P O R T A D A                 Granada.    
      Víctor Montoya   punto de encuentro
  31 tierra - prosa     La muerte
de Carmelo
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Cuando Carmelo despertó del sueño, tenía las manos crispadas sobre el pecho y la cara partida por una luz oblicua que se filtraba por el techo. En derredor no se oían más ruidos que su leve exhalación y el bullir de una acequia monocorde cruzando por la puerta.

Se restregó los ojos y recostó la cabeza en el borde de la cama, afianzando el hombro en la pared. Clavó la mirada en un punto fijo del cielorraso y, por un instante, evocó los recuerdos del pasado: la sonora carcajada de su infancia, la belleza de la mujer amada y aquella tarde de incendiada atmósfera cuando habló en el paraninfo universitario, con una voz que podía dominar el rugido de la tempestad.

En la calle, donde el sol caía a plomo, despidiendo un aire metálico y sofocante, vio que seis hombres ataviados de negro se le aproximaban por la espalda, y él, sin pensar dos veces, desenfundó el revólver y lo descargó en el cuerpo que estaba más cerca de sus ojos. Giró con vértigo y se escabulló con la ligereza de un pájaro, oyendo cada vez más lejos el jadeo de sus perseguidores que corrían como una recua de asnos.

Desde aquel día en que el ocaso se tiñó de sangre fría, Carmelo pasaba encerrado en un cuarto de mampuesto, sin otro oficio que pulir el revólver hasta dejarlo con su límpido fulgor.

Cierta mañana, apenas el sol rasgó la niebla matutina, sintió una extraña sensación en su interior. Irguió su tronco para incorporarse de golpe. Desnudo tomó el desayuno y desnudo se acercó a la ventanilla por donde penetraban sables dorados de día y sables argentados de noche. Se puso sus botas destalonadas y sus ropas sucias y raídas. Cargó balas al tambor del revólver, reclinó la frente contra el durmiente de la ventanilla y contempló el espacio abierto entre los cerros de picos nevados. Cuando entornó los ojos, como cansados por la vigilia, un destacamento de fuerzas combinadas rodeaba la casa a hurtadillas, saltando por encima del poyo que había en el muro del patio.

No transcurrió mucho tiempo. La turba confusa de hombres abrió fuego desde todos los ángulos, partiendo el aire sereno y transparente, entretanto Carmelo alcanzó a abrir los ojos ante el primer impacto de bala y a defenderse denodadamente de la muerte. Poco después se le encasquilló el revólver y por encima de su cabeza cruzó una ráfaga de metralla que taladró las paredes, arrojando puñados de tierra por doquier.

Una voz, que dominaba a las demás, acalló las balas que silbaban en el aire, y Carmelo, que hasta entonces luchó como héroe para luego morir como mártir, decidió entregarse a sus captores con el percutor arrancado de la granada que llevaba junto al pecho.

Salió al patio con el mismo estrépito con que abrió la puerta, completamente tiznado por la pólvora, la camisa en jirones y los hombros descubiertos. Y, a poco de contemplar a sus captores prestos a detenerlo de golpe, una explosión de tierra y fuego los separó uno del otro, dejando una nube blanquecina allí donde los cuerpos se juntaron bajo el manto azul del cielo.

 

   
             
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