P O R T A D A    
María de Lourdes Massimino
luna    
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Es de noche. El viento helado azota los médanos y despeina las copas de los árboles. El mar luce fantasmagórico, parece una cordillera de sal y espuma. Noche de pájaros dormidos en refugios de ramas y hojas secas. Noche quieta en el silencio de los caracoles que reposan su nácar en la orilla.

Adentro el calor de la chimenea envuelve la pasión de los enamorados. Leños que enrojecen, llamas que danzan. Dos bocas sedientas que paladean la vida en copas de licor de arándano. El sonido del mar amordazado tras el vidrio acompaña desde lejos a otros sonidos más próximos. Del roce de los labios y la adoración de los cuerpos nace un pacto secreto. Novios pareciera una palabra en desuso para nombrar el amor entre una mujer de cuarenta y tantos y un hombre de treinta. Amantes suena distinto. Lleva la audacia de amar a pesar de todo.

Podría detenerse la Tierra en su rotación. Podría acabarse el tiempo en un suspiro. Santiago y Emilia no lo notarían en el frenesí de sus caricias. Embriagados por la presencia del otro. Poseídos por sus gestos amorosos. Sienten sus vidas plenas. Sólo el presente.

La luz de una lámpara de pie inunda de sombras la quietud de la piedra en la pared. Cobra vida la materia inerte. Dos figuras aletean en sus ansias, ondulan en el muro frío. La cabaña se estremece, siente en su seno las vibraciones de una pasión inusitada. El hombre la mira mientras ella juega con sus pies desnudos. Masajes suaves de manos de princesa. Santiago pondría la vida entera en esas manos blancas. Emilia improvisa una rutina de caricias y besos pequeños. Como quien explora un tesoro recién hallado la seduce el cuerpo de su amante. Siente curiosidad por conocer sus sensaciones. Se le eriza la piel en el contacto intenso. Se funde en la emoción de sentirse correspondida en la búsqueda. Aromas cítricos, aceites aromáticos todo se suma a este rito de placer. Manos de seda sobre un cuerpo entregado al goce. Embrujos de mujer enamorada. La claridad del fuego baña la silueta de Emilia. Su cabellera cobriza parece lava incandescente sobre su espalda desnuda. Sus pechos pequeños se tiñen de color naranja, como si el fuego pudiese acaramelar tanta dulzura.

Un llamado a la pasión en su oído. Un hombre insaciable reclama su cercanía. La pasión estalla y se apodera de los dos. La doncella se funde en el calor de su amado. Un silencio cómplice abanica el vaivén del deseo. Y el placer se desata como un alud, irrefrenable. Las compuertas están abiertas, pueden unirse los más recónditos lugares de sus almas. En la cumbre de este amor los miedos se derriten como las nieves eternas ante el ímpetu del sol.

 

Octubre 2004
   
             
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