como los que ahora le gustan, tipos que llegan hasta el final y no se detienen a percibir la diferencia entre el dolor continuado y el repentino y destructor, el que se ha cultivado con los simulacros de la felicidad. Nunca has tomado drogas, no te atreves, piensas aquí sentado en tu cuchitril junto a tu amante repulsiva o ante la barra del mismo bar de siempre (¿Cómo te va Joaquín?), mientras te das cuenta de que si apareciera no harías absolutamente nada, no sufrirías más ni menos, sólo aumentaría tu sensación de ebriedad nerviosa, eso sí, y si se enrollara con otro tipo allí mismo en la mesa de la ventana te costaría hablar con el Sebas, el camarero maño de toda la vida.

Pero no harías nada. El otro tipo te cae bien, te sientes algo aliviado ante esta idea. Lo ves más audaz, un tipo listo que sustituye el dinero por otras cosas y así disimula, igual de feo que tú, igual de gilipollas. No eres mejor que él, lo sabes. Y lo aceptas. Tú no eres un maldito, y has envejecido como los malditos sin haber sido joven. De qué te habrá servido cuidarte. Únicamente para seguir viajando a Londres para representar a una marca de bizcochos. Ella te miraría con desprecio y hasta se haría la interesante. Qué va. No te hagas ni siquiera esta ilusión. No se daría cuenta de que estás en el mismo bar que ella, de que los miras desde la barra.

En cambio, un chaval apartado de la escena se ha fijado en ti y anota algunas cosas en un bloc de notas, o dibuja. Una chica francesa o catalana le habla de algo con entusiasmo, no entiendes nada de lo que dice, pero él no le hace ningún caso y sigue centrado en ti. Indudablemente, son estudiantes universitarios o extranjeros, no cabe duda. De repente se levantan, llaman al Sebas, le pagan y se van. Ella se cuelga de su brazo. Y sigue hablándole sin parar, de libros, crees. Así te hubiera gustado ser, un chico fino. Un chico elegante, con estudios, capaz de seducir a una francesa culta.

¡Y no se muda! Se lo pediste cien veces, pero su vida no ha cambiado nada. Y ahí la tienes, no tuvo ningún disgusto cuando te abandonó, no intentó darte ánimos. Te diste cuenta de que llevaba meses rehuyéndote, de que ya no la conocías. Seguramente ahora es otra por dentro pero tú no te das cuenta.

¿Y por qué no te has mudado tú? Te has aferrado a tus muros protectores sin darte cuenta que son ellos los que te ahogan. El mismo barrio, los mismos bancos en que retozabais hace ocho años, estas casas de hace dos siglos, estos pedazos de mierda sobre los que te posas para tranquilizarte. En cierto modo también eres un drogadicto, pero de menos monta que el otro tipo, qué le vas a hacer.

El muro se hace especialmente evidente delante de la hindú con la que a veces tienes que llevar las cuentas en Londres. Te excita el olor de su despacho exquisito: la moqueta rosa del suelo, la curva que describe su cuerpo sobre la silla. Es bizca pero viste con una elegancia insuperable, y es mayor que tú. ¿Por qué no lo intentas la próxima vez? Pobre. Crees que una mujer de esa edad ya no desea que la depositen encima de la mesa y la enfalden. Tiene carrera, parece una mujer ilustrada y, por lo tanto, sabrá lo que quiere. Lo que ocurre es que, claro, tú ya no confías en que puedas ser deseable para alguna mujer, no soportarías que le oliera mal la boca o tuviera una peca en la nuca. Eso es lo que te ocurre. Seguramente vivirías otro fracaso, y por eso sigues prefiriendo pagar, porque aquellas no fallan nunca y fingen estar agradecidas. Porque, no te engañes, la felicidad estaba dentro de la cabeza y no en las delicias rotundas que ya no volverán. Las cuestiones con las faldas son así de estúpidas y terminantes. Y no hay vuelta de hoja.

Lo peor es que sigues creyendo que las niñerías hacen al hombre, mientras que la virilidad consiste en un aumento progresivo del autocontrol, te guste o no.

Espero que entiendas que sólo intento prevenirte, es necesario que te des cuenta de que si no soy yo, quien te habla claro y te dice que careces de humanidad, nadie lo hará. No hacemos más que reunir las imágenes de tu vida futura, o las imágenes que volverán a tu mente en los próximos meses.

Eres un adolescente. Sé que es duro, pero observa con qué expresión canina sigues los atributos físicos de las mujeres que se cruzan contigo en la calle.

Babeas.

Cómo te hubiera gustado apretar contra ti a aquella, a esa otra de más acá, el mundo está lleno de delicias dispuestas a que tú las disfrutes. No puedes pensar ni obrar de otra forma, estás atrapado por fantasmas de cópulas que nunca llegarán, que están fuera de tu reducido alcance. Por culpa de Internet no puedes dormir tranquilo.

Ponte guapo. Abandona esta vocación por fracasar. Recuerda tus patinazos, tus ilusiones absolutamente exentas de posibilidades de éxito. Has aplastado tu sentido de la decencia, has llorado. Como te afirma como persona no comportarás como tal. Ya no tienes dignidad. Observa cómo hablaste a aquella camarera de la taberna irlandesa, la de la blusa a cuadros. Tuvo que intervenir el camarero, seguramente su marido o novio.

No calculas bien las posibilidades, eres un borracho torpe que carece de la elegancia natural con que podrías conquistar a una mujer. Los borrachos de verdad han renunciado ya a todo contacto con la sociedad, se han marginado, viven la dulce ensoñación del romántico.

Cabezazos contra la pared. Sonándote los mocos. Todo un hombre. Madrid está lleno de prostitutas a tu disposición. Apaga el televisor y controla la situación. Empieza por buscar las chicas de los prostíbulos de Chueca, ni se te ocurra arrastrarte por las calles porque pasarías frío y pillarías una pulmonía definitiva. Empieza pagando un poco más que de costumbre y luego, más sereno, intenta hacer el paso hacia la respetabilidad. Pero, por favor, no te hundas por las calles como los jubilados.

Deja de pensar en el sexo. Relájate y conseguirás sobrevivir.

Únicamente caben en tu mente aquel puñado de impresiones que te aplastan en la cama cada mañana, cuando te despiertas. La angustia aumenta cuando te cepillas los dientes y realizas hábilmente el nudo de tu corbata. Es duro palpar ese estómago cada vez más duro y relleno. Pero su culmen llega en cualquier momento de cualquier día, almorzando o paseándote por algún cementerio inglés, cuando vuelves a sentar tu cuerpo y apoyas tu cabeza en la palma de tu mano derecha, como aquella mañana amarilla en tu piso de Madrid, y te preguntas por qué Dios, además de concederte una libertad terrible, te entregó el tedio, el sueño y además no te concedió la elasticidad necesaria para construirte nuevos dogmas, nuevas cegueras con las que olvidar la insoportable densidad del mundo.

Eres viejo y el cuerpo nota las noches en blanco. Empiezas a ser un calvo de mierda y te ponen mujeres cada vez más feas y soeces, vestidas con un chandal, cuerpos fofos que antes sólo te hubieran inspirado náuseas. Ahora colocarías tus manos trémulas sobre ellos con una necesidad que te convierte en una basura humana.

Paga, paga, por favor, pero, por lo que más quieras, ¡no te arrastres por las madrugadas por las calles! Levanta tu frente calva de una vez y dispónte a vivir la vida retirada de los jubilados del amor, te lo dice aquel hermano que eres tú y que no conoces pero que te vio aquel día y que se apiadó de ti.

   
             
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