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Repicas
en el teléfono por enésima vez, giro la página
y con suave desidia te dejo desangrarte en el contestador.
Fino alambique de vejaciones el nuestro, en las gotas de hiel
que destilamos fermenta un curare que nos envenena, que nos
aleja del cedazo sobre el que nos cribábamos antaño,
aquel que sólo dejaba pasar diminutas partículas
de dicha, piedrecitas con las que nos arropábamos,
con las que construíamos nuestro refugio en la montaña;
eran otros tiempos, entonces el sahumerio de la pasión
ardía en nuestra alcoba al raso y sus rescoldos alejaban
a las serpientes y alacranes... Nada queda de las piedras,
ni del refugio, ni del humo, ni los cimientos del chamizo
aquel donde solíamos consagrar nuestro amor, somos
ahora nada, mi fiel enemiga, menos quizá, una noche
indefensa, un pabilo sofocado que ni el viento fuerte avienta.
Miro por la ventana; la calle se amortaja de domingo acompañando
a cada repique de misa... Sigue sonando el teléfono;
siempre fuiste muy decidida y por eso no quisiste acercarte
a mí y luego nos tuvimos que buscar, durante mucho
tiempo estuvimos mirándonos de esquina a esquina, entre
despojos de otros amores a veces, como ese perro que hociquea
entre la basura sin mirar hacia delante, ciego, de hito en
hito. Hemos sido complicados y estúpidos, una vida
entera se contiene en una bolsa más pequeña
que la que revuelve ese animal, como la que tengo ahora en
las manos, la que suelo coger siempre que te alejas un poco
y me contemplas desconfiada y fiera desde la esquina.
De
acero y satén tu última punzada, siempre fuiste
fría en tus puyas, todavía me escuece mientras
hundo la mano en la bolsa. Rebosan dentro fotos de mil formatos,
apiladas, con los sobres de los negativos intercalados, porque
los negativos hay que guardarlos, decía mi padre, de
estas imágenes rancias libo mi angustia, como un insecto
unta sus patas de néctar, allí la vida es un
temporal que deja ver un jirón de cielo despejado,
galerna que empieza pero que ha de acabar, todo tiene principio
y fin, hasta el dolor... Extraño artefacto nuestra
memoria, noria antigua cuyos brazos baldean el agua de una
charca a medio perder, evaporándose al tiempo que los
recuerdos. Una veces suben los cubos de esta cenia agua y
otras lodo, las más sin nada, que no recordar también
es recuerdo como un cubo a medio llenar no deja de ser cubo.
Curioso es también el orden de las columnas de este
mundo de recuerdos, brazos de memoria que las aguantan como
los nervudos miembros de un filisteo, las más recientes
arriba, en color y bien enfocadas, dando vida a la enorme
viga ocre desde poco después de mi bautizo, a principios
de los setenta. Hay fotos felices allí, como en la
que estamos toda la familia posando junto a un calabacín
gigante que creció donde el tío Ernesto y en
otra estamos todos los primos formando algo parecido a un
castillo de brazos y piernas raquíticas. Las aparto
en una montonera que se derrumba, carbonera hueca y desecha.
Un poco más abajo mi hermano y sus novias, siempre
malcarado en las fotos, un algo de provocación en su
gesto, quizá esas cejas demasiado pobladas le daban
un aire de chico rebelde, no fue muy feliz y siempre estuvo
demasiado sólo, recibió cada ventada del tiempo
como una bofetada, como un puñado de sal que le arrojaran
al rostro...
Sí, hay sal en las lágrimas, pero la sonrisa
las transforma en los labios en un dulce acíbar, casi
alegría. Hacia mitad de columna una que tiene la fecha
en el dorso; 29 de febrero de 1972, el abuelo José
María baila con una viuda entrada en carnes en la boda
del primo Antonio. Hay más fotos de esa boda, en una
estoy encima de una mesa y mi madre lleva una peineta de dos
palmos para que se note que era la madrina, pero los dos bailarines
son las estrellas, sonrío, parecen bastante contentos;
la viuda sorprendida por la audacia del anciano y el abuelo
reconfortado por la cercanía de aquella mujer de escote
abultado
en aquel pecho se dibuja algún bulto
irregular, quizá un pañuelo, las mujeres solían
guardarlos entre el sostén para luego sacarlos bien
calentitos, como una flor de tela arrugada...paso una tras
otra, en Montserrat cerca de un Seiscientos que debió
padecer en las cuestas, el día de la Palma frente a
la Catedral, la confirmación de mi hermano, también
lleva fecha, abril de 1968, más abajo mi padre
paseando por las Ramblas con un compañero desvergonzado,
quizá del Banco, muy jóvenes los dos, pasan
frente a la terraza del Zurich con una sonrisa de oreja a
oreja... Aparto un par de sobres de comuniones lejanas, muchos
desconocidos con gafas de pasta gruesa, quizá las hijas
de algún primo de mi padre.
Sigo buscando más abajo, hacia al fondo, en aquel limbo
parecen haberse filtrado un poso de melancolía y miseria,
un limo de mórbido que acabará también
cogiendo la noria del recuerdo. Sin duda el dolor tiene peso,
se prende a las fotos como el musgo a la almeja, noto su tacto
resbaladizo en el fondo, donde sólo de tanto en tanto
bucea mi brazo. Giro esta primera foto buscando una fecha,
junio de 1958, mi abuelo el Mayoral con mi padre y
Kubala, un perro fiero y negro como el azabache. Debe ser
la última foto del abuelo, mi padre a su diestra con
traje de militar, quizá estaría de permiso...
Debía estar muy enfermo el Mayoral, sentado en una
silla de esparto, algo envarado y con la muerte haciéndole
ya catas antes de tumbar el árbol, las piernas muy
largas y flacas, vara de profeta asténico. Murió
a finales de ese mismo año y en su agonía preguntó
por qué las campanas tocaban así y mi tía,
que por ella conozco la historia, que era porque el Papa Pío
había muerto el día de antes. Una curiosidad
malsana me llevó a la Larousse; Pío XII murió
en Roma el nueve de octubre de 1958. No debí haberlo
hecho; las historias es mejor no archivarlas con fecha, quedan
mejor contadas, en ese éter de indefinición
que tiende a envolverlas, como el almíbar de una conserva,
ese mismo en el que flotan también los años
de sanatorio de mi tío Iluminado, un tiempo antes,
quizá a principios de los cincuenta. Sólo hay
dos fotos de él, las dos con los bordes de dientes
de sierra, una paseando con los otros enfermos, mi madre lo
señala en la fila; el más alto de todos, el
rostro tostado y bombacho raído de labrador. En la
otra está sólo él leyendo un libro, arriba
un crucifijo oscuro, con una manta que medio le cubre en la
cama de cabezales metálicos en la seguramente murió...
triste paseo por el pasado éste, muerte y recuerdo,
recuerdo y muerte, imágenes de muertos jóvenes
que no conocí, más jóvenes que yo ahora,
me siento un voyeur, un viajero que aprieta con fuerza su
óbolo entre las manos de Caronte, está allí
también mi tío Joaquín con su hermana,
jóvenes y sonrientes bajo la Sagrada Familia, sobre
la misma moto los dos, en aquella Ducati con la que se mataría
al poco en el puente de San Adrián...
Aparto
muy suave esta columna de recuerdos añejos y abro una
bolsa más breve, repleta de naufragios recientes; humean
allí todavía sahumerios apagados, sigo ahora
tus fotos, mi vida, en París hace tres años,
en Viena, en la estación de Orvieto, sobre una canoa
en el lago Leman, con Clarens al fondo, las hay también
en que estamos mezclados con la familia, con amigos ya perdidos,
de todas éstas debe haber más copias que irán
pasando de mano en mano, hasta que se vayan apagando sus colores,
y tendremos entonces ropas ridículas y quien nos mire
conocerá una historia horrible sobre nosotros, de miseria
o engaño, tal vez un cruel desenlace... Con suerte
quedará de nosotros en esas memorias que vendrán
algo bello y triste, un suave lenitivo para lavar una pena
futura, lejana y extraña, como nuestra historia, mi
sueño, como las caras que no reconocemos en las fotos,
seremos dos extraños más, ajenos, como bautizos
de primaveras pasadas.
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