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Desde
que se mudara de vivienda cohabitaba con una molesta
mosca. Había intentado deshacerse de ella de mil formas
distintas, todo en vano. Era como si formase parte de su casa,
como una columna en medio del salón que no se puede
quitar porque se caería el techo encima. Ningún
ser le había sido tan fiel y tan insistente, tuvo que
resignarse a compartir su vida con ella.
Persistente, pegajosa, latosa, zigzagueante, zumbadora le
perseguía por todas las habitaciones. Posándose
en su hombro, en su cabello, en su cara. Esquivando manotazos,
saludándole a su regreso a casa con alegres zumbidos,
mascota leal y enamorada. En la cama, mientras dormía,
el incansable diptero recorría su cuerpo poro a poro,
pliegue a pliegue, con erótico aleteo. Lamiendo su
piel con pasión, vigilando su sueño con recelo.
Envejecieron juntas, como envejecen los matrimonios, acostumbrándose
la una a la otra. Hasta que un día, tras una corta
enfermedad, expiró contenta de verse libre al fin de
aquella mosca. Pero en el ataúd se coló por
una rendija y se posó para siempre en su calavera.
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