P O R T A D A     Detalle de una pintura digital de Antoni Cortadella.    
      Andreu Navarra Ordoño   punto de encuentro
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Escenas

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Cuando Virginia abre los ojos, la aparición del niño parece coincidir con la primera luz inédita del nuevo día.

Todo parece indicar que la ausencia o la presencia de un ser despoja de toda proyección espiritual a nuestros bienes materiales, y en realidad nada es exactamente así. En realidad resultará que nada era exactamente como pensábamos, sino todo más emotivo, más informal, mejor. Y sobre todo menos empalagoso.

Todo, por lo tanto, más atractivo. Tal vez. Quién sabe. Todo, por lo tanto, feliz.

De todas formas puede afirmarse que de la misma forma que la abuela octogenaria dejó una parte de su ser en el espejo ante el cual dijo en voz alta yo soy así pero en verdad soy joven y vital por dentro, Virginia pudo intuir que llegaría el niño exactamente en el preciso instante en que se iniciaría su declive corporal y personal. ¿Es eso posible? ¿Nos han sido concedidos poderes suficientes para palpar nuestro futuro en estados de conciencia fiables? Parece que no, pero sí que podemos intuir hasta qué punto una sensación, un nuevo y súbito calor o bienestar amoroso puede indicarnos el inicio de una nueva etapa. Esto ocurrió cuando Virginia pensó por vez primera en la posibilidad de que su vientre guardara un ser capaz de correr y reír como lo hacían los demás niños con los que, cierta vez, recordaba haber convivido en el patio de una escuela.

¿Pensó que se iniciaba el declive que admitió la noble octogenaria ante el espejo? Nada más alejado de nuestra escena: una muchacha que, ante aquel árbol solitario de la vida, piensa que empieza a vivir en ese preciso instante, pues ha empezado a comprender que se prolongará quizás mucho más allá de lo que dure su fisiología condenada, como todas, a perecer cuando alcanzando cierta edad pierden toda su unidad y se disgregan el nombre y los apellidos para que el ser ingrese en algo que es la nada o lo imposible.

Entretanto, la inocente melodía del lejano violín puede intensificar en Virginia la sensación de estar viviendo, ahora, esto es, entonces, para la vida que inútilmente intenta prolongarse mucho más allá de ella misma, sin conseguirlo, por desgracia.

La aparición del niño y el vago recuerdo ancestral de Ernesto ofreciéndole una tímida negativa impulsa a la muchacha a mirar la blancura sin mácula del techo y acariciar las cálidas guedejas que pertenecen a su hijo, es decir, le pertenecen. A Virginia pues son su causa y los parió de sus entrañas físicas e inalienables.

Como indicó Maribel, la mujer que hace cinco minutos ha colocado un pequeño violín en su hombro, hablar de un bombo no es más que una grosería, y en cambio un ser vivo como es un niño merecería mucho mejor apelativo, por ejemplo, ninguno. Porque para lo imposible, ¿existen nombres? ¿Calificativos? ¿Rejas? El niño que actualmente regresa al útero materno que es calidez y abrazo matutino, ¿puede clasificarse como un pez, una piedra o una sustancia viscosa que ha producido la Madre Tierra? Sin duda el hombre execra la inmovilidad y por eso se rebela contra la muerte y contra los nombres. Lo peor de observar un cadáver es que no se mueve.

Todo lo que para nosotros parece tan claro, flota en el grato caos de la mente de Maribel mientras interpreta la dulce melodía (¿alegre?, ¿inhóspita?, misterio) que madre e hijo escuchan sin darse cuenta porque toda atención actúa en detrimento de nuestra elementalidad, propia de la condición humana. Como indicó Ernesto, el don Juan acostumbrado a recoger pétalos marchitos de rosa de cualquier suelo, con tres dedos de absenta en el cuerpo, el ser humano cifra su esperanza en su capacidad de devolverse puro y desnudo al mono que le vio nacer y luego lo absolvió cuando empezó a inventar las máquinas.

¿Aman los monos? Dan su vida por sus hijos como tendrían que hacerlo mujeres y hombres que empiezan a olvidar que viven y que morirán. En los brazos (y en cierto modo también en los ojos) de su querida, Ernesto piensa que rascarse y acariciarse es el acto más elemental del hombre: su base primitiva e ineluctable como sólo el mismo hecho de vivir lo es, en efecto. La realidad nunca tendría por qué coincidir con los designios o situaciones de nuestra mente, que son ajenos a la ambición de realizarse.

Sebastián Sarraceno, catedrático de Lingüística General por la Universidad de Barcelona, suele comentar que los mamíferos necesitamos un sesenta por ciento de nuestro tiempo dedicado a sentir que nos tocan. Todo desequilibrio emocional proviene de la insatisfacción de esta clase de instintos. Así que el sexo o la revelación de la llegada a las entrañas de un nuevo ser despierta el ansia de tocar, palpar, esto es vivir. Porque en el caso de los mamíferos tocar es hacer ser, vivificar, afirmar nuestro objeto de cariño que en este caso es una cabeza rubia o el rostro ameno de un amante que nos mira mientras se lía un cigarrillo o no, según la escena.

En el fondo nuestra existencia es una colección nunca del todo absurda de escenas fotografiadas y recreadas una y otra vez en la intimidad de la cama, en toda noche. Quizá por eso un día olvidamos qué era el hambre y nos pusimos a pensar.

De hecho, Maribel (la mujer que parece recién salida de un bosque sueco o de un platillo volante extraterrestre) evoca en este mismo instante el rostro ameno de un señor que ha hecho de la parsimonia un arte. Así como la luz puede encarnarse en el aroma de una mujer, la música puede ser el reflejo esencialmente afeminado de una estructura que deja de existir a la vez que intenta permanecer en nuestro oído. Esto es la música: presente puro. Horizontalidad de un sentimiento no cortical y sí profundo. Emanación perfectiva que se actualiza cada microsegundo. Todo virtud y amor volando sobre la atmósfera de la mañana en el piso blanco de la calle de las Navas de Tolosa, 3 de Marzo. Año de Dios de 2003 y sin noticias de ningún Juicio universal.

Lo que no saben Virginia ni Maribel es que Ernesto se ha sentado en un banco de la calle, enfrente de la fachada de su bloque de pisos, pensando oh qué alegría sentirme redivivo amando no sé a quién, sin atreverme a saber con quién podría compartir esta inquietud ni a decir absolutamente nada de esta vida interna que se eterniza dentro de mí y de la que nada saben los circunstantes. La base del problema de Ernesto es la inacción. ¿Tiene mucho que ver la realidad con lo que existe en uno mismo? Nunca.

¿Qué importa pues que yo me esfuerce por que el presente se corresponda exactamente con lo que anhelo? Nada. Nada no importa demasiado...

Sólo en un caso vale la pena surgir de la nube esclerótica que es la sociedad para definirse sobre este fondo neutro que es la mística. Me explico. Sin tiempo ni espacio ni causalidad, podemos abstraernos y potenciar una emoción que deseamos ver elevada como un ídolo al que rendimos total pleitesía. Este tótem o ídolo es forzosamente la memoria, única materia con la que podemos construir un yo y aprehenderlo, ofreciéndolo a los demás, aislándolo o incluso suicidándolo, como gustemos. Sólo en la música podemos volar sobre la estúpida miseria y degustar nuestras inclinaciones, elecciones, amores y ternezas. Vaya, toda una historia de insuficiencia y abrazos.

Así que el diminuto violín en realidad no se ve, sino que es tan incorpóreo como la vida misma, que nunca vemos. Todo contribuye a elaborar un estado de cosas comprensible y nunca excesivamente simbólico: una mujer y su hijo. Qué será de ellos. Elaboración ardua y lenta de una serie no necesariamente arbitraria de imágenes. Otra mujer tocando un violín, y Ernesto meditando frente a su edificio con aire estúpido y meditativo. Así que... recapitulemos: mujeres, hijo necesariamente rubio, violín, y un hombre eunuquizado por ciertas inteligencias de alcance práctico más que dudoso. Olvidábamos a Kim.

Kim es la chica vietnamita que duerme en la alcoba contigua a la que ocupa actualmente Virginia. Quizá he olvidado a Kim porque nunca habla. Es muy posible. El caso es que duerme con un brazo flexionado sobre su plácida cabeza, ornada por un azabache sincero y libérrimo sobre la palidez metafísica de un óvalo perfecto. Dos ojos grises que actualmente oculta bajo los párpados. Cuerpo en los límites de la existencia que actualmente ocultan sábanas blancas y un edredón. Sobre Kim se desvían las trayectorias vitales de los mudos y los desesperados. Sobre su cara se subliman los deseos del eunuco y los ensueños del filósofo. Su papel hoy, aquí y ahora, no puede ser más fundamental.

Kim pertenece a la clase de las personas sagradas. Apenas se mueve, sonríe siempre, y es anecdótica su presencia aquí porque esto no es el cuento de la Bella Durmiente. Si lo fuera, Ernesto se decidiría a morder la manzana, esto es, levantarse del banco y proceder en sus pretensiones de auxilio auricular. Por eso debíamos dejar que durmiera en su cama, confiada y sin soñar suceso alguno.

Ernesto acariciaría los trastos polvorientos de quien una vez moró en el piso de la calle de las Navas. Acercaría su cara a la foto antiquísima que muestra una mujer con sombrero cogida de la mano de un hombre idéntico a Luis Cernuda. El espejo no parece haberse apiadado de ese rostro que ya no podrá volver jamás a la Tierra si no es en forma de espectro.

Alargaría sus dos brazos y abrazaría la luz encarnada, esto es, aquel aroma de mujer para llevárselo tanto a las sienes como a la nariz, ávido de destrucción, acción, motivos. Aturdido por el fluido de aquella atmósfera decisiva, decidido a... ¡besar a Kim!, la destrucción repetida de los instintos por la inteligencia (o raciocinio) evitaba que entrase en aquella casa y profanase el Eterno Femenino situado en ella. Era imposible superar la dimensión cainita del ser humano, por lo menos aquella vez. Porque la parte sin anular rugía, tremenda, y era ya casi insoportable encarar la verdad.

Y, sin embargo, miento, puesto que Ernesto no se levantó. Ni aquella vez ni en otra. Nunca. Ni siquiera se le ocurrió existir, a Ernesto. Flotaba en algún éter desvanecido, en la dimensión dulce y tierna del abandono cerebral: Ernesto no luchaba y nunca debió luchar. Y, ¿por qué no? Y, ¿por qué sí?

¿No era acaso lo mismo morir ante el espejo y no ver arrugas en este rostro centenario que verlas? ¿No era lo mismo morir vacío que perecer lleno de música y de recuerdos conmovedores? ¿Servirían de algo las miradas, los fracasos, los amores enconados? Las tentaciones de ser alguien y actuar eran muy débiles en aquel hombre. No respondían de su responsabilidad como solía ocurrir a los demás seres humanos del mundo físico. ¿No sería de egolatría imperdonable el hecho de creerse el único molusco original de la ciudad?

La octogenaria, sin duda, pensó que nos volvíamos moluscos y por eso ya no necesitábamos contacto. Por eso siempre aquel invierno en los pasillos y en la alcoba. Por eso aquella gasa sobre las caras de los seres amados, sobre los átomos que nos dejaron en la ducha, en el vaso de vino o el tenedor con las iniciales de nuestro nombre grabadas con primor. La servilleta. La toalla. Nuestro cepillo. ¿Fui realmente yo quien los tiré junto a los desperdicios?

Pero hay que ir por partes. Analicemos la conducta de Ernesto y extraigamos el quid de la cuestión. Mientras la música de Maribel hace propicio el ambiente para el encuentro maternofilial, la vietnamita duerme sin darse cuenta de que ella misma simboliza la inconsciencia, sin darse cuenta, claro. Todo resulta transparente, pues.

¿Qué ocurre con Ernesto? Un hombre se plantea no sólo si son suficientemente sólidas las bases éticas de su comportamiento sino la validez o no del fundamento existencial humano, que es, a saber, la vida es bella o debería serlo. ¿No es la vida una plaga, una enfermedad del cosmos que produce y sólo puede provocar más sufrimiento? ¿Somos los seres vivos cánceres de la matriz universal de Nuestra Madre Tierra? ¿Por qué no nos reproducimos por gemmación? ¿Son las cabezas de nuestros hijos las garantías ambulantes de que el mal no se extirpará jamás? Y en todo caso, ¿quién podría hacerlo?

Estos son los pensamientos que anclan la posibilidad de que Ernesto acepte las normas de la vida. Estas son las concepciones terribles que no permiten que se integre en la realidad convencional, se comunique y traslade el testigo de sus antecesores a un sucesor de su misma sangre.

En la inquietud, los mil rincones sobre los que posar los ojos. Madera antigua, retorcida, transmite la noción de pasado pero no permite restañarlo, inaugurarlo y hacer que vuelva. Maribel ha tomado el pequeño violín. Ha interpretado una larga y repetitiva pieza, llena de ganas de reafirmarse sobre la atmósfera. Pero Maribel no sabe escribir música. Lo que interprete inundará de olvido su conciencia, quizás también existirá un dolor tan tenue como tierno por esa melodía malhadada, desgastada por la uniformidad del aire que pretendía combatir. De la misma forma, como canciones condenadas, caemos en el espeso abismo, absurdo y radical, del eco. Madera retorcida. Siglos y siglos de seda blanca apolillada. Anillos y años de vegetación sin rumbo. Las intuiciones que no conducen a la afirmación de algún valor. Instintos básicos que aquí parecen claudicar para no volver jamás.

Tambores húmedos que abdican, súbitos, entre las estrellas. Mujeres (Kim, Virginia o Maribel, por ejemplo) que miran con tranquilidad un horizonte exento de accidentes. Hombres que se internan en la selva inexorable que los atará por los cuatro miembros. La escapatoria universal: el orden aplicándose a los hechos inverosímiles, o la imaginación: lo que sueñan Ernestos en sus bancos se parecerá a una vida de pulcritud, serena y monacal, perfectamente estúpida. Contemplación. Autocastigo. Drogas. Idilios abortados por timidez. Inercia natural y necesaria de los rostros y los gestos. Secretos de la identidad hoy desvelados mientras la luz llegaba nuevamente inmaculada a través de las rayitas de la persiana, que dibujaban un curioso esquema sobre la pared desnuda.

Maneras sórdidas de mencionar la masturbación.

Cuando Virginia se mira al espejo, poco después de abrazar a su hijo, descubre arrugas, huellas y marcas en su rostro tan bellas como la vida misma, henchidas de sangre cálida y pujante, extraña. Las ha recorrido con los dedos. Aún no ha sabido convivir con ellas y, sin embargo, han parecido coincidir en su llegada.

   
             
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