P O R T A D A     remando    
      Ángel González García   punto de encuentro
  32 tierra - prosa    

Quince días
remando

  índice de autores
             
         

 

 

Llevamos quince días remando a buen paso, desde que salimos de Argel. El cómitre que nos ha tocado en suerte, tras el ascenso de Halib, es un mallorquín con la cabeza afeitada por completo, y una mandíbula cuadrada y salvaje. Lleva el pecho descubierto mientras nos azota, y en su piel ennegrecida por la sal y el viento se adivina la forma verde mortecina de un tatuaje. El paso de los años y el efecto del sol han borrado el dibujo como una pequeña ola que barre la arena, pero hay quien afirma haberlo visto de cerca, y asegura que se trata de una imagen obscena, aunque existen varias versiones sobre lo que muestra —o mostraba— el pecho del mallorquín. En lo que todos coinciden es en que se trata de una imagen irreverente y sacrílega, tan ofensiva a ojos de cualquier cristiano que, en caso de huir o de caer preso de los genoveses o los españoles, Cerruto no llegaría siquiera a manos de la Inquisición: los propios soldados o marineros que lo toparan acabarían con él como con un perro rabioso, de la manera más exquisita y dolorosa posible.

Me imagino una muerte dolorosa para Cerruto, y se la deseo con todo mi corazón. Como todos, empezó remando y a base de traiciones, delaciones, puñaladas y amenazas consiguió "hacerse sitio en el banco", como decimos aquí, y dejar los grilletes por una comisión en el botín, una casa en la ciudad y una viuda mora gorda, bigotuda y lujuriosa. Todo a cambio de dejar que un alfaquí le recortara el prepucio. Cuando le llegue el turno, y si no muere agarrotado en la cubierta de una galera española, o de un cañonazo de los de Malta, o si no lo estrangulamos nosotros mismos en la primera oportunidad que se presente, subirá a cubierta, o le darán su propia saetía, o galeaza, y una mejor comisión de los beneficios. Hasta puede que un día, con un mucho de suerte, llegue a ser un viejo gordo y poltrón, cargado de dinero, vicios, concubinas y bastardos, sudoroso y feliz en su propia opulencia obesa, regodeado entre cojines y envuelto en humo de hachís, con los ojos húmedos y los dedos viscosos. Entonces su pecho viejo y fláccido, ya blanquecino, mostrará una mancha imposible de identificar, tan inocente ya como el ojo que la mirase, tan amorfa tras los años, que bien pudiera tratarse del pecho mórbido de un cardenal de la curia romana.

Mientras tanto, los miembros nervudos y cobrizos de Cerruto, el cómitre mallorquín, esgrimen con violencia el látigo. Lo descarga sobre nuestras espaldas llagadas de salitre y sangre seca como lo haría un médico con sus sanguijuelas, manteniéndonos al borde de nuestras fuerzas, pero asegurándose de que nuestros cuerpos aguanten el tirón. No puede permitirse que mueran demasiados, porque en caso de necesidad volverían a ponerle los grilletes y hacerle bogar, pero sabe que debe hacerse temer. Y una vez que ha hecho valer su ira en nosotros, regresar al banco significaría su muerte. Sabe que algunas de las espaldas que ve cuando camina entre las filas de bancos son las de otros cautivos que estuvieron a su lado en el remo, atadas las piernas a la misma cadena, pero no por ello deja de descargar el látigo sobre ellas con saña viciosa, para que todos veamos que es un despiadado hijo de puta.

Si una flota cristiana nos acorrala o nos rodea a cañonazo limpio, hará todo lo posible por salir de allí lo más rápido posible, y entonces no dudará en matarnos a latigazos, antes de permitir que lo capturen. Sus traiciones y crímenes han sido demasiados, y ha torturado suficientes cristianos como para temer su apresamiento. Sea lo que sea que pueda aún leerse del tatuaje en su pecho, la muerte lo espera en caso de ser apresados. Para evitarlo, estará dispuesto a sacrificar cuantos pellejos de remero sea necesario.

Hace dos semanas nos sacaron de los baños de madrugada. Hacía tiempo que estábamos sobre aviso, así que no nos pilló de sorpresa. Aunque intentaban mantenernos ignorantes de los acontecimientos, era imposible permanecer ajeno al ajetreo de los preparativos. Yo mismo ayudé a calafatear y estibar muchas de las naves que el elche Alí había mandado preparar en el puerto. Supimos que se trataba de algo más que una salida al corso, por la cantidad de naves y pertrechos que se preparaban y porque Argel entero quedó limpio de redentores. Los últimos frailes salieron para Alicante a finales de agosto, todos los cautivos de rescate fueron recluidos bajo llave, y se prohibió su contacto con los galeotes. Temían, con razón, que demasiadas noticias de los preparativos llegaran a oídos indeseables, aunque para el final del verano todos sabíamos que una gran batalla se avecinaba.

Los españoles habían formado una liga con venecianos, genoveses y el Papa, y hasta nuestros oídos había llegado la noticia de que el almirante general de la armada sería nada menos que el bastardo del emperador. Yo serví con él, en un tercio de recluta que se levantó en el reino de Murcia. Como era demasiado joven para enyescar el arcabuz o sujetar la pica, me dieron una ropilla, zapatos de cuero con suelas de clavos, y un tambor, que colgaba de mi cinto de piel de becerro, y que yo golpeaba al paso que me ordenaba el capitán. Comía gratis y abundante, y dormía en los pajares más mullidos y calientes de los pueblos, y mi señor, un don Antonio Quesada, extremeño, me daba de pescozones pero luego me regalaba panes redondos y calientes, y alcuzas de aceite para mojar.

Luego en Italia, me daban pastacota y queso los paisanos, para que dejase tranquilas a sus hijas, y yo lo que hacía era entregarle notas de mi capitán a sus mujeres, en las que él se declaraba, a sabiendas de que casi ninguna de las paisanas podría leer sus décimas y sonetos improvisados. Y luego arreglaba el asunto para que don Antonio las montara en el pajar, o en el sollado, mientras ellas acariciaban el terciopelo de su uniforme lujoso, y olían el perfume de su cuello engolado, y tocaban con reverencia su insignia dorada, y admiraban con devoción la cazoleta de su espada, tumbadas sobre la paja fresca, las faldas arremangadas sobre sus muslos blancos. A mí me dejaba mirar, en pago a los servicios de alcahuete, y así fui aprendiendo las maneras de hacer con las mujeres.

En las paradas yo tocaba a marcha, luciendo mis galas ante las mozas jóvenes de los pueblos, y en los alardes tocaba a rebato, creyendo que de verdad el ritmo de mi tambor haría moverse las piernas de los soldados hacia la pelea, llegada la ocasión. Yo andaba orgulloso, engordando a base de las mantecas y los panes que sacaba de aquí y de allá, y mostraba mi lozanía y mi juventud cada vez más ardiente a los ojos de las muchachas, hasta que yo también me vi entre los muslos de una moza de una pequeña aldea del Piamonte, mientras ella acariciaba el tejido de mis mangas acuchilladas, y revolvía bajo el terciopelo no sé si buscando mi carne o el tacto suave de la seda que cubría mis brazos. Se volvió, a cuatro patas como las ovejas, y me pidió con su voz susurrante que la montara por detrás, mientras tocaba el tambor de sus nalgas como llamando a la batalla a una compañía de aguerridos infantes. Así lo hice, mientras ella me gritaba porquerías en italiano, que yo ya había aprendido y escuchado del capitán y sus muchas amigas. Después de venir dentro de ella, como quien sabe que no estará allí la mañana siguiente, sino a muchas leguas de distancia, se volvió sobre la paja y me tomó la cabeza, sudorosa del asalto. Me quedé dormido y cuando la claridad del alba me abrió los ojos, vi que me hallaba solo. Cuando, esa mañana, enfilamos la puerta camino del norte, toqué el tambor como un loco, y todos me decían lo bien acompasado y lo alegre que parecía mi redoble. Algunos, incluso, me guiñaron el ojo, preguntándome con sorna qué le había dado al mocito la noche anterior que tan gallardo andaba y procedía.

Yo tocaba el tambor, y pensaba en la moza, y en sus nalgas de mantequilla, y en sus tetas de nata, y en su olor a paja fresca, y en el calor húmedo de su madre apretada, y en el gozo que hallé dentro, y los redobles me salían como trinos, y el pellejo del tambor era su piel, y el mazo con que lo golpeaba era mi rejo, hinchado bajo los gregüescos de terciopelo, y sonaba el ritmo, atronando por los valles serranos de Aosta…

El ritmo del tambor que nos hace bogar se va acelerando, hemos tomado viento de popa, y toda la armada avanza sobre las olas a fuerza de tambores, y del contrarritmo que ofrecen las trallas cayendo aquí y allá sobre las espaldas. Arriba se oyen voces y jaleo, que ya todos sabemos reconocer. La tropa se apresta para la batalla, los artilleros preparan las mechas y colocan las piezas, mientras arcabuceros y demás gente de pelea se preparan para el enfrentamiento. Tras costear entre docenas de islas, al amparo de un viento u otro y como jugando a las escondidas con el enemigo (el enemigo de quienes van arriba o de quienes empuñan el látigo, como Cerruto), se ha avistado por fin la armada cristiana cerca de Lepanto.

La primera vez que entré en batalla no pensé en mis galas, ni en mi piamontesa, ni en lo mullido de los pajares. No pude pensar en nada. El capitán gritó una orden, y empecé a tocar a rebato, acompasando mi golpeo al de los cientos de tambores que se escuchaban a ambos lados, incapaz de pensar en nada, aferrándome al tambor como si con él hubiese podido protegerme, o defenderme de algún modo. Debía seguir tocando, para mover con mis redobles las piernas cansadas de la tropa, y hacerlos avanzar hacia la muerte, como si eso fuera posible.

Ahora sé que no, porque oigo el redoblar del tambor, acelerando cada vez más, y sé que lo único que me lleva a seguir remando es la cadena que me ata al banco y a mis compañeros galeotes, y el látigo que Cerruto maneja, cruel y carnicero. Desde que el capitán gritó avance, todos quedamos atenazados por unas cadenas, como las de aquí. Las cadenas del miedo, las ataduras del terror que nos llevan a cerrar los ojos y gritar, sabiendo que el único escape a la carrera será el que deje atrás el cadáver tendido del enemigo sobre el suelo, o hundiéndose para siempre en el agua enrojecida.

Los había que llegaron al tercio huyendo del hambre y la miseria, como yo, y se habían alistado a cambio de unas monedas y de la oportunidad de abrirse camino en la vida. Otros vinieron en pos de aventuras y honra, y muchos otros habían sido reclutados en levas forzosas y, no teniendo el dinero para comprar la licencia, se veían condenados a servir al rey por unos años. Pero cuando el humo de la escopetería y los gritos del enemigo cargando o agonizando con una bala metida en la barriga nos rodearon, todos nos convertimos en el mismo hombre aterrorizado, arrepentido de embarcarse en tal locura, o maldiciendo su mala fortuna, pero capaz de cualquier temeridad o barbarie con tal de salir con vida de aquello.

La barahúnda y confusión que reinan arriba se sobreponen al ruido ensordecedor de los cañonazos y las andanadas de arcabucería, a los gritos y a las voces, al griterío de añafiles y trompetas, al redoblar de los tambores. Hemos trabado combate con una galera cristiana, con la insignia de los Doria ondeando sobre la mesana. Con una maniobra a costa de sangre y resuello, los hemos embestido justo a la mitad, abriendo una vía en su línea de flotación. Desde los resquicios en el casco por donde salen los remos podemos ver, apiñadas las cabezas, los brazos de los remeros de la galera enemiga, asomando e implorando auxilio. No se pueden oír sus voces, bajo el estruendo de la batalla, pero seguro que están gritando desesperados, encadenados a una nave que se hunde, mientras sus captores, mi gente, los cristianos, mueren sobre cubierta, a manos de quienes me tienen encadenado, de cuya vida y victoria debemos alegrarnos ahora, pues nos ha salvado las vidas.

Cerruto ordena de repente dar marcha atrás, para alejarnos de la galera, que arde y se hunde al mismo tiempo. Bogamos para maniobrar bajo latigazos cada vez más insoportables, abundantes e indiscriminados. Nos falta el aliento, pero fijamos los pies en el suelo, y apoyamos todo el peso sobre el remo, y nos dejamos caer con las piernas al aire, mientras afuera la pala empuja el agua hacia atrás. Y así, vuelta a empezar, una y otra vez, cada vez más deprisa, hasta que el tambor se ha confundido con el látigo y el trueno con el cañón, y las explosiones con el ronquido de nuestras gargantas, exhaustas, por donde entra el agua salada que salpica, las bocas abiertas para buscar más aire. Llega un momento en que el dolor se mitiga, y ya no siento nada, sólo confío que no dure mucho más, y deseo caer reventado, muerto, o que el cómitre abandone el látigo y se mande descanso, y poder sentarme, y dormir, y morirme de todas formas.

Luego, el aire que no había podido tragar durante demasiado tiempo entra de repente en mis pulmones, mis pies toman contacto con la madera del piso, y ya no vuelvo a empujar el remo, sino que me cuelgo de él para balancearme, con las piernas colgando, hasta que el remo se para, y me doy cuenta de que ya no se oye nada, ni gritos, ni tambor, ni explosiones, sólo el mar golpeando la madera del casco, y el chapoteo de las palas de los remos.

Hemos escapado. Astutamente, el elche Alí se hizo cargo de la situación a tiempo, y se dio cuenta de que la armada turca iba a ser aniquilada. La galera que embestimos impedía el paso a través del cerco de naves cristianas que nos rodeaban, así que tras hundirla, pudimos poner millas de por medio, y perdernos por entre las calas del archipiélago. Ocupadas en la batalla aún indecisa, las galeras cristianas no continuaron en pos nuestra por mucho tiempo. Eso me salvó la vida, porque en cuanto hubimos perdido de vista la última vela, el arráez ordenó seguir a trapo, hasta que cayera la noche y pudiéramos ocultarnos en una cala resguardada.

Algunos hay que dan gracias a dios por la vida. No sé bien a cuál, si al cristiano o al moro, supongo que en realidad a ninguno de los dos, sino a su buena suerte. De momento, porque aún queda la empresa de salir de esta maraña de mares y estrechos, plagados de enemigos que a poco que vean la victoria a la mano saldrán a cazarnos como conejos. Así le llamábamos a la rebusca después de la victoria.

Tras haber derrotado a los herejes en rebeldía, en nombre de nuestro señor don Felipe II, nos lanzamos a la búsqueda de fugitivos, para vengar el miedo y cebar la saña a que éste había conducido, y para saquear y robar la ganancia que nuestra mísera paga no avalaba. Salieron partidas, o compañías, en busca de los vencidos, para sacarlos de las "conejeras", y atraparlos en su huida, lo mismo que ahora saldrán galeazas bien armadas, para impedirnos el paso. Yo no pude salir a "cazar conejos". Las piernas no me sostenían, y un hilo de sangre me nublaba el ojo. A pocos pasos de mí había caído una granada que, si bien no me alcanzó, me había dejado medio sordo y casi sin sentido. Me quedé sentado sobre el tambor hasta que el capitán, con el terciopelo rasgado y las calzas sangrientas, pasó junto a mí, y con un pescozón cariñoso intentó levantarme el ánimo, mientras decía que tocase, que siguiese tocando, un aire de victoria, que aquella nuestra lo sería sonada, y yo podría decir, muchos años después, cuando fuese viejo, que había estado allí, y había participado en la gloria de la batalla. Ahora no oigo palabras semejantes. Aunque ya es cierta la victoria de "los nuestros", ninguno de los que aquí vamos lo celebra. A ser verdad lo que se sabe de arriba, la derrota otomana ha sido desastrosa, y el triunfo de la armada cristiana tan absoluto como dañino para el Gran Turco. Pero resulta irónico que tantos años después de mi primera victoria, me haya visto ahora envuelto en esta otra sonada, que seguramente los libros habrán de recontar dentro de muchos años. Y todo, ¿para qué? Para seguir encadenado a este banco, y sentirme agradecido al menos, como esos imbéciles, porque no he perdido la vida. Qué más quisiera a veces.

Hemos salido a mar abierto, dejando el resguardo de islas y canales, y volamos sobre la espuma con dirección sur suroeste. Hace ya varios días que no avistamos nave enemiga alguna. Las velas de una saetía mercante cuando navegábamos no muy lejos de Sicilia nos dieron un susto, pero cuando vimos que no se trataba de nuestro perseguidores, dimos media vuelta y asaltamos la pequeña nave, supongo que para no volver completamente de vacío a puerto. Una vez allí, la galera será repuesta de velamen y embreada, y —con remeros de repuesto— saldrá a patrullar la costa, no sea que con la euforia del triunfo a los de don Juan de Austria les de por tomarse venganza de tanto agravio, o se embravuconen y se atrevan a llegar a Argel.

Nosotros, los que sobrevivamos a lo que queda de viaje, volveremos a los baños, donde también regresarán los frailes redentores, a pujar por la libertad de algunos, los más afortunados, con el dinero de las limosnas y el de los rescates pagados por familias ricas antes y ahora endeudadas. El que no tenía ya esperanza de ser rescatado quizá consiga una ganga en el intercambio de prisioneros, y pueda regresar a su tierra, llevándose como único recuerdo un trozo de la cadena que lo amarraba, para mostrarla a los piadosos con voz lastimera, y pordiosear así el dinero del sustento cotidiano. Muchos acudirán a una ermita o a un monasterio con las cadenas en la mano, y allí las depositarán, pensando haberse librado. Yo no creo que alcance tal suerte. A lo más, sobreviviré este viaje y muchos otros, porque ése es mi destino, remar y observar desde mi agujero como unos cambian sus cadenas por la muerte, y otros por ataduras igual de fuertes, invisibles al principio, cuando entreguen los eslabones de hierro oxidado para ser colgados en los muros de la iglesia, entre humo de incienso y cantos de gratitud, pero que irán haciendo sentir su peso a medida que pase el tiempo. Así, hasta que un día acabe por morir en el fondo del mar, o atravesado por la metralla de un proyectil, que tanto da.

   
             
          Ángel González García Datos sobre el autor   foro de opinión
  PORTADA                       tierra - prosa   inicio de la página