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Cuando
llamó a la dueña
de aquellas casas de pueblo a la orilla del mar intentó
reservar la misma que en años anteriores había
compartido con su esposa. Manuela, la arrendadora, le informó
que para aquellas fechas ya estaba ocupada pero que quedaba
libre la de abajo, no tan agradable como la de arriba. No
importaba, el caso era enseñarle a su nueva compañera
el lugar donde más le gustaba pasar sus vacaciones
estivales. Tras un largo paréntesis en el tiempo recuperaría
el espacio de su añorada felicidad. Presentía
que aquel emplazamiento que tantas dichas le había
proporcionado sería el kilómetro cero de su
nueva vida.
La alquiló por dos semanas, tiempo suficiente para
disfrutar de los alrededores, descansar y vivir su nuevo amor.
Por fin llegó el día del viaje, los kilómetros
no sólo superaban la distancia en el espacio sino en
el tiempo, volvía a recuperar los recuerdos de su infancia,
de su adolescencia, de su juventud. Conforme atravesaba pueblos,
gasolineras, peajes, presentía que se acercaba al punto
de felicidad olvidado. Los letreros de la carretera presentando
cada pueblo se los imaginaba como páginas de una novela
de próxima y placentera lectura. En el asiento de al
lado se acurrucaba medio dormida la protagonista de la historia
que intentaba emprender.
Al llegar a su destino Manuela le entregó las llaves
con una mirada recelosa al ver a su nueva acompañante,
él se vio obligado a presentársela como su nueva
mujer. "No si yo no me meto en nada, pero anden con cuidado,
no molesten a los inquilinos de arriba". Aquel comentario
de la propietaria le desconcertó pero disimuló
su turbación, nada ni nadie le trastornaría
sus ansiadas vacaciones.
Aquella primera noche, cuando los amantes se dejaron llevar
por Eros, le inquietaron unos crujidos provenientes de la
casa de arriba que interrumpieron su éxtasis. A la
mañana siguiente intentó ver quién habitaba
la casa de arriba. Las persianas estaban bajadas, las ventanas
herméticamente cerradas, era probable que a aquellas
tempranas horas durmieran sus ocupantes. Intentó olvidarse
de su curiosidad y continuar con sus planes vacacionales.
Recorrió con su nueva compañera las playas desérticas,
se bañaron en aquel mar purificador, la agasajó
con el marisco que tanto le deleitaba, le enseñó
los bellos paisajes, la puesta del sol más hermosa
que había podido contemplar. Por la noche otra vez
los mismos crujidos interrumpieron su concentración
en el amor, se levantó de la cama con el pretexto de
beber un vaso de agua. Echó un vistazo a la casa de
arriba: las persianas seguían bajadas, la puerta cerrada,
la escalera que bajaba al patio común nadie la surcaba...
Similares crujidos interrumpían las noches. Espiaba
disimuladamente a distintas horas del día la casa de
arriba. Siguió sin notar indicio de estar ocupada.
En la cama su amiga le consoló con dulces palabras,
no debía preocuparse, quizá era el estrés
del trabajo, en cuanto pasaran unos días se sentiría
relajado. Su nueva Afrodita lo decepcionó mencionando
la deshonrosa palabra, ¡él nunca había
sufrido un gatillazo!. "Pero si eso es muy corriente,
le pasa a todo el mundo", le intentó sosegar su
amante. "A mí no", replicó herida
su vanidad. A él no, nunca le había pasado,
se consideraba un buen amante, al menos lo había sido
en el pasado. "¿No lo oyes?", preguntó
angustiado a su amante esperando de ella que confirmara el
sonido de pasos encima de su techo, rebotando en su cabeza,
taladrando su mente. La casa estaba habitada aunque no lo
pareciera. Ella declaró no oír nada, le aseguraba
que eran cosas suyas y empezaba a molestarle su obsesión.
Según avanzaba la primera semana de estancia aumentaba
su intranquilidad. Una noche, mientras su compañera
dormía, subió sigiloso las escaleras del piso
de arriba y espió por las ventanas, un hilo de luz
escapaba por las ranuras de las persianas del dormitorio principal.
Creyó ver una sombra al otro lado y sintió el
perfume habitual de su ex esposa. Bajó sobresaltado
y pasó el resto de la noche sin poder dormir, recorriendo
mentalmente el pasillo y las habitaciones de la casa de arriba
que conocía de memoria, pendiente de los sonidos que
imaginaba provenir del piso de arriba: el ruido de la cisterna,
el goteo del grifo del lavabo que no podía cerrarse
del todo; reconoció el silbido de la cafetera, el chasquido
de la luz de la lámpara de la mesilla de noche, el
crujido del colchón que se hundía en el centro,
el chirrido del somier de muelles de la cama matrimonial cada
vez que se movían los cuerpos. Un escalofrío
recorrió su piel al figurarse dos cuerpos en aquella
cama que en otro tiempo había compartido con su esposa
porque sospechaba que uno de ellos sería el de ella
y el otro, obviamente, no era de él. Aquella cama del
piso de arriba ocupada por unos desconocidos, hoyando su recuerdo,
aquella cama que él había pretendido que fuera
el lecho de su nuevo amor...Y se arrepintió de alquilar
la casa de abajo.
Antes de que finalizasen las vacaciones y los días
reservados entregó las llaves a Manuela. Decidieron
regresar, molesto él, harta ella. La propietaria se
extrañó de su inesperada marcha "¿es
que no han estado a gusto?", él se excusó
diciendo que un problema urgente de trabajo le había
interrumpido las vacaciones. "¡Cuánto lo
siento!", manifestó Manuela.
Mientras su amiga esperaba impaciente en el coche maldiciendo
su suerte, él no pudo evitar comunicarle a la propietaria
su curiosidad preguntándole quién ocupaba la
casa de arriba. "Nadie", contestó Manuela
con una irónica sonrisa. Se quedó mudo de la
sorpresa. Manuela le explicó: "Cuando usted me
llamó, su legítima mujer se le adelantó
reservando la casa, me pagó por anticipado pero poco
antes de llegar a ocuparla le surgió también
un imprevisto en el trabajo y no ha podido venir, pero me
pagó todo el alquiler con la condición de que
no la ocupase nadie, por eso Nadie la ocupa".
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