P O R T A D A    

 

James Dean    
      Araceli Otamendi   punto de encuentro
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Tiene un aire a James Dean. Apaga el cigarrillo aplastándolo con el pie derecho. Se pasa la mano por el pelo rubio casi ceniza apartando un mechón empecinado en cáersele sobre la frente. Está vestido de jean y de azul, la ropa adherida al cuerpo casi como otra piel. Más de treinta seguro pero debajo de los cuarenta. Parece un chico caprichoso y malcriado con esa mirada burlona. Sabe que seduce con sólo dejarse mirar.

Los micrófonos anunciaron el vuelo con destino a Buenos Aires. Después de escuchar tanto español con acento mexicano me dará placer estar en Buenos Aires otra vez. Sé que los viejos me estarán esperando y Silvia, mi querida hermana, también. Pobre, se casó con el aburrido de Daniel, no lo paso.

No me gustan los DC10 pero no tuve más remedio que viajar por México Air Company. Me ahorré unos dólares que buena falta me hacen. Ventanilla no fumadores al lado del ala, junto a la puerta de emergencia. Al lado de las nubes, así estaré más cerca, los extraño. Whisky con hielo. Van a pasar la película. Ahora sí, puedo ordenar mis pensamientos. Si fuera así de fácil ordenar mi vida...

Mamá amasando ravioles los sábados a la tarde en la casita de Sarandí. Una casita baja. Todas las habitaciones daban al patio. Cómo jugábamos con Silvia ahí. Yo era el médico, ella la enfermera. Yo era papá. Ella era mamá. Papá pintando y lijando muebles viejos, esos que nos regalaban los tíos de plata. A la noche la comida familiar en la cocina, mamá decía que ahí era mejor, sábados circulares, preguntas y respuestas, aparecía por ahí un perro verde y el animador se tiraba al agua dentro de una caja fuerte de la que no podía salir. Los domingos papá me llevaba a ver al Boca. El fútbol nunca me gustó. Era la obsesión de papá. A ver si me salís maricón, che, lo que faltaba, yo que me paso el día trabajando, rompiéndome el alma. Aprendé de tu hermana, Silvia, ésa sí que sabe comportarse. Pobre Silvia, me da pena. Casarse con ese estúpido. La llenó de hijos. Se pasa el día lavando y planchando, es igual a la vieja. Sí, ya sé que tienen un dúplex frente al Parque Lezama, que el tipo progresó no hay duda, pero la cabeza, cómo la tendrá. Llena de mierda, eso seguro. Si supieran, si supieran que no soy más el mismo Nicky. No se imaginan. Haber conocido a Visconti, haber trabajado con él. Sí, la escena no era muy recatada que digamos si lo vemos con los ojos de mamá. Había que exhibir las partes, esas que nunca se muestran, que nunca se tocan. Me pregunto si eso era cierto para ella cómo es que yo estoy en el mundo. Papá y mamá se acostaban temprano los martes y los viernes. Silvia decía que era para eso. Y yo que la creía una santa, hasta le hubiera hecho un altar.

El humo del cigarrillo nunca se termina en la sección de los no fumadores. Sigue dando vueltas siempre. Las revistas son de lo más aburrido que hay y ahora viene la azafata con perfumes y relojes y no sé cuántas cosas más. Le compraría un perfume a Silvia y otro a mamá. El viejo que se joda, no le llevo nada. Bastante me jodió él a mí. No me lo voy a olvidar. Los cachetazos que me daba cuando no quería ir al colegio. No sé para qué diablos me mandaron al industrial. Iba al Otto Krausse en la calle Paseo Colón. Tenía que tomar el tren a Constitución y de ahí un colectivo. Me pudrí pronto de eso. Nunca me gustó clavar un clavo y me mandan al industrial. Sólo a papá que quería tener un hijo ingeniero se le podría ocurrir algo así. Los buñuelos de banana que la vieja me metía en el bolso yo los tiraba por la ventanilla del tren. Los muchachos se reían de mí, me gritaban maricón. Mi vida cambió cuando empecé a hacerme la rata y a frecuentar la Galería del Este y el Instituto Di Tella. Enseguida conocí gente interesante. Era lindo, con mis dieciseis años recién estrenados. Carne jugosa para las mujeres que me pretendían. Ahí conocí a Reinaldo el productor de cine y a Erika, mi hada madrina. Me introdujeron en un mundo fascinante. Erika, esa rubia con mirada de gato, se enfundaba en los palazzo-pijamas diseño de Pucci. Me atrapó. Me llevaba veinte años. Silvia me descubrió con ella un día y se lo contó a papá. Casi me mata. No pude volver a la casita de Sarandí. Me alejé de ellos, por suerte o por desgracia, no sé. Y Reinaldo, qué puedo decir de él. Lo cierto es que me fui de casa. Trabajé como modelo, Erika me cobijó en su casa, un departamento bien decorado en Palermo donde de noche, tomábamos whisky con hielo en la terraza y hacíamos el amor. Tuve que escapar de ella, se había vuelto una mamá leona, una madre araña. Se lo dije a Reinaldo. Después de todo no se portó tan mal, me pagó un pasaje de avión a París y me dio una carta de recomendación para la condesa de no sé qué apellido ridículo. Es como si estuviera viendo la cara de madame Perregaux ahora mismo. Una gota de sudor resbaló desde su frente y mojó el cuello de la camisa. Tonto, tonto de mí, ir a parar con ella. Encantado de conocerla, madame. Mon chere, mon chere ¿puedo llamarlo Nicky? Otra hada madrina. Me presentó a Visconti. Salir desnudo en una película no parecía ridículo ni vergonzoso. Las noches de París estuvieron bien vividas. Julieta, Danielle, Rosana... Me gusta repasar los nombres, traerlos a la memoria. Hasta que me acuerdo de algo que duele, que apena. Entonces aparece la necesidad de verlos, de oír sus voces. Me pregunto qué estarán haciendo en este momento. Juega distraídamente con una especie de collar de cuentas negras que sostiene entre las manos, algo que según los griegos es para tener las manos ocupadas. El olor a salsa de tomate con orégano, Silvia lavando los platos después de cada comida, jugando a la escoba de quince antes de irnos a dormir. Apaguen la luz que ya es tarde. La mujer del asiento de al lado lo mira con ojos curiosos. Otra mina. Podría decirse que no se ha peinado. Tiene la cara fresca. No, no parece que hubiera hecho una larga carrera. Eso se nota en la cara. No me equivoco. Silvia no tiene arrugas ni cara de trasnochada. Rosana tampoco. Hace rato que no me saca los ojos de encima. Qué querrá. Debo tener una obsesión con eso de la mirada. Silvia dice cuando alguien te mira fijo seguro que te está buscando. Siempre se cumplió. Los ojos son la única parte del cerebro que está al descubierto, en contacto con el exterior. Los niños pequeños lo saben y por eso miran fijamente a los ojos de su madre. Le ofrece un cigarrillo. No, no fumo, gracias. Ya está. Puede ser el comienzo. Dicen que bastan tres o cuatro segundos de intercambio visual entre un hombre y una mujer para que la mujer le haya dicho todo lo que le tiene que decir a un hombre. El mensaje ¿cuál será? ¿Volvés a Buenos Aires? Ya está. Es estudiante. Pero parece demasiado recatada por la ropa. Son de las que te buscan y después no pasa nada. Ella finge dormir. Pone la mano en el apoyabrazos que separa los asientos. Buenas noches. Se recuesta en el asiento y se afloja el segundo botón de la camisa. Hace frío y no viene mal taparse con una manta. Estoy harto de todo, prefiero pensar en otra cosa. En José, mi compañero de juegos, por ejemplo. Más que jugar a la pelota, a la generala o al metegol, no hacíamos. Pobre José, me jugaría a que trabaja en una compañía de seguros como su padre. Estará casado, tendrá hijos. Las cuentas se mueven de un lado hacia el otro provocando un ruido que puede exasperar a quien quiere dormir, por ejemplo a la mujer platinada del asiento de atrás. El pelo casi todo platinado salvo un mechón verde. Delgada, ojos verdes ¿serán reales o usará lentes de contacto? Dos líneas de pelos adheridas a los párpados pintados de azul y oro. La ropa que viste parece sacada de la vitrina de un hotel de cinco estrellas. El perfume es First, nunca me equivoco en adivinar el aroma que usan las mujeres. Está enjoyada de los pies a la cabeza. No me gustan las ajorcas en los tobillos. Las uñas largas, pintadas de rojo. Mamá y Silvia jamás se pintaron las uñas de rojo. Me acuerdo siempre cómo se pintaba Silvia las uñas con esmalte nacarado antes de ir a bailar. Cada tanto abre la cartera de cuero de víbora y se retoca el maquillaje. No sé para qué pero se lo retoca. Con esa mirada de ojos ávidos, parece que tuviera sed. Hace rato que la vi. Tendrá la edad de mamá. Seguramente no lavó un plato en toda su vida para tener las uñas así. ¿Tendrá mucha guita? Se incorporó. De vez en cuando es bueno lavarse la cara y ponerse un poco de colonia. El perfume me revuelve el estómago pero no hay otro. Ese olor a colonia barata que traen todos cuando vienen del baño. Siempre prometo no viajar más en avión por ese motivo. Lo miraba como se mira un paisaje que nos gusta. Para pasar un rato no está mal. Tantas veces pensé cosas así. Me equivoqué varias y otras no tanto. No deja de extrañarme el jugueteo de ojos la primera vez. Las mujeres son así. A no ser que sea miope. Entonces sí, mira sin ver. Las mujeres maduras siempre lo buscaron, Madame Perregaux no fue la excepción. Lo mimó y protegió hasta que se fue a vivir con Rosana, la italiana divina, llena de alegría. Cuando se enteró que vivía con ella, madame le cortó toda su ayuda. Deambuló por todos los estudios cinematográficos. No conseguía trabajo. La influencia de la vieja condesa hada madrina era poderosa. Se habían acabado Saint Moritz, la casa de la playa, todo. Dio un golpe sobre la bandeja que había bajado unos minutos antes. Se derramó un poco de líquido. No es nada. El perro de atrás, de la platinada me tiene harto. Qué histérico. Parece un juguete, me pone los pelos de punta. Tiene un moño que hace juego con la blusa de la platinada. A ver si me muerde. ¿No le molesta, no? No, por favor. Siempre hay que ser galante, un don que tenía papá. A las mujeres se les abre la puerta, se las deja pasar primero y si vas a una confitería le servís vos. La película terminó. Ahí viene la azafata. Un vaso de agua. Nunca puedo dormir si no tomo un vaso de agua. Costumbre de mamá. Quisiera dormir, soñar con una vida distinta, soñar que voy al colegio, que me recibo de ingeniero como quería papá. Que tengo hijos como Silvia y que me casé con Marcela, la chica de la casa de al lado. Quiero soñar que nunca conocí a Erika, ni a Visconti, ni a Rosana. Soñar y no despertar en ese maldito Buenos Aires que me llama de vuelta. Porque estoy cansado de tanto yirar sin sentido en esta vida de mierda. Quisiera ser como vos, Silvia, que lavabas los platos para que papá te dejara salir con tus amigas. Si pudiera escapar de este avión creo que no volvería jamás a verlos.

Lo sobresaltó el ruido. El avión comenzó a moverse bruscamente. Le toma la mano a la mujer joven sentada a su lado. Es atractiva. Si me salvo y no se cae este maldito avión juro que no vuelvo. Quiero vivir. Comenzaría una vida nueva. Tal vez es la mujer que estuve esperando siempre. La abrazaría si no tuviera tanto miedo. Hasta prometería ser bueno. Hasta prometería amigarme con el viejo. El piloto anuncia el aterrizaje. Un susto, sólo un susto.

Nuevamente apareció la azafata. ¿Baja en esta escala? Sí, por favor sosténgame a Lulú un rato que necesito arreglarme. Era la voz de la platinada. Se bajaba en la próxima escala. Enseguida. Se había dado vuelta y la miraba. No estaba mal. Se había cambiado, ahora lucía un vestido blanco que dejaba ver la espalda desnuda. Se había soltado el pelo. Un brazalete de brillantes en una muñeca. Los ojos verdes no son así. Los verdaderos, claro. La muchacha de al lado lo mira. El dirige su mirada hacia ella. Sí, es atractiva. Tiene un aire a Rosana, a Silvia, a mamá. Tal vez es la mujer que necesito, la que me cambiaría la vida según Silvia. Tenés que encontrar una mujer que te ponga de vuelta y media y dejarte de pavadas, ya no sos un nene. Ves, cuando te falta plata me venís a pedir a mí. Decís que Daniel es una bestia pero por lo menos hace un trabajo honesto y no se rasca como vos. Su cara expresaba dolor. Perdonáme, Nicky, perdonáme, me hacés decir cosas que no quiero. Vení que te preparo un café. Pero el mal está hecho, sos igual que mamá que no estaba conforme hasta que me hacia llorar. La odio. Me quiero ir. Se escuchó un gran estruendo. El avión había aterrizado. Se desabrochó el cinturón. Los pasajeros que bajan en esta escala por favor dejen los cinturones en el asiento. Gracias. La música de Vinicius de Moraes otra vez. Me trae buenos recuerdos. No, no puedo volver con ellos. Necesito otra oportunidad. Tan solo una más. Se aleja caminando rápido, con el bolso y el abrigo en una mano.

Por los ventanales se vislumbra Río de Janeiro. El hombre de piel oscura espera impaciente a pocos metros de la salida para detectar un arma o vaya a saber qué con un rastreador de metales en la mano. La platinada lleva el perro en los brazos. Primero pasó ella la prueba de la detección de metales. El perro se cayó y emitió un gritito agudo, el que corresponde a los perros chiquitos. Nicky estaba acostumbrado a eso, a eso y mucho más.

 

   
             
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