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Coronel
Torres perdura a través de los años, la plaza,
la estación del ferrocarril y por supuesto las casas
grises donde lento el verdín invade las paredes. La
casa señalada con el número trescientos es diferente,
está situada en la esquina, la puerta de madera con
postigos y las ventanas del comedor dan a la calle Saavedra,
el resto de las habitaciones se abren a una galería
de helechos, malvones y rosas que crecen con lujuria. Sólo
el balcón francés del dormitorio de Petronita
se abre por Riglos.
Allí reside desde hace cinco décadas la familia
Chávez, José electricista, Eulalia experta en
el arte de la costura y su única hija. Siempre la llamaron
Petronita desde el día en que nació hasta hoy
con sus cuarenta años. Desde pequeña se destaca
la desigualdad entre ella y sus compañeras de curso,
la última de la fila, en el más lejano lugar
del aula, es demasiado alta y esto unido a su timidez le causa
un gran complejo. No es bonita y para empeorar las cosas luce
dos trenzas atadas en lo alto de la cabeza. Así acaba
la escuela primaria, sin ilusiones ni amigas. Cuando cumple
quince años no hay fiesta, tampoco regalos, la fecha
pasa inadvertida para todos menos para ella, siente dolor
y rabia.
Casi nunca sale a la calle pero está al tanto de lo
que sucede en el pueblo. Siempre tras la persiana ve transitar
la vida frente a sus ojos, hasta el día en que descubre
que todas las jóvenes han florecido, seductores cuerpos,
tacones altos, vestidos sencillos pero a la moda, carmín
en los labios, colorete en la mejillas.
Los
sábados por la noche la brisa trae ráfagas de
melodías procedentes del club social, donde como de
costumbre, hay fiesta. Ella no sabe bailar ¿Cómo
es un día en la vida de Petronita? ¿Qué
hace? Se levanta temprano, se baña, peina en dos trenzas
sus cabellos para atarlas luego en lo alto de la cabeza, se
viste con uno de los diez vestidos que tiene, de distintos
colores, igual modelo, desayuna, alimenta los pájaros
de la galería y comienza con las tareas de la casa.
La familia almuerza junta, los padres hablan, ella escucha.
Después del té, borda, cose o simplemente permite
que sus pensamientos echen a volar. Luego la ventana, su único
contacto con la vida. El que la conoce se puede preguntar
¿qué sucede con esta muchacha? No tiene sueños
ni fantasías, no sabe si es feliz o desventurada, sólo
deja transcurrir el tiempo con total naturalidad.
Una
tarde irrumpe en la sala donde cose su madre, allí
está ella entre encajes y tul.
¿Qué
es eso mamá? pregunta deslumbrada.
El
vestido de novia de Chiche, hoy es la última prueba.
¡Se casa el sábado!
No lo puede creer, Chiche, su vecina, tan bonita, tan joven...
la noche anunciada la ve subir al automóvil iluminado
del brazo de su padre espléndida en su blanco traje.
De pronto la tristeza la vence, llora lágrimas amargas,
el peso de toda una vida cae sobre sus hombros, percibe que
hay mucho más allá afuera que ella desconoce.
Las horas después del ocaso se convierten en pesadilla,
el insomnio la envuelve hasta la madrugada. Sin embargo en
el silencio de la noche escucha unos pasos, alguien que se
acerca silba un tango, Madreselvas, para perderse
a la vuelta de la esquina.
La espera deviene en costumbre, los pasos, el silbido, desde
la persiana la figura masculina que se aleja. Pasan las semanas,
en su mente traza un plan, nadie diría que es obra
de ella. Está decidida a vivir. Hace breves pero continuas
incursiones por el pueblo, atraviesa la plaza, acude a escuchar
misa, se anima a realizar algunas compras. Le interesa la
gente, la observa, escucha y hasta intercambia unas palabras
con la dueña de la mercería.
Sábado por la noche. Del tocador de su madre retira
con discreción cosas que para su persona son un tesoro:
cosméticos, medias, un pañuelo bordado, agua
de colonia. Entonces se viste con delicadeza y libera sus
cabellos aprisionados por las trenzas. Cepilla su brillante
melena, se coloca un poco de carmín en los labios temblorosos,
colorete en las pálidas mejillas. Escucha los pasos
desde su ventana, veloz corre a la puerta, el corazón
late alocado. Un brazo en la cintura, una rosa en la mano.
Él da vuelta la esquina.
¿Qué
hace una señorita a esta hora en la calle? interroga
sorprendido.
¡Lo
esperaba a usted! exclama, ensayando una sonrisa.
¿A
mí? Yo voy para el club, si gusta acompañarme...
¡Eso
es exactamente lo que deseo! responde Petronita sonrojada.
¿Cuál
es su nombre?
Un silencio, un pensamiento.
Petrona,
¿y el suyo?
Julián
declama con voz recia.
Las dos cuadras que los separan del club parecen interminables.
La muchacha se desplaza con aparente seguridad, pero en su
interior tiembla como una paloma asustada. ¿Qué
pensará de mí? Tal vez que soy una loca con
certeza... Le agradaría conocer bien el rostro
de su acompañante, pero la luz es escasa. A él
le sucede lo mismo, sólo percibe el bailoteo de una
falda azul y el paso ágil de un par de sandalias blancas.
¿De
dónde viene ese aroma tan dulzón? susurra
ella.
Son
madreselvas, creo que no hay patio en el pueblo que no tenga
una planta. ¡En el club se viene abajo la pérgola
con tanta flor!
Al fin llegan. Él la mira y piensa, no está
mal, lindo pelo, buenas piernas... y no habla mucho...
Ella reflexiona es más buen mozo de lo que me
imaginé, se nota que es educado y le sienta tan bien
el bigote...
¡A
bailar! exclama Julián.
¡Perdón,
olvide decirle que no se bailar! dice avergonzada al
borde de las lágrimas.
¡No
se preocupe, no es complicado, sólo déjese llevar!
asegura el hombre con una sonrisa.
¡Baila!
¡Está bailando con él! No lo puede creer...
Si la vieran sus padres. Sonríe... no sabe bien por
qué. La mano fuerte de él aprisiona su talle,
la otra estrecha la suya con aire protector, le infunde confianza,
ella gira entre música, madreselvas y luces. Es feliz.
Ahora comienza a vivir de verdad.
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