P O R T A D A     Plato y cuchara.    
      Andreu Navarra Ordoño   punto de encuentro
  31 tierra - prosa    

La canción
triste y evidente

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Martín comía sopa.

La sopa era comida por Martín.

La mutilaba con una cuchara. Los trozos eran ruidosamente devorados: succionados de una forma repugnante.

A Martín nunca se le hubiera ocurrido la idea de mutilar la sopa con un tenedor.

Nunca lo intentaría.

Le habían dicho que si mutilaba la sopa con un tenedor, luego ésta se regeneraba y volvía a ser como al principio.

No se podía herir la sopa con tenedor.

Martín no necesitaba que se lo demostraran: se lo había dicho su mamá, y se lo creía.

Martín siempre creía a su madre. Tenía fe en lo que le decía.

Martín creía a su madre.

Su madre era creída por Martín.

Siempre le decía cosas evidentes. Come tu sopa con cuchara. No te manches la camisa. Sé bueno en el cole. No tengas pensamientos impuros.

Martín no comía sopa con tenedor, intentaba no mancharse la camisa, era bueno en el cole y le parecía que nunca tenía pensamientos impuros, aunque a decir verdad, no sabía exactamente lo que era un pensamiento impuro.

Los negritos se morían de hambre porque eran unos vagos y no trabajaban. Martín no necesitaba que se lo demostrasen, creía lo que le decía su enorme padre.

La familia estaba reunida alrededor de la mesa: comían sopa mutilándola con cucharas. El aparato televisor gruñía encendido. Los cerebros recibían pasivamente imágenes de niños africanos desnutridos.

—Pobres negritos. No tienen qué comer —dijo su madre evidentemente.

— Que se jodan. Los negritos son gandules. Que trabajen —dijo su padre tristemente.

El padre de Martín siempre decía cosas tristes.

Martín creía a su padre.

Su padre era creído por Martín.

Un buen día de primavera, Martín se sintió solo. Nadie lo apoyaba. Nadie le quería. Era una nada ambulante, una triste nada que sobraba en el paisaje.

Ése estaba siendo un triste día de primavera.

Martín se sentía muy frustrado. La vida no se llevaba bien con él. Pidió consejo a su madre.

— No tengas nunca pensamientos impuros —fue la respuesta.

Probó luego con su padre.

—Si no trabajas te morirás de hambre.

Martín, mientras florecían los vegetales según el orden establecido por el ciclo biológico, se puso a llorar. Al día siguiente, Martín se afeitaba la cabeza e ingresaba en una pandilla de nazis. Un muchacho cabecicubo era el cabecilla de esa pandilla de nazis.

—No mutiléis negritos con bates de béisbol —les contaba—. Los que machaquemos no tienen que volverse a levantar. Pasad directamente al cuchillo.

Martín creía a su cabecilla.

Su cabecilla era creído por Martín.

No se mataban negritos con bates de beisbol: éstos se regeneraban. Se curaban y volvían a ser como al principio. Se tenía que pasar directamente al cuchillo.

Un día de verano, mientras fructificaban los vegetales según el orden establecido por el ciclo biológico, los nazis fueron a mutilar negritos.

—Toma, gandul, que eres un vago y no trabajas. —dijo Martín matando.

Martín mataba negros.

El negro era matado por Martín.

Era un sucio negro que no valía nada. Sólo era un gandul.

No trabajaba.

Merecía la muerte.

Martín pensó en lo que acababa de hacer. ¿Había hecho el bien? ¿El bien había sido hecho por Martín? Pensó en todo lo que le había ido diciendo su mamá a lo largo de su vida.

Martín seguiría mutilando la sopa con cuchara.

Martín intentaría no mancharse las camisas con sangre de negrito.

Martín sería bueno en el cole.

Martín seguiría asesinando negritos vagos que no valían nada.

Martín acababa de asesinar a un pobre negrito.

El sucio negrito vago que no valía nada acababa de ser asesinado por Martín, que pasó a sentirse muy orgulloso de no haber tenido nunca ningún pensamiento impuro.

   
             
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