P O R T A D A    

Mónica Ramos
tacones    
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Coronel Torres perdura a través de los años, la plaza, la estación del ferrocarril y por supuesto las casas grises donde lento el verdín invade las paredes. La casa señalada con el número trescientos es diferente, está situada en la esquina, la puerta de madera con postigos y las ventanas del comedor dan a la calle Saavedra, el resto de las habitaciones se abren a una galería de helechos, malvones y rosas que crecen con lujuria. Sólo el balcón francés del dormitorio de Petronita se abre por Riglos.

Allí reside desde hace cinco décadas la familia Chávez, José electricista, Eulalia experta en el arte de la costura y su única hija. Siempre la llamaron Petronita desde el día en que nació hasta hoy con sus cuarenta años. Desde pequeña se destaca la desigualdad entre ella y sus compañeras de curso, la última de la fila, en el más lejano lugar del aula, es demasiado alta y esto unido a su timidez le causa un gran complejo. No es bonita y para empeorar las cosas luce dos trenzas atadas en lo alto de la cabeza. Así acaba la escuela primaria, sin ilusiones ni amigas. Cuando cumple quince años no hay fiesta, tampoco regalos, la fecha pasa inadvertida para todos menos para ella, siente dolor y rabia.

Casi nunca sale a la calle pero está al tanto de lo que sucede en el pueblo. Siempre tras la persiana ve transitar la vida frente a sus ojos, hasta el día en que descubre que todas las jóvenes han florecido, seductores cuerpos, tacones altos, vestidos sencillos pero a la moda, carmín en los labios, colorete en la mejillas.

Los sábados por la noche la brisa trae ráfagas de melodías procedentes del club social, donde como de costumbre, hay fiesta. Ella no sabe bailar ¿Cómo es un día en la vida de Petronita? ¿Qué hace? Se levanta temprano, se baña, peina en dos trenzas sus cabellos para atarlas luego en lo alto de la cabeza, se viste con uno de los diez vestidos que tiene, de distintos colores, igual modelo, desayuna, alimenta los pájaros de la galería y comienza con las tareas de la casa. La familia almuerza junta, los padres hablan, ella escucha. Después del té, borda, cose o simplemente permite que sus pensamientos echen a volar. Luego la ventana, su único contacto con la vida. El que la conoce se puede preguntar ¿qué sucede con esta muchacha? No tiene sueños ni fantasías, no sabe si es feliz o desventurada, sólo deja transcurrir el tiempo con total naturalidad.

Una tarde irrumpe en la sala donde cose su madre, allí está ella entre encajes y tul.

—¿Qué es eso mamá? —pregunta deslumbrada.

—El vestido de novia de Chiche, hoy es la última prueba. ¡Se casa el sábado!

No lo puede creer, Chiche, su vecina, tan bonita, tan joven... la noche anunciada la ve subir al automóvil iluminado del brazo de su padre espléndida en su blanco traje. De pronto la tristeza la vence, llora lágrimas amargas, el peso de toda una vida cae sobre sus hombros, percibe que hay mucho más allá afuera que ella desconoce. Las horas después del ocaso se convierten en pesadilla, el insomnio la envuelve hasta la madrugada. Sin embargo en el silencio de la noche escucha unos pasos, alguien que se acerca silba un tango, “Madreselvas”, para perderse a la vuelta de la esquina.

La espera deviene en costumbre, los pasos, el silbido, desde la persiana la figura masculina que se aleja. Pasan las semanas, en su mente traza un plan, nadie diría que es obra de ella. Está decidida a vivir. Hace breves pero continuas incursiones por el pueblo, atraviesa la plaza, acude a escuchar misa, se anima a realizar algunas compras. Le interesa la gente, la observa, escucha y hasta intercambia unas palabras con la dueña de la mercería.

Sábado por la noche. Del tocador de su madre retira con discreción cosas que para su persona son un tesoro: cosméticos, medias, un pañuelo bordado, agua de colonia. Entonces se viste con delicadeza y libera sus cabellos aprisionados por las trenzas. Cepilla su brillante melena, se coloca un poco de carmín en los labios temblorosos, colorete en las pálidas mejillas. Escucha los pasos desde su ventana, veloz corre a la puerta, el corazón late alocado. Un brazo en la cintura, una rosa en la mano. Él da vuelta la esquina.

—¿Qué hace una señorita a esta hora en la calle? —interroga sorprendido.

—¡Lo esperaba a usted! —exclama, ensayando una sonrisa.

—¿A mí? Yo voy para el club, si gusta acompañarme...

—¡Eso es exactamente lo que deseo! —responde Petronita sonrojada.

—¿Cuál es su nombre?

Un silencio, un pensamiento.

—Petrona, ¿y el suyo?

—Julián —declama con voz recia.

Las dos cuadras que los separan del club parecen interminables. La muchacha se desplaza con aparente seguridad, pero en su interior tiembla como una paloma asustada. “¿Qué pensará de mí? Tal vez que soy una loca con certeza...” Le agradaría conocer bien el rostro de su acompañante, pero la luz es escasa. A él le sucede lo mismo, sólo percibe el bailoteo de una falda azul y el paso ágil de un par de sandalias blancas.

—¿De dónde viene ese aroma tan dulzón? —susurra ella.

—Son madreselvas, creo que no hay patio en el pueblo que no tenga una planta. ¡En el club se viene abajo la pérgola con tanta flor!

Al fin llegan. Él la mira y piensa, “no está mal, lindo pelo, buenas piernas... y no habla mucho...” Ella reflexiona “es más buen mozo de lo que me imaginé, se nota que es educado y le sienta tan bien el bigote...”

—¡A bailar! —exclama Julián.

—¡Perdón, olvide decirle que no se bailar! —dice avergonzada al borde de las lágrimas.

—¡No se preocupe, no es complicado, sólo déjese llevar! —asegura el hombre con una sonrisa.

¡Baila! ¡Está bailando con él! No lo puede creer... Si la vieran sus padres. Sonríe... no sabe bien por qué. La mano fuerte de él aprisiona su talle, la otra estrecha la suya con aire protector, le infunde confianza, ella gira entre música, madreselvas y luces. Es feliz. Ahora comienza a vivir de verdad.

 

   
             
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