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  33 tierra - prosa     La casa de arriba   índice de autores
             
         

 

Cuando llamó a la dueña de aquellas casas de pueblo a la orilla del mar intentó reservar la misma que en años anteriores había compartido con su esposa. Manuela, la arrendadora, le informó que para aquellas fechas ya estaba ocupada pero que quedaba libre la de abajo, no tan agradable como la de arriba. No importaba, el caso era enseñarle a su nueva compañera el lugar donde más le gustaba pasar sus vacaciones estivales. Tras un largo paréntesis en el tiempo recuperaría el espacio de su añorada felicidad. Presentía que aquel emplazamiento que tantas dichas le había proporcionado sería el kilómetro cero de su nueva vida.

La alquiló por dos semanas, tiempo suficiente para disfrutar de los alrededores, descansar y vivir su nuevo amor. Por fin llegó el día del viaje, los kilómetros no sólo superaban la distancia en el espacio sino en el tiempo, volvía a recuperar los recuerdos de su infancia, de su adolescencia, de su juventud. Conforme atravesaba pueblos, gasolineras, peajes, presentía que se acercaba al punto de felicidad olvidado. Los letreros de la carretera presentando cada pueblo se los imaginaba como páginas de una novela de próxima y placentera lectura. En el asiento de al lado se acurrucaba medio dormida la protagonista de la historia que intentaba emprender.

Al llegar a su destino Manuela le entregó las llaves con una mirada recelosa al ver a su nueva acompañante, él se vio obligado a presentársela como su nueva mujer. "No si yo no me meto en nada, pero anden con cuidado, no molesten a los inquilinos de arriba". Aquel comentario de la propietaria le desconcertó pero disimuló su turbación, nada ni nadie le trastornaría sus ansiadas vacaciones.

Aquella primera noche, cuando los amantes se dejaron llevar por Eros, le inquietaron unos crujidos provenientes de la casa de arriba que interrumpieron su éxtasis. A la mañana siguiente intentó ver quién habitaba la casa de arriba. Las persianas estaban bajadas, las ventanas herméticamente cerradas, era probable que a aquellas tempranas horas durmieran sus ocupantes. Intentó olvidarse de su curiosidad y continuar con sus planes vacacionales. Recorrió con su nueva compañera las playas desérticas, se bañaron en aquel mar purificador, la agasajó con el marisco que tanto le deleitaba, le enseñó los bellos paisajes, la puesta del sol más hermosa que había podido contemplar. Por la noche otra vez los mismos crujidos interrumpieron su concentración en el amor, se levantó de la cama con el pretexto de beber un vaso de agua. Echó un vistazo a la casa de arriba: las persianas seguían bajadas, la puerta cerrada, la escalera que bajaba al patio común nadie la surcaba...

Similares crujidos interrumpían las noches. Espiaba disimuladamente a distintas horas del día la casa de arriba. Siguió sin notar indicio de estar ocupada. En la cama su amiga le consoló con dulces palabras, no debía preocuparse, quizá era el estrés del trabajo, en cuanto pasaran unos días se sentiría relajado. Su nueva Afrodita lo decepcionó mencionando la deshonrosa palabra, ¡él nunca había sufrido un gatillazo!. "Pero si eso es muy corriente, le pasa a todo el mundo", le intentó sosegar su amante. "A mí no", replicó herida su vanidad. A él no, nunca le había pasado, se consideraba un buen amante, al menos lo había sido en el pasado. "¿No lo oyes?", preguntó angustiado a su amante esperando de ella que confirmara el sonido de pasos encima de su techo, rebotando en su cabeza, taladrando su mente. La casa estaba habitada aunque no lo pareciera. Ella declaró no oír nada, le aseguraba que eran cosas suyas y empezaba a molestarle su obsesión. Según avanzaba la primera semana de estancia aumentaba su intranquilidad. Una noche, mientras su compañera dormía, subió sigiloso las escaleras del piso de arriba y espió por las ventanas, un hilo de luz escapaba por las ranuras de las persianas del dormitorio principal. Creyó ver una sombra al otro lado y sintió el perfume habitual de su ex esposa. Bajó sobresaltado y pasó el resto de la noche sin poder dormir, recorriendo mentalmente el pasillo y las habitaciones de la casa de arriba que conocía de memoria, pendiente de los sonidos que imaginaba provenir del piso de arriba: el ruido de la cisterna, el goteo del grifo del lavabo que no podía cerrarse del todo; reconoció el silbido de la cafetera, el chasquido de la luz de la lámpara de la mesilla de noche, el crujido del colchón que se hundía en el centro, el chirrido del somier de muelles de la cama matrimonial cada vez que se movían los cuerpos. Un escalofrío recorrió su piel al figurarse dos cuerpos en aquella cama que en otro tiempo había compartido con su esposa porque sospechaba que uno de ellos sería el de ella y el otro, obviamente, no era de él. Aquella cama del piso de arriba ocupada por unos desconocidos, hoyando su recuerdo, aquella cama que él había pretendido que fuera el lecho de su nuevo amor...Y se arrepintió de alquilar la casa de abajo.

Antes de que finalizasen las vacaciones y los días reservados entregó las llaves a Manuela. Decidieron regresar, molesto él, harta ella. La propietaria se extrañó de su inesperada marcha "¿es que no han estado a gusto?", él se excusó diciendo que un problema urgente de trabajo le había interrumpido las vacaciones. "¡Cuánto lo siento!", manifestó Manuela.

Mientras su amiga esperaba impaciente en el coche maldiciendo su suerte, él no pudo evitar comunicarle a la propietaria su curiosidad preguntándole quién ocupaba la casa de arriba. "Nadie", contestó Manuela con una irónica sonrisa. Se quedó mudo de la sorpresa. Manuela le explicó: "Cuando usted me llamó, su legítima mujer se le adelantó reservando la casa, me pagó por anticipado pero poco antes de llegar a ocuparla le surgió también un imprevisto en el trabajo y no ha podido venir, pero me pagó todo el alquiler con la condición de que no la ocupase nadie, por eso Nadie la ocupa".

 

   
             
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