P O R T A D A     Prado    
      Andreu Navarra Ordoño   punto de encuentro
  33 tierra - prosa    

Epitalamio

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Prado.

Piensa muy bien esta palabra. Paladéala. Vuelve a leerla. Debes pensarla y, a la vez, olerla.

En primer lugar nunca debí haberte dicho prado.

En segundo lugar, no sabrás nunca lo que significa prado, para mí. ¿Será lo mismo lo que pienses que lo que yo habré imaginado? En realidad nunca comprenderás qué extrañas olas se levantan bajo mi mentón cuando no sabes que te observo. En las historias, debe haber siempre dos, o tres, o cuatro actantes. Nunca cero. Uno es nada. Son las palabras adecuadas a las personas. Son las palabras que se apoderan de nuestras personas. Una palabra para cada una. Una explosión asordinada, mínima: algún secreto radical. Alguna crónica de algún amor no confesado, que no leemos para permanecer en la inquietud. Persona pero, sobre todo, la observación de los objetos y su ordenación conforme a cierta funcionalidad. Una aproximación por sugerencia, sin que caigamos ni en la prolijidad ni en los espantos.

Una nube y un barco, azules durante media hora, quizá apadrinarían nuestra elección.

No aquel zapato, con sus gritos y su rojo y sus aristas. No la miel con su insistencia en esta quietud empalagosa.

Flotar sobre la insinuación es lo más dulce y también, probablemente, es el secreto de la juventud. Temblar no puede ser más que el significado de la vida. Yo observo los comportamientos y determino dónde encontramos tanta gravedad, dónde encontramos ligereza, de dónde viene nuestra noción de problema, de dónde nos murmuran que la anarquía es el camino, cuando sabemos que nuestra lectura del cerebro humano, sujeta a las dialécticas, conduce al desconcierto y a la desorientación.

Pero nosotros conocemos el mar Mediterráneo y amamos esta luz. Si no desesperamos es porque nos paramos, como ahora, a intentar escuchar el sonido de las lenguas de agua entre las hojas de nuestras macetas. Fíjate. Digo prado y no se te enciende nada. Digo prado otra vez y una sospecha condenada a desaparecer empieza a desnudarse en tu interior. Y escuchas levemente los elementos decisivos. La fragancia de esa curva y el color normalizado de esta rosa, irrepetible.

Por escrito puedo explicar mejor la inextinguible beatitud de la contemplación de lo otro. Sólo se trata de reconocer que este cordón umbilical (la luz) unirá para siempre nuestros cuerpos. Digo cuerpo y, ¿qué se despliega? Piensa esta nueva palabra. ¿No hay rocío en ambos? ¿No lucen bajo el sol cuando caemos en la conciencia de su extensión? Condenar este vínculo inocente es lo que persiguen los enemigos de la bondad. A la verdad oponen algunas luchas, algunos círculos, algunas viejas estructuras negadoras del bien común, de la espiritualidad por la carnalidad, esto es, la personalidad sin estas luchas contra los Sentidos y la Razón. Es lo que Ernesto no deja nunca de sugerirme.

Escúchame. Ya no me leas. Óyeme a partir de ahora. ¿Puedes adivinar lo que diré? Tú me has olido alguna vez, debes intuir hasta qué punto, cuando te esfuerzas, en algún lugar de esta ciudad, yo sufro para que nunca te falte el fuelle necesario. ¿Puedes negar que nos pertenecemos? ¿Quién en su sano juicio negaría que eres el mundo con el que me asocio, obligada por mi ser?

¿No son los demás seres partes de tu estructura compleja pero rectilínea? ¿No son tú los objetos que, en disposición funcional, describiré para que intuyas lo que ocurre? Sucede que, a veces, sales a anochecer en la ciudad. Sucede que, a veces, te has convertido en esta lengua de ansiedad que me embriaga contemplando la esquina de mi calle. En ésta nos contenemos y recuperamos otras zonas de nuestra vida, no apagadas, ordenadas bajo palabras que las incluyen y nos las activan. Una baranda curva que me dibuja la nerviación de nuestra sombra. Una pequeña araña que tantea, como yo, una densa burbujita de agua que se ha formado sobre el anverso de una de estas hojas. Una nada en la tierra fértil que masticaría para enajenarme.

Sin ti seguramente carecerían de sentido pequeñas actividades que, explicadas sin su contexto, no desarrollarían ninguna afección espiritualista. Puedo destapar un tubo de pintura, o colocarme este bolígrafo sobre la oreja, con la delicadeza que sólo un pequeño roedor, en su madriguera pulcra y seria, pudo algún día alcanzar. Si tú no me pudieras ver me movería sin ninguna elegancia. Saber que puedo ser objeto de tu deseo me impulsa a colocarme esta cinta sobre mi cabeza, de una determinada manera. Situaré siempre tus cartas sobre mi cabeza, como las doncellas que nos conmovían. Si trazo en la pared alguna pincelada es porque reconstruyas mi brazo joven cuando entres por la puerta.

La vida es una siesta a dos con algún perfume decreciendo.

Ser feliz: alguna bocanada de claridad sobre los pómulos. Cerrar los ojos y desaparecer sin ninguna solemnidad. Fue la Edad Media quien instituyó los fárragos y los sepulcros. Nosotros, por lo tanto, nos limitamos a recoger sólo estos dos puñados de virtud que el mundo nos ha dado y a procurar que se sitúen en nuestras frentes, a la vista de todos.

Vestimos con sencillez y hablamos. Agradecer cada momento en esta transparencia es esta única e irrepetible oportunidad de ser sin descender por los peldaños de la piedad y la conmiseración. Toda belleza es limpia porque llora su decaimiento. Observarte, por alguna ley a la cual no accederé jamás, es un regalo de mí misma con caducidad. Una contrarreloj en la que vence el lento y el que menos hace. Si hacer es vivir más yo vivo en la contemplación de un ser extraño por incomprendido.

Si yo te conociera alguna vez me arrancaría el cabello y me arrojaría por los acantilados. Pero mi percepción del mar descarta la curiosidad por la inquietud: se basa en la investigación infantilizada. Adán recogiendo basura adaniza mi posibilidad de comprender. No saber nada es el secreto de nuestra contemplación: saberlo todo es nuestro indicio de la siesta.

¿Cómo podemos no comprendernos si somos dos? ¿No he conseguido hacerte comprender que se aniquilan dos realidades cuando son idénticas? Mira esta sociedad: llega hasta el fondo de su miseria. No veo más que dos carneros enfurecidos que, en los riscos, se golpean mutuamente las cornamentas para vencer y descender aún más por el camino de la conmiseración.

A su razón opongo mi sabiduría. A su historia, mi gusto por los archivos míseros y abandonados. A la cazalla, mi violín incongruente.

¿Hace falta que anuncien grandes acontecimientos? ¿Hace falta que remuevan algunos nuevos códigos y ordenaciones en que vive el progreso? La indisciplina es unívoca y se corresponde con la intimidad. No nos importan ni las leyes que la amparen ni las voces que las condenen. Una cabeza despeinada por la mañana o a mediodía supera todos y cada uno de estos proyectos. Una madera por inaugurar en la mente del ser amado sigue invitándonos a que sepamos lo que es un crimen conocer. Un gesto conocido que recordamos en la soledad puede elevar un poco más nuestra moral, que es partidaria de lo razonable.

La luz que conocemos como punto de partida. La luz de este balcón insignificante como revelación inicial de que el sendero no sorteará la dialéctica: no hay dialéctica. Estoy hablando de aprender a encararnos con la línea recta, no dogmática, en la facilidad y alguna síntesis. Deberíamos enamorarnos del ser más sencillo de esta tierra, y aprender de él durante algunos años. Desnudarnos en la playa es un buen ejercicio de ilusión. Escribir cartas como la que te escribiría, también un método para acceder a la nueva sensibilidad, necesitada de otra persona, del otro ser, unitario en la ignorancia de su propia maravilla: abrirlo es ampliarnos suavemente, siempre, un poco más. Afuera, hacia las palabras.

En la teoría, confrontamos nuestros obstáculos con nuestra intolerancia. Nunca solemos sospechar que la cordialidad para con lo enemigo puede ser el camino, o como mínimo un paso inicial hacia la aceptación de nuestra mente, íntegra, sin parcelar. La aceptación del universo pasa por nuestra percepción de lo que existe amable.

Y observa que digo existe. Piénsalo. Ser es memoria inexpugnable, y la nuestra se desvanece cuando nos acercamos a la periferia de la vida, que es la senectud. ¿No has visto nunca a los dos amantes ayudándose a descender las escaleras? ¿No has visto ya esas fotos de Praga, Venecia y París, fotos del último verano, edulcoradas por el tiempo?

¿No habrás sentido que tu cuerpo empezaba a desaparecer? ¿Cómo no abrazar esta luz, decenios después, si será lo único que nos vinculará de nuevo, como a nuevos seres? Nuevos amantes cada vez, nuevos reyes del universo, nuevos alcances para la persona.

La ayuda en el descenso es nuestra prueba irrefutable de fidelidad, aprecio y firmeza sin fisuras. Descender conservando la individualidad es propio de los seres superiores. Del amante. De la fuerza. De lo mágico, esto es, lo vivo. Lo que es sangre. Lo que es tierra. De lo extraño.

   
             
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