P O R T A D A     Negativos, composición digital de Francisco Javier Cubero    
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Bautizos
de primaveras pasadas

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Repicas en el teléfono por enésima vez, giro la página y con suave desidia te dejo desangrarte en el contestador. Fino alambique de vejaciones el nuestro, en las gotas de hiel que destilamos fermenta un curare que nos envenena, que nos aleja del cedazo sobre el que nos cribábamos antaño, aquel que sólo dejaba pasar diminutas partículas de dicha, piedrecitas con las que nos arropábamos, con las que construíamos nuestro refugio en la montaña; eran otros tiempos, entonces el sahumerio de la pasión ardía en nuestra alcoba al raso y sus rescoldos alejaban a las serpientes y alacranes... Nada queda de las piedras, ni del refugio, ni del humo, ni los cimientos del chamizo aquel donde solíamos consagrar nuestro amor, somos ahora nada, mi fiel enemiga, menos quizá, una noche indefensa, un pabilo sofocado que ni el viento fuerte avienta.

Miro por la ventana; la calle se amortaja de domingo acompañando a cada repique de misa... Sigue sonando el teléfono; siempre fuiste muy decidida y por eso no quisiste acercarte a mí y luego nos tuvimos que buscar, durante mucho tiempo estuvimos mirándonos de esquina a esquina, entre despojos de otros amores a veces, como ese perro que hociquea entre la basura sin mirar hacia delante, ciego, de hito en hito. Hemos sido complicados y estúpidos, una vida entera se contiene en una bolsa más pequeña que la que revuelve ese animal, como la que tengo ahora en las manos, la que suelo coger siempre que te alejas un poco y me contemplas desconfiada y fiera desde la esquina.

De acero y satén tu última punzada, siempre fuiste fría en tus puyas, todavía me escuece mientras hundo la mano en la bolsa. Rebosan dentro fotos de mil formatos, apiladas, con los sobres de los negativos intercalados, porque los negativos hay que guardarlos, decía mi padre, de estas imágenes rancias libo mi angustia, como un insecto unta sus patas de néctar, allí la vida es un temporal que deja ver un jirón de cielo despejado, galerna que empieza pero que ha de acabar, todo tiene principio y fin, hasta el dolor... Extraño artefacto nuestra memoria, noria antigua cuyos brazos baldean el agua de una charca a medio perder, evaporándose al tiempo que los recuerdos. Una veces suben los cubos de esta cenia agua y otras lodo, las más sin nada, que no recordar también es recuerdo como un cubo a medio llenar no deja de ser cubo. Curioso es también el orden de las columnas de este mundo de recuerdos, brazos de memoria que las aguantan como los nervudos miembros de un filisteo, las más recientes arriba, en color y bien enfocadas, dando vida a la enorme viga ocre desde poco después de mi bautizo, a principios de los setenta. Hay fotos felices allí, como en la que estamos toda la familia posando junto a un calabacín gigante que creció donde el tío Ernesto y en otra estamos todos los primos formando algo parecido a un castillo de brazos y piernas raquíticas. Las aparto en una montonera que se derrumba, carbonera hueca y desecha. Un poco más abajo mi hermano y sus novias, siempre malcarado en las fotos, un algo de provocación en su gesto, quizá esas cejas demasiado pobladas le daban un aire de chico rebelde, no fue muy feliz y siempre estuvo demasiado sólo, recibió cada ventada del tiempo como una bofetada, como un puñado de sal que le arrojaran al rostro...

Sí, hay sal en las lágrimas, pero la sonrisa las transforma en los labios en un dulce acíbar, casi alegría. Hacia mitad de columna una que tiene la fecha en el dorso; 29 de febrero de 1972, el abuelo José María baila con una viuda entrada en carnes en la boda del primo Antonio. Hay más fotos de esa boda, en una estoy encima de una mesa y mi madre lleva una peineta de dos palmos para que se note que era la madrina, pero los dos bailarines son las estrellas, sonrío, parecen bastante contentos; la viuda sorprendida por la audacia del anciano y el abuelo reconfortado por la cercanía de aquella mujer de escote abultado…en aquel pecho se dibuja algún bulto irregular, quizá un pañuelo, las mujeres solían guardarlos entre el sostén para luego sacarlos bien calentitos, como una flor de tela arrugada...paso una tras otra, en Montserrat cerca de un Seiscientos que debió padecer en las cuestas, el día de la Palma frente a la Catedral, la confirmación de mi hermano, también lleva fecha, abril de 1968, más abajo mi padre paseando por las Ramblas con un compañero desvergonzado, quizá del Banco, muy jóvenes los dos, pasan frente a la terraza del Zurich con una sonrisa de oreja a oreja... Aparto un par de sobres de comuniones lejanas, muchos desconocidos con gafas de pasta gruesa, quizá las hijas de algún primo de mi padre.

Sigo buscando más abajo, hacia al fondo, en aquel limbo parecen haberse filtrado un poso de melancolía y miseria, un limo de mórbido que acabará también cogiendo la noria del recuerdo. Sin duda el dolor tiene peso, se prende a las fotos como el musgo a la almeja, noto su tacto resbaladizo en el fondo, donde sólo de tanto en tanto bucea mi brazo. Giro esta primera foto buscando una fecha, junio de 1958, mi abuelo el Mayoral con mi padre y Kubala, un perro fiero y negro como el azabache. Debe ser la última foto del abuelo, mi padre a su diestra con traje de militar, quizá estaría de permiso... Debía estar muy enfermo el Mayoral, sentado en una silla de esparto, algo envarado y con la muerte haciéndole ya catas antes de tumbar el árbol, las piernas muy largas y flacas, vara de profeta asténico. Murió a finales de ese mismo año y en su agonía preguntó por qué las campanas tocaban así y mi tía, que por ella conozco la historia, que era porque el Papa Pío había muerto el día de antes. Una curiosidad malsana me llevó a la Larousse; Pío XII murió en Roma el nueve de octubre de 1958. No debí haberlo hecho; las historias es mejor no archivarlas con fecha, quedan mejor contadas, en ese éter de indefinición que tiende a envolverlas, como el almíbar de una conserva, ese mismo en el que flotan también los años de sanatorio de mi tío Iluminado, un tiempo antes, quizá a principios de los cincuenta. Sólo hay dos fotos de él, las dos con los bordes de dientes de sierra, una paseando con los otros enfermos, mi madre lo señala en la fila; el más alto de todos, el rostro tostado y bombacho raído de labrador. En la otra está sólo él leyendo un libro, arriba un crucifijo oscuro, con una manta que medio le cubre en la cama de cabezales metálicos en la seguramente murió... triste paseo por el pasado éste, muerte y recuerdo, recuerdo y muerte, imágenes de muertos jóvenes que no conocí, más jóvenes que yo ahora, me siento un voyeur, un viajero que aprieta con fuerza su óbolo entre las manos de Caronte, está allí también mi tío Joaquín con su hermana, jóvenes y sonrientes bajo la Sagrada Familia, sobre la misma moto los dos, en aquella Ducati con la que se mataría al poco en el puente de San Adrián...

Aparto muy suave esta columna de recuerdos añejos y abro una bolsa más breve, repleta de naufragios recientes; humean allí todavía sahumerios apagados, sigo ahora tus fotos, mi vida, en París hace tres años, en Viena, en la estación de Orvieto, sobre una canoa en el lago Leman, con Clarens al fondo, las hay también en que estamos mezclados con la familia, con amigos ya perdidos, de todas éstas debe haber más copias que irán pasando de mano en mano, hasta que se vayan apagando sus colores, y tendremos entonces ropas ridículas y quien nos mire conocerá una historia horrible sobre nosotros, de miseria o engaño, tal vez un cruel desenlace... Con suerte quedará de nosotros en esas memorias que vendrán algo bello y triste, un suave lenitivo para lavar una pena futura, lejana y extraña, como nuestra historia, mi sueño, como las caras que no reconocemos en las fotos, seremos dos extraños más, ajenos, como bautizos de primaveras pasadas.


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