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Los 'interiores'
del
Quijote

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Caballero medieval español en lances maravillosos por la moral extrema, la potencia señorial y la protección al débil. Patricio rural o urbano sin la apasionada y cerril testarudez ante el peligro y el fracaso; polvoriento; protegido por la loriga, el escudo, la espada, la lanza en ristre, y en la mano siniestra las bridas del corcel. No es la imagen de un poderoso caballero sino la de un hijodalgo o de noble jinete armado a la ligera.


I — La locura intelectual

Nada hallado en el Quijote que fuera locura clínica sino locura redentora de las trampas de la razón. Decía José Espronceda en maravillosos versos: "¡Oh, cómo cansa el orden! / No hay locura igual a la del lógico severo!" (El diablo mundo).

Loco Arquímedes, archiloco Dante, loco de atar Petrarca, locos de remate Pablo y Jerónimo, de quienes Tasso escribió: "recibidme como a loco para que aún me gloríe yo un poquito" (Jerusalén); loco Juan de Patmos, gozando con las catástrofes del Juicio Final; loco Miguel Angel, que padecía el terror de la persecución; locos los apóstoles, que no tenían dos ropas de vestir; loco Jesús, el más divino, grande e inalcanzable, que amaba el patíbulo y el desierto, que prefería los lirios del campo a las pompas de Salomón y las barcas pescadoras a las casas reales; loco Demóstenes, que dormía con una piedra en la lengua y dialogaba con el mar; loco Esquilo, que combatió a Júpiter; locos, en fin, Colón, Newton y Galileo, quemando naves para no regresar a la vida lógica. Y sin más allá ni más acá, locos en la tortura, en la pobreza, en las vejaciones, en los sinsabores, en el dolor, en el hambre Ulises de Homero, Hamlet de Shakespeare, Segismunda de Calderón, Melebea de Francisco de Rojas, Margarita de Goethe y don Juan de Byron.

La España pesimista y sombría del siglo XVII no pudo refrenar la admiración de las locuras de don Quijote por posaderos, príncipes, señores graves, feudales enriquecidos y jóvenes estudiantes, como así por frailes en cuyas celdas a escondidas del obispo solazábanse con la novela. Prueba de esas locuras en boca en boca de todas las capas sociales de la Península con el autorizado ensayo del erudito madrileño Adolfo Bonilla y San Martín: "los refranes y las aventuras del Hidalgo, a poco de salida la novela de la imprenta, fueron patrimonio común en todos los españoles, como esas mismas tonadillas que corren por todo el mundo" (Qué pensaron de Cervantes sus contemporáneos).

Ya en tiempos modernos la locura de don Quijote fue tema de estudiosos e investigadores. Más acá o más allá de precisiones, Sigmund Freud y José Ortega y Gasset (de entre una lista interminable de escrudriñadores en la novela) concluirán en respectivos ensayos que la locura del Hidalgo en convertir el mundo en teatro y los humanos en ilusiones vulgares es propia de un cerebro seco, sin juicio y rematadamente loco desde su primera salida por llanura toledana. Equívoco planteo tanto de uno como del otro; puesto que ciertamente su locura no es de enfermedad ni perdición sino la buena, la de ironías, corduras y revelaciones, la del amor, el honor, la de apetito imaginario, la del espíritu caballeresco con afán a convertir la realidad en cómica no en escéptica, insípida y petulante. Mejor hubo de definirla el cura Pedro Pérez, tras la librería del manchengo por él arrojada al fuego:

…fuera de las simplicidades que este buen hidalgo, dice, tocante a la locura, si se tratan de otras cosas, discurre con donasísimas razones, y muestra tener un conocimiento clero y capaz de todo; de manera que, como no le toquen caballerías, no habrá nadie que le juzgue sino por de muy bien entendido.

Aparte de las interpretaciones psicológicas o, si se quiere, filosóficas, poco recomendables en estos casos, Cervantes, quien veía todo y todo oía, puso en actos y en boca de don Quijote la locura no de mal espíritu sino de decentes y grandes verdades; tolerada, aunque con algunas reprimendas, por el Santo Oficio y la Santa Hermandad, según la licencia imperial con la rúbrica del secretario de la Corte Juan Amezqueta, sin la cual no hubiera podido editar su novela: "os damos licencia y facultad para vos, o la persona que vuestro poder hubiere, y no otra alguna, podráis imprimir el dicho libro 'El Ingenioso de la Mancha', que desuso se hace mención, en todos nuestros reinos de Castilla" (Comentarios sobre don Quijote, de Martín de Riquer).

Del principio al fin de la novela, don Quijote es prototipo del personaje libresco, algo así como quien ha nacido de los libros, no de libros de historia, tampoco científicos ni siquiera religiosos; y por tal virtud no desvalido sino con capacidad para comprender y pensar en evidencias eternas e inmutables.

Por tanto, sus fecundas 'locuras', irreconciliables con las estupideces a guisa de ficciones, sin el menor rasgo biológico sino de imaginaciones y simulaciones. A prueba de eso, Dulcinea, por el Hidalgo recreada en la vena idílica de la fantasía y no en realidades generalmente tan burdas y prosaicas:

…pues en ella se vienen hacer verdades todos los imposibles y quiméricos, atributos de belleza que los poetas dan a sus damas; que sus cabellos en oro, sus frentes campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosadas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabrastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve.

Para él Dulcinea es arte secreto, musa mágica, cuerpo rítmico y aliento suave, como si por su locura sometida a los límites más ajenos a la realidad.

 


II — El sabor oriental

Qué decir del Quijote con el poderoso influjo de artificios orientales; por caso, el sueño del Hidalgo en la cueva de Montesinos, leyenda sobrepuesta a la de las artes mágicas en la cueva de Toledo, que, según Menéndez y Pelayo, han nacido de la cuentística arábiga del siglo XII[1]. Aun así, en medio de esta y otras semejanzas, en el modelo no en la copia, por castiza, eclesiástica y monacal la novela es esencialmente de carácter nacional.

El Quijote es una fuente inagotable de imágenes y sentencias semejantes a las de Mil y una noche. Sobre este rasgo, Ernest Renan escribió en admirable glosa: "Arabes son sus fuentes, ingeniosas e interesantes que han ejercido notoria influencia en la literatura española, primeramente, y universal, poco tiempo después" (Ensayo de moral y crítica literaria). Cuando no menos importante también la referencia de Alfonso de Salazar a los paisajes 'arabizados' por el Hidalgo: "De las Mil y una noche Cervantes extrajo no pocos motivos, como por ejemplo la identidad del supuesto autor de su novela cumbre Cide Hemete Benengeli" (Crónica de Lepolmeo llamado Caballero de la Cruz).

Uno de entre tantos testimonios de esa imaginería oriental en el relato 'De las discretas alteraciones que don Quijote y el caballero tuvieron con otros sucesos', por donde la luminosidad en los hechos y humores igual a la del oro, los diamantes y las esmeraldas, y con el caballero, bajo la sombra del árbol como si regado de verdes perlas recibiendo de la hermosa dama ungüentos, ropas, perfumes y manjares sabrosamente guisados, mientras las doncellas a coro le entonan una música suave:

…él es de tan admirable compostura que, con ser la materia de que está formado no menos que de diamantes, de carbunclos, de rubíes, de perlas, de oro y de esmeraldas, es de más estimación.

Aquí, lo alegórico, si bien de pujanza castiza, afín al lirismo fantástico de Historia de Simbad el marino con las dulces damas a sus anchas extendidas en un sembrado de pedrerías y gemas de variados colores: "Y todas aquellas piedras preciosas abundaban, tanto como los guijarros en el cauce del río. Aasí sí es que todo aquel terreno brillaba y centelleaba con mil reflejos y luces, de manera que los ojos no podían soportar su resplendor".

De cierto que Cervantes ha frecuentado bastante la cuentística oriental. Una de las opiniones más autorizadas en ese sentido (se podrían citar muchas más) la del poeta y crítico Guillermo Schlégel en Historia de la antigua y moderna literatura, donde señala que las ficciones, los proverbios y hasta las cabriolas del manchengo comunes ya no solamente a las Mil y una noche sino también a Historia de Barlaan y Josefat del príncipe Sakya Muni, gobernador de Damasco en tiempos de la España morisca. Otra explicación igualmente probable de Silvestre de Sacy en Memoria presentada a la Academia de Inscripciones de Bellas Artes de París, con que los prodigios del Hidalgo de la Triste Figura "pasan por olor a damas y emires de los desiertos".

Esa afinidad al oriental mundo imaginario se avizora en el relato 'De la venida de Calviño con el fin desta dilatada aventura' con el Hidalgo y su escudero por los vientos sobre el fantasmagórico caballo de madera:

Sintiéndose, pues, soplar don Quijote dijo:

— Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos llegar a la segunda religión, adonde se engendra el granizo, las nieves, los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región, y así es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.

Allí, elementos y hasta creaciones comunes al cuento 'El caballo de ébano' de la Noche 416 con el príncipe Kamaralakmar, hijo del rey persa Sabur, maravillado del caballo de madera en vuelo como el relámpago: "Entonces, el príncipe dio la cuerda de la clavija que servía para subir, ¡y he de aquí lo que pasó! Al punto se elevó por los aires y el caballo con la rapidez del ave, y a tanta altura, que el rey de todos los circundantes le perdieron de vista a los pocos minutos".

Asimismo, oriental el Hidalgo transformado en el valiente moro Abencerraje, pariente del rey de Granada Abud Hassan, en el consejero de la bella Zaraida, hija del moro renegado Haji Murad, en el caminante, a modo de Aladino en las honduras terrosas del Magreb, sobre canteros de oro y plata por la cueva de Montesinos, y en competidor del famoso moro Montesinos con la vasija del barbero a modo de yelmo:

—Pues ese es el yelmo de Mambrino. Apártate —le dijo a Sancho— a una parte y déjame con él a solas; verás cuán sin hablar palabras, por ahorrar el tiempo, concluyo esta aventura, y queda por mío el yelmo que tanto he deseado.

Si lícito el preceptismo, ¿por qué Cervantes había de rechazar los aforismos, proverbios, enigmas, las ensoñaciones, el impecable sentido del humor y hasta el placer en la imaginación de la cuantística árabe? Nada hace suponer en contrario a tal herencia literaria, sobre todo cuando en ésta como en el Quijote los personajes llanamente y sin reparos piensan y hablan para embellecer todo, hasta las cosas más comunes.

 

NOTAS:

1 1. Menéndez y Pelayo, Marcelino. Antología de poetas líricos castellanos. T.I.

 

   
             
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