P O R T A D A    
Salvador Gutiérrez Solís
Detalle de una fotografía de F. J. Vargas    
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De La memoria del fotógrafo —inédito—.

 

Una vez Taylor y Eloy Granero tomaron un avión, un pasaje barato, para pasar el fin de semana en Las Vegas. Se alojaron en el motel Paradise. No entraron en los casinos, no jugaron a las tragaperras, apenas salieron de un club de mujeres orientales que se llamaba Sun Lee.

Se gastaron casi setecientos dólares el primer día. Taylor escogía a las chicas a pares para llevarlas a la sala privada. Después regresaba más borracho y despeinado, y le contaba a Eloy sus proezas. Pasaron tantas horas en Sun Lee que entablaron amistad con algunas chicas. Taylor se encaprichó de una bailarina delgada, pero de buenas tetas, que se llamaba Kira. Kira vendía en la barra la película porno en la que había trabajado, una producción barata, casi de televisión local sin recursos, titulada Kira and Friends.

—Nosotros también queremos ser tus amigos —le dijo Taylor agarrado a su cintura.

Convencieron a Kira para que los acompañara al motel por un buen precio: cien dólares. Se emborracharon, fumaron marihuana. Después se metieron en la cama. Jugaron, forzaron situaciones, Kira fue generosa hasta que Taylor comenzó a ser violento.

La golpeó, la amordazó, la ató al cabecero de la cama. Taylor la violó varias veces, le metió una botella de Coca-Cola por el ano; Eloy Granero también la violó. Aún siendo una mujer acostumbrada a los excesos de los hombres, Kira tuvo mucho miedo.

Taylor cogió la cámara de Eloy Granero y le hizo varias fotografías.

—Imagina que estás haciendo una película —le decía Taylor.

Cuando a la mañana siguiente Eloy Granero abrió los ojos, Kira ya estaba despierta, tiritaba. La iluminaba el sol que entraba por la ventana. Su cuerpo desnudo, fláccido, era un atlas de hematomas y moretones. Eloy la desató, y ella lo miró con desprecio y pena.

—Os tendrían que matar.

Eloy Granero despertó a Taylor, le dijo que tenían problemas, que Kira había prometido matarlos. Mintió Eloy, necesitaba abandonar Las Vegas.

—Teníamos que haberla matado. La muerte de una puta china no se investiga.

 


 

De La memoria del fotógrafo —inédito—.

 

Se llama Encarnita y bebe vodka, solo, sin refresco o zumo, muy frío, y sin hielo. Es una de las rubias que ayer conoció Eloy Granero en Limonar.

Son las ocho de la mañana y sólo faltan cinco minutos para que el despertador se ponga en funcionamiento. Eloy Granero no lo va a impedir. Sabe que ahora querrá que la abrace, pero se excusará maldiciendo la cita a la que dice llegar tarde. Examina minuciosamente a Encarnita y descubre que pronto tendrá que volver a la peluquería.

El sonido del despertador es un pitido agudo, desagradable, que ha elevado con alevosía Eloy Granero. Es la parte más ingrata de una conquista nocturna: la mañana siguiente. Con las putas no tienes estos problemas, suele pensar Eloy Granero en estas situaciones.

—Buenas días —finge Eloy un desperezo nada convincente.

Salta de la cama y de dos zancadas abandona el dormitorio.

—¿Qué haces, adónde vas? —escucha la misma pregunta de otras mañanas similares.

—Voy fatal de tiempo, llego tarde a una cita.

—Cinco minutitos más, por favor.

—Ya quisiera yo.

—Cinco y nada más, Antonio.

No responde Eloy Granero y gira la manivela de la ducha. El próximo miércoles, cuando mis amigos abandonen Limonar, yo también lo haré. Esto ya se lo ha prometido Eloy Granero muchos jueves por la mañana. En el dormitorio sigue oliendo a vodka.

—Encarnita, dentro de quince minutos va a llegar la limpiadora y no quiero que te vea, estoy en pleno proceso de divorcio y me puede perjudicar —recurre Eloy al viejo truco.

—Me sobran diez —responde Encarnita.

Desnuda, corretea por el dormitorio buscando sus ropas por entre las sábanas, bajo la cama y en la cómoda de enfrente.

—Me encanta tu casa, Antonio. La tienda de fotografía te tiene que ir muy bien —le dice a Eloy mirando el vestidor.

Por su mirada se deduce que a Encarnita le encantaría tener un vestidor parecido. A Encarnita es fácil imaginarla con varias botellas de vodka en la nevera y muchas de lejía en el cuarto de pila. Porque a Encarnita seguro que le encantaría tener un cuarto de pila, y una vaporetta y una secadora de aire caliente. A Encarnita le olería el aliento a vodka y las manos a lejía, todos los días limpiaría con estropajo el inodoro, y el lavabo.

Encarnita, nada más abandonar el edificio, cruza la calle y entra en la tienda de fotografía de enfrente.

 


 

Amor en rojo
de Jugadores, coleccionistas y colores (Plurabelle).

 

Juan, aún cansado, y sudado, le dijo a Irene:

—Creo que deberíamos intentar algo nuevo, no sé, probar otras experiencias que nos impidan caer en la rutina…

Tras dos segundos de un silencio premeditado, Irene buscó —y encontró— con una mirada oblicua las manchas del mantel, el desorden de la cocina, los cristales en el suelo…

—Yo creo que no corremos ese riesgo, que somos una pareja divertida, o ¿es que ya te has cansado de mí?

Juan, tragó saliva, y se dejó hipnotizar, una vez más, por el esmalte de uñas de Irene. "Es tan verde como la hierba", pensó y calló.

—Nunca me cansaré de ti… más bien, todo lo contrario. Tengo miedo de que tú lo hagas. Lo temo…

Irene arqueó las cejas como una malvada institutriz suiza de cuento —animado de producción japonesa—.

—Mientras me aguantes, no temas nada.

—Lo aguantaré todo —dijo Juan. Mentía, el corazón le latía asustado, recordando otros momentos similares, cercanos en el tiempo.

—¿Podrías aguantarlo hoy? —preguntó Irene, entregada de nuevo al juego.

Juan tragó saliva, pero ya no se dejó hipnotizar por el esmalte verde hierba de sus uñas.

—Creo que sí… —respondió sin convicción.

Y jugaron de nuevo, hasta que ella dijo basta.

Entonces, medio asfixiada, contenta, borracha de adrenalina, buscó —y encontró— con esa mirada oblicua las manchas del mantel, el desorden de la cocina, los cristales en el suelo y la sangre de Juan corriendo en dirección a la puerta. Decepcionada, abandonó el apartamento sin decir adiós.

Y decidió no volver a utilizar ese verde para las uñas, ni ese corpiño de cuero que le escocía el pecho, ni unos cuchillos tan rudimentarios, ni un apartamento tan hortera. Y también decidió Sandra no volverse a llamar Irene, ni buscar a sus amantes en bares de carretera.

 


 

Amor en verde
de La novela de un novelista malaleche
(DVD Ediciones). Incluido en Jugadores, coleccionistas y colores (Plurabelle).

 

Un buen día, doña Carolina Lineros, Lina para los amigos, pintó la casa de verde. Las paredes de un verde acuoso y las ventanas de un verde ortiga. Los muebles del salón, estilo remordimiento, y los de la cocina, y los del estudio, y los de la salita, y las camas y el inodoro, todo, hasta el flexo de opositor olvidado en el baúl, lo pintó de verde. Finalizada la tarea, Lina se sentó en el centro del recibidor, en una silla estilo agonía, debajo de una lata de pintura, verde, por supuesto, que había colgado del gancho de la lámpara. Ató una cuerda al asa de la lata de pintura, que llevó hasta el pomo de la puerta. Cinco minutos antes de que su esposo, el doctor Enrique Bermudo, regresara del hospital, Lina se introdujo un embudo en la boca, inclinó la lata y comenzó a tragar la pintura que desde el techo le caía.

Abrió la puerta Enrique Bermudo, tiró de la cuerda, y toda la pintura verde que quedaba en la lata cayó sobre la cabeza de Lina. Ya estaba muerta, pero consiguió hacer creer a su marido que él había sido el responsable. Llegó la policía, y los curiosos, y los primeros familiares. Enrique lloraba sobre la mesa de la cocina, manchado de verdes. El inspector le preguntó: —¿tiene usted alguna de idea de por qué su mujer ha hecho esto?

—No... —respondió Enrique Bermudo. Al secarse las lágrimas de los ojos se los pintó de verde, al igual que la frente, y los primeros pelos del flequillo.

Frente a su mujer muerta y verde, viendo como la introducían en una bolsa de plástico, Enrique Bermudo recordó la última discusión, la noche anterior. Antes de marchar para la guardia, Lina histérica, borracha y despeinada, le gritó: —¡hijoputa, te crees que no me sé de todos tus líos en el hospital, que te has tirado a todas las enfermeras de la segunda planta! ¡Lo sabe todo el mundo, y yo no soy tonta! ¡Ves una bata verde y te vuelves un pollaloca, aquí te pillo y aquí te mato! ¡Enrique, te lo advierto, vas a conseguir que el verde me mate, lo vas a conseguir, y no te exagero!

Enrique Bermudo, más manchado, más verde, buscó al inspector que antes le había preguntado, y le dijo:

—Señor inspector, deténgame, creo que yo la he matado.

 

   
             
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